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Love in the air

Entre el rugido del motor y el silencio del alma

El sol de la mañana se filtraba por las persianas del salón de Pedri, creando un patrón de rayas doradas sobre la alfombra. Artemis se despertó con una sensación de ligereza que no había sentido en años. No era solo el alivio de haber regresado a casa, sino la certeza de que el secreto que quemaba entre ella y Gavi ya no era una carga, sino un refugio compartido.

Se levantó y encontró a Pedri en la cocina, preparando un batido de proteínas con una concentración casi religiosa. Su hermano parecía haber procesado la noticia de la noche anterior con la madurez que lo caracterizaba, aunque Artemis sabía que su instinto protector seguía ahí, latente.

— Buenos días, dormilona —dijo Pedri, sin apartar la vista de la batidora—. He hablado con Pablo hace diez minutos.

Artemis se detuvo en seco, con la mano en el pomo de la puerta de la cocina.

— ¿Y? ¿Sigue vivo?

— Por ahora —rio Pedri, sirviendo el líquido espeso en un vaso—. Me ha dicho que viene a buscarte en media hora. Dice que tiene un plan "lejos de ojos curiosos". Le he dicho que, si te pasa algo, más le vale no volver al entrenamiento del lunes.

— Eres un exagerado, Pedri. Solo vamos a pasar el día fuera.

— No soy exagerado, enana. Conozco a Gavi. Ese chico no sabe ir a menos de cien kilómetros por hora, ni conduciendo ni viviendo. Solo... ten cuidado. No quiero que esto se convierta en un circo mediático antes de que estéis listos.

Artemis asintió, dándole un beso rápido en la mejilla antes de correr a su habitación para prepararse. Eligió algo sencillo: un vestido veraniego de flores y unas zapatillas cómodas. Quería sentirse ella misma, no la "hermana de" ni la "novia de". Solo Artemis.

Cuando bajó, el Porsche de Gavi ya estaba esperando en la puerta. Él estaba apoyado en la carrocería, con unas gafas de sol oscuras y una sudadera fina que dejaba entrever su complexión atlética. Al verla, una sonrisa ladeada, esa que derretía a media Barcelona pero que solo Artemis sentía como propia, iluminó su rostro.

— Llegas dos minutos tarde, Gonzales —dijo él, abriéndole la puerta del copiloto con un gesto caballeroso que contrastaba con su imagen de chico rebelde.

— He tenido que pasar el control de seguridad de mi hermano —respondió ella, entrando en el coche—. ¿A dónde me llevas, Pablo?

— Es un secreto. Solo te diré que hay curvas, vistas al mar y nada de periodistas.

El coche arrancó con un rugido elegante. Salieron de Barcelona dejando atrás el bullicio de la ciudad condal, tomando la carretera de la costa hacia el norte. Gavi conducía con una confianza relajada, una mano en el volante y la otra buscando, casi por instinto, la mano de Artemis sobre la consola central.

— ¿Sabes? —empezó Gavi, rompiendo el silencio cómodo que se había instalado entre ellos—. Anoche no pude dormir. Estuve pensando en lo que dijo Ferran.

— No le hagas caso a Ferran, es un bromista —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de él.

— No, no es por las bromas. Es por lo de Pedri. Me di cuenta de que, por primera vez en mi vida, tengo miedo de perder algo que no tiene nada que ver con un balón. Si esto sale mal, pierdo a mi mejor amigo y te pierdo a ti. Es un riesgo muy alto, incluso para alguien que se tira de cabeza a por cada balón dividido.

Artemis lo miró de reojo. Bajo la fachada de estrella del fútbol mundial, Gavi era un chico de diecinueve años tratando de navegar por sentimientos que no venían con un manual de instrucciones.

— No va a salir mal —aseguró ella con firmeza—. Porque esta vez no hay un océano de por medio. Estoy aquí, Pablo. Y Pedri... bueno, él te quiere. Solo necesita tiempo para acostumbrarse a la idea de que su "hermanito" del vestuario quiere ser algo más para su hermana de sangre.

Gavi apretó su mano con suavidad y desvió el coche hacia un camino de tierra que subía por un acantilado. Se detuvieron en un mirador escondido cerca de Tossa de Mar. El Mediterráneo se extendía ante ellos como un manto de zafiro, infinito y sereno.

Bajaron del coche y caminaron hasta el borde de la barandilla de madera. El viento marino despeinaba el cabello castaño de Artemis, y Gavi se colocó detrás de ella, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro.

— Aquí venía yo cuando llegué a La Masía y me sentía solo —susurró él—. Nadie me conocía, echaba de menos mi casa en los palacios y pensaba que nunca llegaría al primer equipo. Este sitio me recordaba que el mundo es muy grande y que mis problemas eran pequeños.

