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Mi idolo

El algoritmo del corazón y la seda

El resplandor de las pantallas LED de Shenzhen nunca parecía apagarse del todo, pero en la habitación de Isaac, la única luz provenía de su tableta, que iluminaba su rostro pálido mientras los comentarios en redes sociales se desplazaban a una velocidad que ni siquiera sus dedos en un cubo 3x3 podrían igualar. La foto de la tarde anterior se había convertido en un incendio forestal digital. Ahí estaban ellos: Isaac, con su cabello negro en capas cayendo sobre sus ojos grandes y oscuros, y Yiheng, con esa expresión de seriedad casi feroz, manteniendo su mano firmemente anclada en la cintura del boliviano.

—"¿Alguien más notó que Yiheng no lo soltó ni para que el fan se fuera?" —leyó Isaac en voz alta, sintiendo que el calor le subía por el cuello—. "Miren la diferencia de altura, Isaac mide 168 y parece un modelo de porcelana, pero Yiheng, con sus 158, tiene toda la energía de un guardaespaldas".

Una risita seca provino del rincón de la habitación. Yiheng estaba sentado en el suelo, rodeado de sus cubos de competición, aceitando los ejes de su Gan 14 con una precisión quirúrgica.

—Deja de leer esas tonterías, Isaac —dijo Yiheng sin levantar la vista, aunque sus orejas, todavía un poco rosadas, lo delataban—. Los fans siempre exageran todo. Solo... te estaba ayudando a mantener el equilibrio.

—¿El equilibrio? —Isaac se sentó en el borde de la cama, dejando caer la tableta—. Yiheng, casi me dejas una marca en la cadera. El pobre fan pensó que le ibas a lanzar un algoritmo de ZBLL a la cara.

Yiheng dejó el cubo a un lado y finalmente levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Isaac. Había una intensidad en la mirada del chico chino que siempre lograba desarmar al boliviano. A pesar de ser un año mayor, Yiheng a menudo parecía más joven por su estatura, pero en momentos como este, su presencia llenaba toda la habitación.

—Ese chico no tenía por qué tocarte las manos —respondió Yiheng con una calma que rozaba la terquedad—. En las competiciones nos damos la mano por respeto, pero él... él te las sujetó como si fueras suyo. Y no lo eres.

Isaac sintió un vuelco en el estómago. La palabra "suyo" quedó flotando en el aire, mezclándose con el suave zumbido del aire acondicionado.

—¿Ah, sí? —preguntó Isaac, bajando la voz, con una chispa de esa travesura que solo Yiheng lograba despertar en él—. ¿Y de quién soy entonces, niño chino?

Yiheng se puso en pie con la agilidad de un gato. Caminó hacia la cama y se detuvo frente a Isaac. A pesar de que Isaac era más alto, el hecho de que estuviera sentado ponía sus rostros a la misma altura.

—Eres de la comunidad del speedcubing —respondió Yiheng, aunque sus ojos decían algo mucho más complejo—. Y como el mejor del mundo, tengo que cuidar que el segundo mejor no se distraiga con fans que no saben ni hacer un F2L decente.

—¡Oye! ¡El 3,27 dice que yo soy el mejor ahora! —protestó Isaac, empujándolo suavemente del hombro.

Yiheng no retrocedió. En su lugar, tomó la mano de Isaac, la misma que el fan había sujetado horas antes, y la examinó con fingida seriedad.

—Tienes los dedos largos, Isaac. Muy buenos para el OH. Pero son delicados. No dejes que cualquiera los toque.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso, cargado de una confianza que se había forjado entre aeropuertos, hoteles y cronómetros. Isaac pensó en su vida en Santa Cruz, en las tardes de soledad en su departamento mientras su maestra cuidaba de él y su padre solo enviaba transferencias bancarias. Aquí, con Yiheng, el mundo no se sentía como una serie de algoritmos fríos, sino como algo vibrante y real.

