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la proteccion del amor

El Vínculo de Sangre y el Florecimiento de la Gracia

El aire en el Receso de la Nube se sentía más ligero, como si el peso de siglos de reglas estrictas se hubiera disuelto ante la calidez de una nueva vida. Wei Ying, la Gran Madam Lan, caminaba por los senderos de piedra blanca con una elegancia que aún conservaba ese toque de rebeldía juguetona. Su vientre, ahora notablemente redondeado por su tercer embarazo, era un recordatorio constante del milagro que la energía espiritual y el amor inquebrantable habían obrado en su cuerpo.

A su lado, Lan Wangji caminaba con la mano siempre lista para sostenerlo, sus ojos dorados fijos en cada paso de su esposo. Para el mundo exterior, seguía siendo el inalcanzable Hanguang-Jun, pero para Wei Ying, era simplemente su Lan Zhan, el hombre que lo había rescatado del olvido y le había dado un hogar.

—Lan Zhan, si sigues mirándome así, la gente pensará que voy a romperme en cualquier momento —dijo Wei Ying con una risita, apoyándose ligeramente en el brazo robusto de su marido—. Soy Madam Lan, no un jarrón de porcelana de la dinastía Jin.

—Wei Ying es precioso —respondió Lan Wangji con su habitual brevedad, aunque el brillo en su mirada decía mucho más—. Debo cuidarte.

—Ya lo haces, Er-gege. Todo el tiempo.

Se detuvieron frente al pabellón de los conejos, donde Lan Yuan y la pequeña Lan Shizhui jugaban bajo la supervisión de los discípulos menores. A-Yuan, con apenas unos años, ya mostraba la rectitud de los Lan, intentando enseñar a su hermana menor la forma correcta de sostener un ramillete de hierba para no asustar a los animales.

—¡Madre! —exclamó Shizhui al verlos, corriendo hacia ellos con sus pequeñas túnicas blancas ondeando—. ¡Mira! El conejo gordo ha tenido bebés también. ¡Son tan pequeños como el que tienes en la barriga!

Wei Ying se agachó con dificultad, soltando un pequeño quejido que hizo que Lan Wangji se tensara al instante, y acarició la mejilla de su hija.

—Así es, mi pequeña A-Zhui. Todo en Gusu parece estar floreciendo este año.

—Es por ti, Wei Wuxian —dijo una voz detrás de ellos.

Era Lan Qiren. El anciano, cuya barba ya no temblaba de ira cada vez que veía al Patriarca de Yiling, se acercó con una expresión de serena aceptación. Había sido un camino largo, pero tras ver las verdades reveladas en el ataúd de cristal, incluso el más rígido de los Lan había tenido que admitir que Wei Wuxian era el alma que Gusu necesitaba para no marchitarse en su propia rectitud.

—Maestro Lan —saludó Wei Ying con una reverencia respetuosa, aunque limitada por su vientre—. ¿Ha venido a ver si he roto alguna regla hoy?

—Has roto tres antes del desayuno, como de costumbre —respondió Qiren, aunque había una chispa de afecto renuente en sus ojos—. Pero los médicos dicen que tu núcleo dorado está más fuerte que nunca. La energía del bebé está en perfecta armonía con la tuya.

Lan Wangji asintió, sintiendo un alivio que rara vez expresaba con palabras. La seguridad de Wei Ying era su prioridad absoluta.

Más tarde, esa misma noche, el Jingshi estaba envuelto en el aroma a sándalo y el suave sonido de los grillos. Lan Wangji ayudaba a Wei Ying a despojarse de sus pesadas túnicas de Madam Lan. Cada capa de seda roja y negra que caía revelaba la piel pálida y suave de Wei Ying, marcada por el brillo de la maternidad.

—Lan Zhan —susurró Wei Ying, sintiendo las manos grandes de su esposo masajear sus hombros cansados—. A veces, cuando cierro los ojos, todavía puedo escuchar la música de aquellas visiones. Las canciones que hablaban de nosotros antes de que supiéramos que tendríamos todo esto.

Lan Wangji se detuvo y lo giró para que quedaran frente a frente. Sus dedos recorrieron el contorno del rostro de Wei Ying, bajando por su cuello hasta descansar sobre su corazón.

—El pasado fue una canción de anhelo —dijo Wangji, acercando su frente a la de Wei Ying—. El presente es nuestra realidad. No hay más visiones, solo nosotros.

—Hazme sentir esa realidad, Lan Zhan —pidió Wei Ying, su voz volviéndose un hilo de seda cargado de deseo—. Hazme olvidar el frío del cristal.

Lan Wangji lo levantó en sus brazos con una facilidad que siempre sorprendía a Wei Ying, llevándolo hacia la cama de sándalo. Allí, bajo la luz tenue de las velas rojas, el amor que había desafiado a la muerte se manifestó una vez más. Wangji fue devoto, cada beso era una oración de agradecimiento. Sus manos recorrieron las curvas del cuerpo de Wei Ying con una reverencia casi religiosa.

