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Lagrimas en silencio

Lazos de sangre y ceniza

La noche en la Academia de Tokio había caído con una serenidad engañosa, envolviendo los edificios de madera en un manto de sombras azuladas. Maki se encontraba en el porche de su habitación, con las piernas colgando hacia el jardín interior. El frío nocturno empezaba a calar, pero ella no se movía. Sostenía entre sus dedos el anillo de plata que colgaba de su cuello, frotando el metal liso como si fuera un amuleto.

De repente, el teléfono que Gojo le había obligado a llevar vibró en su bolsillo. Al ver el nombre en la pantalla, su corazón dio un vuelco que se negó a reconocer como alegría.

—¿Okkotsu? —respondió ella, intentando que su voz sonara tan firme como siempre.

—¡Maki-san! —La voz de Yuta llegó con un ligero retraso, distorsionada por la distancia y la estática de la señal internacional—. Siento llamar tan tarde. Aquí es media mañana, pero no podía dejar pasar otro día sin saber de ti.

Maki se permitió una pequeña sonrisa, protegida por la oscuridad.

—No te preocupes, idiota. Estaba despierta. ¿Cómo va el entrenamiento con Miguel? Espero que no estés dejando que te gane solo por ser amable.

—Es duro —admitió Yuta con una risa nerviosa—. Miguel no tiene piedad, y Rika... bueno, ella sigue siendo Rika. Pero estoy aprendiendo a escucharla de otra manera. ¿Y tú? ¿Cómo están todos?

Maki suspiró, dejando que su espalda se apoyara contra el pilar de madera.

—Las cosas han estado... interesantes por aquí. No te lo vas a creer, pero Gojo-sensei ha estado ocultando algo enorme. O mejor dicho, a alguien.

—¿Gojo-sensei? —preguntó Yuta, sonando genuinamente intrigado—. ¿Qué hizo ahora? ¿Compró una montaña de dulces de edición limitada?

—Ojalá fuera eso —rio Maki—. Utahime Iori, la profesora de Kyoto, vino de visita. Resulta que ella y Satoru están juntos. Y no solo eso... tienen un hijo. Un bebé de tres meses llamado Takeru.

Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea. Maki casi pudo imaginar a Yuta parpadeando con incredulidad en medio de la sabana africana.

—¿Un bebé? ¿Gojo-sensei es padre? —Yuta soltó una exclamación de asombro—. Eso es... es increíble. No puedo imaginarlo cambiando pañales.

—Es surrealista —continuó Maki, bajando el tono de voz—. Pero deberías verlo, Yuta. El niño tiene exactamente los mismos ojos que Satoru, ese azul que parece que te atraviesa, pero el cabello es oscuro y liso como el de Utahime. Hoy lo tuve en brazos. Es tan pequeño que da miedo romperlo, pero Gojo lo mira como si fuera el tesoro más grande del mundo. Me hizo pensar que... bueno, que incluso en este mundo de maldiciones, pueden pasar cosas buenas.

—Me alegra mucho oír eso, Maki-san —dijo Yuta, y su voz sonó inusualmente cálida—. Me alegra que estés rodeada de esa energía. Te mereces ver que la vida puede ser algo más que una batalla constante.

—Sí, supongo —respondió ella, aclarándose la garganta para disipar la emotividad—. Pero no te pongas sentimental. Sigue entrenando. Te necesito de vuelta pronto.

—Lo haré. Te lo prometo. Cuídate mucho, Maki.

Cuando colgaron, Maki se quedó mirando la pantalla oscurecida del teléfono. La calidez de la conversación aún persistía cuando decidió entrar a su habitación. Sin embargo, sobre su escritorio, un sobre de papel amarillento la esperaba. No tenía sello postal, lo que significaba que alguien lo había dejado allí personalmente.

Reconoció la caligrafía de inmediato. Era errática, elegante pero con trazos que denotaban cansancio. Era la letra de Mai.

Maki abrió el sobre con manos que empezaron a temblar.

"Maki," decía la carta. "Sé que prometí no volver a escribirte para no darles motivos a los ancianos de vigilarte, pero ya no puedo más. Las cosas aquí se han vuelto insoportables desde que te fuiste. El tío Naobito está furioso por tu 'traición' y ha descargado todo su desprecio en mí. Pero eso no es lo peor. Me siento débil, hermana. Una debilidad que no es solo por los entrenamientos. Los médicos del clan dicen que es una enfermedad de la energía, algo que consume mi cuerpo desde adentro porque mi técnica ritual es incompleta. Tengo fiebre todas las noches y apenas puedo levantarme de la cama. Por favor... no vengas. No quiero que me veas así. Solo quería decirte que espero que seas libre, aunque yo no pueda serlo."

Maki apretó el papel hasta que sus nudillos se volvieron blancos. La rabia, esa vieja amiga que creía haber domesticado en la academia, rugió en su pecho con una fuerza renovada. No perdió un segundo. Se puso la chaqueta, agarró su lanza y salió disparada hacia la habitación de Megumi.