— Nunca me habías contado eso —dijo ella, girándose entre sus brazos para quedar frente a frente.

— No suelo contar estas cosas. En el vestuario tengo que ser el que grita, el que empuja, el que no tiene miedo. Pero contigo... contigo siento que puedo bajar los brazos. Es agotador ser Gavi todo el tiempo, Artemis. A veces solo quiero ser Pablo.

Artemis le acarició la mejilla, notando la calidez de su piel.

— Para mí siempre has sido Pablo. Incluso cuando veía tus partidos desde la biblioteca de la universidad en Estados Unidos y te veía pelearte con defensas que te doblaban el tamaño. Yo no veía a la estrella del Barça, veía al chico que me robaba las patatas fritas cuando Pedri no miraba.

Gavi soltó una carcajada corta y la atrajo más hacia sí.

— Sigo queriendo robarte las patatas fritas. Y muchas otras cosas.

Se besaron con la lentitud que permite el no tener prisa, saboreando el aire salado y la libertad de estar en un lugar donde nadie los juzgaba. Sin embargo, la burbuja se rompió ligeramente cuando el teléfono de Gavi empezó a vibrar con insistencia en su bolsillo.

Él lo sacó con un gesto de fastidio, pero su expresión cambió al ver la pantalla.

— Es Xavi —dijo, frunciendo el ceño.

— ¿Pasa algo?

— No lo sé. Mañana no hay entrenamiento, es día libre oficial... —Gavi contestó la llamada y puso el altavoz—. ¿Dime, míster?

— Pablo, perdona que te moleste en tu descanso —la voz de Xavi Hernández sonaba profesional pero con un matiz de preocupación—. Escucha, han salido unas fotos tuyas en una terraza anoche. No es nada grave, pero la prensa está empezando a especular con quién es la chica. Sabes cómo funciona esto. Si es alguien importante para ti, prepárate, porque mañana tendrás a diez fotógrafos en la puerta de tu casa.

Gavi miró a Artemis, que había palidecido ligeramente.

— Gracias por el aviso, míster. Lo tengo bajo control. Es... es la hermana de Pedri. Xavi, tú la conoces. Artemis ha vuelto.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido de una risa suave del entrenador.

— Ya decía yo que ayer estabas jugando como si te fuera la vida en ello. Escucha, Pablo, Artemis es una chica excelente y Pedri es un pilar del equipo. Solo te pido discreción por ahora. No necesitamos distracciones antes del partido de Champions. Hablaremos el lunes. Disfruta del día.

Gavi colgó y guardó el móvil, suspirando profundamente.

— Bueno, ya es oficial. Hasta el jefe lo sabe.

— Lo siento, Pablo. No quería ser una distracción para ti —dijo Artemis, sintiendo una punzada de culpabilidad.

— ¿Distracción? —Gavi la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos—. Escúchame bien, Artemis Gonzales. Eres lo mejor que me ha pasado en este año de mierda lleno de lesiones y presión. Si la prensa quiere fotos, que las saquen. Si Xavi quiere discreción, seremos discretos. Pero no vuelvas a decir que eres una distracción. Eres mi motivación.

Artemis sonrió, sintiendo cómo el nudo en su estómago se deshacía.

— Eres muy cursi cuando quieres, ¿lo sabías?

— Solo contigo. Si le dices esto a Ferran o a Araújo, lo negaré todo ante un juez —bromeó él, recuperando su brillo travieso en los ojos.

Pasaron el resto de la tarde caminando por las calles empedradas de Tossa, comiendo helado y escondiéndose en pequeñas calas donde el agua les llegaba por las rodillas. Por unas horas, no hubo fútbol, ni redes sociales, ni expectativas. Solo dos jóvenes descubriendo que el tiempo no había borrado la chispa, sino que la había convertido en un incendio controlado.

Al caer la tarde, iniciaron el regreso a Barcelona. El cielo se había teñido de un violeta profundo y las luces de la ciudad empezaban a parpadear en la distancia.

— ¿Crees que deberíamos decírselo a tus padres? —preguntó Gavi mientras entraban en la Diagonal.

— Mi madre ya lo sospecha. Me llamó ayer y me preguntó por qué mi voz sonaba "demasiado alegre" cuando mencioné que habías ido a cenar. Ella siempre ha tenido un sexto sentido para estas cosas.

— ¿Y tu padre? —Gavi tragó saliva—. Él me da más miedo que Pedri.

— A mi padre le caes bien, Pablo. Siempre dice que le gusta tu garra en el campo. Aunque supongo que esa garra le gustará menos cuando sepa que la usas para ligar con su hija.

