Volver al resumen

Mariposas bajo la Lluvia

Aromas de Glicinas y Corazones Revelados

El sol de la tarde se filtraba a través de las cortinas de la enfermería en la Finca Mariposa, creando patrones de luz dorada sobre las sábanas blancas. Tanjiro Kamado, con el torso envuelto en vendas limpias, respiraba profundamente, llenando sus pulmones con el aire purificado por las glicinas circundantes. A su lado, Inosuke roncaba estrepitosamente con su máscara de jabalí puesta de lado, mientras Zenitsu se quejaba en sueños de la amargura de las medicinas que Aoi le obligaba a tomar.

Tanjiro, sin embargo, estaba inusualmente tranquilo. Su sentido del olfato, aguzado por el entrenamiento y su propia naturaleza, estaba captando algo fascinante. No era el olor a desinfectante, ni el aroma a hierbas medicinales que impregnaba cada rincón de la finca. Era algo más sutil, algo que emanaba de la persona que estaba revisando sus notas al final del pasillo.

Shinobu Kocho entró en la habitación con su habitual ligereza, sus pasos produciendo un rítmico golpeteo que parecía una danza. Se acercó a la cama de Tanjiro con una sonrisa que, a ojos de cualquiera, era la personificación de la serenidad.

—¿Cómo te sientes hoy, Tanjiro-kun? —preguntó ella, inclinándose un poco para revisar la temperatura del joven—. Parece que tu recuperación progresa mucho más rápido de lo esperado. Tu respiración es constante y fuerte.

Tanjiro le devolvió la sonrisa, pero sus ojos brillaban con una curiosidad que Shinobu no pudo identificar de inmediato.

—Me siento mucho mejor, Shinobu-san. Gracias a sus cuidados y a los de Aoi-san, creo que podré volver al entrenamiento de rehabilitación mañana mismo.

Shinobu asintió, anotando algo en su tabla.

—Me alegra oírlo. Pero no te sobreesfuerces. Los demonios que están apareciendo últimamente son más resistentes de lo habitual. El Patrón está preocupado por la coordinación que están mostrando.

Tanjiro asintió con seriedad, pero luego, como si recordara algo importante, su expresión cambió.

—Por cierto, Shinobu-san, escuché que Tomioka-san regresó de su patrulla esta mañana. ¿Él se encuentra bien? Me dijeron que las misiones en dúo están siendo muy efectivas.

En ese preciso instante, el aire alrededor de Shinobu cambió. Tanjiro inhaló instintivamente. El olor que emanaba de la Pilar del Insecto, que normalmente era una mezcla compleja de ira reprimida y una tristeza estancada y fría, se transformó de repente. Fue como si un jardín de flores silvestres floreciera de golpe tras un largo invierno. Un aroma dulce, cálido y vibrante a felicidad pura y alivio inundó los sentidos del joven Kamado.

—Ah, Tomioka-san... —Shinobu soltó una pequeña risa, y por primera vez, no sonó forzada—. Sí, ha regresado. Ese hombre es tan testarudo que apenas se deja revisar, pero afortunadamente no tiene heridas graves esta vez. Parece que finalmente ha aprendido que tener a alguien cubriéndole la espalda no es un insulto a su orgullo.

Tanjiro observó cómo los ojos púrpura de Shinobu brillaban con una chispa de alegría genuina. El olor a "felicidad" era tan fuerte que casi podía saborearlo.

—Me alegra mucho —dijo Tanjiro, bajando un poco la voz—. Tomioka-san parece más tranquilo últimamente. Creo que trabajar con usted le hace bien. Él... confía mucho en usted, ¿verdad?

Shinobu se quedó congelada por un segundo, con la pluma suspendida sobre el papel. El aroma a felicidad se mezcló con un toque de timidez, algo parecido al olor del rocío matutino sobre los pétalos de rosa.

—¿Confiar en mí? —Ella ladeó la cabeza, tratando de recuperar su tono burlón—. Lo dudo mucho. Probablemente solo me tolera porque soy la única que le dice las verdades en su cara. Ya sabes que a nadie le gusta Tomioka-san, así que no tiene muchas opciones.

