Mariposas bajo la Lluvia
La Fragilidad de un Velo de Mariposa
El viento de la tarde arrastraba el aroma dulzón de las glicinas, pero para Shinobu Kocho, el aire se sentía viciado, cargado de una irritación que no lograba disipar ni con sus ejercicios de respiración más profundos. Se encontraba en su boticario, rodeada de probetas y morteros, machacando raíces con una fuerza que excedía por mucho lo necesario para una simple infusión.
El informe del cuervo Kasugai había sido claro: una concentración inusual de demonios en un pueblo montañoso a pocos kilómetros. La orden del Patrón también había sido concisa: Giyu Tomioka y Mitsuri Kanroji debían partir de inmediato para interceptar la amenaza.
— Es puramente por una cuestión de eficiencia —se dijo Shinobu en un susurro, golpeando el mazo contra el cuenco de piedra—. Mitsuri-san es increíblemente fuerte, pero su estilo de combate es... emocional. Y Tomioka-san tiene el sentido común de una piedra. Si se encuentran en una situación táctica compleja, terminarán regresando aquí con heridas innecesarias.
Trató de convencerse de que su malestar era estrictamente profesional. Como jefa de la Finca Mariposa, ella era la responsable de los cuidados médicos de los Pilares. Tener a dos de ellos fuera de combate por una "falta de análisis", como ella lo llamaba, sería un contratiempo logístico. Sin embargo, en el fondo de su mente, una imagen persistente la atormentaba: Mitsuri, con su entusiasmo desbordante y su calidez contagiosa, riendo al lado del siempre serio Giyu, tratando de sacarle una palabra mientras caminaban bajo la luna.
— ¡Qué molesto! —exclamó, dejando el mazo sobre la mesa con un golpe seco.
Justo en ese momento, la puerta corrediza se abrió y Aoi entró con una bandeja de vendajes limpios. Se detuvo al ver la expresión de su maestra. La sonrisa de Shinobu estaba allí, perfectamente dibujada, pero sus ojos púrpura despedían chispas que harían retroceder al demonio más valiente.
— Shinobu-sama... ¿sucede algo? —preguntó Aoi con cautela—. Ha estado triturando esa raíz de jengibre durante veinte minutos. Ya es prácticamente polvo.
Shinobu parpadeó, mirando el contenido del mortero. Efectivamente, no quedaba rastro de la raíz.
— Oh, vaya, parece que me distraje un poco, Aoi-chan —dijo con una voz cantarína que no engañó a nadie—. Estaba pensando en la misión de Tomioka-san y Kanroji-san. Me preocupa que su falta de coordinación resulte en un trabajo extra para nosotras. Ya sabes cómo es Mitsuri-san de impulsiva cuando ve a alguien en peligro.
Aoi arqueó una ceja.
— Pero Mitsuri-san es muy capaz, y Tomioka-san es... bueno, es un Pilar. Estarán bien. Además, se llevan bastante bien, ¿no cree? Mitsuri-san siempre dice que Tomioka-san es "misterioso y fascinante" en sus cartas.
El sonido de un frasco de vidrio chocando contra la mesa resonó en la habitación.
— ¿Misterioso? —Shinobu soltó una risita que sonó como cristales rotos—. Es solo un hombre que no sabe articular una frase completa sin parecer un maleducado. No hay nada fascinante en el silencio obstinado, Aoi-chan.
— Si usted lo dice... —Aoi decidió que era mejor no seguir por ese camino—. Por cierto, acaban de salir por las puertas principales. Kanroji-san iba muy emocionada hablando sobre un puesto de pan de melón que hay en ese pueblo.
Shinobu no respondió. Se levantó con una elegancia felina, ajustando su haori de alas de mariposa.
— Iré a revisar el inventario de antídotos al jardín —anunció—. Necesito aire fresco.
Caminó hacia el porche, justo a tiempo para ver, a lo lejos, dos siluetas cruzando el límite de la finca. La figura alta y estoica de Giyu, con su haori dividido ondeando al viento, y al lado, la figura saltarina de Mitsuri, cuyo cabello rosado y verde destacaba incluso a la distancia. Mitsuri parecía estar gesticulando animadamente, y aunque Giyu no respondía, no se alejaba.
