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La sonrisa de tus ojos

Nidos de Algodón y Latidos en el Ático

—¿Estás seguro de que no quieres que cancele? —preguntó Barcode por décima vez, mientras ajustaba la correa de su maleta de mano—. Puedo decir que tengo una laringitis fulminante. Puedo fingir que me caí por las escaleras. Sabes que soy un gran actor, Kinn. Nadie sospecharía nada.

Kinn, sentado en el borde de la cama de seda con una elegancia que ni siquiera cinco meses de embarazo lograban arrebatarle, soltó un suspiro cargado de fastidio aristocrático. Su vientre, ahora una curva clara y firme bajo su pijama de satén azul marino, era el centro de su nuevo universo.

—Barcode, por el amor a Chanel, vete ya —sentenció Kinn, cruzándose de brazos—. Es solo una semana de promoción en Japón. Estaré bien. Paul viene dos veces al día, la nutricionista ha dejado el menú organizado y tengo suficiente hilo dental de seda para sobrevivir a un apocalipsis. No soy una porcelana de la dinastía Ming, aunque sea igual de valioso.

—Pero te cansas rápido, y ayer dijiste que el bebé no dejaba de dar patadas —insistió Barcode, acercándose para arrodillarse frente a él. Puso sus manos sobre la barriga de Kinn, sintiendo ese calor especial que emanaba de su piel—. Mi pequeño presumido está muy inquieto.

—Está inquieto porque su otro padre es un "chusma" hiperactivo que no deja de hablarle —replicó Kinn, aunque una pequeña sonrisa traicionó su máscara de frialdad—. Vete. Si te quedas un minuto más, perderás el vuelo y tendré que aguantar tus quejas de "ay, perdí mi oportunidad internacional" durante todo el trimestre.

Barcode besó la frente de Kinn, luego su nariz y finalmente depositó un beso prolongado sobre su vientre.

—Tres días, Kinn. Solo estaré desconectado tres días porque grabaremos en una zona rural sin señal de satélite. Pero en cuanto vuelva a la civilización, te llamaré.

—Tres días de paz sin escuchar tus chistes malos —murmuró Kinn, cerrando los ojos—. Qué lujo.

Pero la paz fue lo primero que se evaporó en cuanto la puerta del ático se cerró.

Al segundo día de la partida de Barcode, el silencio del enorme apartamento empezó a sentirse como una losa de mármol frío. Kinn, que siempre había presumido de su independencia y de su amor por la soledad sofisticada, se encontró caminando por los pasillos con una inquietud que no lograba calmar ni con su música clásica favorita.

Sus hormonas, esas traidoras que no entendían de marcas ni de protocolos, decidieron que el aroma a sándalo y limpieza del ático ya no era suficiente. Su cuerpo, en plena transformación alfa-gestante, empezó a exigir algo primario, algo que el dinero no podía comprar: el rastro de Barcode.

Al tercer día, el instinto de anidación golpeó a Kinn con la fuerza de una colección de invierno.

—Esto es ridículo —se dijo Kinn a sí mismo, de pie frente al vestidor de Barcode—. Soy un hombre de negocios. Soy un actor respetado. No voy a hacer lo que creo que voy a hacer.

Diez minutos después, Kinn estaba arrastrando todas las sudaderas de algodón, las camisetas de conciertos con agujeros y las chaquetas de mezclilla de Barcode hacia el centro de la cama principal. Sus movimientos eran frenéticos, casi desesperados. Sus manos, que normalmente solo tocaban telas finas, se hundían en el algodón barato y desgastado de Barcode como si fuera el tesoro más grande del mundo.

Construyó un círculo perfecto. Colocó las sudaderas más suaves en la base, creando un nido acolchado. En el centro, puso la camiseta que Barcode había usado la mañana de su partida, la que aún conservaba ese aroma a vainilla, sudor juvenil y energía vibrante.

Kinn se despojó de su bata de seda y, vistiendo solo unos calzoncillos bóxer de marca, se acurrucó en el centro del nido. Enterró el rostro en la ropa de Barcode y, por primera vez en setenta y dos horas, su corazón dejó de galopar. El bebé, que había estado revolviéndose con fuerza, se calmó al instante, arrullado por el olor del padre ausente.

—Solo es por el bienestar del heredero —susurró Kinn a la oscuridad de la habitación, quedándose profundamente dormido entre montañas de ropa "chusma".

Mientras tanto, en las montañas de Japón, Barcode estaba al borde de un ataque de nervios. El clima había empeorado, la señal no regresaba y su intuición le gritaba que algo no iba bien. En cuanto el equipo de producción anunció que el camino estaba despejado, Barcode no esperó al autobús del staff. Alquiló un coche privado, llegó al aeropuerto y sobornó a media aerolínea para conseguir el primer asiento disponible hacia Bangkok.

