My one and only love
Entre las sombras de la impunidad
La oficina de la Agencia de Protección de los Derechos Educativos estaba sumida en esa calma tensa que precede a las grandes tormentas. Habían pasado apenas tres días desde el operativo en el instituto Sehwa, y aunque la victoria sobre el director corrupto había sido absoluta, el eco de la violencia sistémica seguía vibrando en las paredes del edificio. Im Han-rim se encontraba en la sala de entrenamiento, golpeando un saco de boxeo con una cadencia rítmica y potente. Cada impacto resonaba como un disparo en la sala vacía.
Sus movimientos eran fluidos, una danza de fuerza y precisión que reflejaba años de disciplina. Sin embargo, su mente no estaba en los golpes. Estaba en las palabras que Na Hwa-jin le había dicho antes de marcharse del instituto. *«Tus ojos ya estaban luchando»*. Aquella frase se había instalado en su pecho como un fuego lento, recordándole que su conexión con aquel hombre iba mucho más allá de una jerarquía laboral.
—Si sigues golpeando ese saco con tanta saña, vas a terminar atravesando la pared, y el presupuesto para reparaciones está bajo mínimos este mes —dijo una voz jovial desde la entrada.
Han-rim detuvo el golpe a escasos centímetros de la lona y exhaló un suspiro largo, dejando caer los brazos. Se giró para ver a Bong Geun-dae, que sostenía una caja de dónuts y dos botellas de agua. El hombre robusto se apoyó en el marco de la puerta con su habitual sonrisa despreocupada.
—Solo estoy manteniendo el ritmo, Geun-dae —respondió ella, tomando una toalla para limpiarse el sudor del cuello—. La adrenalina del caso Sehwa todavía no se ha disipado del todo.
—Te entiendo, compañera —Geun-dae entró en la sala y le lanzó una de las botellas de agua—. Pero el jefe quiere vernos en la sala de reuniones en diez minutos. Ha llegado un nuevo informe del Ministerio de Educación y, por la cara que puso al leerlo, creo que el próximo "paciente" va a necesitar una cirugía reconstructiva de ego.
Han-rim bebió un sorbo de agua, sintiendo cómo el frío le devolvía la concentración.
—¿De qué se trata esta vez?
—Un internado de élite en las afueras —Geun-dae hizo una mueca de disgusto—. Ya sabes cómo son esos sitios. Mucho apellido ilustre, muchas donaciones millonarias y un sótano lleno de secretos que nadie quiere airear. Dicen que hay un grupo de estudiantes que se hacen llamar "El Consejo de Disciplina", pero actúan más como una unidad de tortura psicológica.
Han-rim apretó la toalla entre sus manos. Odiaba esos casos. Los colegios de élite solían ser los más difíciles de desmantelar porque los culpables tenían padres con abogados que podían comprar el silencio de cualquiera.
—¿Hwa-jin ya ha trazado un plan? —preguntó ella, empezando a caminar hacia la salida.
—Está en ello. Pero ya sabes cómo es —Geun-dae se encogió de hombros—. No soltará prenda hasta que tenga todas las piezas del tablero en su sitio. Vamos, no querrás que nos dé su charla sobre la puntualidad otra vez.
Al llegar a la sala de reuniones, el ambiente era gélido. Na Hwa-jin estaba de pie frente a una pantalla digital donde se proyectaban perfiles de estudiantes y profesores. Su figura, recortada contra la luz azulada de los datos, emanaba una autoridad casi tangible. No se giró cuando entraron, pero su voz cortó el aire de inmediato.
—Tomen asiento. Tenemos poco tiempo.
Han-rim se sentó a su derecha, observando de reojo el perfil lateral de Hwa-jin. Su mandíbula estaba tensa, un signo sutil de que lo que estaba viendo en esos informes le producía un rechazo visceral.
—El Internado Cheong-sol —comenzó Hwa-jin, señalando el escudo de la institución—. Noventa por ciento de tasa de aceptación en universidades extranjeras. Pero en los últimos seis meses, cuatro intentos de suicidio y doce traslados por "motivos de salud" no especificados. El Ministerio ha intentado enviar inspectores, pero todos regresan con informes impecables.
—Inmaculados por el dinero, supongo —intervino Geun-dae, cruzándose de brazos.
