My one and only love
El color de la posesión
La Agencia de Protección de los Derechos Educativos era un hervidero de actividad, pero para Na Hwa-jin, el mundo parecía haberse reducido al espacio exacto que ocupaba Im Han-rim en el centro de la oficina.
Ella estaba allí, radiante como siempre, apoyada contra el escritorio de un agente novato del departamento de logística. Han-rim reía, una de esas risas claras y genuinas que iluminaban hasta los rincones más grises del edificio, mientras le explicaba algo al joven, quien la miraba con una mezcla de admiración y un embobamiento que a Hwa-jin le resultaba insoportable.
Hwa-jin, de pie frente a la cafetera, apretó el asa de su taza con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Sus ojos negros, habitualmente analíticos y fríos, estaban fijos en la mano de Han-rim, que acababa de posarse con ligereza en el hombro del novato para enfatizar un punto de la conversación.
—Ese chico va a terminar con un agujero en la nuca si el jefe sigue mirándolo así —susurró Bong Geun-dae, apareciendo al lado de Hwa-jin con su habitual sonrisa pícara.
Hwa-jin no respondió. Ni siquiera parpadeó.
—Es solo un formulario, Geun-dae —dijo Hwa-jin, su voz era un gruñido bajo que apenas lograba ocultar su irritación—. No entiendo por qué necesita tocarlo para explicarle cómo llenar un formulario de transporte.
—Oh, vamos, jefe. Es Han-rim. Ella es así con todo el mundo —Geun-dae le dio un codazo amistoso, aunque se arrepintió de inmediato al notar la rigidez muscular de su superior—. Es amable, es cálida... Es un rayo de sol. No puedes culpar a las polillas por querer acercarse a la luz.
Hwa-jin dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco que hizo que un par de agentes cercanos se sobresaltaran.
—Las polillas terminan quemadas, Geun-dae.
Sin decir una palabra más, Hwa-jin cruzó la oficina con su zancada imponente. Su presencia era como una tormenta que se aproximaba; el aire parecía volverse más denso a cada paso que daba. Cuando llegó al escritorio, el novato palideció instantáneamente, cuadrando los hombros de forma instintiva al sentir la sombra del supervisor sobre él.
—Agente Kim —la voz de Hwa-jin era gélida—, ¿ya terminó el inventario del sector B?
—S-señor, estoy en ello, yo... la agente Im me estaba ayudando con...
—La agente Im tiene sus propias responsabilidades —intervino Hwa-jin, dando un paso adelante que obligó al joven a retroceder—. Y usted debería ser capaz de leer un manual de procedimientos sin supervisión constante. Vuelva al trabajo.
El chico asintió frenéticamente, recogió sus papeles y desapareció hacia el archivo a una velocidad casi cómica.
Han-rim, que había observado la escena con una ceja levantada y una pequeña sonrisa jugando en sus labios, se cruzó de brazos y se apoyó contra el escritorio vacío.
—Eso ha sido un poco excesivo, ¿no crees, solecito? —preguntó ella, usando el apodo cariñoso que solo ella se atrevía a emplear en público.
Hwa-jin se giró hacia ella. Su expresión seria no flaqueó, pero sus ojos recorrieron el rostro de Han-rim con una intensidad posesiva. Sin importarle quién estuviera mirando, extendió la mano y rodeó la cintura de ella, atrayéndola un poco más cerca de lo que el protocolo profesional dictaba.
—Estaba perdiendo el tiempo —sentenció él, aunque su mano derecha comenzó a acariciar la curva de la cadera de Han-rim en un gesto marcadamente territorial.
—Estaba nervioso porque es su primera semana —replicó ella, suavizando su tono y colocando una mano sobre el pecho de Hwa-jin, sintiendo el latido fuerte y rítmico de su corazón—. Eres un hombre muy difícil, Na Hwa-jin.
—No me gusta que te toquen —soltó él, finalmente admitiendo la verdad con una honestidad brutal que la dejó sin aliento—. No me gusta cómo te miran. Como si tuvieran derecho a una parte de tu atención.
Han-rim soltó una risita suave y se puso de puntillas para susurrarle al oído, consciente de que Geun-dae y otros estaban fingiendo trabajar mientras observaban la escena de reojo.
—¿Estás celoso de un novato que apenas sabe dónde está el baño? —preguntó ella, divertida—. Es adorable, Hwa-jin. Realmente adorable.
Hwa-jin frunció el ceño, su mandíbula tensándose.
—No soy adorable. Soy tu supervisor.
—Eres mi novio celoso que parece un bloque de hielo a punto de explotar —corrigió ella, dándole un beso rápido en la mejilla antes de separarse un poco—. Nos vemos en el almuerzo. Y trata de no asustar a nadie más, o nos quedaremos sin personal antes del viernes.
Hwa-jin la vio alejarse, su mirada fija en el balanceo de sus caderas. No se movió hasta que ella entró en su oficina y cerró la puerta. Solo entonces exhaló un suspiro largo, tratando de calmar la agitación que sentía cada vez que alguien intentaba entrar en el círculo de calidez que Han-rim había construido a su alrededor.
