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My one and only love

El carisma es un arma de doble filo

La brisa de la tarde en el Instituto Femenino de Artes de Seúl era engañosamente tranquila. En el patio principal, rodeado de cerezos que empezaban a perder sus pétalos, Na Hwa-jin permanecía de pie con una elegancia que rayaba en lo cinematográfico. Vestía su traje oscuro impecable, las manos metidas en los bolsillos del pantalón y esa expresión de calma autoritaria que lo hacía parecer más un modelo de revista que un agente de la Agencia de Protección de los Derechos Educativos.

A unos metros de distancia, Im Han-rim revisaba los informes finales en su tableta, pero su atención no estaba en los datos de la red de extorsión que acababan de desmantelar. Sus ojos, afilados y cargados de una irritación que intentaba disimular, estaban fijos en el grupo de profesoras jóvenes y alumnas de último año que rodeaban a su compañero.

—¡Oh, Supervisor Na! No sabemos cómo agradecerle —decía una de las maestras, una mujer delgada que no dejaba de juguetear con un mechón de su cabello mientras miraba a Hwa-jin con ojos soñadores—. Ha sido tan valiente al enfrentarse al subdirector. Su… técnica de persuasión fue realmente impresionante.

Hwa-jin asintió con una cortesía gélida pero extrañamente magnética. No sonreía, pero la forma en que inclinaba la cabeza y mantenía el contacto visual directo era suficiente para que las mujeres a su alrededor soltaran risitas nerviosas.

—Solo cumplía con mi deber, señora —respondió él, su voz profunda resonando en el patio—. La seguridad de las estudiantes es nuestra única prioridad.

—Es usted tan modesto —intervino otra profesora, acercándose un poco más de lo necesario—. Si alguna vez necesita una consulta sobre los registros del ala este… o si simplemente quiere tomar un café para discutir sobre las reformas educativas, aquí tiene mi tarjeta personal.

Han-rim apretó los dientes con tanta fuerza que sintió un pinchazo en la mandíbula. Observó cómo Hwa-jin tomaba la tarjeta con sus dedos largos y hábiles, guardándola en el bolsillo superior de su chaqueta sin siquiera mirarla. Él no estaba coqueteando —ella lo sabía—, pero ese era precisamente el problema. Hwa-jin no necesitaba esforzarse; su mera existencia parecía actuar como un imán para cualquier mujer en un radio de cinco kilómetros.

—¡Es tan guapo de cerca! —susurró una de las alumnas a su espalda, pensando que Han-rim no la oía—. Parece sacado de un drama de acción. ¿Crees que tenga novia?

—Con ese carácter tan serio, seguro que es un romántico empedernido en secreto —respondió su amiga, soltando un suspiro—. Me encantaría que me rescatara de un examen de matemáticas.

Han-rim no pudo aguantar más. Cerró la tableta con un golpe seco que resonó en el patio y caminó hacia el grupo con pasos firmes y decididos. Su expresión era serena, la máscara perfecta de una profesional, pero sus ojos echaban chispas.

—Supervisor Na —dijo ella, interrumpiendo la enésima alabanza de la profesora de música—, el transporte de la Agencia ya ha llegado. Tenemos que entregar el informe de custodia antes de las seis.

Hwa-jin se giró hacia ella. En el momento en que sus ojos se encontraron con los de Han-rim, la frialdad profesional de sus facciones se suavizó un milímetro, un cambio casi imperceptible para los demás, pero que para ella era un grito.

—Entiendo, Agente Im —respondió él. Luego, se volvió hacia las mujeres con una inclinación de cabeza perfecta—. Si me disculpan, el deber llama.

Mientras caminaban hacia la salida del instituto, Han-rim mantuvo un silencio sepulcral, caminando dos pasos por delante de él. Sus pisadas contra el asfalto eran rápidas y rítmicas, un claro indicador de su estado de ánimo.

—¿Pasa algo, Han-rim? —preguntó Hwa-jin cuando llegaron al coche negro de la agencia.

