Love and hot love
Bajo la tiranía del placer
El amanecer en el ático de Gavi no trajo la calma, sino el preludio de un incendio que amenazaba con consumir los cimientos del edificio. Pablo se despertó con la luz de Barcelona lamiendo sus músculos, pero su atención estaba fija en la curva de la espalda de Emily. No había rastro de cansancio en sus ojos azules; solo una determinación voraz. El entrenamiento de las diez había sido cancelado por un cambio de planes de Xavi, y Gavi sentía que el destino le había regalado veinticuatro horas para devorar a la mujer que amaba hasta que ambos olvidaran sus propios nombres.
— No te muevas —susurró Gavi al oído de Emily, su voz era una lija de deseo que la hizo estremecerse antes de abrir los ojos—. Hoy no vas a salir de esta casa. Hoy voy a grabarme en cada centímetro de tu piel para que nunca, ni aunque vuelvas a irte al fin del mundo, se te olvide a quién perteneces.
Emily se giró lentamente, encontrándose con esa mirada azul eléctrica que parecía haber oscurecido por la lujuria acumulada. No tuvo tiempo de responder. Gavi la atrapó por la cintura y la arrastró hacia el centro de la cama, posicionándose entre sus muslos con una urgencia que no admitía réplicas.
— Pablo... —gimió ella, sintiendo ya la dureza de él presionando contra su vientre—. Dijiste que me cuidarías.
— Te estoy cuidando, Em —respondió él, bajando la mano para acariciarla con una brusquedad que la hizo arquear la espalda—. Te estoy cuidando para que no pases ni un segundo con hambre de mí.
Sin más palabras, Gavi la tomó allí mismo, en el centro de la cama deshecha. Fue una entrada ruda, profunda, que hizo que los muelles del colchón protestaran. Él no buscaba el ritmo pausado de la noche anterior; sus estocadas eran golpes secos, potentes, que obligaban a Emily a clavar las uñas en sus hombros sudados. Gavi la miraba fijamente, disfrutando de cómo sus ojos se ponían en blanco y cómo su boca se abría en un grito silencioso.
— Mírame, joder —le ordenó él, su voz ronca por el esfuerzo—. Quiero que veas quién te está haciendo esto. Dime quién te gusta que te use así.
— Tú, Pablo... solo tú —jadeó ella, envuelta en un torbellino de sensaciones que la hacían temblar.
El éxtasis en la cama fue solo el principio. Gavi, poseído por una energía inagotable, la levantó en vilo antes de que el sudor se secara en sus cuerpos. La llevó al baño principal, una estancia de mármol gris y espejos que cubrían de techo a suelo. La sentó sobre la encimera fría, abriendo sus piernas de par en par frente al espejo.
— Mírate, Emily —susurró él detrás de su oreja, mientras sus manos jabonosas recorrían sus pechos—. Mira lo que me haces. Mira cómo tiemblas cuando te toco. Estás tan jodidamente empapada por mí que no puedes ni sostenerte.
Él la penetró de nuevo desde atrás, observando el reflejo de sus cuerpos chocando en el espejo. La visión era obscena y hermosa a la vez. Gavi la sujetaba por las caderas con una fuerza que dejaría marcas, marcando un ritmo frenético que hacía que los botes de perfume cayeran al suelo. El sonido de la piel húmeda golpeando contra el mármol y los gemidos de Emily, que rebotaban en las paredes de azulejo, creaban una sinfonía de depravación.
— Eres una pequeña perra para tu hermano, pero para mí eres mi obsesión —le dijo al oído, usando un lenguaje que nunca se atrevería a usar en público—. Me encanta cómo te abres para mí, cómo gimes mi nombre como si fuera tu única religión.
Emily no podía articular palabra; solo podía sentir el calor abrasador de Gavi llenándola, la forma en que él la dominaba físicamente hasta que ella no era más que un manojo de nervios expuestos. Cuando ambos alcanzaron el clímax contra el espejo, el cristal se empañó con su aliento compartido.
Pero Gavi no había terminado. Tras una ducha rápida que se convirtió en otra sesión de caricias prohibidas bajo el agua caliente, la llevó al salón. El sofá de cuero de diseño fue el siguiente escenario. Allí, bajo la luz cruda del mediodía que entraba por los ventanales, Gavi la hizo suya de nuevo, esta vez con una lentitud tortuosa que rozaba el sadismo. La puso a cuatro patas, sujetándola del cabello castaño con la firmeza justa para que ella tuviera que inclinar la cabeza hacia atrás.
