La matriarca no repite errores
El Cáliz de Obsidiana y el Juramento de la Sangre Fría
El frío del Muro no era nada comparado con el frío que emanaba de la propia Catelyn Stark mientras observaba las hogueras purificadoras en el patio del Castillo Negro. La herida en su costado, aquel estigma invisible que sangraba solo cuando el destino era alterado, pulsaba con un ritmo sordo y constante. Sabía que en algún lugar del Camino Real, Ned y Jon cabalgaban hacia el norte, fugitivos de una corona que ella misma había ayudado a desestabilizar.
—Madre, debes descansar —dijo Robb, acercándose con una manta de piel de oso—. Has estado en pie desde que los últimos fuegos se apagaron. Benjen dice que los hombres necesitan ver que su Lady no es de piedra.
Catelyn se giró lentamente. La luz de las llamas danzaba en sus pupilas, dándoles un aspecto ígneo que contrastaba con la palidez sobrenatural de su piel.
—No soy de piedra, Robb, pero tampoco soy ya la mujer que necesita el sueño de los mortales —respondió ella, aceptando la piel más por cortesía que por necesidad—. El tiempo es un lujo que hemos agotado. ¿Han llegado noticias de los clanes de la montaña?
—Los Flint y los Wull han enviado a sus hijos —confirmó Robb, aunque su voz denotaba una mezcla de orgullo y desconcierto—. Dicen que los antiguos dioses les hablaron en sueños, que una Loba Blanca los llamaba al Muro. Madre... ¿qué les estás haciendo?
—Solo les estoy recordando quiénes son —dijo ella, caminando hacia el borde de la muralla—. Durante siglos, el Norte ha mirado hacia el sur, mendigando migajas de un trono de hierro que no nos pertenece. Les estoy enseñando a mirar hacia el norte de nuevo. Allí es donde reside nuestro verdadero propósito.
Un cuervo aterrizó en la almena cercana, sus ojos inteligentes fijos en Catelyn. No traía ningún mensaje en la pata, pero ella pareció entender su graznido.
—Howland ha cumplido —susurró para sí misma.
—¿Qué dices? —preguntó Robb.
—Tu padre ha cruzado el Cuello. Está bajo la protección de los pantanos. Pero Jon... Jon no viene con él.
Robb frunció el ceño, su mano descansando instintivamente en el pomo de su espada.
—¿Jon se ha quedado en el sur? ¿Por qué?
—Porque hay una pieza que aún debe ser movida en Rocadragón —explicó Catelyn, sintiendo de nuevo el pinchazo en su costado—. Jon lleva la verdad de su sangre como una armadura, y esa armadura solo se forjará ante la presencia del dragón y el ciervo.
—Hablas con acertijos, madre. Jon es mi hermano, un bastardo de Invernalia. ¿Qué tiene que ver él con Rocadragón?
Catelyn puso una mano en la mejilla de su hijo. Estaba caliente, llena de vida y de la impulsividad que a ella le había sido arrebatada.
—Jon es el puente sobre el abismo, Robb. Algún día lo entenderás y, cuando ese día llegue, deberás decidir si lo sigues como a un hermano o como a un rey.
Robb se quedó sin palabras, pero antes de que pudiera protestar, un grito de alerta resonó desde las puertas principales del Castillo Negro.
—¡Jinetes! —gritó un guardia—. ¡Traen el estandarte del lobo!
Catelyn no esperó. Bajó las escaleras de piedra con una velocidad que cortaba el aire. En el patio, un grupo de hombres exhaustos y cubiertos de barro desmontaba. A la cabeza, con el rostro marcado por la fatiga y la incredulidad, estaba Eddard Stark.
Al ver a su esposa, Ned se detuvo en seco. La última vez que la había visto, ella era la señora de su hogar, una mujer hermosa pero mortal. Ahora, bajo la luz cruda del norte, Catelyn parecía una aparición, una reina del invierno surgida de las leyendas que la Vieja Tata contaba junto al fuego.
—Cat... —la voz de Ned se quebró.
Catelyn se lanzó a sus brazos, pero al estrecharlo, no sintió la calidez del alivio, sino la urgencia del deber. Ned olía a sudor, a miedo y a la humedad de las celdas de Desembarco del Rey.
—Estás vivo —dijo ella al oído de su esposo—. Los dioses han aceptado el intercambio.
Ned la apartó suavemente para mirarla a los ojos.
—¿Qué intercambio? Cat, Howland me sacó de allí. Jon... Jon luchó como un demonio. Me dijo que tú lo habías preparado. Me dijo que sabías que Joffrey daría la orden. ¿Cómo es posible?
—Lo que importa es que el Norte está unido —intervino Robb, abrazando a su padre con fuerza—. Padre, el Muro ha sido atacado. Los muertos caminan.