— Tendré que ganármelo con humildad. Y tal vez con algunas entradas para el palco VIP —rio Gavi.

Cuando llegaron al edificio de Pedri, el ambiente era distinto al de la mañana. Había un par de coches aparcados cerca de la entrada que no parecían de vecinos. Gavi aparcó unos metros más atrás, en una zona sombreada.

— Fotógrafos —gruñó él, apretando el volante—. Ya están aquí.

— No pueden vernos juntos todavía, Pablo. No así —dijo Artemis, mirando por la ventana.

— Tienes razón. Escucha, entra tú primero. Yo daré una vuelta y subiré en diez minutos. Pedri me ha dejado una llave por si acaso.

Artemis asintió, pero antes de bajar, se inclinó hacia él y le dio un beso largo, lleno de promesas silenciosas.

— Gracias por hoy. Ha sido perfecto.

— Esto es solo el principio, Gonzales. Prepárate para una temporada movida.

Artemis bajó del coche y caminó hacia el portal con la cabeza alta, ignorando el destello de un flash a lo lejos. Entró en el ascensor y, al llegar al piso, se encontró con Pedri esperándola en la puerta, con los brazos cruzados.

— Ha sido rápido —dijo su hermano, señalando la ventana del salón que daba a la calle—. Ya hay dos agencias ahí abajo.

— Lo sabemos. Xavi ha llamado a Pablo.

Pedri suspiró y se hizo a un lado para dejarla pasar.

— Esto es lo que me preocupaba. No es vuestra relación, es el ruido. Gavi es el centro de todas las miradas ahora mismo, y tú acabas de llegar. No quiero que te agobien.

— Puedo manejarlo, Pedri. He sobrevivido a un año sola en California, puedo sobrevivir a un par de paparazzis.

Poco después, la puerta se abrió y Gavi entró, con la respiración un poco agitada. Al ver a Pedri, se detuvo y levantó las manos en señal de paz.

— No me pegues, canario. He sido muy discreto.

— Discreto mis narices, Pablo. Estás en la portada digital de un periódico del corazón ahora mismo. "Gavi y una misteriosa castaña en Tossa de Mar". Menos mal que las fotos están borrosas y no se te ve la cara del todo, Artemis.

Gavi se acercó a Pedri y le puso una mano en el hombro, con una seriedad que rara vez mostraba.

— Pedri, hermano. Sé que esto es difícil para ti. Pero no voy a esconderme como si estuviera haciendo algo malo. Quiero a Artemis. Y si el precio por estar con ella es aguantar a cuatro pesados con cámaras, lo pagaré encantado. Pero necesito saber que tú estás con nosotros.

Pedri miró a su mejor amigo y luego a su hermana. Vio la determinación en los ojos de Gavi y la felicidad radiante en el rostro de Artemis. Finalmente, su expresión se suavizó y soltó una carcajada resignada.

— Eres un pesado, de verdad. Pero sí, estoy con vosotros. Eso sí, como vea que esto afecta a tu rendimiento en el campo, te juro que yo mismo te llevo a la frontera.

— ¡Hecho! —exclamó Gavi, chocando la mano con Pedri.

Esa noche, los tres cenaron juntos en el salón, planeando cómo manejar la situación en los próximos días. Decidieron que Artemis iría a la universidad con normalidad y que Gavi seguiría centrado en el fútbol, evitando las declaraciones públicas hasta que todo se calmara.

Cuando Pedri se retiró a su habitación, Artemis y Gavi se quedaron en el balcón, observando las luces de Barcelona. El eco de las maletas que Artemis arrastraba al llegar parecía ahora un recuerdo lejano.

— ¿Te arrepientes de haber vuelto de sorpresa? —preguntó Gavi, rodeándola con su brazo.

Artemis se apoyó en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón, ese que bombeaba con la misma fuerza en el césped que en la intimidad.

— Ni un segundo, Pablo. De hecho, creo que es la mejor sorpresa que me he dado a mí misma.

Gavi le besó la coronilla y miró hacia el horizonte. Sabía que venían tiempos difíciles, que la presión de la prensa y las expectativas del club serían un reto constante. Pero mientras tuviera a Artemis a su lado, sentía que podía ganar cualquier partido, incluso aquel que se jugaba fuera de los noventa minutos reglamentarios.

— Bienvenida a casa de verdad, Artemis —susurró él—. Ahora empieza lo bueno.

Y así, bajo el cielo de una Barcelona que nunca dormía, la hermana del mago y el chico de oro del fútbol español sellaron un pacto de amor y resistencia. El secreto ya no era un eco, era una realidad vibrante que prometía cambiar sus vidas para siempre. La sorpresa había terminado, pero la historia de Artemis y Gavi no había hecho más que empezar su primer tiempo.