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Love and hot love

Éxtasis en la carretera y promesas de medianoche

La luz del amanecer en Sitges se filtraba por el ventanal de la cabaña, bañando los cuerpos entrelazados de Pablo y Emily con una claridad dorada. Gavi fue el primero en despertar, observando la silueta de la mujer que ahora, oficialmente, era su novia. El deseo no se había mitigado con la noche; al contrario, parecía haberse alimentado del salitre y del silencio.

— Tenemos que irnos ya si no quieres que Pedri mande a los Mossos d'Esquadra a buscarnos —susurró Gavi, aunque sus manos ya estaban recorriendo la curva de la cadera de Emily, despertándola con caricias lentas que pronto se volvieron urgentes.

Salieron de la cabaña con el pelo revuelto y los labios mordidos, pero la tensión eléctrica no se quedó atrás. Al llegar al Mercedes, antes de que Emily pudiera siquiera ponerse el cinturón de seguridad, Gavi la inmovilizó contra el asiento de cuero con una mirada que quemaba.

— No puedo esperar hasta llegar a Barcelona —gruñó él, su voz era un trueno bajo—. Ese vestido te queda demasiado bien y me está matando.

— Pablo, estamos en medio de la nada, alguien podría... —empezó ella, pero su protesta se convirtió en un gemido cuando Gavi metió la mano bajo la tela de su vestido, encontrando que no llevaba ropa interior desde la noche anterior.

— Que miren —dijo él, con esa arrogancia competitiva que lo hacía imparable en el césped.

Gavi reclinó el asiento del copiloto con un movimiento brusco y se situó sobre ella. El espacio era reducido, lo que añadía una capa de desesperación y roce constante. Se deshizo de sus pantalones con una mano mientras con la otra sujetaba las manos de Emily por encima de su cabeza, anclándola al cuero. La penetró sin preámbulos, con una estocada ruda que hizo que el coche se meciera sobre sus amortiguadores.

Emily envolvió sus piernas alrededor de la espalda de Pablo, sintiendo cómo los músculos de él se contraían con cada embestida. Era un ritmo salvaje, marcado por el sonido del metal crujiendo y la respiración entrecortada de ambos. Gavi no buscaba delicadeza; buscaba posesión. Cada vez que sus cuerpos chocaban, el impacto era tan fuerte que Emily sentía que perdía el aliento. Él la besaba con hambre, mordiendo su labio inferior mientras aumentaba la velocidad, llevando el acto a un nivel de intensidad que duró casi una hora de puro sudor y jadeos prohibidos bajo el sol que ya subía en el cielo.

Cuando finalmente terminaron, ambos se quedaron en silencio, tratando de normalizar sus pulsaciones. Gavi, con un gesto de ternura repentina, sacó una de sus sudaderas del Barça del asiento trasero.

— Ponte esto —le dijo, pasándole la prenda que olía a su perfume caro y a esfuerzo—. No quiero que nadie más que yo vea lo que te he hecho en el cuello.

El viaje de regreso a Barcelona fue una tortura de deseo contenido. Mientras Gavi conducía con una mano firme en el volante, la otra no dejó de explorar el cuerpo de Emily bajo la sudadera. Sus dedos se deslizaban por sus muslos, subiendo con una lentitud tortuosa, rozando su intimidad mientras ella intentaba mantener la compostura.

— Pablo, vas a hacer que nos callemos contra un muro si sigues así —rio ella, aunque su respiración volvía a ser errática.

— Soy un experto en controlar el balón, Em, y ahora mismo tú eres mi mejor jugada —respondió él, sin apartar la mirada de la carretera, aunque sus dedos se hundieron con fuerza en ella, provocándole un espasmo que la hizo arquearse en el asiento.

Llegaron a la casa de Pedri casi a mediodía. El canario estaba en el jardín, estirando después de un entrenamiento suave. Al verlos bajar del coche, con Emily vistiendo la sudadera de Gavi y ambos con esa mirada de quien ha compartido un secreto eterno, Pedri simplemente suspiró y negó con la cabeza, aunque una sonrisa asomó a sus labios.

— Veo que la "recuperación" de Gavi ha ido de maravilla —comentó Pedri, acercándose a ellos—. Emily, tienes cara de haber dormido poco.

— El aire del mar, hermano, ya sabes que marea —respondió ella, dándole un beso en la mejilla mientras Gavi le pasaba un brazo por los hombros de forma protectora.

Pasaron un par de horas almorzando los tres, hablando de la próxima jornada de Liga y de los planes de Emily para quedarse en la ciudad. Pero la tensión entre Pablo y ella era un cable de alta tensión a punto de romperse. Gavi no dejaba de tocarla por debajo de la mesa, y Emily sentía que se derretía bajo la sudadera.