—Exacto —confirmó Hwa-jin, girándose finalmente para mirarlos—. La fuente de la corrupción no es solo el alumnado, sino el cuerpo docente que permite que ciertos estudiantes mantengan el orden mediante el terror. Han-rim, tú entrarás primero.
Ella asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad.
—¿Bajo qué cobertura?
—Como profesora sustituta de Educación Física —respondió él, y por un breve segundo, sus ojos se detuvieron en los de ella con una intensidad que la hizo enderezar la espalda—. Tu historial deportivo es real, no será difícil de sostener. Necesito que identifiques quiénes son las víctimas reales. No las que gritan, sino las que han dejado de hablar por completo.
—Entendido —dijo Han-rim con firmeza—. ¿Y tú?
—Yo entraré como el nuevo supervisor del Consejo Escolar enviado por la junta —una pequeña y fría sonrisa apareció en los labios de Hwa-jin—. Me encargaré de presionar a los de arriba mientras tú vigilas desde el suelo. Geun-dae, estarás en la unidad móvil fuera del recinto. Si la situación se descontrola, entrarás como apoyo logístico.
—¡Entendido, jefe! —exclamó Geun-dae—. Aunque me hubiera gustado usar el uniforme de jardinero, me queda muy bien el verde.
Hwa-jin ignoró la broma y apagó la pantalla. Se acercó a la mesa, apoyando las palmas de las manos sobre la superficie de madera.
—Este lugar es una fortaleza de apariencias. Si cometemos un error, los padres moverán sus hilos y la investigación se cerrará antes de que podamos sacar a un solo chico de allí. Han-rim, mantén la calma. No busques el enfrentamiento directo hasta que yo dé la señal.
—Lo sé, Hwa-jin —respondió ella, suavizando un poco el tono—. Sé cómo jugar mis cartas. No dejaré que sospechen.
—Sé que no lo harás —dijo él, y por un instante, el aire profesional se fracturó—. Pero recuerda que en esos lugares, la soledad es el arma que más usan contra los que intentan ayudar. Si te sientes acorralada, no esperes.
Han-rim sintió un calor reconfortante en el pecho. Sabía que, tras esa fachada de granito, Hwa-jin se preocupaba por su seguridad de una forma que rara vez expresaba con palabras.
—Estaré bien —aseguró ella—. Tengo un buen maestro.
El despliegue comenzó al día siguiente. El Internado Cheong-sol era una estructura imponente de piedra y cristal, rodeada de bosques que parecían diseñados para ocultar lo que ocurría en su interior. Han-rim, vestida con un chándal oscuro y el cabello recogido en una coleta alta, caminaba por los pasillos observando las expresiones de los alumnos. Eran rostros pálidos, de una perfección artificial, pero sus ojos evitaban cualquier contacto visual prolongado.
En el gimnasio, la situación era aún más evidente. Un grupo de chicos, liderados por un joven de mirada arrogante llamado Kang-min, parecía tener el control total del espacio. Los demás estudiantes se movían con una cautela antinatural, como si estuvieran caminando sobre cristales rotos.
—¡Eh, tú! ¡La nueva! —gritó Kang-min, acercándose a Han-rim con una pelota de baloncesto bajo el brazo—. Dicen que vienes a sustituir al profesor Park. Espero que seas menos aburrida que él. El profesor Park entendía cómo funcionaban las jerarquías aquí.
Han-rim lo miró con una serenidad que pareció desconcertar al chico. No había miedo en su mirada, solo una observación analítica.
—Soy la profesora Im —dijo ella con voz clara y relajada—. Y mi única jerarquía es la que dicta el cronómetro y el esfuerzo físico. Así que, a menos que tengas algo importante que decir sobre el entrenamiento de hoy, te sugiero que calientes con el resto.
Un murmullo recorrió el gimnasio. Nadie le hablaba así a Kang-min. El chico entrecerró los ojos, dando un paso hacia el espacio personal de Han-rim.
—Parece que no te han dado el manual de bienvenida, profesora —siseó él—. Aquí, los que tenemos el apellido en la fachada del edificio no seguimos las mismas reglas que los demás.
—Las leyes de la gravedad y la fatiga muscular no entienden de apellidos —replicó Han-rim, manteniendo la sonrisa—. A correr. Diez vueltas al circuito. Ahora.
