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Love and hot love

Entre el mármol y el pecado

El sol de Barcelona ya no era una caricia, sino un testigo mudo de la posesión absoluta que se desarrollaba en el ático de Gavi. Pablo no había dejado que Emily se vistiera en todo el día; la sudadera del Barça que ella llevaba apenas servía de recordatorio de a quién pertenecía. Pedri había enviado un mensaje temprano preguntando si estaban vivos, a lo que Gavi respondió con un simple: «Se queda conmigo hoy también. No nos esperes». El canario, conociendo la intensidad de su mejor amigo, no volvió a preguntar. Sabía que su hermana estaba en las manos más protectoras y, a la vez, más peligrosas del equipo.

— No vas a necesitar ese teléfono hoy —dijo Pablo, arrebatándole el móvil de las manos y lanzándolo sobre el sofá de cuero—. Hoy tu única conexión con el mundo exterior soy yo.

Gavi la acorraló contra el gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. El contraste era brutal: afuera, el mundo seguía su curso; adentro, el tiempo se había detenido en un bucle de deseo carnal. Pablo la tomó por la nuca, obligándola a mirar su reflejo en el cristal.

— Mírate, Emily —susurró contra su oído, su voz era una vibración grave que le erizó el vello—. Mira cómo tienes los labios de hinchados de tanto que te he besado. Mira las marcas de mis dedos en tus muslos. Todo el mundo ahí fuera cree que soy un santo, el niño de la selección... pero solo tú sabes lo animal que puedo ser cuando te tengo así.

— Eres un animal, Pablo —jadeó ella, arqueando la espalda cuando sintió las manos de él subir con brusquedad bajo la tela de la sudadera—. Un animal que no sabe cuándo parar.

— No voy a parar hasta que me supliques que te deje respirar —respondió él con una sonrisa depredadora—. Y aun así, me lo pensaré.

Gavi la giró con un movimiento seco y la sentó sobre la encimera de mármol de la cocina americana. El frío del material contra su piel desnuda la hizo soltar un grito ahogado. Pablo se posicionó entre sus piernas, separándolas con una fuerza que no admitía réplicas. Sus ojos azules estaban oscurecidos, casi negros por la lujuria.

— ¿Sabes lo que quiero hacerte en esta cocina? —le preguntó mientras empezaba a besar el camino de su vientre con una lentitud tortuosa—. Quiero que cada vez que desayunes, recuerdes cómo te sentías cuando estaba dentro de ti. Quiero que el sabor de mi nombre sea lo único que quieras probar.

— Pues demuéstramelo de una vez —desafió ella, enredando sus dedos en el cabello castaño de él y tirando con fuerza—. Deja de hablar y fóllame como si me odiaras por haberme ido a Londres.

Esa fue la chispa que hizo estallar la pólvora. Gavi soltó un gruñido gutural y, sin preámbulos, se deshizo de sus pantalones. La penetró de una sola estocada, tan profunda y violenta que Emily tuvo que aferrarse a los bordes del mármol para no caerse. El sonido del impacto de sus cuerpos resonó en la cocina vacía, un eco seco y rítmico que marcaba el inicio de una sesión maratónica.

— ¡Dios, Pablo! —gritó ella, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Más... más fuerte!

— ¡Dime quién es tu dueño! —le exigió él, aumentando la velocidad hasta que sus movimientos eran un borrón de músculos tensos y sudor—. ¡Dime de quién es ese coño que estoy destrozando ahora mismo!

— ¡Es tuyo! ¡Soy tu perra, Pablo! ¡Hazme lo que quieras! —exclamó ella, perdida en el éxtasis de la rudeza de él.

Gavi no tuvo piedad. La tomó sobre la encimera, moviendo los utensilios de cocina de un manotazo, permitiendo que el ruido de los objetos cayendo al suelo se mezclara con sus jadeos. La giró, poniéndola a cuatro patas sobre el mármol, y la tomó desde atrás con una ferocidad renovada. Sus manos se cerraron sobre su cintura, dejando marcas que tardarían días en borrarse, mientras la embestía con la potencia de un atleta de élite que no conocía el agotamiento.

— Me encanta cómo te retuerces —le dijo al oído, mordiéndole el lóbulo con fuerza—. Me encanta que seas tan estrecha y que me aprietes así. Siento que voy a romperte, Emily, y lo peor es que me da igual.

— ¡Rómpeme! —contestó ella, golpeando el mármol con sus palmas—. ¡No quiero poder caminar mañana! ¡Quiero que cada paso que dé me duela y me recuerde a ti!

Tras un clímax explosivo que los dejó a ambos temblando, Gavi no la dejó descansar. La cargó en vilo, con las piernas de ella rodeando su cintura, y caminó hacia el pasillo. La apoyó contra la pared, justo debajo de un cuadro abstracto, y sin dejar que sus cuerpos se separaran, volvió a entrar en ella. La fricción de la espalda de Emily contra la pared y el peso de Pablo hacían que cada movimiento fuera una tortura deliciosa.