—Nada, Supervisor —respondió ella, abriendo la puerta del copiloto con más fuerza de la necesaria—. Absolutamente nada. Solo me preguntaba si el Ministerio de Educación te paga un extra por cada club de fans que abres en los colegios.

Hwa-jin se detuvo con la mano en la puerta del conductor, mirándola por encima del techo del coche. Sus cejas se arquearon levemente.

—¿Club de fans? —repitió, genuinamente confundido—. Solo estaban agradecidas por la resolución del caso.

—¡Oh, claro! —exclamó Han-rim, girándose para enfrentarlo—. Estaban tan agradecidas que la profesora de arte casi te dibuja un retrato al óleo allí mismo y la de historia te entregó su número de teléfono como si fuera un documento de estado. ¡Incluso las alumnas estaban haciendo planes de boda contigo, Hwa-jin!

Hwa-jin entró en el coche y esperó a que ella hiciera lo mismo antes de arrancar. El motor rugió suavemente mientras salían del recinto escolar.

—No sé de qué hablas —dijo él con esa calma exasperante—. La tarjeta de la profesora era para fines profesionales.

—"Fines profesionales" —bufó Han-rim, cruzándose de brazos y mirando por la ventana—. Tenía un perfume de vainilla que se olía a tres metros y un corazón dibujado en la esquina. Muy profesional, Na Hwa-jin. Eres un experto en ignorar lo obvio.

Hwa-jin guardó silencio durante unos minutos mientras sorteaba el tráfico de Seúl. Su mano derecha descansaba sobre la palanca de cambios, y Han-rim notó cómo sus dedos tamborileaban rítmicamente, una señal de que estaba procesando la situación.

—¿Estás celosa? —preguntó él de repente. No era una burla; era una pregunta directa, analítica, como si estuviera diseccionando un informe forense.

—¡No estoy celosa! —mintió ella de inmediato, sintiendo cómo el calor subía por su cuello—. Estoy… irritada. Es una distracción para el trabajo. Pierdes tiempo siendo "carismático" cuando deberíamos estar sellando las pruebas.

—Yo no trato de ser carismático —respondió él, mirando por el retrovisor—. Simplemente soy yo mismo. Si ellas interpretan mi cortesía de otra manera, no es algo que yo pueda controlar.

—Ese es el problema —susurró Han-rim, bajando un poco la guardia—. Que no haces nada y aun así parece que el mundo entero se enamora de ti. A veces me pregunto si sabes el efecto que causas.

Hwa-jin detuvo el coche en un semáforo en rojo y se giró por completo hacia ella. La luz roja del semáforo bañaba su rostro, acentuando las líneas duras de su mandíbula y la intensidad de sus ojos oscuros.

—El único efecto que me importa es el que causo en ti —dijo, su voz volviéndose más profunda y privada—. Las demás personas son solo ruido de fondo, Han-rim. ¿Crees que me importa una tarjeta con olor a vainilla cuando tengo a la mujer que me salvó de mi propia soledad a mi lado?

Han-rim sintió que su rabia se evaporaba, reemplazada por esa vulnerabilidad que solo él lograba provocarle. Apartó la mirada, abochornada.

—Aun así —murmuró—, podrías ser un poco más… no sé, ¿brusco? ¿Menos magnético?

—¿Quieres que sea grosero con las víctimas que acabamos de rescatar? —preguntó él, una chispa de diversión apareciendo por fin en sus ojos.

—No, pero… podrías mencionar que tienes una novia muy violenta que sabe judo y que no duda en usarlo —respondió ella con una pequeña sonrisa traviesa.

Hwa-jin soltó una risa corta y seca, un sonido que Han-rim adoraba porque era exclusivo para ella.

—Lo tendré en cuenta para la próxima vez. "Cuidado, mi compañera es peligrosa y muy territorial". ¿Te parece bien ese eslogan?

—Me parece perfecto.

***

Sin embargo, la paz no duró mucho. Dos días después, la Agencia recibió una invitación para una gala de reconocimiento por su labor en la erradicación del acoso escolar. El evento se celebraba en un hotel de lujo y contaba con la presencia de importantes figuras del sector educativo y político.

