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La sonrisa de tus ojos

Etiquetas de Diseñador y Pruebas de Farmacia

El aire acondicionado del set 3 de GMMTV zumbaba con una monotonía exasperante, pero para Kinn, el sonido parecía el rugido de una turbina de avión dentro de su cráneo. Estaba sentado frente al espejo de su camerino privado, rodeado de frascos de lociones que costaban más que un alquiler promedio, pero por primera vez en su vida, el aroma a sándalo y bergamota que tanto amaba le revolvía el estómago de una manera violenta.

—Señor Kinn, el director dice que la escena del beso bajo la fuente se grabará en diez minutos —anunció Paul, entrando con una tableta en la mano—. Ha llegado el nuevo traje de seda azul cobalto. Es una pieza única, cortada a láser. Debería probárselo ahora para ajustar los últimos detalles.

Kinn intentó ponerse de pie, pero el mundo decidió dar un giro de trescientos sesenta grados. Sus manos, siempre firmes y elegantes, buscaron desesperadamente el borde de la mesa de mármol. Se puso pálido, un tono blanquecino que contrastaba de forma alarmante con su cabello perfectamente peinado.

—Paul... —susurró Kinn, cubriéndose la boca con el dorso de la mano—. Llévate ese traje. El olor a tinte... me está matando.

—¿El olor? Pero si es seda orgánica, señor. No tiene químicos —respondió Paul, acercándose con preocupación—. ¿Se siente bien? Está sudando y estamos a dieciocho grados.

Kinn no respondió. Simplemente empujó a su asistente a un lado y se encerró en el pequeño baño del camerino. El sonido de las arcadas llenó el espacio de lujo, rompiendo la imagen de perfección que Kinn tanto se esmeraba en mantener. Minutos después, salió limpiándose los labios con una toalla de algodón egipcio, temblando ligeramente.

—Es el estrés —sentenció Kinn, mirándose al espejo y tratando de recuperar su máscara de arrogancia—. La gira de Clover y las grabaciones nocturnas me están pasando factura. Dile al director que estaré listo en cinco minutos. Y que traigan un té de menta. No, mejor agua mineral de la botella de vidrio, la de plástico sabe a... plástico.

—¡Pero si siempre bebes de esa! —exclamó una voz burlona desde la puerta.

Barcode entró al camerino con su habitual energía de terremoto, vistiendo una sudadera de colores chillones y comiendo una bolsa de patatas fritas con extra de picante. El olor a fritura inundó la habitación al instante.

—¡Hola, "Cenicienta"! ¿Sigues retocándote el maquillaje? El director está a punto de... —Barcode se detuvo en seco al ver la cara de Kinn—. Vaya, pareces un fantasma que acaba de ver su propio precio en una etiqueta de rebajas. ¿Qué te pasa, presumido?

Kinn sintió que el estómago le daba un vuelco definitivo al oler las patatas de Barcode. Se tapó la nariz con elegancia fingida, aunque sus ojos lagrimeaban.

—Saca esa basura de aquí, Barcode —logró decir Kinn con voz ronca—. Huele a aceite reutilizado y a desesperación social. Me vas a hacer vomitar de verdad.

—¡Oye! Son mis favoritas —protestó Barcode, pero su sonrisa desapareció cuando notó que Kinn no estaba bromeando. Se acercó y le puso una mano en la frente—. Estás helado, Kinn. Y tienes ojeras. ¿Es por lo de anoche? Juro que no fui tan rudo... bueno, quizás un poco, pero eres un alfa, se supone que aguantas eso y más.

—No es eso, chusma —gruñó Kinn, dejándose caer en la silla—. He estado teniendo mareos desde hace una semana. Y todo me huele mal. Incluso tu perfume, que ya de por sí es un ataque a los sentidos, hoy me parece un arma química.

Barcode frunció el ceño. Sus amigos, Keen y Aungpao, siempre decían que él era distraído, pero cuando se trataba de Kinn, sus instintos estaban más afilados que una lengua de crítico de moda. Recordó las últimas semanas: Kinn quedándose dormido en medio de las lecturas de guion, Kinn rechazando su vino favorito porque "sabía a metal", y sobre todo, aquel incidente hace dos meses donde, en un arrebato de pasión tras la fiesta de clausura, se olvidaron de ciertas precauciones básicas.

—Kinn... —dijo Barcode en un susurro, dejando la bolsa de patatas sobre la mesa—. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste al médico para tu chequeo de rutina?

—Soy un alfa, Barcode. Mi sistema inmunológico es superior —respondió Kinn, tratando de ajustarse el puño de la camisa, aunque sus dedos fallaban—. No necesito médicos para un simple empacho. Probablemente es la comida de la cafetería. Les dije que el salmón no se veía fresco.

