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Luna

El Eco de las Campanas de Hielo

—La nieve está empezando a cubrir el rastro de los ciervos —comentó Sunghoon, de pie junto al ventanal del gran salón—. Es una pureza que me recuerda a ti, Hana. Fría al tacto, pero impecable a la vista.

Hana no respondió. Estaba sentada en un diván de terciopelo carmesí, con un cuaderno de bocetos sobre las rodillas. Sus dedos, antes ágiles y llenos de manchas de pintura, ahora se movían con una lentitud melancólica. Había intentado dibujar el bosque, pero sus trazos siempre terminaban convirtiéndose en barrotes o en sombras alargadas que se parecían demasiado a los hombres que la rodeaban.

—¿Por qué no me miras cuando te hablo? —continuó Sunghoon, acercándose con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba—. Sabes que detesto que me ignores.

—No tengo nada que decirte, Sunghoon —respondió ella en un susurro—. Las palabras se sienten pesadas en este lugar. Es como si el aire aquí estuviera diseñado para asfixiar cualquier pensamiento que no sea sobre ustedes.

Sunghoon se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal sin el menor reparo. Tomó el cuaderno de las manos de Hana y lo cerró con un golpe seco.

—Tus pensamientos deberían ser sobre nosotros —dijo él, inclinándose tanto que Hana podía sentir el frío que emanaba de su piel—. Te hemos dado un mundo donde no existe el dolor físico, donde el hambre es un concepto lejano y donde nadie puede volver a herirte. Deberías estar agradecida.

—La gratitud no se puede forzar —replicó Hana, levantando finalmente la vista para encontrarse con sus ojos oscuros—. Me salvaron de un incendio que ustedes mismos provocaron. Me trajeron a una montaña donde nadie puede oírme gritar. Eso no es salvación, es una transferencia de propiedad.

Sunghoon soltó una risa seca, un sonido que carecía de cualquier rastro de alegría.

—Eres inteligente. Siempre lo fuiste. Eso es lo que hizo que Heeseung se obsesionara contigo primero. Pero la inteligencia sin sumisión es solo una forma de tortura autoinfligida.

La puerta del salón se abrió de par en par y Jay entró, seguido por Jake. Ambos traían el aroma del exterior: un olor a ozono, pinos y algo metálico que Hana ya había aprendido a identificar como sangre fresca.

—La frontera sur está tranquila —informó Jay, quitándose los guantes de cuero negro—. Los clanes menores han entendido el mensaje. Nadie se atreverá a cruzar las montañas.

—¿Y ella? —preguntó Jake, dirigiendo su mirada hacia Hana con una mezcla de ternura y posesividad—. ¿Ha comido algo hoy?

—Apenas tocó la fruta que Sunoo le trajo —respondió Sunghoon, levantándose del diván—. Sigue insistiendo en esa actitud de mártir.

Jake se acercó a Hana y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos pequeñas entre las suyas.

—Hana, tienes que ser fuerte —dijo Jake con voz suave—. Si te debilitas, nosotros también lo hacemos. No soporto ver cómo tu luz se desvanece de esta manera.

—Entonces déjame ir, Jake —suplicó ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Si de verdad te importa mi luz, déjala brillar donde pertenece. Aquí solo hay oscuridad.

—No lo entiendes —intervino Jay desde el otro lado de la habitación—. El mundo exterior es un matadero. Los humanos son crueles, envidiosos y destructivos. Aquí eres una diosa. En Seúl, eras solo una chica que nadie habría recordado si hubiera muerto en aquel callejón. Nosotros te dimos la eternidad antes de que supieras que la necesitabas.

—¡Yo no quería la eternidad! —gritó Hana, poniéndose de pie de un salto—. ¡Quería una vida normal! Quería graduarme, quería enamorarme de alguien que no quisiera encerrarme, quería envejecer...

—El amor humano es una broma —la interrumpió una voz profunda desde las sombras de la escalera.

Heeseung descendió los peldaños con una parsimonia que heló la sangre de Hana. El líder de Enhypen se veía más imponente que nunca, rodeado por un aura de autoridad absoluta que incluso los otros miembros respetaban con temor.

—Un humano te habría amado por cincuenta años y luego te habría dejado sola en una tumba —continuó Heeseung, llegando hasta ella—. Nosotros te amaremos hasta que las estrellas se apaguen. Te hemos otorgado el mayor honor que un mortal puede recibir: ser el centro de la existencia de siete inmortales.

Heeseung tomó la barbilla de Hana, obligándola a sostenerle la mirada. Sus ojos brillaron con ese rojo carmesí que delataba su naturaleza sedienta.

—Hoy es un día especial —anunció Heeseung—. Jungwon y Ni-ki han regresado de la ciudad con un regalo para ti. Algo que creías perdido.