Llegó al edificio del ático a las tres de la mañana, sudado, con la ropa arrugada y el corazón en la garganta. No había tenido noticias de Kinn en tres días completos. Paul no respondía (porque Kinn le había prohibido molestar a Barcode) y el silencio era aterrador.

Entró al ático como un vendaval.

—¡Kinn! ¡Kinn, contéstame! —gritó, corriendo hacia la habitación principal—. ¡Si estás desmayado juro que voy a demandar a toda esta empresa!

Abrió la puerta de golpe, esperando encontrar una tragedia. Lo que vio lo detuvo en seco.

La cama de tres metros de ancho estaba cubierta de lo que parecía ser todo su armario. En el centro de ese caos de algodón y colores chillones, Kinn estaba hecho un ovillo. Tenía una de las sudaderas de Barcode abrazada contra su pecho y otra cubriéndole las piernas. Su rostro, generalmente tenso por la arrogancia, estaba relajado, casi angelical bajo la tenue luz de la luna.

Barcode soltó un suspiro de alivio tan largo que sus rodillas flaquearon. Se acercó a la cama con pasos felinos, tratando de no despertar al "rey" de su nido.

—Vaya... —susurró Barcode con una sonrisa llena de ternura—. El presumido ha resultado ser un pajarito constructor.

Se sentó en el borde de la cama y acarició suavemente la mejilla de Kinn. El contacto hizo que Kinn se removiera, frunciendo el ceño antes de abrir los ojos lentamente. Al ver a Barcode, Kinn parpadeó varias veces, como si estuviera procesando una alucinación.

—¿Barcode? —Su voz sonó pequeña, ronca por el sueño—. ¿Eres tú o es mi cerebro castigándome por usar ropa de mercadillo?

—Soy yo, Cenicienta. He vuelto —dijo Barcode, besándole la frente—. Me tenías muerto de miedo. ¿Qué es todo esto? ¿Has decidido abrir una tienda de ropa usada en nuestra cama?

Kinn, dándose cuenta de su situación, intentó recuperar su dignidad de inmediato. Trató de sentarse, pero su vientre de cinco meses y la maraña de sudaderas se lo pusieron difícil. Se puso rojo de vergüenza, una mancha escarlata que subió por su cuello hasta las orejas.

—Es... es una técnica de relajación avanzada —mintió Kinn, apartando una de las chaquetas de Barcode con desdén fingido—. Leí que las fibras de baja calidad ayudan a... a valorar más la seda cuando uno despierta. No es lo que parece, chusma.

—Claro, y por eso tienes mi camiseta de la suerte pegada a la nariz —se burló Barcode, metiéndose en el nido y rodeando a Kinn con sus brazos—. Admítelo, me extrañabas tanto que tuviste que hacer un nido con mi ropa. Eres un tierno, Kinn. Un tierno muy presumido.

Kinn suspiró, dejando caer la cabeza en el hombro de Barcode. La resistencia era inútil.

—Te odio —susurró Kinn, aunque se pegó más a él—. El bebé no dejaba de moverse. Y todo me olía a hospital y a soledad. Solo... solo con tu olor se calmaba.

Barcode lo abrazó con fuerza, sintiendo la redondez del vientre de Kinn contra su costado. Estaba a punto de decir algo gracioso cuando notó que Kinn se retorcía ligeramente, soltando un pequeño gemido de incomodidad.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Llamo al médico? —preguntó Barcode, alarmado de nuevo.

Kinn negó con la cabeza, pero sus manos subieron instintivamente hacia su pecho, apretando la tela de la sudadera que llevaba puesta.

—Me... me duelen —confesó Kinn, bajando la mirada—. Están muy sensibles. El doctor dijo que es normal en esta etapa, pero hoy es insoportable. Siento que me queman, Barcode. Es una presión... una pesadez que no me deja estar cómodo.

Barcode miró el pecho de Kinn. Bajo la tela fina, se notaba que sus pezones estaban endurecidos y la zona se veía más hinchada de lo habitual. La excitación y la preocupación se mezclaron en la sangre de Barcode. Sabía que los cambios hormonales en un alfa gestante eran intensos, y que la sensibilidad en el pecho era una señal de que el cuerpo se preparaba para todo lo que estaba por venir.

—Déjame ayudarte —dijo Barcode con una voz que ya no tenía rastro de burla. Era profunda, cargada de un deseo protector.

—No, Barcode, estoy hecho un desastre, estoy sudado y... —empezó Kinn, pero Barcode ya estaba levantándole la sudadera con cuidado.

Cuando la piel quedó al descubierto, Barcode soltó un suspiro. Kinn se veía hermoso. La piel de su pecho estaba tensa, las venas apenas marcadas por el aumento del flujo sanguíneo, y las areolas más oscuras de lo normal. Barcode se acercó y, con una delicadeza que solo reservaba para Kinn, empezó a masajear la zona con las yemas de sus dedos.

