Love in the air
El pulso de la ciudad y el rugido del Camp Nou
La mañana del lunes en Barcelona tenía un aire eléctrico, de esos que solo se sienten después de una victoria importante y antes de una tormenta mediática. Artemis se despertó con el sonido de las notificaciones de su móvil estallando. No hacía falta ser una experta en redes sociales para saber que las fotos de Tossa de Mar habían corrido como la pólvora.
Se frotó los ojos azules, sentándose en la cama mientras observaba los titulares de la prensa deportiva y del corazón. "La identidad de la chica de Gavi: ¿Un secreto en la familia Gonzales?". El corazón le dio un vuelco. No era miedo, era esa extraña sensación de que su vida privada acababa de convertirse en propiedad pública.
Se vistió con unos vaqueros oscuros y una sudadera gris, tratando de mantener un perfil bajo para su primer día de gestiones en la Universidad de Barcelona. Al salir al salón, se encontró con Pedri, que ya estaba listo para irse al entrenamiento. Su hermano la miraba con una mezcla de lástima y diversión.
— Prepárate, enana —dijo Pedri, dándole un sorbo a su café—. Hay tres fotógrafos en la esquina. He hablado con seguridad del club y me han dicho que a Pablo lo han seguido desde que salió de su casa.
— ¿Está bien? —preguntó Artemis, preocupada.
— Está encantado de la vida —rio Pedri, negando con la cabeza—. Ese chico se alimenta del caos. Me ha mandado un mensaje diciendo que, si te agobian mucho, le avises para que vaya a "hacerles una entrada limpia" a los paparazzis.
Artemis sonrió, imaginándose a Gavi tratando de defenderla con la misma intensidad con la que robaba balones en el centro del campo.
— Estaré bien, Pedri. Solo voy a la facultad. No creo que les interese verme rellenar formularios de matrícula.
— No subestimes el morbo, Artemis. Pero bueno, nos vemos luego. Gavi y yo comemos en la Ciudad Deportiva y luego él quería pasar a verte.
Artemis se despidió de su hermano y salió del portal. Tal como Pedri había advertido, el destello de los flashes la recibió nada más poner un pie en la acera. Caminó rápido, con la cabeza baja y los auriculares puestos, fingiendo que no escuchaba las preguntas sobre su relación con el "6" del Barça. Al llegar al metro, se sintió a salvo entre la multitud anónima, pero la sensación de ser observada no desapareció del todo.
Mientras tanto, en la Ciudad Deportiva Joan Gamper, el ambiente era radicalmente distinto. El vestuario del FC Barcelona bullía con las bromas habituales, pero hoy el objetivo principal tenía nombre y apellido: Pablo Gavi.
— ¡Pero bueno, si tenemos aquí al rompecorazones de Los Palacios! —exclamó Ferran Torres en cuanto Gavi entró por la puerta—. ¿Qué tal el aire de la costa, Pablo? Dicen que es muy bueno para el cutis... y para las fotos robadas.
Gavi dejó su mochila en la taquilla, tratando de ocultar una sonrisa que lo delataba por completo.
— Cállate, Ferran. Solo fuimos a comer. No es culpa mía que no podáis vivir sin saber qué hago en mi tiempo libre.
— El problema no es lo que haces —intervino Robert Lewandowski, que pasaba por allí con una sonrisa paternal—, el problema es que te has metido en el terreno de Pedri. Eso es jugar con fuego, chico.
Gavi miró hacia la esquina del vestuario donde Pedri se vendaba los tobillos en silencio. El canario levantó la vista y le dedicó un gesto con el pulgar hacia arriba, aunque sus ojos azules mantenían esa chispa de advertencia que solo los hermanos mayores poseen.
— Pedri sabe que Artemis está en buenas manos —dijo Gavi en voz alta, para que todos lo oyeran—. Mejores que las de Ferran, desde luego.
Las carcajadas estallaron en el vestuario, rompiendo la tensión inicial. Xavi Hernández entró poco después, pidiendo seriedad para la sesión de video, pero no pudo evitar dedicarle una mirada cómplice a Gavi antes de empezar.
— Pablo —le susurró el míster cuando pasaba a su lado—, hoy quiero esa misma energía en el rondo. Si estás feliz, vuela. Pero mantén la cabeza en el césped.
— Siempre, míster —respondió Gavi con determinación.
Mientras los chicos entrenaban bajo el sol abrasador de Barcelona, Artemis terminaba sus trámites en la universidad. Al salir de la secretaría, se sentó en un banco del patio interior, disfrutando de un momento de paz. Su teléfono vibró. Era una videollamada de Gavi.
— ¡Hola, americana! —La cara de Gavi apareció en la pantalla, todavía sudado y con la ropa de entrenamiento—. ¿Cómo va el papeleo? ¿Te han aceptado ya o tengo que ir a hablar con el rector?
— Todo en orden, Pablo —rio ella, conmovida por verlo tan despeinado y auténtico—. He sobrevivido a los fotógrafos y a la burocracia española. ¿Tú qué tal? ¿Te han dado mucha caña los chicos?
