La sonrisa de tus ojos
Marcas de Posesión y Lágrimas de Seda
La fiesta de clausura del primer bloque de rodaje de "Líneas de Sangre Azul" era el evento del año en los salones privados de un hotel de cinco estrellas en Bangkok. El champán fluía como agua, y las luces de neón bañaban a los actores de GMMTV en tonos púrpuras y azulados. Barcode, fiel a su estilo, era el alma de la fiesta. Llevaba una camisa transparente con destellos plateados que dejaba poco a la imaginación, moviéndose entre la multitud con una risa que atraía todas las miradas.
Kinn, por otro lado, observaba desde la zona VIP, sosteniendo una copa de cristal tallado con una elegancia que rozaba la soberbia. Vestía un traje de terciopelo azul noche que costaba una pequeña fortuna, pero sus ojos oscuros no se despegaban de Barcode. Estaba celoso, aunque su orgullo le prohibía admitirlo. Odiaba cómo todo el mundo intentaba tocar al chico que, apenas unas horas antes en el camerino, le había jurado que solo tenía ojos para su "presumido favorito".
—Deberías dejar de mirarlo como si fueras a comprar su alma, Kinn —comentó Paul, dándole un sorbo a su bebida—. Vas a desgastar la seda de tu traje con tanta tensión.
—Solo me aseguro de que no haga ninguna estupidez que arruine la imagen de la serie —mintió Kinn, apretando el tallo de su copa.
En ese momento, un actor novato, un chico alto y de sonrisa fácil llamado Sky, que acababa de unirse al elenco secundario, se acercó a Barcode. Estaban riendo, compartiendo alguna broma privada que Kinn no podía oír sobre el estruendo de la música. De repente, ante el asombro de los presentes, Sky acortó la distancia, puso una mano en la nuca de Barcode y lo besó.
Fue un beso rápido, atrevido, cargado de la audacia de alguien que quería marcar territorio frente a las cámaras de los teléfonos que no paraban de grabar.
Barcode se quedó congelado, con los ojos muy abiertos, empujando suavemente al chico un segundo después, pero el daño ya estaba hecho.
Kinn sintió que el mundo se detenía. El cristal de su copa crujió bajo la presión de sus dedos. No fue la rabia lo que lo golpeó primero, sino una punzada de inseguridad tan aguda que le cortó la respiración. Él, el chico de los gustos caros y la armadura de arrogancia, se sintió de pronto pequeño. Vio a Barcode confundido, vio a sus amigos Keen y Aun acercarse rápidamente, pero no pudo quedarse a ver más.
Sin decir una palabra, Kinn dejó la copa en una mesa, se dio la vuelta y caminó hacia la salida con pasos largos, ignorando las llamadas de Paul. Su elegancia habitual se había desmoronado, dejando paso a un vacío en el pecho que quemaba más que cualquier insulto de Barcode.
Llegó a su ático en tiempo récord. Tiró las llaves sobre la mesa de mármol y se deshizo de la chaqueta de terciopelo, lanzándola al suelo sin importarle que se arrugara. Se apoyó contra el ventanal que daba a la ciudad, viendo las luces de Bangkok borrosas. Sus ojos ardían. Se sentía estúpido. ¿Cómo había permitido que un "chico chusma" como Barcode desarmara todas sus defensas hasta dejarlo así, a punto de llorar por un beso que ni siquiera había sido consentido?
—Eres un idiota, Kinn —se susurró a sí mismo, frotándose la cara con las manos—. Un idiota que se creyó el cuento de hadas con alguien que pertenece a todo el mundo.
Escuchó el sonido del ascensor privado abriéndose. Sabía quién era. Solo una persona tenía el código y la audacia de entrar sin llamar.
—¡Kinn! ¡Kinn, escúchame! —La voz de Barcode sonaba agitada, ronca por la carrera.
Kinn no se movió. Se quedó de espaldas, intentando controlar el temblor de sus hombros.
