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multiverso reacciona multiverso

Cenizas de un Dios y el Trono de Humo

El aire en la sala de cine se volvió denso, cargado con el olor metálico del ozono y el hedor dulzón de la carne chamuscada. El silencio que siguió al colapso de Homelander no fue de paz, sino de un pavor absoluto que recorrió las filas de asientos como una corriente eléctrica. Los héroes de la Liga de la Justicia y los Vengadores permanecieron inmóviles, procesando no solo la derrota del hombre que creían invulnerable, sino la facilidad con la que una fuerza elemental lo había reducido a un despojo gimiente.

Entonces, el espacio volvió a fracturarse.

Seis figuras aparecieron de golpe en el pasillo central, tambaleándose como si hubieran sido escupidas por una tormenta invisible. El equipo de los Siete —o lo que quedaba de él— se materializó bajo la luz aséptica de la sala. Queen Maeve fue la primera en recuperar el equilibrio, con su armadura de amazona brillando débilmente; tras ella, A-Train se sujetaba el pecho, respirando con dificultad; Profundo miraba a su alrededor con ojos desorbitados, buscando agua; Translúcido se materializó por completo, luciendo una expresión de confusión pura; Black Noir se mantuvo como una sombra rígida, y la joven Starlight parpadeó, cegada por el cambio de iluminación.

—¿Qué... qué es este sitio? —preguntó Starlight, con sus manos brillando instintivamente con energía dorada—. ¿Dónde está la Torre?

—¡Me da igual dónde estemos! —gritó A-Train, mirando frenéticamente a su alrededor—. ¡Estaba en medio de una carrera! ¡Vought va a matarme si esto es una broma de mal gusto!

—Cierra la boca, A-Train —siseó Maeve, cuyos ojos se fijaron de inmediato en el centro de la sala.

Allí, en el suelo, yacía una masa informe de tela azul y roja. El humo aún se elevaba de las botas de cuero de Homelander. Su rostro, la cara que adornaba cada rascacielos de Nueva York, estaba oculto por una costra de ceniza y ampollas.

—¿John? —El susurro de Maeve cortó el aire como un cuchillo.

Profundo retrocedió un paso, tropezando con sus propios pies.

—No... no puede ser. Él es... él es Homelander. Nadie puede... —Su voz se quebró al ver el estado de la capa, reducida a jirones carbonizados.

—¡Mirad eso! —exclamó Billy Butcher desde su asiento, con una sonrisa que era pura malicia—. El gran héroe americano parece una salchicha olvidada en la barbacoa. ¡Es precioso!

Los Siete giraron las cabezas hacia las gradas, encontrándose con un despliegue imposible de seres. Dioses, alienígenas, ninjas y piratas los observaban con una mezcla de lástima, desprecio y curiosidad científica. Pero la mirada de los recién llegados se detuvo, como si un imán los obligara, en la figura que emanaba un calor residual que hacía vibrar el aire.

Phoebe, la Princesa Flama, permanecía sentada con la espalda recta. Su cabello de fuego fluía ahora en un ritmo pausado, pero sus ojos seguían siendo dos carbones encendidos que perforaban la oscuridad. A su lado, Finn y Jake parecían pequeños escoltas de una fuerza de la naturaleza.

—¿Fuiste tú? —preguntó Starlight, su voz temblando. Miró a la chica de fuego y luego al cuerpo destrozado de su líder—. ¿Tú le hiciste esto a él?

Phoebe se levantó lentamente. El movimiento hizo que Profundo soltara un gemido ahogado y se escondiera detrás de la imponente figura de Black Noir. Incluso Maeve, una mujer que había perdido el miedo a la muerte hacía mucho tiempo, apretó los puños y sintió que el vello de sus brazos se erizaba ante la proximidad de ese calor.

—Él intentó apagarme —dijo la Princesa Flama, y su voz sonó como el crujido de un bosque incendiándose—. Intentó usar su miedo para hacerme pequeña. Solo le recordé lo que ocurre cuando desafías al sol.

A-Train dio un paso atrás, con el corazón latiendo a una velocidad que amenazaba con reventar sus costillas. Estaba acostumbrado a ser el hombre más rápido del mundo, a huir de cualquier consecuencia, pero la mirada de esa chica le hacía sentir que sus pies se derretirían antes de poder dar el primer paso.

—Es una "Súper" —balbuceó Translúcido, su piel volviéndose de carbono endurecido por puro instinto de supervivencia—. Pero... no hay registros. No hay archivos de Vought sobre alguien con este nivel térmico. ¡Podría fundir el diamante!

—No soy un experimento de vuestra farmacéutica —respondió Phoebe, dando un paso hacia el pasillo—. Soy la llama que no podéis controlar. He visto vuestro mundo en esa pantalla. He visto cómo camináis sobre los débiles y llamáis a eso "heroísmo".

—Escucha, niña —intervino Maeve, tratando de mantener la compostura mientras el sudor perlaba su frente por el calor radiante—, no sabes en qué te estás metiendo. Vought vendrá por ti. No importa lo que le hayas hecho a él, ellos tienen recursos que ni te imaginas.

—Vought no está aquí —dijo una voz profunda y calmada. Superman descendió flotando desde su asiento, situándose entre la Princesa Flama y los Siete—. Aquí solo estáis vosotros y la verdad que habéis intentado ocultar tras vuestras marcas y vuestros contratos.