Hana sintió un vuelco en el corazón. ¿Podría ser que hubieran traído a alguien de su pasado? ¿A su tía? ¿A una amiga? El miedo y la esperanza lucharon en su pecho mientras las puertas principales se abrían de nuevo.

Jungwon y Ni-ki entraron en el salón, pero no venían acompañados de ninguna persona. Ni-ki llevaba en sus brazos una pequeña jaula de oro, y dentro de ella, un pequeño perro de pelaje canela saltaba y ladraba con desesperación.

—¿Es...? —Hana se llevó las manos a la boca, reconociendo al animal que había rescatado bajo la lluvia aquella noche fatídica.

—El mismo —dijo Jungwon con una sonrisa gélida—. Lo encontramos en un refugio. Parece que nadie quería adoptarlo. Estaba a punto de ser sacrificado.

Ni-ki dejó la jaula en el suelo y la abrió. El perro corrió inmediatamente hacia Hana, moviendo la cola y lamiendo sus manos. Hana se dejó caer de rodillas, abrazando al animal mientras sollozaba sin control. Por un momento, el lujo opresivo de la mansión desapareció, y solo existía el calor de una criatura que la amaba sin condiciones.

—Ves, Hana —dijo Sunoo, apareciendo detrás de ella y acariciando su cabello—. Somos buenos contigo. Te traemos lo que te hace feliz.

—Gracias... —susurró Hana entre lágrimas, aferrándose al perro—. Gracias por traerlo.

—No nos des las gracias todavía —dijo Heeseung, su voz volviéndose fría como el acero—. Este animal es un recordatorio de por qué estás aquí. Por él te detuviste bajo la lluvia. Por él nos conociste. Él es el responsable de tu destino.

Hana levantó la vista, notando algo extraño en la forma en que los siete rodeaban la escena. No había alegría en sus rostros, solo una observación clínica, como científicos mirando a un espécimen bajo el microscopio.

—Este perro vivirá mientras tú seas obediente, Hana —sentenció Jungwon—. Es una extensión de nuestra misericordia. Pero recuerda: su vida es tan frágil como la tuya solía ser. Si intentas escapar de nuevo, si intentas usar esa daga que escondes bajo tu almohada... él será el primero en pagar el precio.

Hana se quedó helada. La pequeña brizna de felicidad que había sentido se transformó instantáneamente en un plomo pesado. Habían traído al perro no por bondad, sino para tener un nuevo rehén. Su amabilidad había sido usada, una vez más, como un arma en su contra.

—Son unos monstruos —dijo ella, su voz temblando de rabia—. Ni siquiera pueden hacer algo bueno sin mancharlo con una amenaza.

—Somos lo que somos —respondió Jay, encogiéndose de hombros—. No pretendemos ser santos, Hana. Somos depredadores. Y un depredador siempre asegura su presa por todos los medios necesarios.

Ni-ki se agachó junto a ella y tomó al perro por el cuello, con una fuerza que hizo que el animal gimiera.

—Es tan pequeño —comentó Ni-ki, mirando a Hana con ojos brillantes—. Un solo apretón y su corazón dejaría de latir. ¿No es fascinante lo fácil que es destruir algo que amas?

—¡Suéltalo! —gritó Hana, tratando de apartar las manos de Ni-ki.

—Solo si prometes que esta noche cenarás con nosotros sin quejarte —propuso Ni-ki con una sonrisa infantil—. Y que dejarás que Sunoo te ponga el vestido azul que Jay compró para ti.

Hana miró al perro, que temblaba bajo la mano de Ni-ki, y luego miró a los siete hombres que la observaban con una expectación hambrienta. Estaba atrapada en una red de seda y espinas.

—Lo haré —susurró ella, bajando la cabeza en señal de derrota—. Haré lo que quieran. Solo... no le hagan daño.

—Esa es nuestra chica —dijo Heeseung, extendiendo una mano para ayudarla a levantarse.

Hana tomó la mano de Heeseung, sintiendo la fuerza sobrenatural que residía en ella. Mientras caminaba hacia el comedor, custodiada por los siete, se dio cuenta de que su amabilidad ya no era un puente hacia su humanidad, sino la cuerda con la que la mantenían atada.

La cena fue un despliegue de opulencia que Hana apenas pudo procesar. El comedor estaba iluminado por cientos de velas negras, y la mesa estaba cubierta de manjares que ella apenas probó. A su lado, el perro comía de un cuenco de plata, ajeno al peligro que lo rodeaba.

—Hana —dijo Sunoo, rompiendo el silencio—, ¿sabes por qué elegimos este lugar?

—Porque está lejos de todo —respondió ella monótonamente.