Kang-min estuvo a punto de responder, pero en ese momento, la puerta del gimnasio se abrió de par en par. La figura de Na Hwa-jin apareció en el umbral, vestido con un traje gris marengo perfectamente entallado que resaltaba su imponente estatura. Su presencia hizo que el aire en el gimnasio pareciera volverse más denso.
Caminó por el centro de la pista con una parsimonia aterradora. Cada paso resonaba contra el parqué. Se detuvo justo al lado de Han-rim, mirando a Kang-min como si fuera un insecto interesante pero molesto.
—¿Hay algún problema con las instrucciones de la profesora, joven? —preguntó Hwa-jin. Su voz era baja, pero llegó a cada rincón de la sala.
Kang-min, que momentos antes rebosaba arrogancia, retrocedió un paso de forma instintiva. La mirada de Hwa-jin no era la de un profesor común; era la de un depredador que ya conocía todos tus puntos débiles.
—No... ninguno, señor —balbuceó el chico, perdiendo toda su compostura—. Solo estábamos... presentándonos.
—Excelente —dijo Hwa-jin sin apartar la vista de él—. Me gusta la gente que valora las presentaciones. Soy Na Hwa-jin, el nuevo supervisor de la junta. Y voy a estar muy presente en este gimnasio. No quiero que nada interrumpa el desarrollo educativo de estos alumnos. ¿Ha quedado claro?
—Sí, señor. Clarísimo.
Kang-min se dio la vuelta y comenzó a correr, seguido por sus secuaces, que parecían haber perdido las ganas de burlarse de nadie.
Han-rim esperó a que se alejaran lo suficiente antes de hablar en voz baja.
—Has llegado justo a tiempo. Estaba a punto de perder mi paciencia profesional.
—Lo tenías bajo control —dijo Hwa-jin, mirando de reojo hacia las gradas, donde un chico menudo intentaba esconderse tras un libro—. Pero no quería que desperdiciaras energía con el peón cuando el rey está observando desde el despacho principal.
—¿Has encontrado algo? —preguntó ella, fingiendo que revisaba una lista en su tabla de notas.
—El director está aterrado —respondió Hwa-jin—. Ha intentado sobornarme con una "cuota de bienvenida" antes incluso de que me sentara. Eso significa que lo que ocultan es lo suficientemente grave como para que no se arriesguen a que yo investigue los archivos financieros.
—Ese chico de las gradas —señaló Han-rim con un gesto sutil de la cabeza—. Se llama Min-ho. No ha levantado la vista ni una sola vez. Sus compañeros lo evitan como si fuera contagioso. Es el perfil típico de la víctima aislada.
Hwa-jin observó al estudiante durante unos segundos.
—Acércate a él. Pero hazlo con cuidado. Si el Consejo de Disciplina ve que hablas con él, lo atacarán en cuanto te des la vuelta. Yo mantendré la atención de Kang-min y sus amigos en la oficina de supervisión esta tarde.
—Entendido.
Hwa-jin comenzó a alejarse, pero se detuvo un momento y se volvió hacia ella.
—Han-rim.
—¿Sí?
—Ten cuidado. Este lugar tiene oídos en las paredes.
—Siempre lo tengo, jefe —respondió ella con una sonrisa optimista que, por un momento, pareció iluminar el rostro serio de Hwa-jin.
Al caer la tarde, Han-rim encontró a Min-ho en la biblioteca, un lugar que a esas horas solía estar desierto. El chico estaba encogido en una mesa del fondo, rodeado de libros de física avanzada. Al notar que alguien se sentaba frente a él, dio un respingo, cerrando el libro de golpe.
—No... no he hecho nada malo —susurró el chico, con la voz temblorosa.
—Lo sé, Min-ho —dijo Han-rim con suavidad, mostrando las palmas de las manos en un gesto de paz—. Solo quería devolverte esto. Se te cayó en el gimnasio.
Le extendió un pequeño llavero con forma de avión de papel. El chico lo miró con asombro, estirando la mano lentamente para tomarlo.
—Gracias... profesora.
—Pareces muy concentrado en la física. Es una asignatura difícil.
Min-ho bajó la mirada, sus dedos acariciando el llavero.
—Es lo único que tiene sentido aquí. Las leyes de la física son constantes. No cambian porque alguien tenga más dinero o más fuerza. Si empujas algo, se mueve. Si aplicas calor, se calienta. Es... predecible.
