Limón y Papel
Secretos bajo la lluvia de plata
La primavera en el territorio Henituse siempre traía consigo una mezcla de aromas dulces y tierra mojada. Era la estación favorita de Deruth, pues le recordaba que, sin importar cuán crudo fuera el invierno, la vida siempre encontraba una forma de abrirse paso. Sin embargo, para Ron Molan, la primavera era simplemente la transición hacia un clima más cálido donde las sombras se hacían más cortas y los secretos debían guardarse con mayor celo.
Deruth caminaba por el jardín privado, aquel que Jour solía cuidar con tanto esmero. Ahora, las flores crecían bajo la supervisión de los jardineros, pero el diseño seguía siendo el mismo. Sintió unos pasos ligeros detrás de él y no necesitó girarse para saber quién era. El aroma a té de limón y un sutil rastro de acero frío siempre precedían a Ron.
— El aire está refrescando, mi señor —dijo Ron, extendiendo una capa de seda ligera sobre los hombros del Conde—. No querría que un resfriado interrumpiera sus planes para la cena de esta noche.
Deruth se dejó cuidar, disfrutando de la breve presión de las manos de Ron sobre sus hombros.
— Gracias, Ron. Estaba pensando en lo afortunado que soy. Mira a Cale y a Rok Soo allá abajo —señaló hacia la terraza inferior, donde Cale intentaba, sin mucho éxito, convencer a Rok Soo de que leyera un informe sobre las exportaciones de mármol mientras este último fingía estar profundamente dormido en una hamaca—. Parecen hermanos de sangre. A veces olvido que Rok Soo llegó a nosotros casi por milagro.
Ron observó a los dos jóvenes. Su mirada, siempre afilada, se suavizó un ápice al posarse en Rok Soo. El niño que habían encontrado bajo la lluvia se había convertido en una pieza fundamental del tablero de su vida.
— El destino tiene formas curiosas de mover sus piezas, Deruth —comentó Ron con una voz que era como seda sobre una daga—. A veces, para que algo nuevo florezca, el terreno debe ser despejado de raíz.
Deruth suspiró, sin notar el doble sentido en las palabras del mayordomo.
— Aún me duele pensar en Jour, pero cuando estoy contigo, cuando veo a los chicos... siento que ella me perdonaría por ser tan feliz. Ella siempre quiso lo mejor para el condado.
— Ella era una mujer muy abnegada —respondió Ron, su sonrisa benigna volviéndose un poco más fija—. Tan abnegada que su ausencia permitió que este condado se convirtiera en el refugio perfecto. Un refugio que yo protegeré con cada gota de mi aliento.
Deruth se giró y tomó las manos de Ron entre las suyas.
— Lo sé. Eres mi guardián, Ron. No solo de mi vida, sino de mi corazón.
En ese momento, Beacrox apareció en la distancia, cargando una bandeja con aperitivos. Al ver a su padre y al Conde en un momento de tanta intimidad, se detuvo un segundo, su rostro impasible no revelaba nada, pero sus ojos buscaron los de Ron. Hubo un intercambio silencioso entre padre e hijo, un entendimiento que se remontaba a años atrás, a noches de sangre y decisiones tomadas en la oscuridad absoluta. Beacrox sabía cosas que Deruth nunca sospecharía, cosas que estaban enterradas tan profundo como los cimientos de la mansión.
— El joven maestro Cale pide más jugo de uva —anunció Beacrox al llegar, rompiendo el silencio—. Y el joven maestro Rok Soo dice que, si no le traen un cojín más suave, se verá obligado a declarar una huelga de hambre.
Deruth soltó una carcajada genuina.
— Ese niño... iré a hablar con él. Ron, ¿nos acompañas?
— En un momento, mi señor. Debo darle unas instrucciones a Beacrox sobre la bodega.
Deruth asintió y se alejó hacia la terraza, llamando a sus hijos con una voz llena de alegría.
Cuando el Conde estuvo fuera de oído, la atmósfera entre Ron y Beacrox cambió. La calidez desapareció, reemplazada por la fría eficiencia de los Molan. Beacrox dejó la bandeja sobre una mesa de piedra y miró a su padre.