—¡Megumi, despierta! —gritó, golpeando la puerta con fuerza.

El chico abrió la puerta segundos después, con el cabello revuelto y los ojos entrecerrados por el sueño, pero se espabiló al instante al ver la expresión en el rostro de su prima.

—Maki, ¿qué pasa?

—Es Mai —dijo ella, entregándole la carta—. Tenemos que ir a la finca Zenin. Ahora mismo.

Megumi leyó la carta rápidamente. Su expresión se endureció, transformándose en esa máscara de frialdad que utilizaba cuando estaba dispuesto a todo.

—Iré por las llaves del coche de la escuela. No le diremos a Gojo —dijo Megumi—. Si se entera, intentará hacerlo oficial y los Zenin cerrarán las puertas. Entraremos como sombras.

El viaje hacia la finca Zenin fue un silencio sepulcral. Maki miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad desaparecían para dar paso a la oscuridad del bosque que rodeaba el complejo de su familia. El anillo de Yuta pesaba sobre su pecho, recordándole que ahora tenía algo por lo que volver, pero Mai... Mai era su otra mitad. Si ella caía, una parte de Maki moriría con ella.

Llegaron al complejo de madrugada. Gracias a las habilidades de Megumi y al conocimiento que Maki tenía de las patrullas, lograron infiltrarse sin levantar sospechas. El aire en la finca Zenin seguía oliendo a incienso viejo y a esa opresión que Maki tanto odiaba.

Se dirigieron a las habitaciones de servicio, el lugar donde las mujeres sin valor eran relegadas. Al llegar a la puerta de Mai, Maki se detuvo un segundo para recuperar el aliento.

—Quédate fuera, Megumi —susurró—. Vigila si alguien se acerca.

—Está bien. Date prisa.

Maki deslizó la puerta corredera. El olor que emanaba de la habitación la golpeó de inmediato: medicina amarga, sudor y el rancio aroma de la enfermedad. En el centro, sobre un futón descolorido, yacía una figura tan delgada que apenas abultaba bajo las mantas.

—¿Mai? —susurró Maki, acercándose de rodillas.

Su hermana abrió los ojos lentamente. Estaban hundidos, rodeados de ojeras violáceas, y su piel, usualmente oliva, tenía un tono grisáceo alarmante. Cuando vio a Maki, intentó incorporarse, pero una tos violenta la sacudió, dejando rastros de sangre en su mano.

—Te dije... te dije que no vinieras —logró decir Mai con una voz que era apenas un hilo—. Eres una idiota, Maki.

—Cállate —respondió Maki, sintiendo que el corazón se le partía al ver la condición deplorable de su gemela—. ¿Qué te han hecho? ¿Por qué no te han llevado a un hospital de verdad?

—Para ellos... soy un experimento fallido —tosió Mai, dejando que Maki sostuviera su cabeza—. Dicen que mi cuerpo está rechazando mi propia energía maldita. Es irónico, ¿verdad? Tú no tienes nada y eres fuerte. Yo tengo un poco y me está matando.

Maki tomó la mano de su hermana. Estaba gélida. La rabia que sentía contra su propia sangre, contra Naobito y todos esos ancianos decrépitos, alcanzó un punto de ebullición.

—Te voy a sacar de aquí, Mai. No me importa lo que digan. Nos vamos a la academia. Ieiri-san te curará.

—No puedo... no tengo fuerzas para caminar —susurró Mai, cerrando los ojos—. Déjame aquí, Maki. Al menos tú escapaste. Con eso me basta.

—¡No me basta a mí! —Maki la levantó en brazos con una facilidad que hablaba de lo mucho que Mai había perdido de peso—. Somos gemelas, Mai. Si tú te rindes, yo también pierdo. No voy a dejar que estos monstruos se queden con lo último que me queda de humanidad.

Justo cuando Maki se disponía a salir de la habitación, una presencia pesada se materializó en el pasillo. Megumi retrocedió, con sus sombras listas para atacar.

—Vaya, vaya. La oveja negra ha vuelto al redil —dijo una voz arrastrada y llena de veneno.

Naoya Zenin estaba de pie bajo la luz de la luna, con una sonrisa arrogante y las manos en los bolsillos de su kimono. Miró a Maki con desprecio y luego a la moribunda Mai en sus brazos.

—¿Para qué quieres ese estorbo, Maki? Ya casi no respira. Deberías dejar que muera aquí, en el lugar que le corresponde por ser tan mediocre.

Maki apretó a Mai contra su pecho. Sus ojos, detrás de las gafas, brillaron con una furia asesina que hizo que incluso Naoya diera un paso atrás por puro instinto.

—Apártate de mi camino, Naoya —dijo Maki, y su voz no era humana; era el rugido de algo que había sido empujado demasiado lejos—. Si tocas a mi hermana, te juro que no quedará ni un solo rincón de esta finca donde puedas esconderte de mí.