—Keen me dijo el otro día que hay casos raros... —empezó Barcode, rascándose la nuca—. Casos de alfas que, por una anomalía genética o una conexión demasiado fuerte con su pareja... bueno, que pueden concebir.

Kinn soltó una carcajada seca, aunque se cortó a la mitad por un nuevo mareo.

—¿Embarazado? ¿Yo? —Kinn lo miró con una mezcla de indignación y gracia—. Barcode, he leído libros de medicina que cuestan más que tu casa. Eso es un mito urbano, una fantasía para series de televisión baratas. Soy un hombre, un heredero, un modelo de elegancia. No soy un... un nido.

—Pues este "nido" tiene ganas de devolver el alma por la boca cada vez que me acerco —replicó Barcode, agarrándolo por los hombros—. No voy a dejar que grabes así. Paul, cancela todo. Dile al director que Kinn tiene una intoxicación por... por exceso de clase. Nos vamos al hospital. Ahora.

—¡No voy a ir a un hospital público a mezclarme con la plebe! —protestó Kinn, aunque no opuso resistencia cuando Barcode lo ayudó a levantarse.

—Iremos a la clínica privada esa donde te cobran por respirar, presumido. Mueve el trasero de seda antes de que te desmayes en mis brazos y tenga que cargarte como a una damisela, lo cual, admitámoslo, arruinaría tu reputación para siempre.

El trayecto en el coche fue un suplicio de silencios tensos y paradas de emergencia para que Kinn pudiera respirar aire fresco. Al llegar a la clínica de lujo, donde las enfermeras vestían mejor que Barcode en un día de gala, los recibió un médico que conocía a la familia de Kinn de toda la vida.

—Espero que sea algo rápido, doctor —dijo Kinn, sentado en la camilla de exploración, tratando de mantener la compostura a pesar de que el mundo seguía balanceándose—. Tengo una sesión de fotos por la tarde y no puedo permitirme lucir demacrado.

El médico, un hombre mayor con gafas de montura de oro, revisó los resultados de los análisis de sangre rápidos que les habían hecho al llegar. Su expresión pasó de la profesionalidad a la absoluta estupefacción. Miró a Kinn, luego a Barcode —que estaba mordiéndose las uñas en la esquina— y luego volvió a mirar el informe.

—Señor Kinn... —empezó el doctor, aclarándose la garganta—. En mis cuarenta años de carrera, he visto casos excepcionales. Usted posee una condición latente, muy común en linajes antiguos y puros como el suyo, donde la biología se adapta a la necesidad de... preservación.

—Hable en cristiano, doctor —intervino Barcode, acercándose a la camilla—. ¿Tiene un parásito? ¿Es un virus de esos caros?

—No es un virus, joven —dijo el médico con una sonrisa temblorosa—. El señor Kinn está esperando un hijo. Tiene aproximadamente ocho semanas de gestación.

El silencio que siguió a las palabras del médico fue tan pesado que Kinn sintió que el techo de la clínica se le caía encima. Barcode abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Kinn, por su parte, se quedó mirando un punto fijo en la pared, con la mente procesando la información a la velocidad de un ordenador antiguo.

—¿Embarazado? —susurró Kinn finalmente. Su voz no era la de un alfa arrogante, sino la de un niño asustado—. ¿Yo? ¿Con un bebé? ¿Dentro de mí? Pero... mi ropa. Mis trajes. El corte slim... ¡No voy a caber en nada!

Barcode, tras el shock inicial, soltó una carcajada que empezó como un hipido y terminó en un grito de alegría. Se lanzó sobre Kinn, rodeándolo con sus brazos y llenándole la cara de besos, ignorando las protestas débiles del otro.

—¡Un mini-presumido! —gritó Barcode—. ¡O una mini-chusma! ¡Kinn, vamos a tener un bebé! ¡Sabía que mi puntería era de clase mundial!

—¡Suéltame, animal! —chilló Kinn, aunque sus manos se aferraron instintivamente a la sudadera de Barcode—. ¡Esto es un desastre! ¡Soy un icono de la moda! ¿Cómo voy a explicar que mi cintura va a expandirse como la de un... un plebeyo cualquiera? ¡Y las náuseas! ¡Voy a odiar cada minuto de esto!

—Cállate, presumido —dijo Barcode, separándose apenas unos centímetros para mirarlo a los ojos. Su expresión era inusualmente seria y llena de una ternura que hizo que a Kinn se le hiciera un nudo en la garganta—. Vas a ser el papá más elegante y arrogante de toda la historia. Y yo voy a estar aquí para comprarte todos los antojos caros que quieras, incluso si pides helado de trufa blanca a las tres de la mañana.

Kinn sintió que las lágrimas, esas que siempre intentaba reprimir, empezaban a asomar. Se apoyó en el hombro de Barcode, ocultando su rostro.

