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My one and only

Posesión y el peso del silencio

El despacho de Na Hwa-jin siempre olía a una mezcla de café cargado, papel viejo y ese aroma metálico que parecía emanar de su propia presencia. Era un espacio diseñado para la eficiencia, desprovisto de cualquier distracción innecesaria, pero esa tarde, la eficiencia era lo último que pasaba por su mente.

Sentado tras su escritorio, Hwa-jin observaba a Im Han-rim a través del cristal reforzado que separaba su oficina del área común de la Autoridad. Ella estaba riendo. Un agente nuevo, un joven recluta que apenas había terminado su entrenamiento básico, le estaba contando algo con un entusiasmo que rozaba la impertinencia. El chico incluso se había atrevido a rozar el hombro de Han-rim para enfatizar su punto.

Hwa-jin sintió una punzada fría y aguda en el pecho. No era una emoción que soliera permitirse, pero la diferencia de edad y la posición que ocupaba a veces le pesaban como un ancla. Él tenía treinta y tantos, una vida marcada por la violencia institucional y cicatrices que no solo estaban en su piel. Ella era más joven, una explosión de luz y energía que, por alguna razón que él todavía no terminaba de procesar, había decidido anclarse a su lado.

Vio cómo Han-rim se apartaba con sutileza, manteniendo su sonrisa profesional pero marcando una distancia que solo alguien tan observador como Hwa-jin notaría. Aun así, la mano de él se cerró sobre el bolígrafo con tanta fuerza que el plástico crujió.

—Supervisor Na, los informes de la zona sur están listos.

La voz de Han-rim entró en la oficina antes que ella. Cerró la puerta tras de sí y el bullicio del exterior desapareció. Hwa-jin no levantó la vista de inmediato. Se obligó a soltar el bolígrafo antes de romperlo.

—Déjalos sobre la mesa, agente Im —dijo él, su voz más ronca de lo habitual.

Han-rim arqueó una ceja. Conocía cada matiz de ese tono. Caminó hacia el escritorio, pero en lugar de dejar los papeles y retirarse, rodeó el mueble de madera pesada hasta quedar al lado de su silla.

—Estás haciendo ese gesto de nuevo —comentó ella, dejando los informes a un lado.

—¿Qué gesto?

—Ese donde parece que quieres demoler un edificio con la mirada —Han-rim se inclinó, apoyando una mano en el brazo de la silla de él—. ¿Es por el recluta Lee? Estaba siendo amable, nada más.

Hwa-jin finalmente la miró. Sus ojos oscuros, cargados de una autoridad que intimidaba a los criminales más curtidos, se suavizaron apenas una fracción al encontrarse con los de ella.

—Es demasiado joven —murmuró Hwa-jin—. Y demasiado descuidado con su lenguaje corporal. Debería aprender a respetar el espacio personal de sus superiores.

Han-rim soltó una risita suave y, con una audacia que solo ella poseía, se sentó en el borde del escritorio, invadiendo el espacio que Hwa-jin protegía con tanto celo.

—Hwa-jin, ¿estás celoso de un chico que todavía no sabe cómo hacerse el nudo de la corbata correctamente?

—No son celos —respondió él, aunque su mano derecha subió de forma instintiva para rodear la pantorrilla de ella, reclamando contacto—. Es una observación sobre la disciplina en esta oficina.

—Mientes fatal cuando se trata de nosotros —dijo ella, inclinándose hacia él. Sus dedos recorrieron el antebrazo de Hwa-jin, que estaba expuesto porque se había remangado la camisa—. Estás tenso. Tus músculos están como rocas.

Hwa-jin exhaló un suspiro largo y pesado. La atrajo hacia sí, obligándola a deslizarse del escritorio para quedar entre sus piernas mientras él permanecía sentado. Su posesividad no era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero era real. Ella era lo único puro en su mundo de grises, y la idea de que alguien más pudiera siquiera intentar reclamar un pedazo de su atención le resultaba intolerable.