Shinobu apretó el marco de madera de la puerta. Una punzada de algo caliente y amargo, muy parecido al veneno de glicina pero dirigido hacia su propio pecho, la atravesó. No era envidia, se mintió a sí misma. Era... preocupación preventiva. Sí, eso era.
***
El viaje hacia el pueblo fue, para Giyu, una prueba de resistencia auditiva. No es que le desagradara Mitsuri; al contrario, la respetaba profundamente como guerrera y apreciaba su bondad. Pero el flujo constante de palabras sobre comida, calcetines de colores y la belleza de las nubes lo dejaba exhausto.
— ¡Y entonces Iguro-san me dijo que ese restaurante de tempura era el mejor! —decía Mitsuri con las mejillas encendidas—. ¡Tomioka-san, deberías venir con nosotros la próxima vez! ¡Seguro que te divertirías mucho!
— No tengo tiempo —respondió Giyu, con la vista fija en el camino.
— ¡Oh, siempre tan serio! —Mitsuri soltó una risita y, en un gesto de confianza, le dio un pequeño empujón en el hombro—. Sabes, Shinobu-chan me dijo una vez que debajo de esa cara de piedra se esconde alguien muy amable. ¡Y creo que tiene razón!
Giyu se tensó ligeramente al escuchar el nombre de Shinobu. En los últimos meses, su relación con la Pilar del Insecto había pasado de ser una serie de encuentros irritantes a algo que no sabía cómo definir. Ella lo cuidaba, lo regañaba y, a veces, lo miraba con una suavidad que lo hacía sentir que no era el error que él creía ser.
— Kocho dice muchas cosas —murmuró Giyu.
— ¡Dice cosas muy bonitas de ti cuando no estás mirando! —insistió Mitsuri, juntando sus manos—. Aunque a veces se pone un poco rara cuando menciono que vamos a salir en misiones juntos. ¿Crees que esté preocupada por los demonios? Dicen que hay una Luna Inferior rondando esta zona.
Giyu se detuvo en seco, olfateando el aire. El olor a putrefacción y sangre vieja comenzó a filtrarse entre los pinos.
— Están cerca —dijo, desenvainando su nichirin de color azul profundo—. Kanroji, concéntrate. No sabemos a qué nos enfrentamos exactamente.
— ¡Entendido! —La expresión de Mitsuri cambió instantáneamente. Su postura se volvió letal, y su espada látigo se desenrolló con un siseo metálico—. ¡Protegeré a todos en el pueblo, no importa qué!
***
Mientras tanto, en la Finca Mariposa, Shinobu no podía quedarse quieta. Había intentado leer un tratado sobre nuevas toxinas, pero las palabras bailaban ante sus ojos sin sentido. Su mente volaba hacia aquel pueblo. Sabía que Mitsuri tenía una tendencia a distraerse si veía a civiles heridos, y Giyu... Giyu tenía esa maldita costumbre de ponerse en medio del peligro para que otros no sufrieran ni un rasguño.
— Son una combinación terrible —gruñó Shinobu, caminando de un lado a otro en su habitación—. Ella se lanzará al frente sin mirar los flancos, y él se dejará golpear para cubrirla. Terminaran los dos en camillas, y yo tendré que pasar noches enteras vigilando sus fiebres.
Se detuvo frente al espejo. Su rostro estaba congestionado, no por la rabia habitual que ocultaba tras su sonrisa, sino por una ansiedad que la hacía sentir pequeña.
— ¿A quién quiero engañar? —susurró para su reflejo—. No me importa el trabajo extra. Lo que no soporto es la idea de que él... de que él sonría con ella de la forma en que a veces me mira a mí. O peor aún, que no regrese.
El pensamiento de Giyu Tomioka desapareciendo de su vida era un abismo oscuro que Shinobu evitaba mirar a toda costa. Desde aquella noche en la enfermería, donde él admitió que la consideraba su amiga, algo en el interior de Shinobu se había roto y vuelto a armar de una forma distinta. Ya no era solo el deseo de venganza por su hermana lo que la movía; era la necesidad de preservar esa pequeña chispa de humanidad que Giyu representaba.
De repente, un cuervo Kasugai entró volando por la ventana, graznando con urgencia.
— ¡Caw! ¡Encuentro en el pueblo! ¡Múltiples demonios! ¡Tomioka y Kanroji bajo ataque! ¡Caw! ¡Se solicita apoyo médico preventivo!