Ned miró a su alrededor, viendo los restos de los espectros que aún no habían sido consumidos por el fuego. Su rostro se volvió una máscara de horror.
—Entonces los rumores eran ciertos. El invierno no es una estación, es un ejército.
—Es el fin de los tiempos, Ned —dijo Catelyn, recuperando su compostura—. Y tú vas a liderar la defensa. Pero primero, debemos hablar. A solas.
Llevó a Ned a los aposentos del Lord Comandante, que ahora ella ocupaba. Una vez cerrada la puerta, el silencio se volvió pesado. Ned se sentó pesadamente, sus manos temblando ligeramente.
—Jon me contó la verdad —dijo Ned de repente, sin mirar a su esposa—. Me dijo que él sabe quiénes son sus padres. Me dijo que tú se lo revelaste a través de Howland.
Catelyn no se inmutó.
—Era necesario, Ned. No puedes ganar la guerra que viene basándote en una mentira que solo sirve para proteger el honor de un hombre muerto.
—¡Era una promesa a mi hermana! —rugió Ned, poniéndose de pie—. ¡Puse en peligro a mi familia, a mi casa, para mantenerlo a salvo de la furia de Robert!
—Y Robert está muerto, Ned —dijo ella con una frialdad que lo heló—. O lo estará pronto. Su vino está envenenado por los Lannister y su reino se desmorona. Tu promesa a Lyanna ha cumplido su propósito. Ahora, Jon debe cumplir el suyo.
Ned se acercó a ella, agarrándola por los hombros.
—¿Qué te ha pasado, Cat? Te veo y te reconozco, pero tu mirada... es como si estuvieras viendo a través de mí, hacia un lugar donde yo no existo.
—He visto un mundo donde tú morías en un patíbulo y yo en un banquete —susurró ella, y por un momento, sus ojos se llenaron de las lágrimas que nunca llegaban a caer—. He visto a nuestros hijos dispersos, rotos y asesinados. He visto a Invernalia arder bajo el estandarte de los Bolton. No voy a permitir que ese mundo vuelva a existir, Ned. Ni aunque tenga que sacrificar mi propia alma en el proceso.
Ned retrocedió, abrumado por la intensidad de sus palabras. Sabía que su esposa no estaba loca; había demasiada verdad en su dolor, demasiada precisión en sus advertencias.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó él, derrotado.
—Quiero que declares la independencia del Norte —sentenció Catelyn—. No reconoceremos a Joffrey, ni a Stannis, ni a Renly. El Norte volverá a ser un reino soberano, con el Muro como nuestra prioridad absoluta. Y quiero que reconozcas a Jon, no como tu hijo, sino como el Rey que el Norte necesita para sobrevivir a la Larga Noche.
—¡Eso es traición! —exclamó Ned—. Robert sigue siendo mi rey hasta que se demuestre lo contrario.
—Robert es un cadáver que aún respira —replicó ella—. Y la traición es solo una palabra que usan los perdedores. Si quieres salvar a Sansa y a Arya, si quieres que Bran y Rickon tengan un hogar al que volver, harás lo que te pido.
Mientras hablaban, un fuerte estruendo sacudió el Castillo Negro. No era un terremoto, sino un sonido que venía de las alturas. Catelyn corrió hacia la ventana y miró hacia el norte, más allá del Muro.
—Ya están aquí —dijo ella.
En la linde del bosque, donde las sombras se hacían más densas, una figura montada en un caballo muerto emergió de la bruma. Llevaba una corona de hielo y sus ojos eran pozos de un azul infinito que parecía absorber toda la luz del mundo. Tras él, miles de figuras se movían en un silencio absoluto.
—El Rey de la Noche —susurró Ned, acercándose a la ventana.
—Él sabe que he vuelto —dijo Catelyn, sintiendo que la herida de su costado ardía como si le hubieran aplicado hierro candente—. Él siente la alteración en el tiempo. Soy la única cosa en este mundo que él no puede predecir.
Catelyn se giró hacia la puerta y la abrió de golpe.
—¡Robb! ¡Benjen! ¡A las murallas! —gritó—. ¡Traed el fuego valyrio que ordené traer de las bodegas secretas de Puerto Blanco!
El patio se convirtió en un hervidero de actividad. Los hombres del Norte, curtidos por el frío y ahora endurecidos por el miedo, ocuparon sus posiciones. Catelyn subió a la pasarela superior, seguida de Ned.
—¿Cómo vamos a detener eso? —preguntó Ned, viendo la marea de muertos que se aproximaba—. Son demasiados.
—No vamos a detenerlos a todos —respondió Catelyn, sacando de su capa un pequeño frasco de vidrio que contenía un líquido plateado y brillante—. Vamos a darles una razón para temernos.
Se acercó al borde y derramó el líquido sobre una flecha de obsidiana que un arquero le tendió.
