La sonrisa de tus ojos
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El bullicio en los pasillos de GMMTV era el habitual de un miércoles de grabaciones intensas. Sin embargo, en el área de los camerinos, el aire se sentía extrañamente pesado, como si la tensión acumulada entre dos personas estuviera a punto de condensarse en algo tangible. Barcode, con su habitual energía caótica, caminaba de un lado a otro frente a la puerta del camerino que compartía con Kinn, haciendo girar las llaves en su dedo índice.
—¿Te vas a quedar ahí dentro para siempre, "Princesa de Mármol"? —gritó Barcode, golpeando la madera con los nudillos—. ¡Llevamos quince minutos de retraso para el taller de expresión corporal! Si no sales ahora, le diré a todo el mundo que te quedaste encerrado porque se te rompió una uña de diseño.
Silencio. Barcode frunció el ceño, dejando de juguetear con las llaves. Normalmente, Kinn ya habría respondido con un insulto elegante sobre el coeficiente intelectual de Barcode o sobre lo poco refinado que era gritar en los pasillos. Pero la ausencia de respuesta empezó a preocuparlo.
—¿Kinn? ¿Estás bien? —preguntó, esta vez con un tono más suave—. Mira que si te desmayaste por falta de caviar, no pienso darte respiración boca a boca delante de los productores. Bueno... tal vez sí, pero cobraré entrada.
De repente, el pestillo giró con un clic metálico. La puerta se abrió apenas unos centímetros, dejando escapar una ráfaga de aire acondicionado y el inconfundible aroma a sándalo de Kinn. Barcode empujó la puerta con el hombro, entrando como un torbellino, pero se detuvo en seco en mitad de la habitación.
Kinn estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, pero no lucía su habitual traje de tres piezas ni su camisa de seda italiana de mil hilos. En su lugar, vestía una sudadera de algodón gris, tres tallas más grande de lo necesario, con un estampado desgastado de un personaje de anime sonriente en el pecho. Era una prenda vieja, cómoda y ridículamente común.
Era la sudadera favorita de Barcode.
—¿Qué... qué estás haciendo con mi ropa? —logró decir Barcode, parpadeando repetidamente como si su cerebro no pudiera procesar la imagen de Kinn, el epítome del lujo, usando algo que probablemente costó diez dólares en un mercado nocturno.
Kinn no se dio la vuelta de inmediato. Sus hombros estaban tensos y sus orejas, normalmente pálidas, brillaban con un rojo escarlata que delataba su humillación.
—Hubo... un incidente —murmuró Kinn, su voz arrastrando las palabras con una mezcla de vergüenza y fastidio—. Paul derramó un batido de proteínas orgánicas sobre mi camisa de edición limitada. No tengo otra de repuesto aquí y... y esta era la única cosa limpia que encontré en tu maleta.
—¿Y decidiste ponértela? —Barcode se acercó lentamente, rodeando a Kinn como un depredador que acaba de encontrar una presa especialmente divertida—. El gran Kinn, el hombre que juzga a la gente por el tipo de costura de sus calcetines, está usando algodón barato. Y no cualquier algodón... ¡mi algodón!
Kinn finalmente se giró, y Barcode sintió que el corazón le daba un vuelco. Ver a Kinn así, con las mangas de la sudadera cubriéndole la mitad de las manos y el cuello holgado dejando ver la línea de su clavícula, era devastadoramente tierno. El chico arrogante y presumido parecía, por primera vez, vulnerable. El sonrojo en sus mejillas era tan intenso que Barcode tuvo el impulso irracional de morderlas.
—No te atrevas a decir ni una palabra, chusma —amenazó Kinn, aunque su voz carecía de su habitual veneno—. Siento que mi piel está teniendo una reacción alérgica a esta fibra sintética. Es áspera, huele a tu detergente de supermercado y el dibujo del frente es estéticamente ofensivo.
—Te ves adorable —soltó Barcode sin pensar, rompiendo la primera regla de su juego de rivalidad.
Kinn se quedó helado. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Barcode, buscando el rastro de la burla, pero solo encontró una chispa de adoración genuina que Barcode no fue lo suficientemente rápido para ocultar.
—¿Adorable? —repitió Kinn, su voz bajando una octava—. Soy un desastre. Parezco un estudiante de secundaria que perdió una apuesta. Mi reputación está por los suelos.
—Al contrario —dijo Barcode, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Te ves humano. Te ves como alguien a quien puedo abrazar sin miedo a arruinar un traje de cinco mil dólares. Aunque, siendo honestos, mi ropa te queda mucho mejor que la tuya. Te da ese aire de "acabo de salir de la cama de mi novio" que tanto te falta.