Shinobu no esperó a escuchar más. Agarró su estuche de medicinas y su espada.
— ¡Aoi! —gritó mientras salía al pasillo—. ¡Prepara las camas de emergencia y ten listo el suero para venenos de grado tres! ¡Me voy ahora mismo!
— ¡Pero Shinobu-sama, el Patrón no la ha enviado! —exclamó Aoi, saliendo de la cocina.
— ¡Me envío yo misma! —respondió Shinobu, saltando hacia el tejado con una velocidad asombrosa.
***
El pueblo era un caos de gritos y sombras. No eran diez, ni veinte demonios; eran casi cincuenta, y aunque no tenían el nivel de una Luna Inferior, su número y su coordinación eran inusuales.
Giyu se movía como un torbellino de agua, cortando extremidades y cuellos con una precisión quirúrgica. Sin embargo, tal como Shinobu había previsto, la situación se complicó. Un demonio con la capacidad de lanzar púas venenosas se había ocultado en las sombras de un tejado, apuntando directamente a Mitsuri, quien estaba ocupada rescatando a un grupo de niños atrapados en una casa en llamas.
— ¡Kanroji, cuidado! —gritó Giyu.
Sin pensarlo, se lanzó hacia ella. Las púas volaron por el aire. Giyu interpuso su espada, pero una de ellas logró rozar su hombro, inyectando una toxina paralizante que hizo que su brazo izquierdo cayera inerte a su costado.
— ¡Tomioka-san! —gritó Mitsuri, girándose con horror—. ¡Estás herido por mi culpa!
— No te distraigas —dijo Giyu, apretando los dientes mientras tres demonios más se abalanzaban sobre él—. Sigue sacando a la gente. Yo me encargo de estos.
Pero el veneno era rápido. Giyu sintió que sus rodillas flaqueaban. El mundo comenzó a dar vueltas. Un demonio con garras alargadas se preparó para darle el golpe de gracia, saltando desde lo alto con una carcajada estridente.
— ¡Danza del Aguijón de la Mariposa: Capricho!
Una ráfaga de color púrpura y blanco cruzó el campo de batalla. Antes de que el demonio pudiera reaccionar, Shinobu estaba sobre él, hundiendo su fina nichirin en su cuello seis veces en un parpadeo. El demonio cayó al suelo, deshaciéndose en cenizas mientras el veneno de glicina consumía sus células.
Shinobu aterrizó frente a Giyu, de espaldas a él. Su haori ondeaba con una furia silenciosa.
— Llegas tarde para ser un Pilar del Agua, Tomioka-san —dijo ella, y aunque su voz era suave, Giyu pudo detectar el temblor de la rabia contenida—. Te dije que no fueras descuidado.
— Kocho... ¿qué haces aquí? —murmuró él, tratando de mantenerse en pie.
— Evitando que mueras por tu propia estupidez —respondió ella, girándose apenas para lanzarle un pequeño frasco—. Bébelo. Es el antídoto para esas púas. Reconocí el rastro del demonio desde la entrada del pueblo.
Giyu atrapó el frasco con su mano derecha y bebió el contenido sin dudar. Casi al instante, el entumecimiento de su brazo comenzó a ceder.
— ¡Shinobu-chan! —Mitsuri llegó corriendo, habiendo terminado de poner a salvo a los civiles—. ¡Gracias a los cielos que viniste! ¡Tomioka-san se puso delante de mí y...!
— Lo sé, Mitsuri-san —la interrumpió Shinobu, y esta vez su sonrisa era tan tensa que parecía que se rompería en cualquier momento—. Hablaremos de su "estrategia" de combate cuando regresemos. Por ahora, terminen con los que quedan. Yo me encargaré de los heridos del pueblo... y de vigilar que ninguno de ustedes dos haga otra tontería.
El resto de la batalla fue breve. Con la llegada de Shinobu y la recuperación de Giyu, los demonios restantes fueron exterminados en cuestión de minutos. El orden regresó al pueblo, aunque el rastro de la destrucción tardaría en borrarse.
***
Horas más tarde, bajo el manto de una noche estrellada, los tres Pilares caminaban de regreso a la sede. Mitsuri iba unos pasos por delante, hablando con su cuervo sobre lo valiente que había sido Tomioka, aunque se notaba que estaba algo intimidada por el silencio gélido que emanaba de Shinobu.
