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Love in the air

El latido de la Ciudad Condal y el pacto de los tres

El sol de Barcelona entró por la ventana del salón con una intensidad que Artemis no recordaba haber sentido en California. El apartamento de Pedri olía a café recién hecho y a esa mezcla de orden y caos que caracteriza la vida de un deportista de élite. Artemis se estiró en el sofá, sintiendo todavía el ligero mareo del jet lag, pero con una sonrisa que no podía borrar de su rostro. Las fotos de la noche anterior ya circulaban por todas las redes sociales, y aunque el mundo entero especulaba sobre "la misteriosa acompañante de Gavi", ella se sentía extrañamente en paz.

La puerta de la cocina se abrió y Pedri apareció con dos tazas humeantes. Su hermano mayor, el "mago" de Tegueste, la miraba con una expresión que Artemis conocía bien: era la mezcla exacta de ternura y preocupación que solo un hermano mayor puede proyectar.

— Buenos días, dormilona —dijo Pedri, dejando una de las tazas sobre la mesa de centro—. He visto que tu teléfono no ha parado de vibrar en toda la mañana. Supongo que ya te has dado cuenta de que ser "discreta" no está en el vocabulario de Pablo.

Artemis soltó una risita y tomó el café.

— No es que no esté en su vocabulario, Pedri. Es que Pablo no sabe hacer nada a medias. Si va a por un balón, va con todo. Si va a un restaurante, entra por la puerta principal.

— Ya, el problema es que cuando él va con todo, a veces se lleva por delante las espinilleras de los demás —replicó Pedri, sentándose frente a ella—. Artemis, ayer hablamos, y sabes que os apoyo. Pero esto va a ser una locura. Hoy en el entrenamiento el míster ha tenido que pedir silencio tres veces porque los chicos no paraban de bromear con Gavi.

— ¿Y él cómo está? —preguntó ella, tratando de que su voz no sonara demasiado ansiosa.

— Está insoportable —rio Pedri—. Tiene esa cara de tonto que se le pone cuando marca un gol en el último minuto. Pero fuera de bromas, está feliz. Hacía mucho tiempo que no lo veía con esa chispa, incluso antes de la lesión.

Artemis bajó la mirada hacia su café, sintiendo un calorcito agradable en el pecho. Justo en ese momento, el timbre del apartamento sonó con una insistencia rítmica que solo podía pertenecer a una persona.

— Hablando del rey de Roma —murmuró Pedri, levantándose para abrir.

Gavi entró en el salón como un torbellino. Llevaba la ropa de entrenamiento del club, el pelo todavía un poco húmedo de la ducha y esa energía eléctrica que parecía cargar el aire a su alrededor. En cuanto vio a Artemis, sus ojos cafés se iluminaron y se olvidó por completo de que Pedri estaba en la habitación.

— ¡Hola! —exclamó Gavi, acercándose a ella con paso decidido—. He venido en cuanto Xavi nos ha soltado. No podía aguantar más sin saber si te habían asustado los periodistas de la puerta.

— Estoy bien, Pablo —dijo ella, levantándose para recibirlo—. He sobrevivido a cosas peores, como tus entradas en los entrenamientos que veía por televisión.

Gavi la tomó de la cintura y le dio un beso rápido en la mejilla, consciente de la mirada de Pedri, que se había quedado apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

— ¡Ejem! —tosió Pedri de forma exagerada—. Sigo aquí, por si os interesa. Y mi casa sigue teniendo paredes, por si queréis un poco de privacidad.

— No seas pesado, Pedri —dijo Gavi, girándose hacia su amigo con una sonrisa desafiante—. Si ya lo sabe todo el mundo, ¿para qué vamos a escondernos en tu propia casa?

— Precisamente porque es mi casa —replicó el canario, aunque no pudo evitar sonreír—. Venid aquí, sentaos. Tenemos que hablar de cómo vamos a gestionar esto. Los de prensa del club me han llamado esta mañana. Quieren saber si vamos a hacer algún comunicado o si simplemente vamos a dejar que la bola de nieve siga creciendo.

Los tres se sentaron en el sofá. Artemis se sintió pequeña entre los dos futbolistas, pero al mismo tiempo inmensamente protegida.

— Yo no quiero comunicados —dijo Artemis con firmeza—. No soy una jugadora del club ni una celebridad. Soy una estudiante que ha vuelto a casa. Si nos ven juntos, que nos vean. Pero no quiero convertir esto en una rueda de prensa.