Kinn soltó un gemido largo, cerrando los ojos. El alivio fue instantáneo, pero fue reemplazado rápidamente por un calor que empezó a irradiar desde su pecho hacia todo su cuerpo.

—Eso... eso ayuda —jadeó Kinn, echando la cabeza hacia atrás—. Pero sigue doliendo, hay mucha presión.

Barcode bajó la cabeza y rodeó uno de los pezones con sus labios, succionando con una suavidad extrema. Kinn soltó un grito ahogado, arqueando la espalda y hundiendo sus dedos en el cabello de Barcode.

—¡Barcode! —exclamó Kinn—. Eso... eso no es lo que el médico recomendó... creo.

—El médico no sabe lo que te gusta tanto como yo —murmuró Barcode contra su piel, pasando ahora a lamer y masajear el otro pecho—. Estás tan sensible, Kinn. Tu cuerpo está haciendo un trabajo increíble. Déjame cuidarte.

El ambiente en el nido de ropa se volvió eléctrico. Barcode siguió usando su boca para aliviar la tensión de Kinn, pero pronto los besos bajaron hacia el vientre, donde el pequeño heredero parecía disfrutar de la atención, y luego más abajo.

Kinn estaba desarmado. En ese nido de algodón, rodeado de la esencia de Barcode y sintiendo sus manos y su boca sobre él, toda su arrogancia se había evaporado. Solo quedaba el hombre que amaba a Barcode con una intensidad que lo asustaba.

—Hazme el amor, Barcode —suplicó Kinn, tirando de él para que subiera de nuevo a su altura—. Necesito sentirte. Necesito que me quites esta pesadez de encima.

Barcode no necesitó que se lo pidieran dos veces. Se deshizo de su propia ropa en segundos, quedando piel contra piel con Kinn. El contraste entre la seda de la piel de Kinn y la energía vibrante de Barcode era lo que siempre los mantenía unidos.

Se movieron con una lentitud exquisita, conscientes del bebé, conscientes de la fragilidad y la fuerza de ese momento. Barcode entró en él con un suspiro de alivio, sintiendo que finalmente estaba en casa. Kinn lo recibió con las piernas abiertas de par en par, rodeando su cintura y atrayéndolo hacia lo más profundo de su ser.

—Eres mío, presumido —susurró Barcode, marcando el ritmo con sus caderas, una danza lenta y profunda que hacía que Kinn soltara pequeños sollozos de placer.

—Y tú eres mi chusma... —respondió Kinn, besándolo con una desesperación dulce—. No te vuelvas a ir. No me dejes solo en este nido de nuevo.

Hicieron el amor rodeados de sudaderas viejas y chaquetas de mezclilla, pero para Kinn, ese nido de algodón se sentía más lujoso que cualquier suite presidencial en París. Cada embestida de Barcode aliviaba no solo el dolor físico de su pecho, sino también el vacío emocional de los días de ausencia.

Cuando el clímax los alcanzó, fue una explosión de ternura y necesidad. Se quedaron abrazados, jadeando, con el sudor pegando sus cuerpos en medio del caos de ropa. Barcode se quedó sobre él, apoyado en sus codos para no cargar todo su peso sobre el vientre de Kinn, y le limpió las lágrimas de las mejillas con los pulgares.

—Te amo, Kinn —dijo Barcode, con una sinceridad que siempre lograba desarmar al otro—. Prometo que la próxima vez que tenga que viajar, te llevaré conmigo, aunque tenga que meterte en una maleta de Louis Vuitton.

Kinn soltó una risita débil, acariciando el rostro de Barcode.

—Tendría que ser una maleta muy grande, chusma. Y con ventilación. No pienso arruinar mi peinado por tu falta de planificación.

Barcode se rió y se acomodó a su lado, cubriéndolos a ambos con una de sus sudaderas más grandes.

—Mañana mandaré a lavar toda esta ropa —dijo Kinn, cerrando los ojos con satisfacción—. Huele demasiado a ti. Es abrumador.

—Mentiroso. Mañana vas a querer que te haga otro nido —replicó Barcode, besándole el hombro—. Pero por ahora, duerme. El pequeño presumido y tú necesitan descansar.

Kinn no protestó. Se quedó dormido en segundos, acurrucado contra el pecho de Barcode, rodeado de algodón barato y de un amor que no entendía de etiquetas ni de precios. Barcode se quedó despierto un rato más, velando el sueño de su familia, pensando que, aunque Kinn siempre sería un presumido arrogante, no había nada en el mundo que cambiara por ese momento en su nido de seda y algodón.

Al final del día, el lujo no estaba en la marca de la ropa, sino en quién estaba dentro de ella cuando las luces se apagaban. Y en ese ático de Bangkok, el amor de un "chusma" y un "presumido" era la única riqueza que realmente importaba.