Han-rim sintió una punzada de tristeza. Aquel chico buscaba en la ciencia el orden que el mundo real le negaba.
—A veces, las personas también son predecibles, Min-ho —dijo ella, bajando la voz—. Los que lastiman a otros suelen hacerlo porque tienen miedo de que se descubra lo pequeños que son en realidad.
El chico la miró a los ojos por primera vez. Había una chispa de esperanza, pero estaba enterrada bajo capas de terror acumulado.
—Usted no sabe quiénes son ellos —susurró Min-ho—. No son solo estudiantes. Sus padres son los que pagan los sueldos de todos en este edificio. Si hablo... si alguien se entera de que estoy hablando con usted...
—No estás solo, Min-ho —lo interrumpió Han-rim con una firmeza que pareció anclar al chico al suelo—. El hombre que viste hoy en el gimnasio, el señor Na, y yo... estamos aquí para cambiar las cosas. Pero necesitamos que des el primer paso.
Min-ho tragó saliva, sus ojos recorriendo la biblioteca vacía.
—¿El primer paso?
Han-rim recordó el callejón, el puente, la sangre en su uniforme y la mano extendida de Hwa-jin.
—El primer paso para recibir ayuda, es pedirla —dijo ella, usando las mismas palabras que marcaron su vida—. Solo eso. Dinos qué está pasando en el sótano del edificio C por las noches.
Min-ho palideció. Sus manos empezaron a temblar violentamente.
—Ellos... ellos graban todo. Dicen que si los videos salen a la luz, nuestras carreras estarán terminadas antes de empezar. Nos obligan a... a pelear entre nosotros.
Han-rim sintió una oleada de náuseas. Era peor de lo que imaginaban. No era solo acoso; era un club de lucha clandestino alimentado por el chantaje.
—Gracias, Min-ho —dijo ella, poniéndose de pie—. Has sido muy valiente. Ahora, vete a tu habitación y cierra la puerta. No salgas por nada del mundo hasta que yo te llame.
Salió de la biblioteca a paso rápido, su mente trabajando a toda velocidad. Necesitaba encontrar a Hwa-jin. Necesitaba decirle que el tiempo de la observación se había terminado.
Lo encontró en el balcón del segundo piso, observando el patio central donde las sombras del bosque empezaban a devorar la luz del día. Hwa-jin no se movió cuando ella llegó a su lado, pero su presencia pareció tensarse.
—Min-ho ha hablado —dijo Han-rim, yendo directamente al grano—. Tienen un sistema de peleas grabadas en el sótano del edificio C. Usan los videos para extorsionar a las víctimas. Es un círculo vicioso de violencia y silencio.
Hwa-jin apretó el barandal de piedra con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
—Animales —dijo con una voz que vibraba de una furia contenida—. Creen que el mundo es su patio de juegos privado.
—Tenemos que entrar esta noche —insistió Han-rim—. Geun-dae puede interceptar la señal de las cámaras si nos acercamos lo suficiente.
Hwa-jin se giró hacia ella. La luz de la luna creciente se reflejaba en sus ojos negros, dándoles un brillo metálico.
—¿Estás lista, Han-rim? Una vez que crucemos esa puerta, no habrá vuelta atrás. El internado entero se nos echará encima.
Han-rim ajustó los puños de su chaqueta, sintiendo la misma determinación que la mantuvo en pie bajo aquel puente años atrás. Miró a Hwa-jin, al hombre que le había enseñado que la justicia no es algo que se espera, sino algo que se construye con las manos.
—Nací lista para esto, jefe —respondió ella con una sonrisa desafiante—. Además, alguien tiene que enseñarles a estos chicos que hay lecciones que no se aprenden en los libros.
Hwa-jin asintió, y por primera vez en todo el día, permitió que una sombra de orgullo cruzara su rostro.
—Entonces vamos —dijo él, empezando a caminar hacia la oscuridad—. Es hora de darles una lección que nunca olvidarán.
Mientras bajaban las escaleras hacia el edificio C, Han-rim sintió que el círculo se cerraba. Ya no era la niña que necesitaba ser salvada. Era el escudo que protegería a los que, como Min-ho, aún no sabían cómo gritar. Y al lado de Na Hwa-jin, sabía que no había sombra lo suficientemente profunda como para ocultar la verdad por mucho tiempo.