Luna
El Sabor del Pecado y la Nieve
La Fortaleza del Norte se había convertido en un mausoleo de lujo, un lugar donde el tiempo no corría, sino que se estancaba como el agua de una tumba. Hana se encontraba en el salón de música, rodeada de instrumentos que no sabía tocar y libros que no quería leer. El pequeño perro, al que había decidido llamar "Nube", dormitaba a sus pies, siendo el único recordatorio de que aún existía la vida orgánica y cálida en aquel páramo de hielo.
La puerta se deslizó con un susurro casi imperceptible. No necesitaba mirar para saber quién era. El aire se volvió pesado, cargado de una fragancia a sándalo y lluvia que solo pertenecía a Heeseung. El líder de Enhypen caminó hacia ella con la gracia de un depredador que no tiene prisa por devorar a su presa porque sabe que no tiene a dónde ir.
—Estás muy callada hoy, Hana —dijo Heeseung, deteniéndose justo detrás de ella. Sus manos se posaron sobre los hombros de la joven, y aunque el contacto era suave, ella sintió la presión implícita de su poder—. ¿Acaso no te gustan las flores que Jay trajo de Italia esta mañana?
—Son hermosas, Heeseung —respondió ella, manteniendo la vista fija en el ventanal donde la nieve caía sin tregua—. Pero las flores mueren cuando se las arranca de su raíz. Igual que las personas.
Heeseung soltó una risa baja, un sonido que vibró contra la espalda de Hana, enviando un escalofrío por su columna.
—Tú no estás muriendo, pequeña. Te estamos transformando. Estás dejando atrás la marchitez de la humanidad para convertirte en algo eterno —Él se inclinó, rozando con sus labios el lóbulo de la oreja de ella—. Y lo eterno requiere sacrificios.
Hana cerró los ojos cuando sintió los dedos de Heeseung delinear la curva de su cuello. La frialdad de su piel era un contraste violento con el calor que ella aún conservaba. De repente, la mano de él se detuvo bajo su barbilla, obligándola a girar la cabeza para mirarlo. Sus ojos rojos ardían con una intensidad que ella nunca había visto tan cerca.
—Mírame —ordenó él en un susurro—. Dime que no sientes la atracción. Dime que no te mueres por saber qué se siente ser amada por un monstruo.
Hana intentó apartar la mirada, pero la voluntad de Heeseung era como una marea creciente. Antes de que pudiera articular una protesta, él acortó la distancia. El primer beso fue un choque térmico; sus labios estaban tan fríos como el hielo picado, pero la pasión que emanaba de ellos era abrasadora. Fue un beso de posesión, un reclamo silencioso que decía que cada gramo de su ser ahora pertenecía a la oscuridad.
Hana gimió contra sus labios, una mezcla de terror y una curiosidad prohibida que empezaba a florecer en su pecho herido. Cuando Heeseung se separó apenas unos milímetros, su respiración —innecesaria pero presente— era agitada.
—Tu sabor es... —Heeseung cerró los ojos, saboreando el momento— embriagador. Es la pureza que nunca debimos tocar, y por eso mismo, no puedo detenerme.
No fue el único que reclamó su tributo esa tarde. Uno a uno, impulsados por un instinto compartido que los mantenía conectados, los demás miembros comenzaron a aparecer en la estancia. Parecía que el acto de Heeseung había roto una presa invisible que contenía sus deseos más oscuros.
Sunoo se acercó con una sonrisa felina, apartando a Heeseung con una familiaridad que solo los siglos de hermandad permitían.
—No seas egoísta, hyung —dijo Sunoo, tomando las manos de Hana—. Yo también quiero probar la luz que tanto nos ha costado encerrar.
Sunoo no esperó respuesta. Sus labios buscaron los de ella con una urgencia casi infantil, pero cargada de una malicia antigua. El beso de Sunoo sabía a azúcar y a peligro, una dulzura engañosa que escondía colmillos listos para desgarrar. Hana sintió que sus rodillas flaqueaban, y si no fuera porque Jay la sostuvo por la cintura desde atrás, se habría desplomado.