— ¿Te duele, nena? —preguntó él, aunque sabía que el dolor se mezclaba con un placer agónico—. Así es como me duele a mí cada vez que te imagino con otro en Londres. Así de fuerte quiero estar dentro de ti para que no quede espacio para nadie más.
— ¡Más, Pablo! ¡Más fuerte! —suplicó ella, golpeando el cuero del sofá con sus palmas.
Él obedeció con una ferocidad renovada. Cada embestida era una declaración de propiedad. Gavi no se cansaba; su condición física de élite le permitía mantener un ritmo que habría agotado a cualquier otro hombre. Sus músculos se tensaban como cuerdas de piano, y el sudor goteaba desde su frente hasta la espalda de Emily.
— Vas a estar marcada por mis dedos durante una semana —gruñó él, mordiéndole el hombro—. Y cada vez que te mires al espejo, vas a recordar cómo te hice gritar en este salón. Vas a recordar que eres la mujer de Gavi y que nadie te va a follar como yo.
El resto del día fue un borrón de pasión incontrolada. Lo hicieron en la mesa del comedor, con Emily sentada sobre la madera noble mientras Gavi la devoraba con la mirada y el cuerpo. Lo hicieron en el pasillo, contra la pared, con las piernas de Emily rodeando su cintura mientras él caminaba con ella a cuestas, sin dejar de moverse dentro de ella. Gavi parecía querer reclamar cada rincón de su hogar con el rastro de su amor salvaje.
— Eres una adicción —le decía él mientras la tumbaba en la alfombra de piel del estudio—. No puedo parar. Siento que si te suelto, me voy a desintegrar.
Emily estaba exhausta, con la piel sensible y el corazón latiendo en la garganta, pero no quería que él se detuviera. La forma en que Pablo la miraba, con esa mezcla de adoración y lujuria pura, la hacía sentirse la mujer más poderosa del mundo.
— Pues no me sueltes —le respondió ella, tirando de él hacia abajo—. Hazme tuya otra vez. Haz que me olvide de cómo respirar.
Gavi sonrió, una expresión depredadora y llena de fuego. Se posicionó sobre ella una vez más, sus cuerpos encajando como piezas de un rompecabezas diseñado en el infierno.
— Con mucho gusto, princesa. Pero esta vez no voy a ser nada amable. Esta vez voy a hacer que tus vecinos se enteren de que te has vuelto loca por el 6 del Barça.
Y así continuaron, entregados a una batalla de piel y fluidos que no entendía de límites. Gavi cumplió su promesa punto por punto: fue rudo, fue detallista y fue incansable. Sus palabras sucias se mezclaban con las promesas de amor eterno, creando una atmósfera tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Cuando la noche volvió a caer sobre Barcelona, y las luces de la ciudad empezaron a parpadear como estrellas distantes, ambos quedaron finalmente tendidos en la cama donde todo había empezado. Estaban cubiertos de sudor, con marcas de dedos y mordiscos por todo el cuerpo, y una paz que solo se encuentra tras la tormenta más violenta.
— ¿Estás viva? —preguntó Gavi con voz ronca, rodeándola con sus brazos y pegando su pecho a su espalda.
— Apenas —susurró Emily con una sonrisa débil—. Creo que me has roto algo, Pablo.
— Te he arreglado —corrigió él, besando su hombro con una ternura que contrastaba con la brutalidad de las horas anteriores—. Te he puesto mi sello. Ahora, duerme. Mañana volveré a recordarte quién manda aquí, pero por ahora... descansa, mi amor.
Emily cerró los ojos, sintiendo el latido constante y fuerte del corazón de Gavi contra su espalda. Sabía que Pedri se daría cuenta de todo en cuanto los viera, pero ya no le importaba. Había descubierto que el verdadero hogar no estaba en una casa ni en una ciudad, sino en el caos delicioso y salvaje de los brazos de Pablo Gavi. Y mientras el 6 del Barça la mantuviera así de cerca, ella nunca volvería a sentirse perdida.