Han-rim llevaba un vestido azul oscuro que resaltaba su figura atlética, pero se sentía fuera de lugar en medio de tanto champán y conversaciones superficiales. Hwa-jin, por su parte, parecía haber nacido para llevar esmoquin. Su presencia dominaba la sala de una manera que hacía que las cabezas se giraran a su paso.

—Mantente cerca —le susurró ella mientras entraban al salón principal—. No quiero tener que rescatarte de una horda de admiradoras otra vez.

—No soy un rehén, Han-rim —replicó él, aunque su mano buscó la de ella por un breve segundo antes de recuperar la compostura profesional.

No pasaron ni diez minutos antes de que la hija de un importante congresista, una mujer joven y deslumbrante vestida de seda roja, se acercara a ellos.

—Supervisor Na Hwa-jin —dijo la mujer, ignorando olímpicamente a Han-rim—. He oído tanto sobre sus métodos. Mi padre dice que es usted el hombre más eficaz de la Agencia. Me encantaría saber más sobre su pasado en el ejército… dicen que fue todo un héroe.

Hwa-jin hizo una inclinación educada.

—Los rumores suelen exagerar, señorita. Solo soy un funcionario público.

—Un funcionario muy interesante —insistió ella, deslizando una mano por el brazo de Hwa-jin—. ¿Le importaría acompañarme a la terraza? El ruido aquí es espantoso y me gustaría hablar con usted en privado sobre una posible donación para la Agencia.

Han-rim sintió que la sangre le hervía. La mujer ni siquiera la había mirado, tratándola como si fuera parte del mobiliario. Estaba a punto de intervenir cuando notó que Hwa-jin no se movía. Su cuerpo era como una roca, inamovible frente a los encantos de la heredera.

—Me temo que no puedo dejar a mi compañera sola —dijo Hwa-jin, su voz volviéndose notablemente más fría—. La Agente Im es la mente maestra detrás de la mayoría de nuestros éxitos operativos. Si quiere hablar de donaciones, ella es la persona indicada para gestionar los protocolos.

La mujer de rojo parpadeó, sorprendida por el rechazo directo. Miró a Han-rim por primera vez, encontrándose con una mirada que prometía problemas si no retiraba la mano del brazo de Hwa-jin de inmediato.

—Oh… entiendo —dijo la mujer, retirando la mano con torpeza—. Quizás en otro momento.

Cuando la mujer se alejó, Han-rim soltó un suspiro de alivio, pero no dejó de mirar a Hwa-jin con sospecha.

—Esa ha estado cerca —dijo ella—. Casi te lleva a la terraza para "hablar de donaciones".

—No iba a ir a ninguna parte —respondió él, tomando una copa de agua de una bandeja que pasaba—. ¿Tan poca fe tienes en mi autocontrol?

—No es tu autocontrol lo que me preocupa —replicó Han-rim, acercándose a él para ajustarle la pajarita, aunque estaba perfecta—. Es que eres demasiado… tú. Atraes la atención sin siquiera intentarlo. Es agotador ser la sombra del hombre más deseado de Seúl.

Hwa-jin dejó la copa en una mesa y rodeó la cintura de Han-rim con un brazo, atrayéndola hacia él en un gesto que no tenía nada de profesional. En medio de la gala, rodeados de gente importante, él solo tenía ojos para ella.

—Entonces deja de ser mi sombra —susurró él al oído de ella—. Sé mi centro.

Han-rim sintió que sus rodillas flaqueaban. El carisma de Hwa-jin era peligroso, sí, pero cuando se dirigía exclusivamente a ella, era la sensación más adictiva del mundo.

—Eres un tramposo —murmuró ella, apoyando las manos en su pecho—. Usas ese tono de voz conmigo porque sabes que me desarma.

—Uso todos mis recursos disponibles para mantener a mi compañera contenta —respondió él con una sombra de sonrisa—. ¿Funciona?

—A medias. Todavía quiero irme de aquí y quitarte ese esmoquin antes de que alguien más intente "donarte" algo.

