Limón y Papel
El aroma de los limones y la quietud del mármol
El sol de la tarde se filtraba a través de los vitrales del gran salón, proyectando motas de color ámbar y rubí sobre la alfombra de lana fina. El Condado Henituse, una vez conocido por su discreción, se había transformado con los años en un bastión de estabilidad y calidez inusual en el Reino de Roan. No era solo la riqueza de sus minas de mármol o la calidad de sus vinos lo que atraía las miradas, sino la peculiar naturaleza de su familia gobernante.
Deruth Henituse, ahora un hombre de mediana edad con una elegancia madura y una mirada que había recuperado el brillo de la vida, se encontraba sentado en su escritorio. Frente a él, los informes de comercio se acumulaban, pero su atención estaba dividida.
— Mi señor, si continúa mirando la ventana con tanta insistencia, los papeles podrían sentirse celosos —comentó una voz suave, cargada de una ironía que solo el tiempo y la absoluta confianza podían permitir.
Ron Molan entró en el despacho con la misma gracia letal de siempre. El tiempo parecía haber sido amable con el mayordomo; aunque su cabello era más plateado, su postura seguía siendo la de un hombre que podía limpiar una mancha de té o una amenaza política con la misma eficiencia aterradora.
Deruth soltó una risa ligera y dejó la pluma a un lado.
— Solo estaba pensando en lo rápido que ha pasado todo, Ron. Mira a los niños. Cale ya no es aquel niño asustadizo que se escondía en la biblioteca, y Rok Soo... bueno, Rok Soo sigue siendo Rok Soo.
Ron dejó la bandeja con el té de limón sobre la mesa auxiliar. Se acercó a Deruth y, con un gesto que ya no buscaba ocultarse de las paredes de la mansión, colocó una mano sobre el hombro del Conde. Sus dedos apretaron suavemente el tejido de la chaqueta, un ancla constante.
— Han crecido bien —concedió Ron—. El joven maestro Cale ha desarrollado un talento impresionante para la diplomacia, aunque lo disfrace de desinterés. Y el joven maestro Rok Soo... él ha perfeccionado el arte de obtener lo que quiere sin mover un dedo. Beacrox dice que es el único capaz de hacer que limpie la cocina dos veces sin quejarse.
Deruth se inclinó hacia atrás, disfrutando del contacto.
— Me preocupa que Rok Soo pase demasiado tiempo durmiendo la siesta bajo los robles. Pero luego lo veo hablando con los vasallos, y me doy cuenta de que tiene una comprensión de la gente que yo nunca tuve.
— Es un observador, al igual que su hermano —añadió Ron, sirviendo el té—. Aunque Cale prefiere observar desde la altura de su posición social, y Rok Soo prefiere hacerlo desde la comodidad de una hamaca.
La puerta del despacho se abrió de golpe, rompiendo la atmósfera íntima. Cale Henituse entró con paso firme, seguido de cerca por un Rok Soo que parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse despierto mientras caminaba.
Cale, con su cabello rojo como el fuego y una expresión de fastidio aristocrático, arrojó una carta sobre el escritorio de su padre.
— Los nobles del noreste están enviando de nuevo invitaciones para "festivales de primavera" —dijo Cale, cruzándose de brazos—. Es la tercera esta semana. Padre, diles que estamos demasiado ocupados contando piedras o algo así.
Rok Soo, que se había dejado caer en el sofá más cercano con una falta de protocolo que solo Deruth permitía, bostezó ruidosamente.
— Deberíamos decirles que la mansión está embrujada —sugirió Rok Soo con los ojos entrecerrados—. Menos visitas significa menos ruido. Y menos té de limón amargo.
Ron arqueó una ceja, lanzándole a Rok Soo una de sus sonrisas benignas que solían helar la sangre de los extraños.
— Joven maestro Rok Soo, ¿está sugiriendo que mi té no es de su agrado?
Rok Soo se tensó ligeramente por puro instinto, pero no se inmutó.
— Es demasiado saludable, Ron. A veces uno solo quiere agua con azúcar, no una pócima para vivir cien años.
Deruth observó la interacción con una sonrisa de satisfacción. Su familia era un rompecabezas de piezas que no deberían encajar, pero que lo hacían a la perfección.
