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multiverso reacciona multiverso

El Descenso del Dios Dorado: El Fin del Marketing

La pantalla del multiverso no mostró una explosión ni una batalla épica al principio. Mostró algo mucho más aterrador: un primer plano del rostro de Homelander. Pero no era el rostro que el público de Vought conocía. No había rastro de la benevolencia ensayada ni de la mandíbula firme de un salvador. Sus ojos, de un azul gélido, estaban inyectados en sangre, y un pequeño tic nervioso tiraba de la comisura de su labio superior.

—Está rompiéndose —susurró Peter Parker, sintiendo un escalofrío que le recorrió la columna vertebral—. He visto esa mirada antes en personas que no tienen nada que perder. Pero él lo tiene todo.

—No tiene nada, chico —lo corrigió Batman, cuyas manos enguantadas se entrelazaban frente a su mentón—. Lo que ves es un hombre que acaba de darse cuenta de que su jaula de oro no tiene puertas, y ha decidido que, si él no puede salir, quemará el zoológico con todos dentro.

En la pantalla, la escena cambió a un mitin masivo. Miles de personas vitoreaban, agitando banderas con el rostro de Homelander. El ruido era ensordecedor. Homelander estaba en el podio, bañado por la luz del sol que hacía brillar su traje de fibras sintéticas como si fuera una armadura divina. Pero el audio en la sala del multiverso captó algo que los presentes en el mitin no podían oír: el sonido de su corazón latiendo como un tambor de guerra, rápido, errático, furioso.

—¡Os quiero! —gritó el Homelander de la pantalla, pero su voz se quebró ligeramente—. Os quiero porque... porque soy lo único que se interpone entre vosotros y el caos.

De repente, un manifestante en la multitud lanzó un objeto. Era un vaso de plástico con pintura roja. Impactó en el pecho de Homelander, manchando el águila dorada de su hombrera. El silencio que siguió fue tan pesado que pareció aplastar a los espectadores en la sala.

—Oh, no —murmuró Tanjiro Kamado, tapándose la boca con la mano—. Por favor, no lo hagas. Puedo oler su intención... es puro azufre y odio.

—Ese humano es un estúpido —sentenció Vegeta, cruzando los brazos—. No se arroja pintura a un depredador a menos que tengas el poder para arrancarle la cabeza después. Ese hombre acaba de firmar la sentencia de muerte de todos los que lo rodean.

En la pantalla, Homelander se quedó inmóvil. Miró la mancha roja en su traje. Luego, miró al hombre que lo había hecho, un joven que temblaba pero intentaba mantener una mirada desafiante. Por un segundo, la máscara de "héroe nacional" luchó por mantenerse en su sitio. Pero entonces, algo hizo clic. Una sonrisa lenta y genuina, la primera sonrisa real que habían visto en él, se extendió por su rostro.

—¿Sabéis qué? —dijo Homelander, alejándose del micrófono, pero su voz seguía proyectándose con fuerza sobrehumana—. Ya no me importa.

—Aquí viene —dijo Butcher, con una voz que era casi un gruñido de satisfacción amarga—. El momento en que el producto rompe el envoltorio.

Lo que siguió fue una carnicería que hizo que incluso los guerreros más veteranos de la sala desviaran la mirada. Sin previo aviso, los ojos de Homelander se encendieron con un rojo incandescente. Dos haces de luz pura atravesaron la multitud. No apuntaban al manifestante; apuntaban a todos. El rayo cortó cuerpos, asfalto y edificios como si fueran de mantequilla. Los gritos comenzaron, pero fueron ahogados por el zumbido del poder desatado.

—¡Detente! —exclamó Steve Rogers, golpeando la mesa frente a él—. ¡Son civiles! ¡Son tu propia gente!

—No son su gente, Rogers —dijo Tony Stark, cuya cara estaba pálida bajo la luz de la pantalla—. Para él, son hormigas. Y acaba de descubrir que es muy divertido pisarlas.