Tanjiro soltó una risita suave.

—No creo que eso sea cierto, Shinobu-san. Su olor dice que está muy feliz de que él esté a salvo. Y el olor de Tomioka-san... bueno, cuando está cerca de usted, su aroma a soledad desaparece por completo. Es como si el agua encontrara un cauce tranquilo.

Shinobu sintió un calor inusual subir por su cuello hasta sus mejillas. Se cubrió la boca con la mano y soltó una risita nerviosa, tratando de disimular su agitación.

—Tanjiro-kun, tienes una nariz muy impertinente, ¿lo sabías? No deberías andar olfateando las emociones de tus superiores de esa manera. Es de mala educación.

—Lo siento mucho —se disculpó él, aunque su mirada seguía siendo cálida—. Pero es agradable oler algo tan bonito. En medio de tanta lucha, saber que ustedes dos se cuidan el uno al otro me da esperanza.

Shinobu suspiró, dejando caer los hombros. La fachada de "Pilar imperturbable" se desmoronó un poco frente a la honestidad brutal del chico frente a ella. Miró hacia la ventana, donde las glicinas se mecían suavemente.

—Es un hombre difícil —susurró ella, casi para sí misma—. Tan lleno de culpa y de silencios. A veces siento que si no lo sujeto con fuerza, simplemente se desvanecerá en la niebla de su propio pasado. Pero... —hizo una pausa, y el aroma a afecto profundo se volvió embriagador— tienes razón. Estoy feliz de que esté aquí. Y estoy feliz de que, por una vez, no tenga que coserle heridas que amenazan su vida.

—Él también es feliz —añadió Tanjiro con convicción—. Aunque no sepa cómo expresarlo con palabras, su presencia es suficiente para él.

—Bueno, basta de sentimentalismos —dijo Shinobu, recuperando su postura y dándole un suave golpecito en la frente a Tanjiro—. Si tienes energía para analizar mi vida personal, tienes energía para hacer diez series más de estiramientos con Aoi. Iré a informarle de tu excelente estado de ánimo.

—¡Espera, Shinobu-san! —exclamó Tanjiro, pero ella ya se alejaba por el pasillo, con su haori ondeando como las alas de una mariposa que finalmente ha encontrado un lugar donde posarse.

Shinobu caminó por los pasillos de la finca, sintiendo que su corazón latía con una ligereza que no sentía desde antes de la muerte de Kanae. Se dirigió hacia el jardín interior, donde sabía que Giyu solía sentarse a meditar después de informar al Patrón.

Allí estaba él, sentado en el borde del porche de madera, observando el estanque de los peces koi. Su haori dividido brillaba bajo el sol, y su perfil severo parecía tallado en piedra. Shinobu se detuvo a unos metros, observándolo en silencio.

Recordó las palabras de Tanjiro. "¿Confía mucho en usted, verdad?".

Se acercó lentamente y se sentó a su lado, dejando un espacio prudencial pero sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo.

—Vaya, Tomioka-san. Si sigues mirando el agua con tanta intensidad, los peces van a terminar asustados de tu expresión sombría.

Giyu no se sobresaltó. Ya se había acostumbrado a la presencia de Shinobu, a su aroma a glicinas y a esa voz que siempre parecía estar burlándose de él, pero que ahora escondía una suavidad diferente.

—Solo estaba pensando —dijo él con su voz monótona.

—Qué peligroso —replicó ella—. ¿Y en qué pensabas? ¿En cómo ser aún más asocial en la próxima reunión de Pilares?

Giyu giró la cabeza para mirarla. Sus ojos azules, que antes parecían un océano en medio de una tormenta, ahora se veían como un lago en calma después de la lluvia.

—Pensaba en la última misión. En cómo bloqueaste aquel ataque por la espalda mientras yo me encargaba del demonio principal. Fuiste rápida.