— Cale, rechaza las invitaciones con cortesía —ordenó Deruth—. Diles que el Condado está enfocado en las nuevas rutas comerciales. No tenemos tiempo para bailes de compromiso encubiertos.
Cale asintió, visiblemente aliviado.
— Gracias. No soporto a la hija del vizconde Chett. Habla tanto que hace que me duela la cabeza.
— Es porque intentas analizar cada palabra que dice como si fuera un código secreto —comentó Rok Soo desde el sofá—. Relájate, Cale. La mayoría de la gente es mucho más simple de lo que crees.
— No todos podemos ser tan "simples" como tú, que solo piensas en la próxima comida de Beacrox —replicó Cale con un bufido, aunque se sentó al lado de su hermano menor.
Ron se movió hacia ellos con una bandeja de bocadillos que Beacrox había preparado específicamente. Al pasar junto a Deruth, sus ojos se encontraron por un breve segundo, compartiendo un entendimiento silencioso. Habían logrado crear un refugio donde dos niños marcados por la pérdida y el dolor podían ser, simplemente, ellos mismos.
— Por cierto —dijo Cale, mirando a Ron y luego a su padre—, el capitán de la guardia preguntó si el señor Ron estaría disponible para una sesión de entrenamiento mañana. Dice que los nuevos reclutas están demasiado "relajados".
Ron sonrió, una expresión que esta vez tenía un filo metálico.
— Será un placer recordarles que la relajación es un lujo que se gana con la vigilancia.
Rok Soo se estremeció dramáticamente.
— Pobre gente. Rezaré por sus almas mientras duermo mi siesta.
— Tú también vendrás, Rok Soo —dijo Deruth, intentando sonar severo pero fallando estrepitosamente—. Necesitas un poco de ejercicio.
— Padre, soy un paciente delicado —protestó Rok Soo, señalando una cicatriz casi invisible en su brazo que databa de hacía años—. El esfuerzo físico podría ser fatal para mi constitución.
— Tu constitución es de acero cuando se trata de correr hacia el comedor —intervino Cale, dándole un empujoncito con el hombro.
La tarde transcurrió entre bromas y planes para el condado. Cuando los jóvenes finalmente se retiraron —Cale a su estudio y Rok Soo a saber dónde—, el silencio volvió a reinar en el despacho, pero esta vez era un silencio cálido, lleno de vida.
Deruth se levantó y caminó hacia el balcón. El sol se estaba ocultando tras las montañas, tiñendo el cielo de violeta. Sintió la presencia de Ron detrás de él, sintiendo el calor de su cuerpo antes incluso de que el hombre hablara.
— Lo hiciste bien, Deruth —susurró Ron, usando su nombre de pila ahora que estaban solos.
Deruth se giró y apoyó la espalda en la barandilla, mirando al hombre que había sido su pilar durante más de una década.
— Lo hicimos bien, Ron. No podría haberlo hecho sin ti. A veces miro hacia atrás y me pregunto qué habría sido de Cale si yo hubiera seguido hundiéndome en mi propio dolor. O qué habría sido de Rok Soo si no lo hubiéramos encontrado esa noche.
Ron se acercó, acortando la distancia hasta que sus hombros se tocaron.
— Cale habría crecido solo, rodeado de oro pero sin amor. Y Rok Soo... probablemente habría sobrevivido, porque es un superviviente nato, pero nunca habría aprendido lo que es tener un hogar.
Deruth tomó la mano de Ron. Las manos del mayordomo eran ásperas, marcadas por una vida de violencia que Deruth conocía pero que nunca juzgaba. Para él, esas manos eran las que le habían servido té cuando no podía levantarse de la cama, las que habían acunado a sus hijos y las que lo sostenían cada noche.
— ¿Te arrepientes de algo? —preguntó Deruth en un susurro—. De haber dejado tu pasado, de haberte quedado aquí... conmigo.
Ron se giró hacia él, y por un momento, la máscara de mayordomo desapareció por completo. Sus ojos ámbar brillaban con una devoción que no tenía nada que ver con el deber.
— He vivido muchas vidas, Deruth —dijo Ron, su voz profunda y firme—. Fui el heredero de una casa de asesinos, fui un fugitivo, fui un sirviente. Pero la única vida que realmente valoro es esta. Ser el hombre que está a tu lado, el que protege a esos dos muchachos problemáticos... eso es lo único que me importa.