La pantalla mostró a Homelander elevándose en el aire, suspendido sobre la masacre. No había remordimiento en su rostro, solo una euforia casi infantil. Se reía mientras barría la plaza con su visión de calor, convirtiendo un evento político en un matadero. La sangre salpicaba las vallas publicitarias con su propio rostro, creando una ironía visual que resultaba insoportable.

—Es un desperdicio de potencial —comentó Madara Uchiha, observando la escena con un desapego clínico—. Tiene el poder de un soberano, pero la disciplina de un animal herido. Un verdadero dios no necesita masacrar a los débiles para sentirse superior; simplemente lo es. Su inseguridad es lo que lo hace patético.

—No es inseguridad, es liberación —intervino Joker desde un rincón oscuro, soltando una risita estridente que erizó los cabellos de los presentes—. ¡Míralo! Por fin ha dejado de contar chistes y ha empezado a disfrutar del espectáculo. ¡Es hermoso!

—Cierra la boca, payaso —le espetó Superman, cuya aura empezaba a brillar con una intensidad peligrosa—. No hay nada hermoso en el asesinato masivo. Esto es la prueba de que Vought no creó un héroe, creó un arma defectuosa.

La pantalla cambió a las oficinas de Vought. El caos era total. Ashley Barrett, la jefa de relaciones públicas, se arrancaba mechones de pelo mientras veía las noticias. Los analistas gritaban sobre las acciones que caían en picado. La marca "Homelander" estaba muerta.

—Se preocupan por el dinero —observó Geralt de Rivia, negando con la cabeza—. Hay un monstruo suelto que puede partir el planeta por la mitad, y ellos lloran por sus monedas de oro. Los humanos de ese mundo son tan retorcidos como sus creaciones.

—Es el capitalismo tardío llevado al extremo de la supervivencia —comentó Tony Stark—. Vought no sabe cómo manejar a un dios que no quiere ser vendido. Han perdido el control del algoritmo.

De vuelta en la pantalla, Homelander aterrizó en medio de los restos humeantes de la plaza. Se acercó a una mujer herida que intentaba alejarse gateando. Él la miró con curiosidad, como un científico observando a un insecto bajo el microscopio.

—¿Por qué no me das las gracias? —le preguntó Homelander a la mujer, con una voz suave y aterradora—. Os he liberado. Os he mostrado la verdad. No necesitáis políticos, ni leyes, ni a Vought. Solo me necesitáis a mí.

—Eres... un monstruo —logró decir la mujer antes de que Homelander, con un movimiento casual de su mano, le aplastara el cráneo.

—¡Basta! —rugió Naruto Uzumaki, poniéndose en pie—. ¡Voz del Multiverso, saca esa imagen! ¡No puedo seguir viendo esto sin hacer nada!

—Esta es la realidad de ese universo, Naruto Uzumaki —respondió la Voz, imperturbable—. No podéis intervenir, solo observar y aprender. El Compuesto V no solo altera el cuerpo; altera la percepción de la realidad. Homelander se ve a sí mismo como el centro del universo porque fue diseñado para serlo.

—Es un experimento fallido de crianza —dijo Bruce Banner, frotándose las sienes—. Lo criaron en un laboratorio, sin madre, sin afecto, solo con científicos evaluando sus niveles de potencia. No tiene empatía porque nunca se la enseñaron. Es un sociópata con el poder de una estrella.

La pantalla mostró entonces una escena diferente. Butcher, Hughie y el resto de "The Boys" estaban en un sótano, viendo las mismas noticias. Hughie estaba vomitando en un rincón. Butcher, por el contrario, estaba limpiando su rifle con una calma glacial.

—¿Lo ves, Hughie? —dijo el Butcher de la pantalla—. Te lo dije. Tarde o temprano, el barniz se cae. Ahora el mundo entero sabe lo que yo siempre supe. No son héroes. Son solo blancos que aún no han sido eliminados.

—Pero Billy... ha matado a cientos —sollozó Hughie—. ¿Cómo podemos detener algo así? No somos nada contra él.

—No somos nada —asintió Butcher, mirándolo con esos ojos llenos de una oscuridad insondable—, hasta que dejamos de tener miedo. Y hoy, el mundo ha dejado de tener miedo para empezar a tener terror. El terror es una herramienta mucho más útil que la esperanza, muchacho.