— Estoy de acuerdo —asintió Gavi, tomando la mano de Artemis bajo la mesa—. Pero sabes que te van a seguir a la facultad, ¿verdad? Aquella foto de ayer en el puerto ha puesto a todo el mundo en alerta.

— Que me sigan —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Se aburrirán pronto de verme estudiar derecho romano y comer bocadillos en la cafetería.

Pedri miró a Gavi con seriedad.

— Pablo, tú sabes cómo es esto. Si la cosa se pone fea con la prensa, ella es la que más va a sufrir. Nosotros estamos acostumbrados, pero ella no. Tienes que prometerme que vas a ser inteligente por una vez en tu vida.

Gavi se puso serio, algo raro en él cuando no estaba en un terreno de juego. Miró a Pedri a los ojos y luego a Artemis.

— Te lo prometo, Pedri. Sabes que por ella... por ella soy capaz de contenerme. No voy a dejar que nadie la moleste. Y si alguien se pasa de la raya, bueno, ya sabes que no me falta carácter.

— Eso es lo que me da miedo precisamente —suspiró Pedri—. Pero confío en ti.

Pasaron la tarde entre risas, viendo vídeos de las jugadas de la última temporada y escuchando a Artemis contar anécdotas de su vida en Estados Unidos. Era extraño y maravilloso a la vez: el trío de amigos de siempre, pero con una nueva dinámica que lo cambiaba todo. Gavi no podía dejar de tocar el pelo de Artemis o de buscar su mirada cada vez que contaba algo, y Pedri, aunque fingía molestia, parecía aliviado de ver a las dos personas que más quería tan unidas.

Sin embargo, la realidad volvió a llamar a la puerta cuando el teléfono de Gavi sonó. Era un mensaje de grupo del equipo.

— Dicen los chicos que van a ir a cenar a la zona alta —dijo Gavi, mirando la pantalla—. Quieren que vayamos. Todos.

— ¿Todos? —preguntó Artemis con cautela.

— Sí —respondió Gavi—. Lewandowski, Ferran, Balde... todos quieren conocer oficialmente a la "chica que ha domesticado al león".

Artemis miró a su hermano, buscando aprobación.

— Si vas a salir con él, mejor que sea con el grupo —dijo Pedri—. Estaréis más protegidos y los chicos son como una familia. Además, Ferran se muere de ganas de verte, Artemis. No ha parado de preguntarme por ti desde que supo que estabas en Barcelona.

— Está bien —aceptó ella—. Pero nada de fotos oficiales, ¿entendido?

La cena fue un torbellino de emociones. El restaurante era discreto, con una iluminación tenue y un reservado para el equipo. Cuando Artemis entró del brazo de Gavi, el silencio se apoderó de la mesa por un segundo antes de estallar en una ovación de broma.

— ¡Por fin! —gritó Ferran Torres, levantándose para abrazar a Artemis—. ¡Ya era hora de que alguien pusiera en su sitio a este salvaje!

— ¡Cuidado, Ferran! —bromeó Gavi—. Que todavía tengo fuerzas para darte un par de patadas en el entrenamiento de mañana.

Artemis se sintió acogida de inmediato. Lewandowski le habló de lo mucho que Pedri la mencionaba, y las parejas de los otros jugadores la integraron en la conversación como si nunca se hubiera ido. Era un mundo de lujo y fama, pero en el fondo, eran solo jóvenes tratando de disfrutar de una noche normal.

A mitad de la cena, Gavi se inclinó hacia ella y le susurró al oído.

— ¿Estás bien? ¿Es demasiado?

— Es perfecto, Pablo —respondió ella, dándole un apretón en la mano—. Me gusta ver este lado de tu vida.

— Pues prepárate —dijo él con una chispa de travesura en los ojos—, porque mañana hay partido en el Camp Nou. Y ya he hablado con el delegado. Tienes un asiento en la primera fila, justo detrás del banquillo.

— ¿Mañana? —Artemis se sorprendió—. Pero si acabo de llegar...

— Precisamente por eso —insistió Gavi—. Necesito que estés allí. Mañana jugamos contra el Sevilla, mi antigua casa. Es un partido especial para mí, y quiero que seas lo primero que vea cuando salte al campo.