***
El almuerzo no fue mucho mejor. Decidieron ir a un pequeño restaurante de fideos cerca de la agencia, un lugar tranquilo donde esperaban tener un momento de privacidad. Sin embargo, el destino parecía tener otros planes.
El dueño del local, un hombre mayor y sumamente amable que conocía a Han-rim desde sus días de estudiante, se acercó a la mesa con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Han-rim! Hacía mucho que no venías por aquí —dijo el hombre, poniendo una mano afectuosa sobre la cabeza de ella y revolviéndole el cabello con familiaridad—. Te ves más guapa cada día. He preparado esos pasteles de arroz que tanto te gustan, cortesía de la casa.
—¡Oh, señor Choi! Muchas gracias —respondió ella con esa dulzura que derretía a cualquiera—. No tenía que molestarse.
Hwa-jin, sentado frente a ella, miraba la mano del anciano sobre el cabello de Han-rim como si fuera un artefacto explosivo. Sus dedos se cerraron alrededor de los palillos con tal fuerza que la madera crujió levemente.
—Ella no necesita los pasteles —intervino Hwa-jin, su voz sonando como el choque de dos placas de metal—. Ya hemos pedido suficiente comida.
El señor Choi parpadeó, sorprendido por la frialdad del acompañante de Han-rim.
—Solo es un detalle, caballero... —comenzó el hombre.
—Hwa-jin, por favor —interrumpió Han-rim, dándole una mirada de advertencia antes de volverse hacia el dueño con una sonrisa disculpándolo—. Muchas gracias, señor Choi. Los aceptaremos con gusto.
Cuando el hombre se retiró, Han-rim suspiró y miró a Hwa-jin, quien ahora estaba concentrado en sus fideos con una ferocidad inusitada.
—Es un anciano, Hwa-jin. Ha sido como un tío para mí durante años.
—Te tocó el pelo —dijo él, sin levantar la vista—. No me gusta.
Han-rim no pudo evitarlo; soltó una carcajada que atrajo las miradas de un par de mesas vecinas. Se estiró sobre la mesa y tomó la mano libre de Hwa-jin, obligándolo a soltar los palillos.
—Mírame —le pidió con suavidad.
Él levantó la vista. Sus ojos negros estaban cargados de una frustración que Han-rim encontraba increíblemente conmovedora. Detrás de toda esa fachada de hombre de acción, de supervisor implacable y de guerrero invencible, había un hombre que tenía un miedo irracional a compartir la luz que ella le brindaba.
—Sé por qué lo haces —dijo ella, acariciando el dorso de su mano con el pulgar—. Sé lo que es sentirse solo y encontrar a alguien que te hace sentir que el mundo no es tan malo. Yo sentí lo mismo cuando me salvaste bajo aquel puente. Ese día, mi atención fue solo tuya, y lo ha sido desde entonces.
Hwa-jin suavizó un poco la expresión, sus dedos entrelazándose con los de ella.
—Tú eres... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Eres demasiado amable con todos. A veces parece que no te das cuenta de lo que provocas en los demás.
—Lo que provoco en los demás no me importa, solecito —aseguró ella, apretándole la mano—. Solo me importa lo que provoco en ti. ¿Crees que le daría estos apodos tontos a Geun-dae o al señor Choi? ¿Crees que miraría a ese novato de la forma en que te miro a ti cuando estamos a solas en tu apartamento?
Hwa-jin bajó la mirada, un ligero tinte rojizo apareciendo en sus orejas, el único signo de su timidez oculta.
—No. Supongo que no.
—Entonces deja de ser un bloque de hielo celoso y cómete tus fideos —dijo ella con una chispa de picardía—. O tendré que castigarte y no dejar que me des ese masaje en los pies que me prometiste para esta noche.
Hwa-jin levantó la cabeza de inmediato, su mirada volviéndose oscura y prometedora.
—Eso no va a pasar.
***
De regreso a la agencia, la tensión pareció disiparse, pero solo hasta que llegaron al ascensor. Allí se encontraron con un inspector del Ministerio de Educación, un hombre elegante y con una sonrisa de comercial de televisión que Han-rim conocía de algunas reuniones previas.
—¡Agente Im! Qué coincidencia más afortunada —dijo el inspector, ignorando por completo la figura imponente de Hwa-jin que estaba justo al lado de ella—. Estaba pensando en llamarla. Tenemos esa gala benéfica el próximo mes y me encantaría que fuera mi acompañante.
Han-rim sintió cómo el aire a su lado bajaba diez grados de golpe. Hwa-jin dio un paso al frente, colocándose sutilmente entre el inspector y Han-rim, su hombro rozando el de ella en un gesto de protección absoluta.
—La agente Im ya tiene planes para esa noche —respondió Hwa-jin. Su voz no era solo fría; era una advertencia directa—. Y para todas las noches siguientes.
El inspector borró su sonrisa, intimidado por la mirada depredadora de Hwa-jin.