Deruth sonrió y se inclinó, apoyando su frente contra la de Ron.
— A veces olvido que eres el hombre más peligroso del reino cuando me miras así.
— Solo soy peligroso para quienes intenten quitarme esta paz —respondió Ron antes de sellar sus palabras con un beso.
Fue un beso lento, con el sabor del té de limón y la familiaridad de los años. No había la urgencia de la juventud, sino la profundidad de un amor que había sido probado por el luto, la crianza de los hijos y las presiones de la nobleza. En ese beso estaba la promesa de que, mientras estuvieran juntos, el invierno nunca sería demasiado frío.
Cuando se separaron, Deruth suspiró, sintiéndose más ligero.
— Mañana será un día largo. Los comerciantes de vino vienen de la capital.
— Y Beacrox planea probar una nueva receta de cordero —añadió Ron, recuperando su compostura profesional mientras ajustaba la corbata de Deruth—. Deberíamos descansar.
Caminaron juntos hacia sus aposentos privados, pasando por el pasillo donde colgaban los retratos familiares. Allí estaba Jour, sonriendo con su eterna gracia. Deruth siempre le dedicaba un pensamiento silencioso de gratitud. Ella había sido su primer amor, la madre de su hijo, y sabía que, dondequiera que estuviera, estaría feliz de ver que su hogar no se había convertido en un mausoleo.
Al pasar por la habitación de Rok Soo, escucharon un ronquido suave. Ron soltó una risita casi imperceptible.
— Ese niño tiene un talento natural para la indolencia.
— Es un talento que se ha ganado —replicó Deruth.
Siguieron caminando, y al llegar a la habitación de Cale, vieron una luz tenue bajo la puerta. Cale probablemente estaba leyendo algún tratado de estrategia o revisando las cuentas del condado por puro placer intelectual.
— ¿Debería entrar y decirle que apague la luz? —preguntó Deruth.
— Déjalo —dijo Ron—. Mañana Beacrox se encargará de despertarlo temprano. El aroma del café de mi hijo es el mejor despertador para un Henituse testarudo.
Finalmente, entraron en su propia habitación. El fuego ya estaba encendido en la chimenea, y la cama estaba preparada. Ron se movió con su eficiencia habitual, ayudando a Deruth a despojarse de su pesada túnica oficial.
— Ron —dijo Deruth mientras se sentaba en el borde de la cama.
— ¿Sí, mi señor?
— Gracias. Por no dejarme ser un mal padre. Por amar a Rok Soo como si fuera tuyo. Por... por todo.
Ron se arrodilló frente a él para quitarle las botas, pero se detuvo y miró a Deruth a los ojos.
— No me des las gracias por algo que me ha dado la vida, Deruth. Cuidar de esta familia es lo que me salvó de convertirme en un fantasma.
Se quedaron así por un momento, en el silencio acogedor de su habitación, rodeados por el eco de una casa que latía con fuerza. No había una Condesa en el Condado Henituse, y los círculos sociales de la capital podrían seguir murmurando sobre la falta de una "figura materna" tradicional. Pero a Deruth no le importaba. Tenía todo lo que necesitaba.
Tenía hijos que eran fuertes y sabios a su manera. Tenía un hogar próspero. Y tenía al hombre de las manos de acero y el corazón de oro, el que le recordaba cada día que incluso después de la tormenta más devastadora, los limones seguían creciendo y el té seguía estando caliente.
— Mañana —dijo Deruth mientras se acomodaba bajo las sábanas—, quiero que vayamos al jardín con los chicos. Antes de que empiecen las reuniones.
Ron se acostó a su lado, apagando la última vela con un movimiento rápido de los dedos.
— Como desee, mi señor. Pero no se queje si Rok Soo intenta convertir el paseo en una siesta colectiva.
Deruth rió suavemente en la oscuridad, sintiendo el brazo de Ron rodear su cintura.
— Si lo hace, me uniré a él.
En la quietud de la noche, el Condado Henituse descansaba bajo la protección de sus sombras y su luz, una familia forjada no solo por la sangre, sino por la elección diaria de amarse por encima de todo. Y allí, en el abrazo de su mayordomo y compañero, el Conde Deruth finalmente cerró los ojos, sabiendo que su mundo era, por fin, completo.