El día del partido, los nervios de Artemis estaban a flor de piel. El Camp Nou rugía con una fuerza ensordecedora. Ver a Gavi y a Pedri calentar sobre el césped, bajo las luces inmensas del estadio, le recordó la magnitud de lo que significaban para la ciudad. Eran ídolos, casi dioses para la afición que coreaba sus nombres.

Cuando empezó el encuentro, Artemis no podía apartar la vista de Gavi. Jugaba con una intensidad feroz, recuperando balones imposibles y distribuyendo el juego con una claridad que dejaba a la grada sin aliento. Pedri, a su lado, era la elegancia pura, el contrapunto perfecto al fuego de Pablo.

En el minuto setenta, con el partido empatado a cero, Gavi recibió un pase filtrado de su hermano. Controló con la derecha, regateó a dos defensas con una agilidad asombrosa y disparó con el alma. El balón entró por la escuadra, haciendo que el estadio entero temblara bajo el grito de "¡Gol!".

Gavi no corrió hacia el córner ni hacia la cámara principal. Corrió directamente hacia la zona donde estaba Artemis. Se detuvo frente a ella, se llevó las manos al pecho formando un corazón y luego señaló hacia ella con una sonrisa radiante.

— ¡Eso es por ti! —gritó, aunque ella solo pudo leerle los labios entre el estruendo.

Artemis sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. En ese momento, no había cámaras, ni prensa, ni redes sociales. Solo estaban ellos dos en medio de un océano de gente.

Al finalizar el partido, con la victoria en el bolsillo, Artemis esperó en la zona de familiares. Pedri salió primero, con la camiseta sudada y una sonrisa cansada.

— Ha sido un buen gol —admitió el canario—. Aunque el pase ha sido mejor, claro.

— ¡Siempre barriendo para casa, Pedri! —rio ella, abrazándolo.

Entonces apareció Gavi. Venía radiante, con la adrenalina todavía recorriéndole las venas. Sin decir una palabra, levantó a Artemis en vilo y le dio vueltas en el aire, ajeno a las miradas de los periodistas que intentaban captar la imagen desde lejos.

— Te lo dije —susurró él cuando la bajó—. Con el gol dedicado, ya no hay vuelta atrás. Ahora todo el mundo sabe que eres mi amuleto.

— Eres un exagerado, Pablo Páez —dijo ella, acariciándole el rostro—. Pero me gusta ser tu amuleto.

— Escuchad, tortolitos —intervino Pedri, poniéndose en medio de los dos—. El míster nos ha dado libre hasta el lunes. Mis padres vienen mañana de Tenerife para darte la bienvenida oficial, Artemis. Y sí, Pablo, estás invitado. Pero mi padre quiere hablar contigo sobre "ciertas celebraciones" que ha visto por la tele.

Gavi palideció ligeramente, lo que provocó las carcajadas de los hermanos Gonzales.

— ¿Tu padre? —preguntó Gavi—. ¿El que tiene una colección de cuchillos canarios?

— Ese mismo —asintió Pedri con malicia—. Suerte, campeón. La vas a necesitar más que contra el Sevilla.

La noche terminó con los tres caminando hacia el parking, bajo el cielo estrellado de Barcelona. Artemis miró a su hermano y luego al chico que le sostenía la mano con fuerza, como si temiera que fuera a desaparecer de nuevo hacia Estados Unidos.

— ¿Sabes qué es lo mejor de haber vuelto? —preguntó Artemis en voz baja.

— ¿Qué? —preguntaron los dos a la vez.

— Que por fin siento que no tengo que elegir entre mi familia y mi corazón. Os tengo a los dos aquí.

Gavi la atrajo hacia sí y le dio un beso en la frente, mientras Pedri le pasaba un brazo por los hombros.

— Siempre estaremos aquí, enana —dijo Pedri—. Aunque este sea un bruto y nos meta en líos cada dos por tres.

— ¡Eh! —protestó Gavi—. ¡Que he marcado el gol de la victoria!

— Sí, sí, pero mañana mi padre te va a marcar a ti —rio el canario.

Mientras se alejaban en el coche, Artemis cerró los ojos y respiró el aire de su ciudad. El viaje desde USA había sido largo, y la sorpresa inicial se había convertido en algo mucho más profundo. No era solo un regreso; era el comienzo de una nueva etapa donde el fútbol, el amor y la familia se entrelazaban en el césped del destino. Y sabía, con una certeza absoluta, que este era solo el primer tiempo de una historia que prometía ser legendaria.