—No eres mi novio —replicó Kinn, aunque no retrocedió. Sus manos, perdidas en las mangas grises, subieron para agarrar los bordes de la chaqueta de Barcode—. Eres un dolor de cabeza constante que me roba la paz y ahora me roba el sentido de la moda.
—Y tú eres un presumido que se muere por que este "dolor de cabeza" te quite esa sudadera con los dientes —susurró Barcode, inclinándose hacia adelante hasta que sus frentes se rozaron.
La tensión en el camerino cambió de frecuencia. Ya no era la burla juguetona de siempre, sino esa necesidad física que los consumía cada vez que estaban a solas. Kinn cerró los ojos, dejando escapar un suspiro que fue más un rendición que una queja.
—Odio que huelas así —susurró Kinn—. A vainilla y a problemas.
Justo cuando Barcode iba a atrapar sus labios, un estruendo de risas y pasos rápidos se escuchó fuera. La puerta, que Barcode no había cerrado con llave en su prisa por entrar, fue abierta de par en par por Keen, seguido de cerca por Aun y Aungpao.
—¡Chicos! El director está a punto de tener un colapso nervioso y... —Keen se detuvo en seco, su tableta casi resbalando de sus manos. Detrás de él, Aun y Aungpao se asomaron con los ojos como platos.
El silencio que siguió fue sepulcral. Los miembros de Clover miraron a Kinn, luego a la sudadera de Barcode, luego a la cercanía comprometedora de ambos, y finalmente volvieron a mirar la sudadera.
—No puede ser —susurró Aungpao, llevándose una mano a la boca—. ¿Es esa la sudadera de la suerte de Barcode? ¿La que tiene manchas de pizza en el dobladillo?
—Kinn... —Aun empezó a reírse, una risa histérica que no pudo contener—. ¿Dónde está el traje de seda? ¿Dónde está el reloj de oro? ¡Pareces un fanboy de Barcode esperando en la fila de un concierto!
Kinn se separó de Barcode como si hubiera sido electrocutado, intentando recuperar su postura de "príncipe de GMMTV", pero era difícil imponer respeto cuando llevabas un dibujo animado sonriente en el pecho. El sonrojo regresó con una fuerza renovada, extendiéndose hasta su cuello.
—Es una medida temporal —declaró Kinn, levantando la barbilla con una dignidad que resultaba cómica dada su vestimenta—. Mi ropa sufrió un percance y Barcode, en un inusual acto de caridad, me prestó este... trapo. No saquen conclusiones erróneas con sus mentes limitadas.
—¡Oh, las conclusiones ya están sacadas, firmadas y selladas! —exclamó Keen, sacando su teléfono para tomar una foto—. Esto va directo al chat grupal de los actores. "El Rey del Lujo se rinde ante el Algodón del Pueblo". ¡Es poético!
—¡Ni se te ocurra, Keen! —rugió Kinn, dando un paso adelante, pero se tropezó ligeramente con el dobladillo de la sudadera que le quedaba larga, lo que provocó una nueva oleada de carcajadas de Aun y Aungpao.
Barcode, que había estado observando la escena con una sonrisa creciente, sintió una oleada de orgullo. Ver a Kinn defender su dignidad mientras usaba su ropa favorita le dio una confianza que nunca antes había sentido. Se dio cuenta de que ya no quería esconderse tras los insultos y las peleas en los camerinos. Quería que todos supieran que ese presumido arrogante era suyo, incluso cuando vestía como un "chusma".
—¡Ya basta de burlarse de él! —gritó Barcode, poniéndose delante de Kinn y rodeándole los hombros con un brazo, pegándolo a su costado—. Se ve increíble. De hecho, se ve tan bien que he decidido que hoy es el día perfecto para algo especial.
Kinn lo miró de reojo, con una expresión de pánico.
—Barcode, ¿qué estás haciendo? —susurró entre dientes.
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo, Cenicienta —respondió Barcode en voz alta, asegurándose de que no solo sus amigos, sino también los miembros del staff que pasaban por el pasillo, lo escucharan—. ¡Escuchen todos!
Keen dejó de reír y activó la grabación de video en su teléfono. Sabía que se avecinaba algo histórico.
—Kinn —dijo Barcode, girándose para quedar frente a él, ignorando las miradas curiosas que empezaban a amontonarse en la puerta—. Eres el tipo más insoportable, presumido, arrogante y juzgador que he conocido en mi vida. Odio que te quejes del café, odio que sepas el precio de cada centímetro de seda en este edificio y odio que siempre tengas la razón cuando me dices que soy un desastre.
