My one and only
Sinfonía de seda y deseo
La oficina de la Autoridad de Protección de los Derechos Educativos estaba inusualmente silenciosa esa tarde de viernes. La luz del sol poniente se filtraba a través de las persianas, proyectando largas sombras doradas sobre el suelo de madera. Na Hwa-jin, sentado frente a su escritorio, intentaba concentrarse en un informe sobre la reestructuración de los protocolos de intervención disciplinaria, pero su mente era un campo de batalla donde la lógica perdía terreno frente a la anticipación.
Hwa-jin era un hombre de hábitos rígidos, un exmilitar que entendía el mundo a través de la jerarquía y el orden. Sin embargo, desde que Im Han-rim había entrado en su vida de una manera que trascendía lo profesional, su orden interno se había visto alterado por una fuerza de la naturaleza que vestía uniformes ajustados y sonreía con una confianza que lo desarmaba.
La puerta de su despacho se abrió sin previo aviso. No hubo un golpe protocolario, solo el suave clic de la cerradura y el aroma a jazmín y sándalo que siempre anunciaba su llegada.
—Supervisor Na, ¿sigue enterrado en papeles? —La voz de Han-rim era una caricia melódica que rompió el silencio de la estancia.
Hwa-jin levantó la vista, y por un momento, el aire se detuvo en sus pulmones. Han-rim no llevaba su chaqueta táctica habitual. En su lugar, vestía una blusa de seda color verde esmeralda con un escote en V pronunciado, lo suficientemente elegante para el trabajo pero lo suficientemente atrevido como para que los ojos de Hwa-jin se clavaran, casi por instinto, en la curva de sus senos.
—El trabajo no se detiene porque sea viernes, agente Im —respondió él, aunque su voz sonó una octava más profunda de lo normal.
Han-rim caminó hacia el escritorio con esa seguridad felina que la caracterizaba. Sabía perfectamente el efecto que estaba causando. Se apoyó contra el borde de la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante, lo que provocó que la seda de su blusa se deslizara, revelando la suave pendiente de su busto y el encaje negro que asomaba tímidamente.
—Usted siempre es tan dedicado —murmuró ella, estirando una mano para rozar los nudillos de Hwa-jin—. Pero creo que ya ha hecho suficiente por hoy.
Hwa-jin dejó el bolígrafo sobre la mesa. Sus ojos, usualmente analíticos y fríos, recorrieron el cuerpo de Han-rim con una intensidad posesiva. Se detuvieron en su cuello, bajaron por la línea de su clavícula y finalmente se anclaron en su escote. No era una mirada lasciva, era algo mucho más profundo: una admiración casi religiosa, una fijación con cada detalle de la mujer que tenía frente a él.
—Esa blusa... —empezó Hwa-jin, su mirada fija en el relieve de su busto— es nueva.
Han-rim soltó una risita suave y se enderezó, pero no se alejó. Disfrutaba de la atención de Hwa-jin. Le gustaba cómo ese hombre, que intimidaba a criminales con una sola mirada, se quedaba sin palabras ante ella.
—Me alegra que se haya dado cuenta, supervisor —dijo ella, pasando sus dedos por el borde del escote—. Pensé que le gustaría. Sé cuánto disfruta de... la estética.
Hwa-jin se levantó lentamente de su silla. Su imponente figura dominó el espacio, pero Han-rim no retrocedió. Él rodeó el escritorio y se detuvo a escasos centímetros de ella. El calor que emanaba de sus cuerpos parecía electrificar el aire.
—No es solo estética, Han-rim —dijo él, su voz vibrando en el pecho de la mujer—. Es el hecho de que eres perfecta. Y me cuesta recordar mis obligaciones cuando te vistes así.
Él extendió una mano, pero no fue a su rostro. Sus dedos, callosos por el entrenamiento, rozaron la piel expuesta de su pecho, justo encima del corazón de ella. Han-rim soltó un suspiro entrecortado.
—¿Te molesta que te mire? —preguntó Hwa-jin, aunque sus ojos no se apartaban de su objetivo.
—Al contrario —respondió ella, echando la cabeza hacia atrás para exponer su cuello—. Me gusta que me mires. Me gusta saber que, debajo de toda esa disciplina y seriedad, hay un hombre que se muere por tocarme.