—Me alegra haberme quedado este mes extra —admitió Isaac en voz baja—. Mi maestra dice que me veo más feliz. Incluso mi papá dejó de insistir con que volviera después de ver que las marcas de cubos me pusieron en su página oficial.

—China te sienta bien —dijo Yiheng, su voz suavizándose—. Y a mí me sienta bien que estés aquí. Mañana no hay eventos de marcas, ni torneos, ni fotos. Mi madre y tu maestra van a ir a un mercado de telas. ¿Qué quieres hacer tú?

Isaac sonrió, y sus ojos negros brillaron como el guapurú bajo el sol.

—Quiero ir a ese lugar de juegos de arcade que vimos en el centro comercial. Y quiero una revancha en el hockey de mesa. Te voy a aplastar, niño chino.

—Ya veremos, boliviano presumido.

Al día siguiente, la ciudad de Shenzhen los recibió con un cielo despejado y un calor húmedo que Isaac ya empezaba a tolerar. Salieron temprano, vestidos con ropa ligera para evitar ser reconocidos fácilmente, aunque el cabello de Isaac y la mirada concentrada de Yiheng siempre atraían algunas miradas.

El centro de arcade era un caos de luces de neón y sonidos electrónicos. Isaac se movía entre las máquinas con una energía contagiosa, arrastrando a Yiheng de un lado a otro.

—¡Mira eso! —exclamó Isaac, señalando una máquina de baile—. Apuesto a que mis piernas son tan rápidas como mis manos.

—Isaac, no —advirtió Yiheng, pero ya era tarde.

Isaac subió a la plataforma y empezó a seguir las flechas con una coordinación sorprendente. Su cabello en capas se agitaba con cada movimiento, y su piel pálida empezó a cubrirse de un ligero sudor. Yiheng se quedó abajo, observándolo con una sonrisa involuntaria. Ver a Isaac así, libre de la presión de los récords mundiales, era su parte favorita de haberlo convencido de quedarse.

Cuando Isaac terminó, bajó de la plataforma jadeando y riendo.

—Tu turno, Wang. Demuestra ese juego de pies.

—Ni en un millón de años —dijo Yiheng, pero Isaac lo agarró del brazo—. ¡Isaac, suéltame!

—Solo una canción. Vamos, si lo haces, te dejaré ganar en el próximo promedio de cinco que hagamos en el hotel.

Yiheng suspiró, fingiendo molestia, pero subió a la máquina. Lo que Isaac no esperaba era que Yiheng fuera un experto. Sus movimientos eran precisos, cortos y extremadamente rápidos, casi como si estuviera resolviendo un cubo con los pies.

—¡Tramposo! —gritó Isaac por encima de la música—. ¡Has practicado esto!

—Se llama coordinación motora, Isaac. Deberías intentarlo alguna vez —respondió Yiheng sin perder el ritmo.

Después de los juegos, terminaron en una pequeña terraza que vendía té de burbujas. Se sentaron en taburetes altos, mirando a la gente pasar. Isaac jugueteaba con su pajita, de repente más serio.

—Yiheng —llamó Isaac, mirando hacia el horizonte de edificios—. ¿Qué va a pasar cuando termine el mes?

Yiheng dejó su bebida y suspiró. Sabía que esa pregunta llegaría.

—Volverás a Bolivia. Seguirás siendo el prodigio de Santa Cruz. Y yo seguiré aquí.

—Pero no quiero que sea como antes —dijo Isaac, girándose hacia él—. No quiero que solo hablemos por mensajes sobre si el nuevo cubo de Moyu es mejor que el de Gan.

Yiheng extendió la mano y, por primera vez, fue él quien revolvió el cabello de Isaac, apartando los mechones que le cubrían los ojos.

—No será como antes —prometió Yiheng—. Ahora tenemos el número del otro, y sabemos que el hockey de mesa es tu debilidad. Además, hay torneos internacionales todo el año. Australia, Estados Unidos, Europa... Nos veremos más de lo que crees.