—Eres lo más preciado que tengo, Han-rim —dijo él en un susurro que solo ella podía oír—. Y a veces olvido que el resto del mundo no sabe que me perteneces.

Han-rim sintió un escalofrío de placer ante la intensidad de sus palabras. Le encantaba ese lado de él: el hombre que, detrás de la fachada de caballero estoico y protector de la ley, escondía un fuego territorial y ardiente.

—Lo sé —respondió ella, rodeando su cuello con los brazos—. Pero nadie podría quitarte lo que es tuyo. Nadie más tiene la paciencia para aguantar tus silencios o tu obsesión con el entrenamiento nocturno.

Hwa-jin hundió el rostro en el hueco del cuello de ella, aspirando su aroma. Era su ancla. La diferencia de edad a veces lo hacía sentir como si estuviera robándole años de juventud, pero ella siempre se encargaba de recordarle que era ella quien lo había elegido a él.

—Admírame —pidió ella con un tono juguetón, rompiendo la tensión—. Sé que quieres hacerlo.

Hwa-jin se separó un poco y la recorrió con la mirada. Sus ojos se detuvieron en sus manos, luego en sus hombros, y finalmente regresaron a sus brazos.

—Tus antebrazos... —murmuró Han-rim, volviendo a su fijación favorita—. Hoy están especialmente marcados. ¿Hiciste pesas extra esta mañana?

—Cincuenta repeticiones más de lo habitual —admitió él, permitiendo que una pequeña sonrisa curvara sus labios—. Sabía que te darías cuenta.

—Eres un presumido, Na Hwa-jin —dijo ella, comenzando su ritual de besos.

Empezó por su frente, un beso casto que hablaba de respeto. Luego bajó a sus mejillas, besando la línea de su mandíbula con una lentitud tortuosa. Hwa-jin cerró los ojos, dejando que ella tomara el control. Era el único momento del día en que no tenía que ser el líder, el estratega o el ejecutor. Podía ser simplemente un hombre adorado por la mujer que amaba.

Han-rim tomó la mano de él y comenzó a besar cada uno de sus dedos. Se detuvo en los nudillos, donde la piel estaba un poco más áspera.

—Me gusta esta parte —susurró ella contra su piel—. Son manos que protegen, pero que también saben ser delicadas conmigo.

—Solo contigo, Han-rim —insistió él, su voz vibrando en el pecho de la joven—. Solo tú tienes el privilegio de ver lo que hay debajo de la armadura.

—Y no pienso compartirlo —replicó ella con firmeza.

Se quedaron así durante un largo rato, en el silencio de la oficina que empezaba a sumirse en las sombras del atardecer. Hwa-jin la mantenía sujeta por la cintura, una mano firme que comunicaba una promesa silenciosa: protección absoluta, lealtad inquebrantable y un amor que, aunque rara vez se pronunciaba con palabras elocuentes, se sentía en cada roce.

—Hwa-jin —dijo ella después de un rato, apoyando la cabeza en su hombro.

—¿Dime?

—Ese recluta... —Han-rim sonrió con picardía—. Mañana tiene entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo contigo, ¿verdad?

Hwa-jin guardó silencio un segundo, y sus ojos brillaron con una luz peligrosa pero divertida.

—Así es. Le vendría bien una lección sobre cómo mantener la guardia alta... y las manos quietas.

Han-rim soltó una carcajada y le dio un beso final en los labios, uno que prometía mucho más para cuando llegaran a casa.

—Eres imposible. Pero eres mi imposible.

Hwa-jin la estrechó más contra sí. Sí, era un caballero, un hombre de honor y disciplina, pero también era un hombre que cuidaba lo suyo con una ferocidad que rozaba lo sagrado. Y mientras Im Han-rim estuviera a su lado, admirando sus músculos y llenando sus silencios con besos, Na Hwa-jin sabía que no importaba cuántos años pasaran o cuántos reclutas jóvenes aparecieran: ella siempre sería su mayor victoria.