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Mi idolo

El Idioma Universal de los Giros y el Azar

El zumbido constante del aire acondicionado en la habitación del hotel en Shenzhen era lo único que rompía el silencio, hasta que Isaac dejó caer su teléfono sobre las sábanas blancas con un suspiro dramático. Acababa de ganar la final contra Yiheng por un margen ridículo: 3,27 segundos frente a los 3,30 del chico chino. La adrenalina aún corría por sus venas, pero había algo más, una especie de electricidad estática que no se iba ni siquiera después de haber bajado del podio.

Se miró en el espejo del tocador. Su cabello negro, cortado en esas capas onduladas que tanto le gustaban, estaba hecho un desastre después de la tensión de la competencia. Se lo apartó de los ojos, dejando al descubierto sus grandes ojos negros, esos que su maestra decía que eran como frutos de guapurú. Sabía que se parecía a su padre en la mirada y en el pelo, pero el resto —la piel pálida, la forma de la boca y su sensibilidad— era todo de su madre. La extrañaba, pero estar en China, lejos de la casa silenciosa en Santa Cruz, le hacía sentir que finalmente estaba respirando.

Su maestra, que ya caminaba con cuidado debido a su avanzado embarazo, entró en la habitación con una sonrisa radiante.

—Isaac, felicidades de nuevo. Has dejado a toda Bolivia en lo más alto —dijo ella, sentándose en el borde de la cama—. Tu padre me escribió, dice que te envió un extra de dinero para que te compres lo que quieras.

Isaac hizo una mueca casi imperceptible.

—Qué novedad. Dinero en lugar de una llamada —murmuró, aunque luego suavizó el gesto al ver la mirada preocupada de su maestra—. Gracias, tía. ¿Podemos bajar a cenar algo después? Tengo un hambre de récord mundial.

—Claro, pero antes descansa un poco. Tienes el teléfono ardiendo de notificaciones.

Isaac asintió y, una vez que se quedó solo, desbloqueó la pantalla. Lo primero que vio fue el contacto de Yiheng. Habían intercambiado números apenas unos días atrás, después de una sesión de práctica donde Isaac lo había molestado tanto que Yiheng le arrebató el teléfono para grabarse a sí mismo haciendo caras raras.

Mordiéndose el labio inferior, Isaac empezó a escribir.

"Oye, niño chino, ¿me recomiendas algún lugar para ir a comer comida típica en tu país?".

Se quedó mirando el cursor parpadear. Le parecía demasiado seco. Borró y volvió a escribir, sintiendo un impulso de audacia que solo le daba el haber ganado una final.

"¿O qué tal si mejor vamos los dos?".

Le dio a enviar antes de arrepentirse. En cuanto el mensaje apareció con el doble check azul, Isaac sintió que la cara le ardía.

—¡Ay, no! —exclamó, tapándose la cara con una almohada—. Parece una cita. ¡Isaac Méndez, eres un idiota! ¡Va a pensar que quiero salir con él!

Pero Wang Yiheng no era de los que se hacían de rogar. Apenas un minuto después, llegó la respuesta.

"Conozco el mejor lugar de dumplings de la ciudad. Pasa por mi habitación a las siete. Y no me llames niño chino, soy un año mayor que tú, aunque seas un poste de luz".

Isaac soltó una carcajada. Con sus 168 centímetros, le sacaba una cabeza a Yiheng, que apenas rozaba los 160, y no perdía oportunidad para recordárselo.

Al día siguiente, la cena fue un evento familiar extraño pero encantador. Isaac fue con su maestra y el esposo de esta, mientras que Yiheng fue con su madre. A pesar de la barrera del idioma entre los adultos, los dos chicos se encargaron de traducir lo básico, aunque la mayor parte del tiempo hablaban entre ellos en ese inglés rápido y lleno de términos técnicos de cubing que solo ellos entendían.

—Prueba esto —dijo Yiheng, acercando un palillo con algo que parecía un bollo al vapor hacia el plato de Isaac—. Si no te gusta, me retiro del speedcubing profesional.

—Eso es una apuesta muy arriesgada, Wang —respondió Isaac, probando el bocado—. Mmm... está bien, te salvaste. No tendrás que buscarte un trabajo normal todavía.

Después de la cena, mientras sus tutores pagaban la cuenta y charlaban, los dos chicos se adelantaron hacia una pequeña plaza cercana donde vendían helados artesanales.

—Quiero el de té verde —pidió Isaac, sacando su billetera, pero Yiheng ya había pagado antes de que él pudiera reaccionar.

—Invitación de la casa por haber perdido hoy —dijo Yiheng con una sonrisa de medio lado—. Disfrútalo mientras puedas, porque mañana en la exhibición te voy a destruir.

