multiverso reacciona multiverso
Fuego Purificador y el Ídolo de Cristal
El silencio en la sala de cine era una cuerda tensa a punto de romperse. Los héroes y villanos del multiverso aún procesaban las imágenes del Compuesto V cuando el espacio-tiempo pareció sollozar. Un desgarro de luz azul eléctrica y estática roja se manifestó en el pasillo central, justo frente a la pantalla.
De la brecha salió un hombre. Su capa, un estandarte de barras y estrellas, ondeaba con una elegancia artificial. El traje azul brillaba bajo las luces del cine, y el águila dorada en sus hombros parecía vigilar a la audiencia con ojos rapaces. Homelander se irguió, limpiándose una mota de polvo inexistente de su guantelete rojo.
—¿Qué demonios es este lugar? —Su voz, cargada de una arrogancia que erizó la piel de todos, resonó en las paredes—. ¿Ashley? ¿Es esto una nueva campaña de marketing inmersivo? Porque si lo es, juro por Dios que voy a arrancarte la lengua.
Nadie respondió. Steve Rogers se puso en pie, con el escudo embrazado, mientras Superman entrecerraba los ojos, detectando la inestabilidad atómica en el cuerpo del recién llegado. Pero no fueron ellos quienes reaccionaron primero.
Desde la sección de la Tierra de Ooo, un calor sofocante empezó a emanar. La Princesa Flama, Phoebe, se levantó lentamente. Sus cabellos, que eran llamas vivas, pasaron de un naranja cálido a un blanco incandescente. Sus ojos eran dos pozos de magma puro fijos en el hombre de la capa.
—Tú —dijo Phoebe, y el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse por el calor—. Te he visto. He visto lo que haces. He visto cómo desprecias la vida de los que son más pequeños que tú.
Homelander se giró, arqueando una ceja con una sonrisa condescendiente. Miró a la joven de fuego como si fuera un estorbo en su camino hacia el buffet.
—Vaya, una cerilla parlante —se burló Homelander, dando un paso hacia ella—. Escucha, niña, no sé en qué parque temático trabajas, pero yo soy Homelander. Puedo hacer lo que me dé la gana. Así que siéntate y cállate antes de que use mis ojos para convertirte en un charco de cera.
—No eres un rey —sentenció la Princesa Flama, cuya piel ahora brillaba con la intensidad de una estrella joven—. Eres un matón con disfraz. Mi padre era como tú. Creía que el poder le daba derecho a la crueldad. Pero el fuego tiene una función que los tiranos siempre olvidan: la purificación.
—¿Purificación? —Homelander soltó una carcajada seca, aunque sus ojos empezaron a brillar con un rojo amenazante—. Yo soy el único que purifica este mundo de la escoria. Tú solo eres una anomalía genética que no ha pasado por el control de calidad de Vought.
—¡Tú no eres nada! —rugió Phoebe.
En un estallido de furia, la Princesa Flama extendió sus manos. No fue una simple llamarada; fue una corriente de plasma concentrado, un chorro de fuego azul que alcanzó temperaturas solares en una fracción de segundo.
Homelander, acostumbrado a ser invulnerable, ni siquiera intentó esquivarlo. Se quedó allí, con los brazos en jarras, esperando que el fuego rebotara contra su pecho de acero.
Pero este no era fuego ordinario. Era fuego elemental, alimentado por la rabia de una gobernante que protegía a los suyos.
—¡AAAAAAAHHHHHH! —El grito de Homelander desgarró el aire de la sala.
El fuego azul lo envolvió por completo. El traje de Vought, diseñado para resistir explosiones, comenzó a derretirse y carbonizarse. El olor a ozono y carne quemada llenó el lugar. Homelander cayó de rodillas, golpeando el suelo con una fuerza que agrietó el pavimento mágico de la sala. Sus ojos rojos se apagaron, reemplazados por una expresión de puro terror y agonía.
—¡Quema! —gritaba, retorciéndose en el suelo mientras las llamas de Phoebe lo devoraban—. ¡Duele! ¡Haced que pare! ¡Dios mío, haced que pare!
El multiverso observaba en un silencio sepulcral. Billy Butcher, en su asiento, tenía una expresión de éxtasis absoluto. Tony Stark consultaba sus sensores, asombrado de que una entidad biológica pudiera generar tal cantidad de julios.
—Phoebe, ¡detente! —gritó Finn el Humano, cubriéndose el rostro con el brazo ante el calor radiante—. ¡Lo vas a vaporizar!
La Princesa Flama no escuchaba. Sus manos seguían proyectando el torrente ígneo. Estaba viendo en Homelander todas las injusticias, todos los abusos de su padre, toda la frialdad de un sistema que trataba a las personas como objetos.
—Tú no conoces el dolor porque siempre has sido el que lo causa —dijo Phoebe, su voz vibrando como un terremoto—. Aprende lo que es ser consumido.
Homelander intentó levantarse, pero sus músculos, afectados por el calor extremo que penetraba su densidad molecular, le fallaron. Sus manos, ahora cubiertas de ampollas y restos de tela quemada, arañaron el suelo. El hombre que se creía un dios estaba llorando, sus lágrimas evaporándose instantáneamente en nubes de vapor sibilante.