— Me han martirizado —confesó él, sentándose en un banco de la Ciudad Deportiva—. Ferran es un pesado y Lewandowski me mira como si fuera su hijo adolescente rebelde. Pero me da igual. He entrenado como nunca. Xavi dice que estoy "enchufado".
— Me alegra oír eso. No quiero que piensen que soy una mala influencia.
— Eres la mejor influencia del mundo —dijo Gavi, bajando el tono de voz y mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba—. Escucha, Artemis... He estado pensando. Esta noche hay una cena del equipo. Es algo informal, para celebrar la victoria contra el Atleti. Xavi ha dicho que podemos llevar a alguien.
Artemis sintió un nudo en el estómago. Una cena con el equipo significaba presentarse oficialmente ante todos, bajo la mirada de los capitanes, las parejas de los jugadores y, por supuesto, su hermano.
— ¿Estás seguro, Pablo? Es muy pronto. Todo el mundo está hablando de nosotros.
— Precisamente por eso —insistió él—. Si nos escondemos, parece que tenemos algo que ocultar. Si vienes conmigo, de la mano, se acaba el misterio. Además, quiero presumir de novia.
— ¿Novia? —Artemis arqueó una ceja, con una sonrisa juguetona—. No recuerdo que me lo hayas pedido formalmente, señor Páez.
Gavi se puso rojo de golpe, rascándose la nuca con ese gesto de timidez que solo mostraba ante ella.
— Bueno... ya sabes a lo que me refiero. No seas mala. ¿Vendrás?
— Iré. Pero si Pedri me mira mal durante toda la cena, me sentaré con Lewandowski para que me proteja.
— Hecho. Te paso a buscar a las ocho. Ponte guapa, aunque ya sé que eso no te cuesta nada.
La cena se celebró en un exclusivo restaurante con vistas al puerto. Artemis eligió un vestido azul marino que resaltaba el color de sus ojos y dejó su melena castaña caer en ondas naturales. Cuando Gavi llegó a buscarla, se quedó sin palabras en el rellano.
— Estás... —Gavi se tragó el resto de la frase, simplemente negando con la cabeza—. Pedri va a tener que comprarse una escopeta para espantar a los pesados.
— Vámonos antes de que mi hermano salga y te oiga —dijo ella, tomando su brazo.
Al llegar al restaurante, la presión mediática era evidente, pero Gavi no soltó su mano ni un segundo. Caminó con paso firme, escoltándola a través de los flashes hasta el interior del local. Dentro, el ambiente era mucho más relajado.
— ¡La pareja del año! —exclamó Marc-André ter Stegen, levantándose para saludarlos con su habitual elegancia—. Bienvenida, Artemis. Es un placer tenerte aquí de nuevo.
— Gracias, Marc —respondió ella con una sonrisa sincera.
La cena fluyó mucho mejor de lo que Artemis esperaba. Se sentó entre Gavi y la novia de Pedri, mientras su hermano ocupaba el asiento de enfrente, vigilando la situación con una sonrisa socarrona. Gavi, a pesar de estar rodeado de sus compañeros, no dejaba de prestarle atención a Artemis, asegurándose de que estuviera cómoda y participara en las conversaciones.
— ¿Y qué tal la vida en Estados Unidos? —preguntó Ronald Araújo, con su imponente presencia y su voz profunda—. ¿Es verdad que allí el fútbol no se vive como aquí?
— Es diferente, Ronald —explicó Artemis—. Hay mucha pasión, pero les falta ese "fuego" que tenéis vosotros. Allí es más un espectáculo, aquí es una religión.
— ¡Esa es mi hermana! —exclamó Pedri, brindando con su copa de agua—. Sabe de lo que habla.
A mitad de la noche, Gavi se inclinó hacia Artemis y le susurró al oído.
— ¿Quieres salir un momento al balcón? Necesito un poco de aire.
Salieron a la terraza que daba al mar. El sonido de las olas y la brisa fresca del Mediterráneo eran el contrapunto perfecto al ruido del interior. Gavi se apoyó en la barandilla, mirando las luces de los barcos en el horizonte.
— Gracias por venir, Artemis —dijo él, sin mirarla todavía—. Sé que no es fácil para ti. Todo este circo, las fotos, mis compañeros bromeando...
— No me importa el ruido, Pablo —respondió ella, acercándose y apoyando la cabeza en su hombro—. Me importa que seas tú quien está a mi lado. El resto es solo ruido de fondo.
Gavi se giró y la tomó por la cintura, mirándola con una intensidad que siempre la dejaba sin aliento. Sus ojos cafés brillaban bajo la luz de la luna.
— Artemis, antes, en la videollamada... te dije lo de "novia" sin pensar. Pero lo decía en serio. Sé que solo llevas unos días aquí, pero siento que hemos recuperado el tiempo perdido en un abrir y cerrar de ojos. No quiero ser solo el amigo de tu hermano que te saca a cenar. Quiero ser el chico que esté ahí después de cada partido, gane o pierda.