—Ya veremos, niño chino.

Caminaban riendo cuando Isaac, distraído mirando un cartel luminoso, tropezó con un pequeño desnivel en la acera. El helado se tambaleó peligrosamente en su mano, y Isaac hizo una contorsión extraña para evitar que la bola de matcha terminara en su camiseta blanca.

—¡Cuidado! —gritó Yiheng, pero en lugar de ayudarlo, sacó su teléfono a la velocidad del rayo y capturó el momento exacto en que Isaac tenía una cara de pánico absoluto y el helado estaba a punto de caer.

—¡Oye! ¡No te atrevas! —protestó Isaac, recuperando el equilibrio justo a tiempo.

—Tarde. Ya está en mis historias de Instagram —dijo Yiheng, riendo con ganas, una risa limpia que hizo que a Isaac se le olvidara el enfado.

La publicación no tardó en hacerse viral. Yiheng había puesto: "El campeón de Bolivia casi es derrotado por un helado de 2 yuanes. @IsaacMendez_Cubing #Speedcubing #EpicFail".

Los comentarios del ship estallaron en cuestión de minutos. "Miren cómo se ríen, son tan lindos", "Yiheng es el fotógrafo personal de su novio", "Isaac es tan alto que el helado tiene miedo a las alturas". Isaac leía los comentarios por encima del hombro de Yiheng, sintiendo una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con el clima húmedo de Shenzhen.

Dos días después, la rutina de los torneos continuaba, pero el vínculo entre ellos se había vuelto inquebrantable. Isaac decidió invitar a Yiheng a su habitación para una "noche de juegos de mesa", harto de ver cronómetros y lubricantes para cubos.

—Tengo Catan, Flip 7, Pelusas y Rummikub —anunció Isaac, extendiendo los juegos sobre la alfombra—. Y te advierto que en Bolivia soy el rey del Rummikub.

—Eso es porque no has jugado contra un chino —desafió Yiheng, sentándose en el suelo con las piernas cruzadas.

La tarde se convirtió en una batalla de ingenio. Isaac, con su mente analítica y su capacidad para ver patrones, ganó las primeras tres partidas de Rummikub y una de Catan.

—¡Toma ya! —exclamó Isaac, subiendo una foto a sus redes donde se le veía señalando a un Yiheng con cara de frustración—. "Aquí jugando con el niño chino, es obvio que voy a ganar. La superioridad boliviana es real".

Sin embargo, el karma fue rápido. En la siguiente partida de Flip 7, Yiheng barrió el tablero y dejó a Isaac con una puntuación negativa tan vergonzosa que ambos se quedaron en silencio un segundo antes de estallar en carcajadas. Yiheng, por supuesto, devolvió el golpe digital publicando un video de Isaac lamentándose dramáticamente en el suelo.

—Me voy a Bolivia mañana —dijo Isaac de repente, cuando la risa se apagó. El ambiente cambió instantáneamente.

Yiheng dejó de juguetear con las fichas del Rummikub y lo miró. Sus ojos, usualmente brillantes con travesura, se oscurecieron un poco.

—¿Mañana? Pero... todavía hay promociones de marcas la próxima semana. Y el torneo de invitación en Shanghái.

—Mi padre quiere que vuelva. Dice que ya he pasado suficiente tiempo "jugando" —Isaac hizo las comillas con los dedos, con amargura—. Además, mi maestra tiene que hacerse chequeos.

Yiheng guardó silencio. Se levantó, caminó hacia la ventana y miró las luces de la ciudad.

—No te vayas —dijo en voz baja—. Quédate un mes más. Yo... puedo hablar con mi marca patrocinadora. Ellos te quieren. Podrían cubrir tus gastos. Y tu maestra puede quedarse en el hotel de la marca, es mejor que este.

Isaac lo miró, sorprendido. La idea de quedarse, de seguir viviendo esta burbuja de felicidad al lado de Yiheng, era tentadora. Pensó en el departamento vacío en Santa Cruz, en las cenas en silencio y en los algoritmos que resolvía solo frente a la cámara. Luego miró a Yiheng, que lo esperaba con una ansiedad poco común en él.

—Me quedo —dijo Isaac—. Hablaré con ella. Si ella está de acuerdo, me quedo un mes más.

El mes extra pasó como un suspiro, lleno de entrenamientos compartidos y salidas nocturnas. La confianza entre ellos creció hasta el punto de que ya no necesitaban palabras para entenderse. Isaac ya no era solo "el chico de Bolivia", y Yiheng ya no era solo "el niño chino". Eran Isaac y Yiheng.