Giyu y Shinobu caminaban a la par, en la retaguardia.
— No tenías que venir —dijo Giyu finalmente, rompiendo el silencio—. Podíamos haberlo manejado.
Shinobu se detuvo en seco en medio del camino forestal. Giyu se detuvo también, mirándola con confusión.
— ¿Manejado? —preguntó ella, y esta vez no hubo sonrisa. Sus ojos estaban húmedos y su voz vibraba de frustración—. Tenías el brazo paralizado y tres demonios encima, Giyu. Si no hubiera llegado, ahora mismo estarías siendo devorado o, en el mejor de los casos, desangrándote en el barro.
— Era mi deber proteger a Kanroji. Ella estaba salvando a los niños.
— ¡Y mi deber es protegerte a ti! —estalló Shinobu, dando un paso hacia él y agarrándolo por las solapas de su uniforme—. ¿Acaso no lo entiendes? No se trata solo de misiones o de eficiencia médica. Se trata de que no puedo... no puedo seguir soportando esta angustia cada vez que sales por esa puerta.
Giyu se quedó helado. La cercanía de Shinobu le permitía ver el miedo real en sus pupilas. No era la Pilar del Insecto reprendiendo a un subordinado; era una mujer aterrada de perder lo único que le devolvía un poco de luz a su vida.
— Me preocupas —continuó ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro roto—. Y me enoja que me hagas preocupar tanto. Me enoja que Mitsuri-san pueda estar a tu lado y yo tenga que quedarme atrás, imaginando lo peor.
Giyu procesó las palabras lentamente. No era solo la preocupación por su vida; era algo más. Algo que él, en su limitada experiencia social, finalmente logró identificar.
— Estás celosa —dijo él, con una honestidad tan directa que fue como un golpe físico.
Shinobu se puso roja de inmediato, soltando su uniforme como si quemara.
— ¡No seas ridículo! —gritó, dándose la vuelta—. ¿Celosa? ¿De ti? ¿Del hombre que no tiene amigos? ¡Solo me preocupa mi carga de trabajo!
Giyu dio un paso hacia ella y, con una audacia que sorprendió incluso a sí mismo, puso una mano sobre su hombro y la obligó a girarse.
— No tienes que preocuparte por Kanroji —dijo él, mirándola fijamente a los ojos—. Ella es una compañera. Pero tú... tú eres la razón por la que quiero volver a la Finca Mariposa.
Shinobu guardó silencio. El viento sopló entre los árboles, agitando su haori de mariposa. La furia, los celos y el miedo se disiparon, reemplazados por una calidez que la hizo sentir que, por una vez, no necesitaba su máscara.
— Eres un idiota, Tomioka-san —dijo ella, aunque esta vez su voz era dulce, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Un idiota desconsiderado e impulsivo.
— Lo sé —respondió él—. Pero soy tu idiota, supongo.
Shinobu soltó una risa pequeña y genuina, limpiándose la lágrima.
— Sí, supongo que lo eres.
Se quedaron allí un momento, bajo la luz de la luna, unidos por un hilo invisible que se había vuelto mucho más fuerte esa noche. Mitsuri, que los observaba desde lejos con una sonrisa radiante y los ojos brillantes de emoción, suspiró feliz.
— ¡Qué romántico! —susurró la Pilar del Amor para sí misma—. ¡Sabía que Shinobu-chan vendría por él! ¡Mi corazón va a explotar de alegría!
Shinobu volvió a caminar, esta vez un poco más cerca de Giyu, permitiendo que sus manos se rozaran ocasionalmente en la oscuridad.
— Pero que quede claro —dijo ella, recuperando su tono juguetón—, la próxima vez que te hagas el héroe sin necesidad, el antídoto que te daré sabrá a pescado podrido durante un mes.
Giyu asintió levemente, sintiendo una paz que no creía posible en medio de una guerra.
— Entendido, Kocho. Gracias por venir.
— No me des las gracias —respondió ella, mirando hacia las estrellas—. Solo asegúrate de que siempre sea yo quien cure tus heridas. No dejaré que nadie más lo haga.
Y así, los dos Pilares continuaron su camino de regreso, dejando atrás la sombra de la muerte y el veneno de la duda, sabiendo que, mientras estuvieran juntos, incluso la mariposa más frágil podría sobrevivir a la tormenta más feroz.