—¿Crees que porque te casaste con el monstruo de los Gojo tienes poder aquí? —se burló Naoya, aunque su mano temblaba ligeramente al buscar su arma—. Aquí no eres nada. Solo una mujer sin energía.

—Megumi —dijo Maki sin apartar la vista de Naoya.

—Estoy listo —respondió el chico, invocando a sus perros divinos, que gruñeron mostrando colmillos imbuidos de energía oscura.

—Saca a Mai de aquí —ordenó Maki, entregándole con cuidado el cuerpo de su hermana a Megumi—. Llévala al coche. Yo me encargo de limpiar el camino.

—Maki, no puedes enfrentarte a todos sola —protestó Megumi.

—No estoy sola —dijo ella, tocando el anillo de Yuta que colgaba de su cuello—. Tengo una promesa que cumplir. Y empieza por destruir a cualquiera que intente hacernos daño. ¡Vete!

Megumi asintió y salió corriendo por el pasillo lateral, aprovechando que sus sombras confundían a los guardias que empezaban a llegar.

Maki se quedó sola frente a Naoya y un grupo de hechiceros de menor rango que rodeaban el patio. El viento sopló con fuerza, agitando su cabello verde. En ese momento, Maki no pensaba en el dolor, ni en el hambre, ni en los años de maltrato. Pensaba en el bebé de Utahime que representaba el futuro, y en Mai, que representaba su pasado.

—¿Quieres ver lo que una mujer sin energía puede hacer? —preguntó Maki, ajustándose las gafas y empuñando su lanza con una fuerza que hizo crujir la madera—. Ven a buscarme.

Naoya lanzó un ataque de velocidad, pero Maki ya no era la niña asustada que él recordaba. Sus sentidos, agudizados por la falta de energía maldita hasta niveles sobrehumanos, le permitieron ver cada movimiento como si fuera en cámara lenta. Esquivó el golpe y contraatacó con una patada que envió a Naoya volando contra las puertas de papel.

—¡Maldita seas! —gritó Naoya, limpiándose la sangre del labio—. ¡Mátenla! ¡Es una orden!

Mientras los guardias se lanzaban sobre ella, Maki sintió una extraña conexión con Yuta, a miles de kilómetros de distancia. Recordó sus palabras: "Eres la persona más fuerte que he conocido".

Luchó como un demonio. Cada golpe que daba llevaba el peso de años de opresión. No usaba energía maldita, usaba la pura voluntad de sobrevivir. Rompió lanzas, derribó oponentes y se abrió paso a través del patio principal, dejando un rastro de destrucción a su paso.

Finalmente, llegó a las puertas principales de la finca. Megumi ya tenía el motor en marcha. Maki saltó al asiento del copiloto justo cuando las flechas de energía empezaban a llover sobre ellos.

—¡Arranca! —gritó ella.

El coche derrapó, levantando una nube de polvo mientras dejaban atrás los muros de la finca Zenin. Maki se giró hacia el asiento trasero, donde Mai yacía inconsciente, con la cabeza apoyada en una manta. Su respiración era errática, pero todavía estaba allí.

Maki se quitó el collar con el anillo de Yuta y lo puso suavemente en la mano de Mai, cerrando los dedos de su hermana sobre el metal.

—No te vas a morir, Mai —susurró, con las lágrimas finalmente rodando por sus mejillas—. Tenemos que conocer al hijo de Gojo. Tenemos que ver a Yuta volver. No te atrevas a dejarme sola ahora que el mundo finalmente ha empezado a cambiar.

El amanecer empezaba a teñir el cielo de rosa y naranja cuando llegaron a la academia. Gojo y Utahime ya los esperaban en la entrada, alertados por un mensaje que Megumi había enviado en el último momento. Ieiri Shoko estaba lista con su equipo médico.

Cuando se llevaron a Mai en la camilla, Maki se quedó de pie en el patio, exhausta y cubierta de sangre que no era suya. Utahime se acercó y puso una mano en su hombro, mientras Gojo, con el pequeño Takeru en un brazo, la miraba con una seriedad llena de respeto.

—Has hecho bien, Maki —dijo Gojo en voz baja—. Ahora descansa. Nosotros nos encargamos del resto.

Maki asintió, pero antes de entrar, miró hacia el horizonte. Sabía que la guerra con su clan acababa de volverse personal y definitiva. Pero mientras tocaba el lugar donde el anillo de Yuta solía estar, sintió que ya no tenía miedo.

Tenía una familia. Una de verdad. Y por primera vez en su vida, Maki Zenin no estaba luchando para escapar, sino para proteger el hogar que finalmente había encontrado. El eco de los pasos de Yuta en su memoria y el calor del bebé de Utahime eran su nueva fuerza. La enfermedad de Mai era un obstáculo, sí, pero Maki ya había aprendido que los milagros, aunque raros, ocurrían para aquellos que tenían el valor de quemar su propio infierno para ver la luz.