—No solo por eso —intervino Jungwon—. Las leyendas dicen que en estas montañas el tiempo se detiene para aquellos que saben cómo pedirlo. Queremos que este sea nuestro santuario eterno. Fuera de aquí, el mundo cambiará, las ciudades caerán, los humanos se extinguirán... pero aquí, nosotros siempre seremos los mismos. Y tú siempre estarás con nosotros, tan joven y hermosa como esta noche.

—¿Incluso si muero? —preguntó Hana, desafiándolos con la mirada.

Los siete se detuvieron al mismo tiempo, sus cubiertos chocando contra la porcelana en una sinfonía discordante. Heeseung dejó su copa de cristal y la miró fijamente.

—¿Crees que te dejaríamos morir? —preguntó Heeseung con una suavidad aterradora—. La muerte es un lujo que no te permitiremos, Hana. Cuando llegue el momento, cuando tu cuerpo humano empiece a flaquear, te daremos el regalo definitivo. Te convertiremos en una de nosotros.

El horror recorrió la columna de Hana. La idea de ser como ellos, de vivir para siempre alimentándose del dolor y la vida de otros, le resultaba más aterradora que la propia tumba.

—Prefiero morir mil veces —dijo ella, con una firmeza que sorprendió incluso a Jay.

—Eso dices ahora porque aún valoras tu mortalidad —comentó Sunghoon, limpiándose los labios con una servilleta de lino—. Pero el tiempo tiene una forma de erosionar incluso las voluntades más fuertes. Algún día nos suplicarás que te demos nuestra sangre. Nos suplicarás que te llevemos con nosotros a la noche eterna.

—Nunca —juró Hana.

—Ya veremos —susurró Jake a su lado, apretando su mano con una fuerza que hizo que sus huesos crujieran levemente—. Por ahora, nos conformamos con tenerte aquí. Con tu olor, con tu voz, con tu amabilidad que nos quema como el fuego.

Después de la cena, la llevaron de regreso a su habitación. Esta vez, sin embargo, no la dejaron sola de inmediato. Los siete entraron con ella, ocupando el espacio como si fueran los dueños de su aire.

—Es hora de que descanses —dijo Heeseung, sentándose en el borde de la cama—. Pero antes, queremos que entiendas algo.

Hizo un gesto y Ni-ki trajo la jaula del perro, colocándola en un rincón de la habitación.

—Él dormirá aquí contigo —continuó Heeseung—. Su vida está ligada a tu comportamiento. Si por la mañana descubrimos que has intentado usar esa daga de plata contra ti misma, o si has intentado saltar desde el balcón... bueno, no necesitaremos matarlo. Simplemente lo dejaremos fuera, en la nieve, para que los lobos se encarguen de él.

Hana se abrazó a sí misma, sintiendo un frío que ninguna manta de seda podría mitigar.

—Son unos monstruos —repitió ella, con la voz rota.

—Somos tus monstruos, Hana —corrigió Sunoo, dándole un beso en la mejilla antes de retirarse hacia la puerta—. Y eso es lo que nos hace imparables.

Uno a uno, los miembros de Enhypen abandonaron la habitación, dejando a Heeseung para el final. El líder se acercó a ella y le acarició el rostro con el dorso de la mano.

—Buenas noches, Hana —susurró Heeseung—. Sueña con nosotros. Porque en este mundo, no queda nada más para ti.

Cuando la puerta se cerró con llave desde fuera, Hana se dejó caer sobre la cama. El perro se acercó y se acurrucó contra su costado, buscando calor. Ella lo abrazó con fuerza, sintiendo el latido rápido de su corazón.

Se metió la mano bajo la almohada y tocó el mango frío de la daga de plata. Por un momento, pensó en usarla, en acabar con todo allí mismo. Pero luego miró al pequeño ser que descansaba a su lado. Si ella moría, él moriría. Si ella luchaba, él sufriría.

Los vampiros habían ganado. Habían encontrado la única forma de encadenar su alma sin necesidad de grilletes de hierro. Habían usado su propia capacidad de amar para convertirla en su prisionera voluntaria.

Hana miró hacia el balcón, donde la nieve caía en silencio sobre las montañas. El mundo exterior parecía una galaxia lejana, un recuerdo borroso de una vida que pertenecía a otra persona. Ella ya no era Hana, la estudiante de arte. Era la pieza central de un altar de sangre, la luz cautiva en un jardín de hielo.

Y mientras cerraba los ojos, escuchó un susurro en el viento que parecía provenir de todas las paredes de la mansión a la vez.

—Eres nuestra, Hana. Para siempre.

En la oscuridad de la fortaleza del norte, siete sombras sonrieron. Tenían lo que querían. Tenían la inocencia atrapada en su red, y estaban dispuestos a ver cómo se marchitaba lentamente, sabiendo que, incluso marchita, seguiría siendo la cosa más hermosa que jamás habían poseído. La obsesión no conocía límites, y para Enhypen, el fin del mundo era solo el comienzo de su eternidad con ella.