Unas semanas después, decidieron salir a caminar por un distrito comercial famoso por sus dulces tradicionales. El aire estaba fresco y el ambiente era relajado, hasta que Yiheng se detuvo frente a una tienda de confitería.

—Espera aquí, Isaac. Voy a comprar esos dulces de dragón que te dije. Tienes que probar el de sésamo —dijo Yiheng, entrando rápidamente en el local.

Isaac se quedó apoyado en una farola, mirando su teléfono. Con su altura de 168 centímetros y ese cabello negro en capas que le daba un aire de modelo juvenil, no pasó desapercibido. En pocos segundos, un grupo de chicos que llevaban mochilas con cubos colgando se acercaron.

—¡Es Isaac! —susurró uno—. ¡Oye, Isaac Méndez!

Pronto, Isaac estaba rodeado por unos cinco fans. Uno de ellos, un chico de su misma edad, se acercó más de la cuenta, con los ojos brillando de emoción.

—¡Eres increíble! Tu 3,27 fue lo más épico que he visto —dijo el fan, y sin previo aviso, tomó las manos de Isaac entre las suyas—. ¡Por favor, firma mi cubo! ¡Tus manos son tan rápidas, es un honor tocarlas!

Isaac, algo incómodo pero siempre amable, intentó zafarse suavemente para buscar un marcador en su mochila.

—Gracias, de verdad, pero...

En ese momento, Yiheng salió de la tienda con la bolsa de dulces. Al ver la escena —el fan sosteniendo las manos de Isaac con tanta familiaridad—, sintió una punzada de enojo que le subió por el pecho como un fuego repentino. No era solo molestia, eran celos puros y duros.

—¡Yiheng, ven! —lo llamó Isaac, notando su presencia—. Estos chicos quieren una foto.

Yiheng se acercó con paso decidido. El fan, al verlo, soltó las manos de Isaac pero se quedó muy cerca del boliviano.

—¡Una foto con los dos, por favor! —pidió el chico de la sudadera amarilla.

Yiheng asintió, pero su rostro estaba serio, casi sombrío. Cuando se colocaron para la foto, Isaac sintió una presión firme en su costado. Yiheng no solo se había acercado, sino que había pasado su brazo por detrás de la espalda de Isaac y había apoyado su mano con fuerza en la cintura del boliviano, justo por encima de la cadera.

Isaac se tensó, sorprendido. Podía sentir el calor de la palma de Yiheng a través de su camiseta. El chino lo atrajo hacia sí, marcando una distancia clara entre ellos y el fan. La diferencia de estatura era evidente: Isaac, más alto y pálido, con sus ojos de guapurú muy abiertos por la sorpresa, y Yiheng, más bajo pero con una expresión de posesividad absoluta que decía "ni se te ocurra acercarte más".

—¡Listo! ¡Gracias! —dijo el fan, mirando la foto en su teléfono con una mezcla de asombro y confusión por la actitud de Yiheng.

Cuando los fans se alejaron, Yiheng no soltó la cintura de Isaac de inmediato.

—¿Qué fue eso, niño chino? —preguntó Isaac con la voz un poco temblorosa, mirando hacia abajo a su amigo—. Casi me rompes una costilla.

Yiheng lo soltó finalmente, pero no retrocedió. Sus orejas estaban ligeramente rojas.

—Ese tipo te estaba tocando demasiado —gruñó Yiheng, sacando un dulce de la bolsa y metiéndoselo en la boca para evitar decir algo más—. Vamos, se hace tarde.

Isaac sonrió para sus adentros, sintiendo una felicidad burbujeante.

—¿Estabas celoso, Wang?

—Cállate y come tu dulce, poste de luz.

Esa noche, la foto estalló en las redes sociales. El fan la había publicado con el título: "¡Conocí a las leyendas! Pero creo que Yiheng quería matarme con la mirada".

Los comentarios eran una locura. La mano de Yiheng en la cintura de Isaac se convirtió en el tema principal de la comunidad de speedcubing. "¡Miren esa mano! Yiheng está reclamando lo que es suyo", "Isaac se ve tan confundido y lindo, y Yiheng está en modo guardaespaldas activado", "La diferencia de altura es perfecta para ese agarre".

Isaac, acostado en su cama, miraba la foto una y otra vez. Se tocó la cintura, justo donde la mano de Yiheng había estado. Sabía que el mes extra estaba llegando a su fin, pero también sabía que, sin importar la distancia entre Santa Cruz y China, algo en su vida había cambiado para siempre. Ya no era solo un niño prodigio solo en su habitación; era parte de algo más grande, algo que giraba tan rápido como un cubo de Rubik y que se sentía, por fin, como un hogar.

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