—Dispara al centro —ordenó ella.
El arquero obedeció. La flecha voló a través del aire gélido, trazando una estela de luz plateada. Cuando impactó en el suelo, frente a la vanguardia de los muertos, no hubo una explosión de fuego, sino una onda expansiva de luz blanca que desintegró a docenas de espectros al instante.
Los muertos se detuvieron. Por primera vez en milenios, el ejército de la noche vaciló.
—Es sangre de arciano mezclada con el polvo de las estrellas que cayeron en el Amanecer —explicó Catelyn, su voz cargada de un poder antiguo—. Lo aprendí en las visiones que los dioses me dieron mientras mi cuerpo se pudría en el Forca Verde.
Ned la miró con una mezcla de pavor y asombro. Ya no veía a su esposa; veía a una suma sacerdotisa de la guerra, una mujer que había trascendido la humanidad para convertirse en el arma definitiva del Norte.
—¿Cuál es el precio, Cat? —preguntó Ned de nuevo, con la voz temblorosa—. Dijiste que habías pagado un precio.
Catelyn se desabrochó lentamente el jubón, revelando la herida en su costado. No era una llaga abierta, sino una grieta en su piel que emitía una luz tenue y azulada.
—Cada vez que uso este poder, cada vez que cambio el destino de uno de nosotros, mi vida se drena —dijo ella con una serenidad aterradora—. No llegaré a ver la primavera, Ned. Pero tú sí. Y nuestros hijos también.
Ned cayó de rodillas, sollozando, pero Catelyn no lo consoló. Se mantuvo erguida, mirando al Rey de la Noche a los ojos a través de la distancia.
—¡Escuchadme, monstruos del frío! —rugió ella, y su voz pareció amplificarse por el propio Muro—. ¡Soy Catelyn de la Casa Stark, la que regresó del río de la muerte! ¡Este mundo ya no os pertenece! ¡He visto vuestro final y yo soy la que sostiene la antorcha!
Un rugido de desafío surgió de las gargantas de los hombres del Norte. La batalla por el Muro había comenzado, pero ya no era una lucha desesperada por la supervivencia. Era una cruzada liderada por una mujer que ya no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo una vez.
En el fragor del combate, mientras las flechas de obsidiana llovían sobre los muertos y el fuego valyrio iluminaba la noche, Catelyn sintió una presencia a su lado. No era Ned, ni Robb. Era un fantasma, una sombra de lo que ella misma había sido en la otra vida.
—*Lo estás haciendo bien* —susurró la sombra.
—*Lo estoy haciendo necesario* —respondió Catelyn en su mente.
La batalla rugió durante horas. Los muertos intentaron escalar el hielo, pero el Muro mismo parecía rechazar su toque, imbuido por la magia que Catelyn había despertado con sus sacrificios. Cuando el primer rayo de sol asomó por el este, el ejército de la noche se retiró hacia las sombras del bosque, pero no antes de que el Rey de la Noche levantara su espada hacia Catelyn en un saludo de reconocimiento.
Catelyn se tambaleó y Robb la sostuvo antes de que cayera. Su rostro estaba más pálido que nunca y sus manos estaban cubiertas de una escarcha fina que no se derretía.
—Hemos ganado el día —dijo Robb, con los ojos brillando de euforia.
—Hemos ganado tiempo —corrigió ella, su voz apenas un susurro—. Ned...
Ned se acercó, tomándole las manos. Estaban frías como el hielo del Muro.
—Dime qué debo hacer ahora —dijo Ned, con una lealtad que superaba cualquier juramento real.
—Lleva a los hombres a Invernalia —dijo Catelyn—. Prepara las criptas. Hay algo allí que Jon necesitará. Algo que solo un Stark de sangre real puede reclamar. Y Ned...
—¿Sí, mi amor?
—Dile a Jon que lo amo. No como a un protegido, no como a un soldado. Dile que lo amo como al hijo que salvó mi alma del infierno.
Ned asintió, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Catelyn cerró los ojos y, por un momento, se permitió sentir el viento del norte sin el peso de las visiones. Había cambiado el curso de la historia. Bran caminaba, Ned vivía, Jon conocía su verdad. El precio era su propia existencia, un desvanecimiento lento hacia la escarcha, pero mientras veía a sus hijos y a su esposo unidos bajo el estandarte del lobo, supo que volvería a morir mil veces más solo por ver ese amanecer.
—El invierno ha llegado —susurró Catelyn Stark mientras se sumergía en un sueño profundo y reparador—, pero nosotros somos el fuego que nunca se apaga.
Y en las criptas de Invernalia, las estatuas de los antiguos reyes parecieron moverse, preparándose para el retorno de la reina que había desafiado al tiempo para salvar su estirpe. La loba había cumplido su promesa, y el Norte, por fin, estaba listo para la tormenta.