—Estás temblando, Hana —susurró Jay cerca de su nuca, su voz era una vibración profunda que la envolvía como una manta de seda—. No tengas miedo. Solo estamos reclamando lo que es nuestro.
Jay la giró hacia él. Su beso fue diferente: lento, metódico y autoritario. Era el beso de un rey que marca su territorio, una promesa de protección que venía con el precio de la sumisión absoluta. Hana se sintió pequeña bajo su sombra, una mota de polvo atrapada en un torbellino de emociones que no comprendía.
—Basta —susurró Hana cuando Jay se separó, aunque su voz carecía de fuerza—. Por favor...
—¿Por qué pedir que paremos algo que tu cuerpo está empezando a disfrutar? —preguntó Jungwon, apareciendo frente a ella con esa mirada gélida que siempre la hacía sentir desnuda—. Tu corazón late tan rápido, Hana. Es la música más hermosa que he escuchado.
El líder se acercó y, con una delicadeza que resultaba más aterradora que la violencia, depositó un beso en la comisura de sus labios, extendiéndolo lentamente hasta cubrir su boca. El beso de Jungwon era puro control; no buscaba solo su aliento, buscaba su voluntad. Hana sintió que su mente se nublaba, que la línea entre el odio y la necesidad se volvía borrosa bajo el asedio de aquellos seres.
Jake y Sunghoon observaban desde la distancia, sus ojos brillando con una mezcla de envidia y devoción. Fue Jake quien se acercó primero, arrodillándose ante ella como si fuera una deidad.
—Yo te encontré bajo la lluvia —dijo Jake, tomando su mano y besando la palma con una reverencia que hizo que Hana sollozara—. Te salvé para que fueras mía, pero ellos son parte de mí, y ahora todos compartimos este pecado.
Cuando Jake la besó, Hana sintió una punzada de dolor en su pecho. El beso de Jake sabía a arrepentimiento y a una obsesión que no conocía límites. Era el beso de alguien que sabía que estaba destruyendo lo que amaba, pero que no podía evitarlo porque su sed era más grande que su moral.
Sunghoon, el príncipe de hielo, fue el siguiente. Se acercó con la calma de una tormenta de nieve que se avecina. No dijo nada. Simplemente tomó el rostro de Hana entre sus manos frías y la besó con una desesperación contenida. Sus labios se movían contra los de ella con una urgencia que pedía perdón y exigía adoración al mismo tiempo. Fue un beso amargo, como la soledad de las montañas, y Hana sintió que una lágrima se escapaba de sus ojos para ser recogida por los labios de él.
Finalmente, Ni-ki, el más joven y quizás el más impredecible, se deslizó hacia ella. Sus ojos estaban fijos en los labios de Hana, que ahora estaban rojos y ligeramente hinchados por el contacto constante.
—Todos han tenido su turno —dijo Ni-ki con una voz que sonaba mucho mayor de lo que su apariencia sugería—. Ahora me toca a mí recordarte que no hay escape, ni siquiera en tus sueños.
El beso de Ni-ki fue salvaje, casi rudo. Había una rabia contenida en él, la rabia de alguien que ha esperado demasiado por algo que considera suyo por derecho. Hana gimió, tratando de apartarse, pero él la sujetó con una fuerza sobrenatural, obligándola a aceptar su reclamo.
Cuando finalmente la soltaron, Hana cayó al suelo, respirando con dificultad. Los siete vampiros la rodeaban, formando un círculo de sombras elegantes y letales. Sus rostros, antes impasibles, ahora mostraban una satisfacción oscura, una saciedad momentánea que solo servía para alimentar una obsesión más profunda.
—Mírate, Hana —dijo Heeseung, arrodillándose a su lado y acariciando su cabello revuelto—. Ahora llevas nuestra marca en tus labios. Ya no eres la chica amable que rescataba perros. Eres la consorte de Enhypen.
—No... —susurró ella, abrazando a Nube, que se había despertado y ladraba débilmente hacia los intrusos—. Ustedes no me aman. Esto no es amor.