Isaac asintió, sintiéndose un poco más aliviado.

—Mi maestra dice que el bebé va a necesitar un tío que sepa resolver el cubo de Rubik. Le dije que tú podías ser el tío gruñón y yo el tío divertido.

Yiheng soltó una carcajada.

—¿El tío gruñón? Acepto, siempre y cuando le enseñemos a hacer un sub-10 antes de que empiece a caminar.

Mientras reían, Isaac notó que un par de chicas los señalaban desde lejos, sacando sus teléfonos.

—Oh, no. Otra vez —susurró Isaac.

—Esta vez —dijo Yiheng, levantándose y acercándose a Isaac—, vamos a darles algo de qué hablar de verdad.

Yiheng rodeó los hombros de Isaac con su brazo, atrayéndolo hacia él en un abrazo lateral, y saludó a la cámara con dos dedos en señal de paz. Isaac, sorprendido pero encantado, apoyó su cabeza sobre la de Yiheng, cerrando los ojos y sonriendo con una paz que nunca había sentido en su propia casa.

La foto, por supuesto, llegó a las redes en cuestión de horas. Los comentarios eran una avalancha de corazones y frases de apoyo. El ship "YiSaac" estaba en su apogeo, pero para los dos chicos en la terraza de Shenzhen, no se trataba de etiquetas ni de fans. Se trataba de la forma en que el mundo parecía encajar perfectamente cuando estaban juntos.

Esa noche, antes de dormir, Isaac recibió un mensaje de su padre. Era corto: "Vi las noticias. Parece que te estás convirtiendo en alguien importante allá. Cuídate". Isaac no respondió de inmediato. Miró la foto de él y Yiheng en la terraza y sintió que, por primera vez, no necesitaba la aprobación de su padre para sentirse completo.

—Oye, niño chino —escribió Isaac en el chat—. ¿Sigues despierto?

—Siempre —respondió Yiheng casi al instante—. ¿Qué pasa?

—Solo quería decirte que... gracias. Por lo del mes extra. Y por la mano en la cintura. Me hizo sentir... no sé. Seguro.

Hubo un silencio digital de varios minutos. Isaac empezó a morderse las uñas, temiendo haber dicho demasiado. Entonces, el teléfono vibró.

—A mí también me hizo sentir seguro, Isaac. Buenas noches, boliviano.

Isaac apagó la luz, abrazando su almohada con una sonrisa que no se le borraría en mucho tiempo. El mes extra estaba llegando a su fin, pero su historia apenas estaba en la fase de inspección, y él estaba listo para resolverla, giro a giro, sin importar cuántos algoritmos hicieran falta.

Al día siguiente, mientras preparaban sus maletas para la última exhibición en Shanghái, la maestra de Isaac lo observaba con una ternura infinita.

—Has crecido mucho en estas semanas, Isaac —dijo ella, doblando una de las camisetas del equipo nacional de Bolivia—. Y no hablo de centímetros.

—Lo sé, tía —respondió él, guardando cuidadosamente su cronómetro—. Es raro. Siento que el cubo ya no es lo único que me importa.

—Eso es porque has encontrado a alguien que gira a tu misma velocidad —dijo ella con un guiño.

Isaac se rió, guardando el secreto de su última conversación con Yiheng en lo más profundo de su corazón. Salieron del hotel, y allí estaba Yiheng, esperándolo junto al coche, con un cubo en las manos y esa mirada desafiante que Isaac tanto amaba.

—¿Listo para Shanghái, Méndez? —preguntó Yiheng.

—Listo para lo que sea, Wang —respondió Isaac, caminando hacia él con paso firme.

El viaje continuaba, y aunque los continentes los separaran pronto, ambos sabían que en el mundo del speedcubing, la distancia más corta entre dos puntos no era una línea recta, sino el tiempo que tardaban en volver a verse en la siguiente final. Y para Isaac, ese tiempo siempre sería el récord más importante de su vida.

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