Shinobu parpadeó, sorprendida por el reconocimiento directo.

—Bueno, alguien tiene que cuidar de ti, Tomioka-san. Eres muy descuidado cuando te concentras en un solo objetivo.

—Gracias —dijo él.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue una tregua silenciosa en medio del caos del mundo. Giyu volvió a mirar el estanque.

—Tanjiro dice que huelo a soledad —soltó Giyu de repente, haciendo que Shinobu casi se atragantara con su propia saliva.

—¿Él... te dijo eso? —preguntó ella, tratando de mantener la compostura.

—Lo mencionó cuando pasé por la enfermería hace un rato —Giyu frunció el ceño ligeramente—. Dijo que ese olor desaparece cuando estoy cerca de la Finca Mariposa. No entiendo a qué se refiere.

Shinobu sintió que su rostro ardía. "Ese niño va a ser el fin de mi reputación", pensó. Pero al ver la expresión genuinamente confundida de Giyu, no pudo evitar sentir una oleada de ternura.

—Significa que eres un libro abierto para alguien con buen olfato, Tomioka-san —dijo ella, acercándose un poco más, hasta que sus hombros casi se rozaron—. Significa que, aunque intentes alejar a todo el mundo con tu silencio, hay lugares y personas que te hacen sentir que no necesitas estar solo.

Giyu se quedó callado por un largo rato. Luego, muy lentamente, dejó caer su mano sobre la madera, cerca de la mano de Shinobu. No la tocó, pero la cercanía era una invitación.

—Tal vez tenga razón —admitió él en voz baja—. Aquí... no me siento como un extraño.

Shinobu sonrió. Esta vez, no fue una sonrisa para los demás, ni una máscara para ocultar su rabia. Fue una sonrisa solo para él.

—Me alegra oír eso. Porque si decidieras irte a otro lado, tendría que perseguirte por todo Japón solo para recordarte que todavía me debes varias sesiones de rehabilitación.

Giyu soltó un suspiro que casi pareció una risa corta, un sonido extremadamente raro en él.

—No me iré a ningún lado, Shinobu.

El uso de su nombre de pila, sin honoríficos, hizo que el corazón de Shinobu diera un vuelco. En ese momento, si Tanjiro hubiera estado cerca, probablemente se habría desmayado por la intensidad del aroma a felicidad y amor que emanaba de la Pilar del Insecto.

—Más te vale —dijo ella, permitiéndose finalmente rozar su dedo meñique con el de él—. Porque no tengo intención de dejar que el agua se escape de mis manos tan fácilmente.

Mientras tanto, en la enfermería, Tanjiro Kamado suspiró con satisfacción y se recostó en su almohada.

—¿Qué te pasa, Tanjiro? —preguntó Zenitsu, que acababa de despertarse—. Tienes una cara de tonto muy extraña.

—Nada, Zenitsu —respondió Tanjiro con una sonrisa radiante—. Solo que el aire hoy huele a esperanza. Y eso es lo mejor que podemos pedir.

En el jardín, bajo la sombra de las glicinas, dos Pilares que habían cargado con el peso del mundo sobre sus hombros finalmente permitieron que el otro compartiera la carga. La guerra contra Muzan Kibutsuji estaba lejos de terminar, y las sombras se alargaban con cada día que pasaba, pero allí, en ese rincón de paz, el veneno de la tristeza estaba siendo neutralizado por el antídoto más poderoso de todos: el simple y puro hecho de no estar solos.

Shinobu observó una mariposa que se posaba en una flor cercana. Ya no sentía la necesidad de ocultar su furia, porque la furia se había transformado en un deseo feroz de proteger lo que tenía delante. Y Giyu, por primera vez en años, no sintió que estaba viviendo una vida prestada, sino una vida que valía la pena defender, aunque solo fuera para volver a escuchar la risa de la mujer a su lado.

El murmullo de las alas y la calma del agua se fusionaron en una sola melodía, una que prometía que, sin importar cuántos demonios enviara la noche, siempre habría una luz esperándolos al volver a casa.