—Voy a estar gordo, Barcode —sollozó Kinn—. Y voy a oler a leche y a pañales. Mi vida de lujo se ha acabado.

—Tu vida de lujo acaba de subir de nivel, Cenicienta —replicó Barcode, acariciándole el cabello—. Ahora tienes un accesorio que nadie más tiene. Y lo mejor de todo es que es mitad tú y mitad yo. Imagínate... un bebé con tu sentido de la moda y mi buen humor.

—Dios nos libre de eso —murmuró Kinn, soltando una pequeña risa entre las lágrimas.

Al salir de la clínica, se encontraron con sus amigos en la sala de espera. Keen, Aun y Aungpao estaban sentados en los sofás de cuero, fingiendo leer revistas de negocios, pero saltaron en cuanto vieron aparecer a la pareja.

—¿Y bien? —preguntó Keen, con su tableta lista para anotar cualquier novedad—. ¿Es una úlcera por el estrés de ser tan guapo o es que finalmente te has vuelto alérgico a la ropa barata de Barcode?

Kinn se detuvo, recuperando su porte aristocrático. Se ajustó las gafas de sol, aunque sus ojos seguían un poco hinchados, y miró a sus amigos con una superioridad renovada.

—Es algo mucho más exclusivo que una úlcera, Keen —declaró Kinn, cruzándose de brazos—. Resulta que mi cuerpo es tan avanzado y sofisticado que ha decidido crear vida. Voy a tener un heredero.

El silencio volvió a reinar, esta vez en el grupo Clover. Aungpao dejó caer su teléfono y Aun se atragantó con su chicle. Keen, por primera vez en su vida, se quedó sin palabras, mirando de la barriga todavía plana de Kinn a la cara radiante de Barcode.

—¿Estás... estás de broma? —logró decir Aun—. ¿Kinn está...? ¿Embarazado?

—¡SÍ! —gritó Barcode, levantando los brazos en señal de victoria—. ¡Y va a ser el bebé más popular de GMMTV! ¡Ya estoy diseñando la línea de ropa "Mini-Clover"!

—¡Ni se te ocurra ponerle colores chillones a mi hijo! —intervino Kinn, señalando a Barcode con el dedo—. Si va a llevar algo, será seda de Lyon y algodón orgánico. Y nada de estampados de dibujos animados. Será un bebé minimalista.

—¡Será un bebé divertido, presumido! —replicó Barcode, dándole un empujoncito—. Le enseñaré a hacer bromas pesadas y a burlarse de tus trajes de sastre.

—¡Sobre mi cadáver de diseñador!

Keen finalmente reaccionó, empezando a teclear frenéticamente en su tableta.

—Esto es oro puro. El primer alfa embarazado de la industria. Las marcas de bebés van a matarse por un contrato. Kinn, querido, olvida el corte slim. Vamos a poner de moda el "estilo premamá de alta costura".

—Si voy a estar embarazado, seré el hombre embarazado más elegante que el mundo haya visto jamás —sentenció Kinn, empezando a caminar hacia la salida con su habitual aire de importancia, aunque esta vez aceptó que Barcode le pasara un brazo por la cintura para sostenerlo.

—Ese es mi chico —susurró Barcode al oído de Kinn—. El presumido más fértil de Bangkok.

—Cállate, chusma —respondió Kinn, aunque se pegó más a él—. Y más te vale que ese helado de trufa sea de verdad. Si me traes una imitación, te juro que el bebé y yo nos mudaremos a París y no volverás a vernos.

—Te traeré la trufa, el helado y la tienda entera si hace falta —prometió Barcode, besándole la sien mientras salían al sol de la tarde.

El reencuentro que había empezado con insultos y rivalidades había llegado a un punto que ninguno de los dos imaginó. Entre las marcas famosas, los apodos constantes y las discusiones sobre el buen gusto, una nueva vida estaba en camino. Y aunque Kinn se quejara de la pérdida de su figura y Barcode de los antojos caros, ambos sabían que ese "desastre" era, sin duda alguna, su mejor producción hasta la fecha.

—Barcode... —dijo Kinn antes de subir al coche.

—¿Qué pasa, Cenicienta?

—Te amo. Pero si le enseñas al bebé a decir "chusma" antes que "papá", te cortaré la suscripción a todas tus revistas de música.

—Yo también te amo, presumido. Y prepárate, porque este niño va a tener mi sonrisa y tus ojos... el mundo no está listo para tanto estilo y tanta travesura juntos.

Kinn sonrió, una sonrisa llena de una paz que no se compraba con dinero, y mientras el coche se alejaba de la clínica, supo que su vida de etiquetas acababa de recibir la etiqueta más importante de todas: la de una familia que, a pesar de los apodos y las arrogancias, era absolutamente indestructible.