Hwa-jin no necesitó más invitación. Se inclinó y presionó sus labios contra la base de su garganta. Fue un beso lento, cargado de una devoción silenciosa. Luego, sus besos comenzaron a descender. Besó la piel suave de su clavícula, marcando un camino de fuego hacia el inicio de sus senos.
—Hwa-jin... —susurró ella, enredando sus manos en el cabello oscuro de él.
Él se detuvo justo en el borde de la seda verde. Se quedó allí un momento, simplemente observando cómo el pecho de Han-rim subía y bajaba con su respiración acelerada. La admiraba embobado, como un hombre que contempla un tesoro que sabe que no merece, pero que no piensa soltar jamás.
—Eres hermosa —murmuró él contra su piel—. Cada parte de ti. Pero aquí... —Pasó la punta de su nariz por el valle de su escote— aquí es donde siento que pierdo la razón.
—Entonces piérdela —retó ella con una sonrisa audaz—. No hay nadie aquí, Hwa-jin. Solo nosotros.
Él la tomó por la cintura y la sentó sobre el escritorio, apartando los informes que tanto le habían costado terminar. Han-rim separó las piernas para dejarle espacio, y Hwa-jin se encajó entre ellas, su rostro quedando a la altura perfecta de su busto.
Con una delicadeza sorprendente para un hombre de su tamaño, Hwa-jin desabrochó el primer botón de la blusa. Luego el segundo. No buscaba desnudarla por completo, solo quería más espacio para su adoración. Apartó la seda y el encaje, dejando al descubierto la redondez de sus pechos.
Se quedó en silencio, sus ojos recorriendo cada curva, la suavidad de la piel, la forma en que la luz de la tarde resaltaba su figura. Para Hwa-jin, Han-rim era una obra de arte, y él era un hombre hambriento de belleza.
—A veces me pregunto si eres real —dijo él, su voz apenas un susurro—. Si no eres una alucinación creada por mi cansancio.
—Soy muy real, Hwa-jin —respondió ella, tomando el rostro de él entre sus manos y obligándolo a mirarla a los ojos—. Y soy tuya. Toda yo.
Él regresó a su tarea. Besó la parte superior de su pecho izquierdo, justo donde el latido de ella era más fuerte. Luego se movió al derecho, rodeando la areola con besos suaves, evitando el centro para prolongar la anticipación. Han-rim arqueó la espalda, soltando un gemido que fue música para los oídos de Hwa-jin.
Él tenía una fijación con besar distintas partes de su cuerpo, como si quisiera reclamar cada centímetro de su piel. Besó sus hombros, sus axilas, la parte interna de sus brazos, pero siempre regresaba allí, a su busto, como si fuera su centro de gravedad.
—Me encanta cómo te queda este color —dijo él, su voz amortiguada contra su piel—. Pero me gusta mucho más cómo te queda mi mirada.
Han-rim se rió, una risa cargada de deseo.
—Eres un posesivo, supervisor Na.
—Lo soy —admitió él, levantando la vista para encontrar la de ella—. No me gusta compartir lo que es mío. Y tú... tú eres lo único que me hace sentir que el mundo no es un lugar tan oscuro.
Él continuó con sus besos, bajando por su abdomen, marcando la línea de sus costillas con sus labios. Han-rim se sentía invencible bajo su tacto. Sabía que su físico era imponente, que su seguridad atraía miradas, pero ninguna mirada le importaba excepto la de él. Se vestía con escotes pronunciados, con telas que se pegaban a su cuerpo, solo para ver esa chispa de hambre y adoración en los ojos de Hwa-jin.
—¿Sabes qué estaba pensando ese recluta hoy? —preguntó ella de repente, acariciando las orejas de Hwa-jin mientras él besaba su cadera.
Hwa-jin se tensó. El recuerdo del agente Lee todavía le escocía.
—No me importa lo que ese niño piense —gruñó él.
—Estaba pensando que soy una mujer muy difícil de alcanzar —dijo ella con malicia—. Pero si supiera cómo me miras cuando estamos solos... si supiera que el "Gran Segador" se arrodilla ante mí para besarme los pies...
Hwa-jin se incorporó de golpe, sus ojos brillando con un fuego peligroso. La tomó por la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada.
—No me arrodillo ante nadie, Han-rim. Excepto ante ti. Y no es por debilidad. Es porque eres la única persona que tiene el poder de destruirme y elegir no hacerlo.
Han-rim sintió un nudo en la garganta. La intensidad de Hwa-jin siempre la sorprendía. Debajo de esa capa de músculos y autoridad, había un hombre con una capacidad de amar que era casi abrumadora.