Finalmente, Phoebe cerró los puños. El flujo de fuego cesó, dejando tras de sí un rastro de brasas flotantes y un aire tan caliente que los sistemas de ventilación de la sala rugieron para compensarlo.
Homelander quedó tendido en el suelo, humeando. Su capa era un harapo negro y chamuscado. Su rostro, aquel rostro perfecto de las vallas publicitarias, estaba enrojecido y cubierto de ceniza. Su respiración era un estertor agónico.
—Imposible... —susurró Homelander, con la voz rota—. Soy... soy especial...
—Solo eres carne —dijo la Princesa Flama, volviendo lentamente a su tono naranja habitual, aunque sus ojos seguían fijos en él—. Y la carne arde igual que cualquier otra cosa.
Homelander intentó decir algo más, tal vez una amenaza, tal vez una súplica, pero sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo se desplomó por completo. El "héroe" más poderoso de su mundo se había desmayado por el dolor, una sensación que su cuerpo, mimado por el Compuesto V, no sabía cómo procesar.
—Vaya —dijo Jake el Perro, rompiendo el silencio—. Eso ha sido... intenso. Creo que ese tipo va a necesitar mucha crema para quemaduras.
—Ha sentido miedo —observó Batman, acercándose al cuerpo inconsciente de Homelander para analizarlo—. Por primera vez en su vida, alguien fue más fuerte que él. Ese trauma será más difícil de sanar que sus heridas físicas.
Billy Butcher bajó de las gradas, caminando lentamente hacia el cuerpo caído. Se detuvo a pocos centímetros de la cabeza de Homelander y lo miró con un desprecio infinito.
—Mírate, John —escupió Butcher—. Ni siquiera has durado un asalto con una niña con mal genio. ¿Dónde está tu discurso ahora? ¿Dónde está tu maldito orgullo?
Butcher miró a la Princesa Flama y le dedicó un breve asentimiento con la cabeza.
—Buen trabajo, chispa. Le has dado el baño de realidad que llevaba décadas necesitando.
Phoebe no respondió. Regresó a su asiento, sus pasos aún dejando marcas de calor en el suelo. Se sentó junto a Finn y Jake, cruzando los brazos con una expresión sombría.
—No me gusta hacer eso —confesó Phoebe en un susurro—. Pero él... él era un vacío. No había nada dentro de él más que hambre de poder.
En la pantalla, la voz incorpórea volvió a resonar, pero esta vez parecía tener un matiz de satisfacción.
—Habéis presenciado el choque de dos naturalezas. El poder fabricado contra el poder elemental. El ídolo de porcelana se ha quebrado bajo el fuego de la verdad.
Dos figuras con túnicas blancas aparecieron de la nada y cargaron el cuerpo de Homelander, llevándolo a una sección médica invisible de la sala. La mancha de quemadura en el suelo permaneció como un recordatorio.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Diana de Themyscira, mirando a la pantalla—. ¿Seguiremos viendo su mundo después de esto?
—Debéis verlo —respondió la voz—. Porque Homelander es solo la punta del iceberg. Vought continúa, y los que se oponen a ellos están a punto de dar su siguiente paso. El mundo de los Siete no se detiene porque su líder haya caído. De hecho, ahora es más peligroso que nunca.
Tony Stark se volvió hacia Steve Rogers.
—¿Crees que cuando despierte sea diferente? —preguntó Tony.
—No —respondió el Capitán América con tristeza—. Los hombres como él no cambian con el dolor. Solo se vuelven más resentidos. Lo que la Princesa Flama ha hecho es herir su ego, y un ego como el de Homelander es una bestia herida que morderá a cualquiera que se le acerque.
La pantalla volvió a iluminarse. Esta vez, la imagen mostraba un búnker subterráneo. Hughie Campbell estaba sentado frente a una computadora, con el rostro iluminado por el resplandor de la pantalla. A su lado, Leche Materna y Frenchie revisaban armas y viales de una sustancia sospechosa.
—El contraataque comienza —anunció la voz—. Bienvenidos a la guerra de guerrillas contra los dioses.
—Atentos, todos —dijo Butcher, regresando a su asiento con una chispa de anticipación en los ojos—. Ahora veréis cómo se hace de verdad. Sin capas, sin discursos, solo sangre y voluntad.
Phoebe miró la pantalla una vez más. Su fuego se calmó, volviendo a ser una llama constante y cálida. Sabía que lo que acababa de hacer era necesario, pero la imagen de Homelander gritando de dolor se quedó grabada en su mente. No por lástima, sino por la comprensión de que el poder, cuando no tiene un ancla moral, es la prisión más terrible de todas.
El multiverso se acomodó. La tensión había subido de nivel. Ya no eran simples espectadores de una película; ahora eran testigos de una colisión de realidades donde los héroes podían sangrar y los monstruos podían llorar. El capítulo de la conformidad había terminado; el capítulo de la resistencia estaba por empezar.