—Vaya forma de empezar una declaración —murmuró Aun, ganándose un codazo de Aungpao.
—Pero —continuó Barcode, su voz volviéndose más firme y cálida—, también eres el único que me hace querer ser mejor. Eres el único que entiende mis bromas antes de que las termine y el único que se ve malditamente bien usando mi ropa vieja. Así que, delante de todos estos chismosos y de las cámaras de seguridad... Kinn, ¿quieres ir a una cita conmigo esta noche? Y no una cita de esas elegantes donde tengo que usar corbata. Una cita de verdad. Iremos a comer comida callejera, nos sentaremos en taburetes de plástico y te compraré un helado de dos colores.
El silencio que cayó sobre el pasillo fue absoluto. Incluso Keen dejó de moverse. Kinn se quedó mirando a Barcode, con los ojos muy abiertos y la boca ligeramente abierta. El "Chico Chusma" acababa de invitar al heredero del buen gusto a comer en la calle, delante de toda la empresa.
Kinn procesó las palabras. Podía sentir el algodón de la sudadera de Barcode contra su piel, recordándole que ya no había vuelta atrás. Su imagen de perfección se había roto en el momento en que se puso esa prenda, y curiosamente, no se sentía mal. Se sentía libre.
—¿Taburetes de plástico? —preguntó Kinn finalmente, su voz recuperando un poco de su tono burlón, aunque sus ojos brillaban de emoción—. ¿Estás sugiriendo que ponga mi trasero, cubierto por tu sudadera de dudosa procedencia, en un mueble de polímero barato?
—Exactamente —respondió Barcode con una sonrisa desafiante—. ¿Eres lo suficientemente hombre para manejarlo, o necesitas que te traiga un cojín de terciopelo?
Kinn soltó una carcajada corta, una que no era elegante ni calculada, sino llena de una alegría genuina. Se acercó a Barcode, ignorando los vítores que empezaban a surgir de sus amigos.
—Acepto, chusma —dijo Kinn, agarrando a Barcode por el cuello de la camiseta—. Pero con una condición: si me enfermo del estómago por tu comida callejera, tendrás que cuidarme en mi ático durante una semana entera. Y tendré que usar más de tu ropa, porque claramente la mía es demasiado delicada para tus aventuras.
—Hecho —declaró Barcode, y sin esperar un segundo más, lo atrajo hacia sí y lo besó frente a todos.
Fue un beso que selló el trato, un beso que sabía a victoria y a una nueva etapa. Keen gritó de alegría, Aun y Aungpao empezaron a aplaudir y el staff de GMMTV finalmente tuvo el chisme del siglo para alimentar sus redes sociales.
—¡Eso es! —gritó Keen, saltando—. ¡La pareja del año! ¡El Rey y el Rebelde!
Cuando se separaron, Kinn todavía estaba sonrojado, pero esta vez no era por vergüenza. Se ajustó la sudadera de anime con un gesto de orgullo inesperado.
—Ahora, si me disculpan —dijo Kinn, mirando a sus amigos con una sombra de su antigua arrogancia—, tengo que ir a un taller de expresión corporal. Y aunque parezca que voy vestido para ir a dormir, les aseguro que mi técnica actoral sigue siendo superior a la de todos ustedes juntos.
Barcode se rió, entrelazando sus dedos con los de Kinn. Mientras caminaban por el pasillo hacia la sala de ensayos, seguidos por el grupo Clover que no paraba de hacer bromas, Barcode sintió que el mundo era perfecto.
—Oye, Kinn —susurró Barcode mientras caminaban.
—¿Qué pasa ahora?
—Esa sudadera te queda realmente bien. Pero sigo pensando que la marca de mi mordida en tu hombro es el mejor accesorio que has llevado nunca.
Kinn le dio un apretón cariñoso en la mano, sus ojos brillando con una promesa silenciosa.
—Cállate, Barcode. Solo camina y trata de no tropezarte con tu propio ego. Tenemos una cita que planear, y más vale que ese helado de dos colores sea el mejor de la ciudad.
El reencuentro que había empezado con insultos y etiquetas de diseñador se había transformado en algo mucho más profundo. Porque al final del día, no importaba si vestían seda o algodón; lo que realmente importaba era que, entre el presumido y el burlón, ya no quedaban secretos, solo una historia que apenas comenzaba a escribirse en los pasillos de GMMTV.