—Vete, Barcode —dijo Kinn, su voz sonando más quebrada de lo que pretendía—. Ve a celebrar con tu nuevo club de fans. Seguro que el "chico nuevo" besa mejor que yo, ¿no? Al menos él no se preocupa por arruinar su maquillaje de marca.
Barcode cruzó la sala en dos zancadas y lo agarró por el brazo, obligándolo a girarse. Al ver el rostro de Kinn, con los ojos enrojecidos y esa expresión de dolor puro que intentaba ocultar tras una mueca de desprecio, Barcode sintió que se le rompía el corazón.
—No fue nada, Kinn. Ese idiota me tomó por sorpresa, juro que lo empujé en cuanto reaccioné —explicó Barcode, su voz llena de urgencia—. No me importa él. No me importa nadie que no seas tú.
—¡Me da igual! —gritó Kinn, zafándose del agarre—. ¿Sabes lo que se siente? Estar ahí, mirando como un estúpido, mientras todos ven cómo te tocan. Siempre eres el centro de atención, Barcode. Todos te aman, todos te quieren. Y yo... yo solo soy el presumido que usa ropa cara para que nadie vea que me muero de miedo de perderte.
Barcode se quedó en silencio un segundo, procesando la confesión. La arrogancia de Kinn siempre había sido su escudo, y verlo así, despojado de ella, lo volvía loco de una manera diferente. No era burla lo que sentía, era un deseo voraz de protegerlo y de reclamarlo.
—Mírame, presumido —dijo Barcode, dando un paso adelante y acunando el rostro de Kinn con sus manos—. Mírame a los ojos y dime que realmente crees que alguien más podría hacerme sentir lo que tú me haces sentir.
Kinn intentó apartar la mirada, pero Barcode no lo dejó.
—Ese beso no significó nada porque no era tuyo —continuó Barcode, su voz bajando a un susurro peligroso—. Yo soy tuyo. De la cabeza a los pies. De mi ropa barata a mi corazón de chusma. Y si tengo que demostrártelo cada noche para que dejes de llorar por idiotas, lo haré.
Sin esperar respuesta, Barcode acortó la distancia y capturó los labios de Kinn en un beso que no tenía nada de dulce. Era un beso hambriento, posesivo, una declaración de guerra contra las inseguridades de Kinn. Kinn soltó un sollozo ahogado que se perdió en la boca de Barcode, y sus manos, que antes temblaban, se enredaron con desesperación en el cabello del cantante, tirando de él como si quisiera fusionar sus cuerpos.
Barcode lo empujó hacia el sofá de cuero blanco, pero Kinn lo detuvo, jadeando.
—A la cama —susurró Kinn, sus ojos brillando ahora con un fuego diferente—. Quiero que me hagas olvidar que alguien más te tocó. Quiero que me hagas tuyo hasta que me duela el nombre.
Caminaron, o más bien se arrastraron el uno al otro, hasta la habitación principal. La luz de la luna bañaba la cama de sábanas de seda gris, el único lujo que a Barcode nunca le había importado compartir.
Barcode se deshizo de su camisa transparente con un movimiento impaciente, dejando al descubierto su pecho firme. Se arrojó sobre Kinn, quien ya estaba deshaciéndose de su camisa de seda blanca. Cuando sus pieles finalmente se tocaron, el contacto fue eléctrico. Barcode recorrió con su lengua el cuello de Kinn, mordiendo justo en el lugar donde sabía que lo volvía loco, dejando marcas que ningún corrector de marca podría ocultar al día siguiente.
—Eres tan hermoso que duele, presumido —gruñó Barcode, bajando sus manos por el torso definido de Kinn—. Tu cuerpo es mi lugar favorito en el mundo. Me vuelve loco cómo te tensas cuando te toco aquí...
Barcode deslizó sus dedos por la cintura de Kinn, bajando lentamente hacia el borde de sus pantalones de vestir. Kinn arqueó la espalda, soltando un gemido que llenó la habitación. La vulnerabilidad de antes se había transformado en una entrega absoluta.