— Eres una adicción, Emily —decía él entre besos hambrientos—. Podría estar así todo el día, toda la semana. Podría encerrarte aquí y no dejar que nadie más volviera a ver tu cara.

— Pues hazlo —susurró ella, con la respiración entrecortada—. Enciérrame. Úsame. Haz que me olvide de que existe el mundo fuera de este pasillo.

Gavi la llevó al estudio, donde una gran mesa de cristal presidía la estancia. La colocó sobre el cristal frío, que pronto se empañó con el calor de sus cuerpos. Allí, bajo la luz cruda de la tarde, la exploró con una minuciosidad casi quirúrgica. Usó sus dedos, su lengua y finalmente su cuerpo para llevarla al borde una y otra vez, deteniéndose justo antes de que ella llegara al orgasmo, solo para volver a empezar con más saña.

— Por favor, Pablo... no me hagas esto —suplicaba ella, con los ojos llenos de lágrimas de placer—. No aguanto más... termínalo ya.

— No hasta que yo lo diga —respondió él con una frialdad excitante—. Yo mando aquí, Em. Yo decido cuándo terminas, cuándo gritas y cuándo te callas.

La tarde se convirtió en noche, y el apartamento de Gavi se transformó en un santuario de pecado. Lo hicieron en la alfombra del salón, en el balcón bajo la luz de las estrellas —donde el riesgo de ser vistos añadía una capa de adrenalina insoportable— y finalmente regresaron a la habitación principal.

El dormitorio estaba en penumbra, solo iluminado por las luces de la ciudad que entraban por el ventanal. Gavi la lanzó sobre la cama de seda negra, pero esta vez no fue para dormir. El cansancio parecía no existir para él; al contrario, cada hora que pasaba parecía darle más fuerza.

— Ahora —dijo él, arrodillándose sobre la cama y obligándola a ponerse de rodillas frente a él—. Quiero que me demuestres cuánto me has echado de menos estos dos años. Quiero que me trates como si fuera lo único que te mantiene con vida.

Emily obedeció, entregándose a él con una devoción que rozaba la locura. Cuando volvieron a unirse, el ritmo fue más lento, pero mucho más intenso. Era una penetración que llegaba al alma, una conexión que iba más allá de lo físico. Gavi la sujetaba por las muñecas, inmovilizándola sobre las almohadas, mientras se hundía en ella con una cadencia hipnótica.

— Eres mi vida, Emily —le susurró, y por primera vez en todo el día, su voz no era ruda, sino llena de una verdad aplastante—. Pero también eres mi mayor perdición. Si me dejas otra vez, te juro que quemo este apartamento conmigo dentro.

— No me voy a ir, Pablo —respondió ella, envolviéndolo con sus brazos y piernas, queriendo fusionarse con él—. No podría aunque quisiera. Me has arruinado para cualquier otro hombre. Me has marcado para siempre.

— Esa era la idea —sonrió él, antes de besarla con una pasión que les robó el último aliento.

El acto final de la noche fue una explosión de sensaciones que los dejó vacíos de todo menos de amor. Gavi la tomó con una fuerza ruda, sus cuerpos chocando en el silencio de la madrugada, los gemidos de Emily subiendo de tono hasta convertirse en gritos que rasgaban la noche barcelonesa. Sus palabras sucias se volvieron promesas susurradas al oído, una mezcla de posesión y ternura que solo ellos entendían.

— ¡Pablo, me voy a morir! —gritó ella cuando sintió que el orgasmo la golpeaba como una ola gigante.

— ¡Muérete conmigo, entonces! —rugió él, alcanzando su propio clímax y derramándose dentro de ella con una liberación que lo hizo temblar de pies a cabeza.

Se desplomaron sobre las sábanas empapadas de sudor, con los corazones latiendo al unísono, como si fueran un solo organismo. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por sus respiraciones pesadas. Gavi la atrajo hacia sí, envolviéndola con sus brazos musculosos, su barbilla apoyada en la coronilla de ella.

— Mañana —murmuró él, con la voz ya ronca por el sueño y el esfuerzo—, vamos a ir a casa de tu hermano. Le vamos a decir que te mudas aquí conmigo. No voy a dejar que pases una noche más lejos de mi cama.

Emily no tuvo fuerzas para responder con palabras, solo apretó la mano de Pablo contra su pecho. Sabía que su vida había cambiado irrevocablemente. Ya no era solo la hermana de Pedri, ni la chica que volvió de Londres. Era la mujer de Pablo Gavi, la única capaz de domar al animal y la única que conocía el fuego azul de sus ojos en la intimidad.

— Te quiero, mi bruto —susurró ella antes de quedarse dormida.

— Y yo a ti, mi pequeña obsesión —respondió Gavi, cerrando los ojos con la satisfacción de quien ha ganado el partido más difícil de su carrera.

Afuera, Barcelona empezaba a despertar, pero en aquel ático, el mundo seguía girando alrededor de dos cuerpos que se habían prometido, entre sudor y gemidos, que nunca más volverían a estar separados. El 6 del Barça había marcado el gol de su vida, y el trofeo, cálido y suave, dormía plácidamente entre sus brazos.