Hwa-jin asintió, su mirada volviéndose oscura y cargada de una promesa que hizo que el corazón de Han-rim diera un vuelco.

—Esa es la mejor estrategia que he oído en toda la noche. Vámonos.

***

Salieron de la gala sin avisar a nadie, escapando por la puerta lateral como dos adolescentes que se saltan una clase. El aire fresco de la noche en Seúl les dio la bienvenida mientras caminaban hacia el aparcamiento.

—¿Sabes? —dijo Han-rim mientras subían al coche—. A veces me da miedo que te canses de esto. De mis celos, de mi impulsividad… de que siempre esté intentando protegerte de un mundo que te adora.

Hwa-jin arrancó el coche, pero no salió de la plaza de aparcamiento de inmediato. Se quedó mirando al frente, con las manos firmes en el volante.

—Han-rim —dijo después de un momento—, el mundo no me adora. El mundo adora la imagen que proyecto: el supervisor eficiente, el soldado disciplinado, el hombre que resuelve problemas. Pero tú… tú eres la única que conoce al hombre que tiene pesadillas, al que no sabe qué hacer con sus sentimientos y al que le aterra perder lo único real que tiene.

Se giró hacia ella y le tomó la mano, besando sus nudillos con una ternura que contrastaba con su apariencia imponente.

—Tus celos no me molestan —continuó—. Me recuerdan que te importo. Pero nunca dudes de dónde estoy. No hay carisma en el mundo que pueda compararse con lo que siento cuando me miras y me llamas por mi nombre, no por mi rango.

Han-rim sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos. Se inclinó sobre la consola central y lo besó, un beso largo y apasionado que selló todas las dudas que la habían atormentado durante el día.

—Eres mío, Na Hwa-jin —dijo ella contra sus labios—. Que no se te olvide.

—Soy tuyo —confirmó él, su voz vibrando de convicción—. Siempre lo he sido, desde aquel día bajo el puente. Solo que tardé un poco en darme cuenta de que tú eras mi rescate, no al revés.

El trayecto de vuelta a casa fue tranquilo. Han-rim apoyó la cabeza en el hombro de él mientras Hwa-jin conducía con una sola mano, manteniendo la otra entrelazada con la de ella. Ya no importaban las profesoras, ni las herederas, ni las miradas de admiración de las extrañas. En la intimidad de aquel coche, solo existían ellos dos: dos guerreros que habían encontrado su paz en medio de la batalla.

Al llegar al apartamento, Hwa-jin abrió la puerta y dejó que Han-rim entrara primero. Antes de que pudiera encender la luz, él la tomó por la cintura y la pegó contra la pared, besándola con una urgencia que la dejó sin aliento.

—¿Hwa-jin? —susurró ella entre besos.

—Hoy ha sido un día largo —dijo él, su voz cargada de deseo—. Y he pasado demasiado tiempo siendo observado por otros. Ahora solo quiero que me observes tú.

Han-rim sonrió en la oscuridad, rodeando su cuello con los brazos.

—Eso puedo hacerlo. De hecho, soy una experta en observar cada detalle de ti.

—Entonces empieza ahora —respondió él, levantándola en peso mientras se dirigían hacia el dormitorio.

Esa noche, el carisma de Na Hwa-jin no fue un arma para resolver casos ni una herramienta para impresionar a la sociedad. Fue el lenguaje con el que le demostró a Im Han-rim que, aunque el mundo entero cayera rendido a sus pies, él siempre elegiría estar de rodillas ante ella. Porque para el hombre de hierro, no había mayor honor que ser amado por la mujer que le había enseñado que la verdadera valentía no reside en no tener miedo, sino en permitirse ser vulnerable con la persona adecuada.

Y mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte de Seúl, Han-rim dormía plácidamente abrazada al hombre que todos deseaban, pero que solo ella poseía. Los celos se habían disipado, reemplazados por una certeza inamovible: Na Hwa-jin era su héroe, su compañero y su amor, y no había carisma en el universo capaz de romper el lazo de acero y seda que los unía.