—Eres tan hermoso, Wei Ying —gruñó Wangji contra su piel, mientras sus dedos se entrelazaban con los de su esposo.

—Y tú eres mío —respondió Wei Ying, arqueando la espalda cuando sintió el calor de Wangji uniéndose al suyo—. Siempre mío.

En la intimidad del Jingshi, no había títulos, ni sectas, ni pasado. Solo dos almas que se habían encontrado a través del tiempo y el espacio. Lan Wangji se movió con una mezcla de ferocidad y ternura, cuidando de no presionar el vientre de Wei Ying, pero asegurándose de que cada fibra de su ser supiera cuánto lo amaba. Los gemidos de Wei Ying, rítmicos y dulces, eran la única melodía que Wangji necesitaba escuchar.

Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de luz dorada en sus mentes. Wei Ying se aferró a los hombros robustos de Wangji, ocultando el rostro en su cuello mientras recuperaba el aliento.

—Te amo, Lan Er-gege —susurró Wei Ying, con los ojos empañados por la emoción—. Gracias por darme esta vida.

—Te amo, Wei Ying —respondió Wangji, besando su frente—. Gracias por volver a mí.

Los meses pasaron con la rapidez de un río en primavera. El día del parto del tercer hijo llegó durante una tormenta de nieve que cubrió el Receso de la Nube de un blanco inmaculado. Wei Ying, a pesar del dolor, mantenía su espíritu fuerte. Lan Wangji no soltó su mano ni por un segundo, infundiendo su propia energía espiritual para aliviar el sufrimiento de su esposo.

Cuando el primer llanto resonó en la habitación, la tormenta pareció amainar. Era otro varón, un niño robusto con la nariz de Wangji y, para sorpresa de todos, una pequeña mancha de nacimiento cerca del ojo, igual a la que Wei Ying solía decir que tenía en su vida pasada.

Lo llamaron Lan Jingyi, un nombre que evocaba la justicia y la alegría.

Con tres hijos ahora corriendo por los prados de Gusu, la vida de Madam Lan estaba más que completa. A-Yuan, ya un joven discípulo prometedor, cuidaba de sus hermanos menores con una paciencia infinita. Shizhui se había convertido en la luz de los ojos de Lan Qiren, logrando que el anciano sonriera más en un año de lo que lo había hecho en una década. Y el pequeño Jingyi... bueno, Jingyi era el vivo retrato de la energía inagotable de Wei Ying.

Un día, mientras la familia caminaba hacia el Manantial Frío, Wei Ying se detuvo a observar el paisaje. Los cerezos estaban en flor, y los pétalos rosados caían sobre las túnicas blancas de los discípulos que entrenaban a lo lejos.

—Lan Zhan, mira —dijo Wei Ying, señalando a sus hijos—. ¿Alguna vez imaginaste que terminaríamos así? ¿El Patriarca de Yiling convertido en la madre de los herederos de Gusu Lan?

Lan Wangji se colocó a su lado, observando a A-Yuan ayudar a Jingyi a no tropezar con sus propias túnicas.

—Lo imaginé cada noche durante trece años —confesó Wangji con una sinceridad que siempre conmovía a Wei Ying—. Pero la realidad es mucho mejor que cualquier sueño.

Wei Ying se apoyó en su hombro, sintiendo la paz que solo el Receso de la Nube y el amor de Wangji podían brindarle.

—Sabes, Jiang Cheng me escribió ayer —comentó Wei Ying con una sonrisa traviesa—. Dice que Jin Ling está creciendo muy rápido y que pronto vendrá a estudiar aquí. Dice que espera que no lo corrompa demasiado.

—Imposible —dijo Wangji, aunque una pequeña sonrisa bailó en sus labios—. Ya está bajo la influencia de los Lan.

—Oh, vamos, Lan Zhan, un poco de picardía no le vendrá mal a este lugar —rio Wei Ying—. Además, tengo que enseñarle a mis hijos cómo pescar en el río sin que los atrapen. Es una habilidad esencial para cualquier Madam Lan que se respete.

—Wei Ying —advirtió Wangji, pero terminó rodeando su cintura con el brazo, atrayéndolo hacia sí.

En ese rincón del mundo, donde las nubes se encontraban con las montañas, el ciclo de dolor se había cerrado para siempre. El ataúd de cristal era ahora solo una reliquia olvidada en los archivos de la secta, un recordatorio de una época de sombras que ya no tenía poder sobre ellos.

Wei Ying miró a su esposo, el hombre que había desafiado al mundo entero por él, y supo que, sin importar cuántos desafíos trajera el futuro, mientras estuvieran juntos, el sol nunca dejaría de brillar en Gusu.

—Lan Zhan —dijo Wei Ying, deteniéndose para darle un beso rápido y dulce—. Vámonos a casa.

—Mmm —asintió Wangji—. A casa.

Y así, caminaron juntos hacia el Jingshi, seguidos por la risa de sus hijos, dejando atrás el eco de las leyendas para vivir la más hermosa de las realidades: una vida de amor, paz y una felicidad que, como las montañas de Gusu, prometía ser eterna.