—Tienes razón —respondió Jungwon, cruzándose de brazos—. El amor es una limitación humana. Lo que sentimos por ti es algo mucho más puro y aterrador. Es una necesidad biológica, espiritual y eterna. No puedes pedirle a un hombre que no respire, y no puedes pedirnos que no te poseamos.
—¿Por qué no me matan de una vez? —preguntó Hana, levantando la vista con un resto de dignidad—. Si solo quieren mi sangre, tómenla. Acaben con esto.
Jay soltó una carcajada que resonó en las vigas del techo.
—¿Matarte? ¿Y desperdiciar esta deliciosa agonía? No, Hana. Tu sangre es solo una parte del premio. Queremos tu alma. Queremos que, con el tiempo, nos mires con la misma devoción con la que nosotros te miramos. Queremos que tu amabilidad se convierta en una devoción ciega hacia nosotros.
—Eso nunca pasará —juró ella, aunque su cuerpo aún vibraba por el contacto de sus labios.
—El tiempo es nuestro aliado, no el tuyo —sentenció Sunghoon—. Pasarán los años, las décadas, y seguiremos aquí. Verás cómo todo lo que conociste se convierte en polvo mientras nosotros permanecemos iguales. Al final, no tendrás a nadie más que a nosotros. Y ese día, nos suplicarás que te besemos de nuevo.
Hana se encogió, sintiendo el peso de la eternidad cerrándose sobre ella. Los siete se retiraron lentamente, dejándola sola en el salón de música, pero la sensación de sus labios permanecía como una quemadura invisible.
—Buenas noches, Hana —dijo Sunoo desde la puerta, lanzándole un beso al aire—. Sueña con el sabor de nuestro pecado. Porque a partir de hoy, es lo único que conocerás.
Cuando la puerta se cerró, Hana se dejó llevar por el llanto. Se sentía sucia, profanada, pero también aterradoramente viva. La amabilidad que siempre había sido su escudo empezaba a agrietarse bajo la presión de aquella obsesión inhumana.
Se arrastró hacia el ventanal y miró la luna, que brillaba con una palidez indiferente sobre el bosque. Sabía que los siete estaban en algún lugar de la mansión, vigilándola, escuchando el ritmo de su corazón, saboreando mentalmente el rastro que habían dejado en ella.
Esa noche, cuando Hana finalmente se durmió, no soñó con paraguas amarillos ni con calles lluviosas de Seúl. Soñó con manos frías, ojos rojos y besos que sabían a sangre y a nieve. Soñó que caminaba voluntariamente hacia la oscuridad, y que al final del túnel, siete figuras la esperaban con los brazos abiertos.
En el piso inferior, los miembros de Enhypen estaban reunidos en silencio. No necesitaban hablar para saber que algo había cambiado para siempre. El primer contacto físico real había sellado el destino de la joven y el de ellos. Ya no eran solo sus carceleros; eran sus dueños en el sentido más carnal y espiritual de la palabra.
—Su resistencia es deliciosa —comentó Ni-ki, limpiándose un rastro invisible de los labios—. Pero su rendición será aún mejor.
—No la presionen demasiado —advirtió Heeseung, aunque sus propios ojos brillaban con un deseo insaciable—. Queremos que se rompa, sí, pero queremos que los pedazos nos pertenezcan. Si la destruimos antes de tiempo, perderemos la luz que nos mantiene cuerdos.
—Ya está rota, hyung —dijo Jake, mirando hacia el techo, hacia la habitación donde Hana descansaba—. Solo que ella aún no lo sabe. Desde el momento en que aceptó el primer beso, dejó de ser libre. Ahora, solo es cuestión de cuánto tiempo tardará en aceptar su jaula.
La nieve continuó cayendo sobre la Fortaleza del Norte, borrando cualquier rastro de civilización, cualquier esperanza de rescate. En aquel altar de hielo, la amabilidad de una joven se estaba ahogando en el mar de una obsesión milenaria, y los besos de siete monstruos eran los clavos que aseguraban su ataúd de cristal. Hana estaba aprendiendo que, en el mundo de Enhypen, la bondad no era una virtud, sino la invitación perfecta para una perdición eterna.