Finalmente, Gavi miró a su mejor amigo con una seriedad impropia de sus veinte años.

— Pedri, escucha. Quiero que Emily se quede conmigo esta noche. En mi apartamento.

Pedri dejó el tenedor en el plato y miró a ambos. Vio la determinación en los ojos azules de Gavi y el brillo de súplica en los de su hermana.

— Mira, Gavi... es mi hermana pequeña —empezó Pedri, rascándose la nuca—. Pero también eres mi hermano. Solo... por favor, que mañana pueda caminar, que tenemos entrenamiento importante a las diez.

— Te doy mi palabra de que estará bien —sonrió Gavi, aunque la picardía en sus ojos decía lo contrario.

Se despidieron rápido. En cuanto subieron de nuevo al coche de Pablo, el ambiente se volvió asfixiante de puro deseo. Gavi arrancó, pero no puso rumbo directo al apartamento; tomó la ruta más larga por la Diagonal, aprovechando cada semáforo en rojo para devorar la boca de Emily.

— No puedo llegar a casa sin volver a tocarte —dijo él, metiendo la mano bajo la sudadera mientras conducía con una habilidad asombrosa.

Emily se sentó a horcajadas sobre él, aprovechando que los cristales eran tintados. El roce de la tela de sus pantalones contra su piel sensible la hacía ver estrellas. Gavi conducía con una mano y con la otra la sujetaba por la nuca, atrayéndola para besos húmedos y profundos mientras sus caderas se movían en un ritmo agónico. El trayecto, que debería haber durado quince minutos, se extendió por casi una hora de juegos peligrosos y placer al borde del abismo.

Cuando finalmente llegaron al lujoso apartamento de Gavi, él ni siquiera esperó a que el ascensor se detuviera del todo. La arrastró hacia el interior, cerrando la puerta con una patada y empujándola contra la pared del pasillo.

— Ahora sí, Emily. Sin interrupciones, sin hermanos, sin nada —susurró él, su aliento caliente contra su oreja.

Gavi se deshizo de su propia camiseta, dejando ver sus abdominales marcados y el sudor que brillaba bajo las luces led del pasillo. Con una fuerza impresionante, levantó a Emily y la llevó hasta su habitación, lanzándola sobre la cama de sábanas de seda negra.

— Paso a paso —dijo él, desabrochando su cinturón con una lentitud que era puro sadismo—. Quiero que sientas cada centímetro de lo que te voy a hacer.

Empezó por sus pies, subiendo con besos lentos y mordiscos suaves por sus pantorrillas, deteniéndose en la parte interna de sus muslos hasta que Emily estaba temblando y suplicando. Gavi la desnudó por completo, tomándose su tiempo para admirarla bajo la luz tenue, como si fuera la obra de arte más valiosa del mundo.

— Eres mía, Emily Gonzales. Y voy a recordártelo toda la maldita noche.

Se posicionó sobre ella, separando sus piernas con firmeza. La penetración fue lenta, tortuosa, permitiendo que cada terminación nerviosa registrara la unión. Gavi comenzó a moverse con una profundidad abrumadora, buscando el fondo de su ser en cada estocada. No era solo sexo rudo; era una coreografía de poder y entrega. Sus manos se entrelazaron, los nudillos blancos por la presión, mientras el sonido de la piel chocando llenaba la habitación.

Gavi aumentó el ritmo, sus ojos azules fijos en los de ella, sin permitirle apartar la mirada. Cada vez que Emily intentaba cerrar los ojos, él la llamaba por su nombre, obligándola a estar presente en ese éxtasis compartido. El sudor los cubría a ambos, creando una fricción deliciosa. El 6 del Barça demostró por qué era el jugador con más resistencia del equipo; no se detuvo, no bajó la intensidad, llevando a Emily a un clímax tras otro, hasta que ella solo podía sollozar su nombre entre gemidos.

Horas más tarde, cuando la luna de Barcelona reinaba sobre la ciudad, Gavi se dejó caer a su lado, atrayéndola hacia su pecho sudado y caliente.

— Mañana no vas a poder levantarte —susurró él con una sonrisa de triunfo—. Pero ha valido la pena cada segundo de estos dos años de espera.

Emily, exhausta y completamente enamorada, se acurrucó en el hueco de su hombro.

— Te quiero, Pablo. Aunque seas un bruto.

— Un bruto que solo tiene ojos para ti —respondió él, besando su coronilla antes de caer en un sueño profundo, sabiendo que, por fin, la victoria más importante de su vida no había ocurrido en el Camp Nou, sino allí mismo, entre sus brazos.