—No quiero destruirte, Hwa-jin —susurró ella, acercando sus labios a los de él—. Quiero cuidarte. Y quiero que sigas mirándome así por el resto de mi vida.
—Lo haré —prometió él—. Incluso cuando seas vieja y tu piel no sea tan firme, seguiré buscando cada rincón de tu cuerpo para recordarte que eres mía.
Él la besó en los labios, un beso profundo y hambriento que selló la promesa. Sus manos regresaron a su busto, apretando con suavidad, disfrutando de la plenitud de su cuerpo. Han-rim se entregó al contacto, dejando que las manos de él la guiaran hacia ese lugar donde el tiempo y las reglas de la Autoridad no existían.
Después de un rato, cuando la respiración de ambos se calmó y el sol se ocultó por completo, Hwa-jin se quedó abrazado a ella, con la cabeza apoyada en su pecho. Escuchaba su corazón, ese ritmo constante que le daba paz.
—Tenemos que irnos —dijo él, aunque no hizo ningún movimiento por soltarla.
—Diez minutos más —pidió ella, acariciándole el cabello—. El mundo puede esperar diez minutos más.
Hwa-jin asintió. Se separó lo justo para volver a mirar su busto, ahora ligeramente enrojecido por sus besos. No pudo evitarlo; se inclinó y dejó un último beso justo en el centro.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella con una sonrisa.
—Marcando mi territorio —respondió él con total seriedad.
Han-rim se rió y comenzó a abotonarse la blusa, bajo la mirada atenta y fija de Hwa-jin. Él no se perdió ni un solo movimiento.
—¿Sabes? —dijo ella mientras se ajustaba el cuello—. Mañana tengo una reunión con los directores de la sede central. Estaba pensando en ponerme aquel vestido rojo de seda. El que tiene el escote en la espalda y... bueno, tú sabes.
Hwa-jin se levantó y se ajustó la corbata, su expresión volviendo a ser la del supervisor implacable, pero sus ojos guardaban una promesa de fuego.
—Si te pones ese vestido, Han-rim, me temo que la reunión terminará mucho antes de lo previsto. Porque no voy a poder concentrarme en nada que no sea cómo quitártelo.
—Ese es el plan —dijo ella, guiñándole un ojo mientras caminaba hacia la puerta.
Hwa-jin la siguió, apagando las luces de la oficina. En la oscuridad, antes de salir al pasillo, la tomó de la mano. No era un gesto de autoridad, sino uno de compañerismo y amor profundo.
Caminaron por los pasillos vacíos de la sede, dos figuras imponentes que el mundo respetaba y temía. Nadie imaginaría que, apenas unos minutos antes, el hombre más serio de la organización se había quedado embobado admirando la curva de un escote, o que la mujer más segura de sí misma encontraba su mayor validación en los besos silenciosos de su compañero.
Al salir al estacionamiento, el aire fresco de la noche los recibió. Hwa-jin le abrió la puerta del coche a Han-rim, como el caballero que era, pero antes de que ella entrara, se inclinó y le susurró al oído:
—Mañana, el vestido rojo. Pero esta noche, Han-rim... esta noche quiero que me enseñes cada parte de ti que todavía no he terminado de mapear.
Han-rim entró en el coche con una sonrisa triunfal. Sabía que Na Hwa-jin era un hombre de palabra, y que su noche apenas estaba comenzando. Porque para Hwa-jin, ella no era solo su compañera o su amante; era su obsesión, su paz y la única lección que nunca se cansaría de aprender.
Mientras el coche se alejaba de la sede de la Autoridad, Hwa-jin mantenía una mano sobre el volante y la otra entrelazada con la de Han-rim. De vez en cuando, su mirada se desviaba hacia ella, hacia el escote que aún dejaba ver la seda verde, y Han-rim sabía que, por muy duro que fuera el trabajo o por muy corrupto que estuviera el sistema, mientras tuviera la mirada de Hwa-jin sobre ella, siempre estaría en casa.
—Hwa-jin —dijo ella rompiendo el silencio del trayecto.
—¿Dime?
—Gracias.
Él no preguntó por qué. No hacía falta. Simplemente apretó su mano y aceleró, ansioso por llegar al refugio de su hogar, donde no habría informes, ni reclutas, ni uniformes. Solo ellos dos, y una sinfonía de seda y deseo que solo ellos sabían interpretar.