— El Conde está cada vez más melancólico con el aniversario que se avecina —dijo Beacrox en voz baja, refiriéndose a la fecha en que Jour Thames había fallecido—. Sigue creyendo que fue una debilidad repentina del corazón.
Ron se acercó a un rosal y, con una uña impecablemente limpia, cortó una pequeña espina que sobresalía.
— El corazón de la anterior Condesa era, en efecto, demasiado frágil para las ambiciones que rodeaban a su familia —dijo Ron, su tono era conversacional, casi aburrido—. Ella era un obstáculo para la estabilidad que este condado necesitaba. Una mujer que atraía demasiadas miradas peligrosas del exterior, demasiados hilos que habrían enredado a Deruth en una red de la que no habría escapado vivo.
Beacrox permaneció en silencio. Recordaba perfectamente la noche en que su padre regresó con el aroma de ciertas hierbas que no se usaban para el té, hierbas que, en la dosis justa y mezcladas con la medicación habitual de una mujer enferma, no dejaban rastro alguno, salvo un sueño eterno y pacífico.
— Hiciste lo necesario para asegurar nuestro refugio —murmuró Beacrox—. Pero si él alguna vez...
— Él nunca lo sabrá —lo interrumpió Ron, volviendo a mirar hacia donde Deruth reía junto a Cale—. Deruth es un hombre de luz. Mi deber es mantener las sombras lejos de él, incluso si esas sombras son mías. Lo que hice, lo hice por la supervivencia de los Molan y por la paz de este hombre. Él necesitaba un pilar, no una esposa que lo arrastrara a las intrigas de los Thames.
Ron se ajustó los guantes blancos, aquellos que nunca parecían mancharse.
— Ahora, ve a llevarle ese cojín a Rok Soo. Ese niño tiene un instinto aterrador; a veces siento que me mira y ve exactamente el color de mi alma. No queremos que empiece a hacer preguntas incómodas.
Beacrox asintió y se retiró sin decir palabra. Ron se quedó solo un momento más en el jardín. Observó el retrato de la felicidad: Deruth abrazando a Cale por los hombros mientras Rok Soo, finalmente sentado, aceptaba un trozo de fruta de manos del Conde.
Para el mundo, Ron Molan era el mayordomo perfecto, el apoyo incondicional de un viudo que encontró el amor en el lugar menos esperado. Para Deruth, era su salvador y su compañero. Solo las estrellas y el suelo de aquel jardín sabían que la paz de los Henituse había sido comprada con una traición necesaria, un acto de amor oscuro que solo un asesino podría ejecutar.
Ron caminó hacia ellos, su sonrisa de "buen anciano" de vuelta en su lugar.
— Mi señor —dijo Ron al unirse al grupo—, Beacrox dice que el cordero estará listo en una hora. ¿Quizás el joven maestro Rok Soo pueda mantenerse despierto hasta entonces?
— Lo intentaré, Ron —respondió Rok Soo, lanzándole una mirada inquisitiva que duró un segundo de más—. Pero el aroma de los limones me da mucho sueño hoy. Es un olor... muy persistente.
Ron no flaqueó.
— Es el aroma de la limpieza, joven maestro. Nada es más importante que mantener este hogar libre de cualquier impureza.
Deruth le tomó la mano a Ron por debajo de la mesa de la terraza, apretándola con cariño.
— No sé qué haríamos sin ti, Ron. Realmente pusiste orden en nuestras vidas cuando todo era caos.
— Es mi mayor placer, Deruth —respondió Ron, y por una vez, la sinceridad en sus ojos era real—. Mi mayor y más profundo placer.
Bajo el cielo primaveral, la familia Henituse cenó entre risas y planes de futuro, protegida por un hombre que amaba tanto su nueva vida que había estado dispuesto a matar para obtenerla, asegurándose de que el único aroma que Deruth Henituse recordara fuera el de los limones, y nunca el de la sangre que había pavimentado su camino hacia la felicidad.