—Hazlo, Barcode... —suplicó Kinn, sus manos apretando los hombros de Barcode con fuerza—. Haz que solo pueda pensar en ti.
Barcode se tomó su tiempo. Quería disfrutar de cada centímetro de Kinn, de la suavidad de su piel de seda y de la firmeza de sus músculos. Lo besó por todas partes, desde las clavículas hasta el abdomen, dejando un rastro de calor que hacía que Kinn temblara. Cuando finalmente se deshicieron de lo que quedaba de su ropa, la visión de Kinn desnudo bajo la luz de la luna dejó a Barcode sin aliento por un momento.
—Si el mundo supiera lo que este "chico elegante" esconde bajo sus trajes... —susurró Barcode, posicionándose entre las piernas de Kinn.
—Solo tú lo sabes —respondió Kinn, rodeando la cintura de Barcode con sus piernas, atrayéndolo hacia sí—. Y solo tú tienes permiso para romperme.
Hicieron el amor con una intensidad que rozaba la violencia y la ternura al mismo tiempo. No era solo sexo; era una conversación sin palabras donde Barcode le pedía perdón por cada duda y Kinn le entregaba su orgullo en bandeja de plata. Cada embestida de Barcode era una promesa de lealtad, y cada gemido de Kinn era una confesión de amor que nunca se atrevería a decir en voz alta en los pasillos de la empresa.
Barcode se deleitaba en la forma en que el cuerpo de Kinn reaccionaba a él. Le encantaba ver cómo el chico arrogante perdía el control, cómo su respiración se volvía errática y cómo sus ojos se ponían en blanco cuando Barcode encontraba ese punto exacto que lo hacía gritar su nombre.
—¡Barcode! —gritó Kinn, enterrando las uñas en la espalda del otro mientras llegaban juntos al clímax, una explosión de sensaciones que los dejó exhaustos y entrelazados sobre las sábanas de lujo.
Minutos después, el silencio solo era interrumpido por sus respiraciones volviendo a la normalidad. Barcode estaba tumbado sobre el pecho de Kinn, escuchando los latidos acelerados de su corazón. Kinn le acariciaba el cabello con una suavidad que habría sorprendido a cualquiera que lo conociera en su faceta de "chico Gucci".
—Sigo pensando que eres un chusma —susurró Kinn finalmente, aunque su voz estaba llena de cariño.
—Y yo sigo pensando que eres un presumido insoportable —replicó Barcode, levantando la cabeza para darle un beso corto en la punta de la nariz—. Pero eres mi presumido. Y mañana, cuando volvamos al set, voy a asegurarme de que ese tal Sky entienda que si vuelve a acercarse a mi propiedad, no habrá traje de seda que lo salve de mi ira.
Kinn sonrió, una sonrisa de verdadera satisfacción. Se sentía seguro de nuevo, marcado y amado.
—¿Tu propiedad? —arqueó una ceja Kinn—. Pensé que yo era el que te hacía suyo.
—En esta cama, no hay jerarquías, Cenicienta —dijo Barcode, volviéndose a acomodar sobre él—. Solo hay un cantante que se muere por un actor arrogante.
—Mañana tendré que usar un cuello alto —se quejó Kinn, tocándose las marcas en el cuello con una sonrisa oculta—. Todos van a saber lo que hiciste.
—Ese es el plan —respondió Barcode antes de cerrar los ojos—. Que todo GMMTV sepa que debajo de toda esa ropa cara, solo hay espacio para mis marcas.
Se quedaron dormidos así, envueltos en el aroma del otro y en la promesa de que, sin importar cuántos besos robados o discusiones por marcas famosas hubiera, ellos siempre encontrarían el camino de regreso a ese ático, donde las etiquetas no importaban y el amor sabía a seda, sudor y una pizca de deliciosa arrogancia.