Artemis sintió que el corazón se le ensanchaba.
— Pablo... —empezó ella, pero él la interrumpió con un beso dulce y pausado, uno que sabía a promesa y a hogar.
— ¿Quieres ser mi novia, Artemis Gonzales? —preguntó él al separarse, con la voz un poco temblorosa—. Oficialmente. Con permiso de Pedri o sin él.
Artemis se rió, rodeando su cuello con los brazos.
— Sí, Pablo Páez. Quiero ser tu novia. Pero que conste que el permiso de Pedri te lo vas a tener que ganar tú solo en el campo.
— Eso está hecho —dijo él, volviendo a besarla.
De regreso a la mesa, el ambiente era de pura camaradería. Sin embargo, cuando la cena estaba llegando a su fin, un pequeño incidente recordó a todos la realidad de su profesión. Un camarero se acercó a Gavi con discreción.
— Señor Gavi, perdone que le moleste. Hay un grupo de aficionados fuera que han visto las fotos en redes sociales. El jefe de seguridad sugiere que salgan por la puerta trasera para evitar aglomeraciones.
Gavi miró a Artemis y luego a Pedri. El canario asintió, acostumbrado a estas situaciones.
— No —dijo Gavi de repente, sorprendiendo a todos—. No vamos a salir por la puerta de atrás.
— Pablo, no es el momento de ser un héroe —advirtió Pedri, frunciendo el ceño.
— No es por ser un héroe, Pedri —respondió Gavi, levantándose y tendiéndole la mano a Artemis—. Es por no esconderme más. Artemis no es un secreto, es mi novia. Y si hay gente fuera, que nos vean. No estamos haciendo nada malo.
Artemis sintió una oleada de orgullo. Tomó la mano de Gavi y se levantó con él.
— Estoy contigo, Pablo —dijo ella con firmeza.
Salieron por la puerta principal. Tal como el camarero había advertido, una multitud de aficionados y algunos fotógrafos se agolpaban en la acera. En cuanto aparecieron, el ruido fue ensordecedor. Gavi mantuvo la calma, protegiendo a Artemis con su brazo mientras caminaban hacia el coche. No se detuvo para dar declaraciones, pero tampoco bajó la cabeza. Dejó que las cámaras captaran la imagen de ambos: unidos, tranquilos y sin miedo.
Una vez dentro del coche, el silencio se sintió como una bendición. Gavi suspiró, soltando el aire que parecía haber estado reteniendo.
— ¿Estás bien? —preguntó él, mirándola con preocupación.
— Estoy perfecta —respondió ella, apretando su mano—. Ha sido... liberador.
— Mañana las fotos estarán en todas partes —advirtió él—. "Gavi confirma su relación con la hermana de Pedri".
— Que escriban lo que quieran —dijo Artemis—. Nosotros sabemos la verdad.
Al llegar al portal, se encontraron con Pedri, que había llegado unos minutos antes en su propio coche. Los esperaba en la entrada, con las manos en los bolsillos y una expresión iletrable.
— Habéis sido valientes —dijo Pedri cuando se acercaron—. O muy tontos. Todavía no me decido.
— Hemos sido nosotros mismos, Pedri —respondió Gavi, plantándole cara a su amigo—. Espero que puedas vivir con ello.
Pedri miró a Gavi, luego a su hermana, y finalmente suspiró, dejando escapar una sonrisa resignada.
— Solo entrad en casa. Mañana tenemos entrenamiento a las nueve y no quiero que llegues tarde porque te has quedado mirando las estrellas con mi hermana.
Gavi se despidió de Artemis con un beso rápido en la frente, sabiendo que Pedri estaba mirando.
— Mañana te llamo —susurró él—. Descansa, mi americana.
Artemis subió al piso con su hermano. Mientras se preparaba para dormir, se quedó mirando por la ventana hacia las calles de Barcelona. El eco de las maletas ya no existía; ahora solo quedaba el eco de una promesa hecha bajo la luna del puerto.
Había vuelto para dar una sorpresa, pero la verdadera sorpresa se la había llevado ella. Había encontrado un lugar que no sabía que estaba buscando, en los brazos del chico que todos veían como un guerrero incansable, pero que para ella era simplemente Pablo.
En su habitación, Pedri también miraba por la ventana. Sacó su teléfono y le envió un mensaje a Gavi.
— Cuídala, Pablo. Si lo haces, te daré todas las asistencias que quieras. Si no... bueno, ya sabes cómo termino las jugadas.
La respuesta de Gavi llegó en menos de un minuto.
— Con mi vida, hermano. Con mi vida.
La ciudad de Barcelona seguía rugiendo fuera, ajena a los pequeños dramas y grandes amores que se tejían en sus balcones. Pero para Artemis Gonzales, el ruido ya no era una amenaza. Era la banda sonora de su nueva vida, el pulso de un destino que acababa de empezar a escribirse con letras de oro y azulgrana.