La presencia de Clark Kent fue como un mazazo para los Siete. Miraron al hombre de acero, con su traje impecable y su aura de bondad genuina, y luego miraron los restos humeantes de Homelander. El contraste era devastador.

—Se parece a él... —susurró Starlight, bajando sus manos brillantes—. Pero no da miedo. Da... esperanza.

—No te equivoques, chica —dijo Batman, surgiendo de las sombras laterales como un espectro—. Él no se parece en nada a vuestro líder. Él es un héroe. Homelander es solo un error de laboratorio con complejo de Edipo.

En ese momento, el cuerpo de Homelander en el suelo emitió un gemido sordo. Sus dedos se contrajeron, arañando el suelo de la sala. El Compuesto V en su sangre estaba trabajando frenéticamente, intentando reparar tejidos que habían sido vaporizados por el fuego elemental.

—¡Está despertando! —gritó Profundo, presa del pánico—. ¡Cuando vea lo que le han hecho, nos matará a todos por haberlo visto así! ¡Tenemos que ayudarle!

Pero nadie se movió. Ni siquiera Black Noir, que permanecía en un silencio sepulcral, hizo el ademán de asistir a su capitán. Los Siete miraron a la Princesa Flama, que simplemente arqueó una ceja, esperando el más mínimo movimiento hostil para terminar el trabajo.

—Adelante —desafió Phoebe—. Ayudad al hombre que os desprecia. Ayudad al monstruo que os mantiene encadenados por el miedo.

Maeve miró a Homelander, luego a la chica de fuego, y finalmente a la audiencia de héroes legendarios que los rodeaban. Por primera vez en años, la máscara de cinismo de la amazona se resquebrajó.

—No —dijo Maeve con firmeza—. Que se quede ahí. Que sienta lo que es ser el más débil de la habitación.

—¡Maeve, te va a despedazar! —chilló A-Train, temblando.

—Mírale, A-Train —respondió ella, señalando los restos de Homelander—. No es un dios. Solo es un hombre herido. Y esa chica... —miró a Phoebe con un respeto teñido de terror— ...ella le ha quitado lo único que lo hacía peligroso: su invencibilidad psicológica.

La pantalla gigante volvió a encenderse con un zumbido, proyectando una luz azulada sobre los rostros aterrorizados de los Siete.

—Bienvenidos, Siete —dijo la voz del multiverso—. Habéis llegado a tiempo para el análisis de vuestro legado. Tomad asiento. Vuestro juicio no ha hecho más que empezar.

Unas butacas aparecieron detrás de ellos, separadas del resto de la audiencia. Los Siete, sintiéndose como niños castigados en presencia de gigantes, se sentaron lentamente. Starlight fue la única que buscó la mirada de los otros héroes, encontrando en los ojos de Peter Parker una chispa de simpatía que la hizo querer llorar.

Phoebe regresó a su sitio, su fuego disminuyendo hasta ser un resplandor reconfortante. Finn le puso una mano en el hombro.

—Eso fue increíble, Phoebe —susurró el humano—. Pero ten cuidado. Ese tipo de la capa... tiene ojos de alguien que no sabe rendirse.

—Lo sé, Finn —respondió ella, mirando cómo Homelander era levitado por fuerzas invisibles hacia la enfermería de la sala—. Pero el fuego no se rinde ante el hielo, y yo no me rendiré ante un hombre que no tiene alma.

La pantalla mostró entonces una imagen de la Torre Vought, pero esta vez estaba envuelta en llamas. No las llamas purificadoras de la Princesa, sino el fuego del caos y la rebelión.

—Capítulo Dos: El Precio de la Perfección —anunció la pantalla.

—Mirad bien, capullos —dijo Butcher, ajustándose la gabardina—. Vais a ver cómo vuestro imperio de papel higiénico se quema hasta los cimientos. Y tú, pescadito —miró a Profundo—, espero que hayas traído protector solar, porque la chica de las cerillas acaba de empezar.

Tony Stark, mientras tanto, grababa cada reacción de los Siete con sus escáneres.

—Es fascinante —comentó a Steve Rogers—. No son un equipo. Son una colección de traumas con presupuesto de publicidad. Esa chica, Starlight, todavía tiene algo de luz... pero los demás están tan rotos como el tipo del suelo.

—El poder sin propósito siempre termina así, Tony —respondió el Capitán—. En miedo y cenizas.

En la pantalla, la imagen cambió a un primer plano de Stan Edgar, el CEO de Vought, hablando por teléfono con una calma que helaba la sangre.

—"El Compuesto V es solo un producto" —decía Edgar—. "Y los productos defectuosos se retiran del mercado".

Los Siete se encogieron en sus asientos. La realidad de su existencia, despojada de la gloria de las cámaras, estaba siendo expuesta ante los seres más poderosos de la existencia. Y mientras Homelander era arrastrado fuera de la vista, dejando un rastro de ceniza en el suelo, todos en la sala supieron que el multiverso nunca volvería a ver a un "héroe" de la misma manera.

La Princesa Flama cerró los ojos por un momento, sintiendo el calor de su propia esencia. Había defendido su fuego, pero sabía que la batalla por la verdad en aquel mundo oscuro apenas estaba comenzando. Y en el rincón más oscuro de la sala, los ojos de Homelander, aún en la enfermería, se abrieron por un segundo, brillando con un rojo mortecino, prometiendo una venganza que quemaría mundos enteros.

Pero por ahora, el ídolo de cristal estaba roto, y el fuego elemental gobernaba la sala.