En la sala, el silencio regresó cuando la pantalla mostró a Homelander regresando a la Torre Vought. Entró en la oficina de Stan Edgar, el CEO de la compañía, un hombre que no poseía poderes pero que siempre había mantenido a Homelander bajo control mediante el intelecto y la frialdad.

—Has destruido el valor de la empresa en diez minutos, John —dijo Edgar, sin levantar la vista de sus papeles—. Ha sido una rabieta muy costosa.

—Ya no me llames John —respondió Homelander, acercándose al escritorio. Sus ojos brillaron levemente—. Soy Homelander. Y puedo atravesarte el pecho antes de que termines esa frase.

—Puedes —asintió Edgar, levantando finalmente la vista. Su expresión no mostraba rastro de miedo, lo cual pareció enfurecer a Homelander aún más—. Pero entonces, ¿quién te explicará cómo funciona el mundo? ¿Quién te limpiará el desastre? Eres un producto defectuoso, John. Un activo que ha dejado de ser rentable.

—¡No soy un producto! —gritó Homelander, golpeando el escritorio y partiéndolo en dos—. ¡Soy un dios!

—Un dios que necesita que lo adoren para sentirse real —replicó Edgar con desprecio—. Sin el público, sin los ratings, sin el amor de esos "insectos" que acabas de matar, no eres nada. Eres un vacío con capa.

—Ese hombre tiene más agallas que todos los Supes juntos —comentó Erza Scarlet, impresionada—. Enfrentarse a la muerte con esa dignidad... es lo que le falta a Homelander.

—Es el orgullo del creador frente a su creación —dijo Orochimaru, relamiéndose los labios—. Edgar sabe que él es el verdadero poder. El poder de la mente sobre la fuerza bruta. Aunque, en este caso, dudo que la mente sobreviva a la furia del espécimen.

La escena terminó con Homelander saliendo al balcón de la torre, mirando la ciudad de Nueva York. Las sirenas sonaban en todas partes. El humo subía desde la plaza. Ya no había vuelta atrás. La era de los héroes corporativos había terminado; la era del terror supe acababa de comenzar.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó Izuku Midoriya, con la voz temblorosa—. Si él decide que el mundo es su patio de recreo... ¿quién podrá detenerlo?

—Nadie —respondió Butcher desde su asiento en la sala—. Al menos, nadie que juegue limpio. Para matar a un dios, tienes que arrastrarlo al barro y ahogarlo en él. Y eso es exactamente lo que vamos a ver.

La Voz del Multiverso habló de nuevo, mientras la imagen de Homelander en el balcón se desvanecía en negro.

—Habéis visto el origen del poder y la corrupción del ideal. Ahora, veréis la consecuencia final. Veréis lo que sucede cuando los humanos normales deciden que ya no aceptarán a los dioses entre ellos. El siguiente archivo se titula: "Herogasm: La Depravación Total y el Contraataque".

—¿Herogasm? —preguntó Tony Stark, arqueando una ceja—. Suena a algo que me gustaría... o que odiaría profundamente.

—Confía en mí, Stark —dijo la Voz con un tono sombrío—, vas a necesitar un baño de desinfectante después de ver esto. Pero en medio de la inmundicia, veréis la primera vez que Homelander sintió algo que nunca creyó posible.

—¿Qué cosa? —preguntó Luffy, con curiosidad.

—Miedo —respondió la Voz—. Miedo a morir a manos de un hombre común.

La sala se iluminó con una nueva luz, esta vez de un tono púrpura y neón, mientras los héroes y villanos del multiverso se preparaban para presenciar el capítulo más oscuro y controvertido de la historia de los Siete. El ambiente estaba cargado de una tensión casi física. La caída de los ídolos de barro estaba en marcha, y nadie saldría de esa sala siendo el mismo.

—Esto se va a poner feo —murmuró Rocket Raccoon, revisando sus propias armas por instinto—. Muy, muy feo.

—Es el final del mito —concluyó Batman—. Y el comienzo de la carnicería.