—Ah, entiendo... No sabía que...
—Ahora lo sabe —cortó Hwa-jin.
Las puertas del ascensor se abrieron y Hwa-jin prácticamente arrastró a Han-rim hacia el interior, pulsando el botón de su piso con una violencia innecesaria. Cuando las puertas se cerraron, Han-rim se apoyó contra la pared del ascensor, tratando de contener la risa.
—¿Gala benéfica? —preguntó ella—. Ni siquiera sabía que había una gala.
Hwa-jin se giró hacia ella, atrapándola entre la pared y su cuerpo. Apoyó ambas manos a los lados de la cabeza de Han-rim, acorralándola con su presencia física.
—No vas a ir —sentenció él, su rostro a pocos centímetros del de ella—. No vas a ir con él, ni con nadie que te mire así.
Han-rim lo miró a los ojos. La posesividad de Hwa-jin era intensa, casi abrumadora para cualquiera, pero para ella era la prueba más pura de cuánto le importaba. Sabía que él luchaba contra sus propios demonios, contra un pasado de soledad y disciplina que lo había dejado hambriento de afecto real.
—Hwa-jin —susurró ella, rodeando su cuello con los brazos—, me encanta cuando te pones así de protector, pero tienes que confiar en mí.
—Confío en ti —respondió él, su voz rompiéndose un poco—. No confío en el resto del mundo. No quiero que nadie más sepa lo increíble que eres. Quiero guardarte solo para mí.
Han-rim sintió un nudo de ternura en la garganta. Se inclinó y lo besó, un beso profundo y reafirmante que decía todo lo que las palabras no podían. Hwa-jin respondió con una urgencia casi desesperada, sus manos bajando hasta su cintura para pegarla más a él.
En ese pequeño espacio metálico, Na Hwa-jin dejó de ser el supervisor temido por todos para ser simplemente el hombre que amaba a Han-rim con una ferocidad que lo asustaba a él mismo.
—Eres un caso perdido —dijo ella contra sus labios cuando el ascensor se detuvo—. Pero eres mi caso perdido.
***
Esa noche, en la privacidad del apartamento de Hwa-jin, el ambiente era mucho más relajado. Han-rim estaba sentada en el sofá, con los pies apoyados en el regazo de Hwa-jin mientras él, cumpliendo su promesa, le daba un masaje con una dedicación que rozaba lo sagrado.
—¿Mejor? —preguntó él, sus dedos expertos presionando los puntos exactos de tensión.
—Mucho mejor —suspiró ella, echando la cabeza hacia atrás—. Sabes, Geun-dae me dijo hoy que deberías llevar un cartel que diga "Propiedad privada" cuando salimos juntos.
Hwa-jin se detuvo un momento, considerando la idea con una seriedad que hizo que Han-rim abriera un ojo para mirarlo.
—No es una mala idea —murmuró él.
—¡Hwa-jin! —ella le lanzó un cojín, riendo—. ¡No puedes ir marcando a la gente como si fueran territorios!
Él atrapó el cojín con una mano y sonrió, una de esas sonrisas raras que solo ella veía. Dejó sus pies y se acercó a ella en el sofá, rodeándola con sus brazos y escondiendo el rostro en su cuello.
—Lo sé —dijo él, su voz vibrando contra su piel—. Sé que soy difícil. Sé que mis celos son... irracionales a veces. Es solo que... pasé mucho tiempo viendo cómo las cosas que me importaban desaparecían o se corrompían. No puedo evitar querer protegerte de todo. Incluso de una mirada amistosa.
Han-rim se giró en sus brazos para quedar frente a él. Le acarició el rostro, trazando la cicatriz casi invisible cerca de su oreja.
—No soy algo que pueda romperse, solecito. Y no voy a desaparecer. Aquella niña que rescataste bajo el puente creció para convertirse en la mujer que eligió estar a tu lado. No estoy aquí por gratitud, ni por deber. Estoy aquí porque te amo, con tus hielos y tus fuegos.
Hwa-jin la miró, y por un momento, toda la autoridad y la dureza desaparecieron, dejando paso a una vulnerabilidad que le resultaba abrumadora.
—A veces me pregunto qué hice para merecerte —susurró él.
—Me salvaste —respondió ella—. No solo de esos matones, sino de la indiferencia. Me enseñaste que alguien puede preocuparse lo suficiente como para intervenir. Ahora me toca a mí recordarte que no tienes que luchar por mi atención. Ya la tienes toda.
Hwa-jin la atrajo hacia un beso largo y pausado, uno que no tenía la urgencia del ascensor, sino la paz de un hogar encontrado.
Sin embargo, cuando se separaron, Hwa-jin volvió a fruncir el ceño levemente.
—De todas formas —dijo él—, mañana el agente Kim va a ser transferido al departamento de archivos del sótano.
Han-rim parpadeó, sorprendida.
—¿El novato? ¿Por qué?
—Necesita aprender disciplina —respondió Hwa-jin con una seriedad absoluta—. Y el sótano es el mejor lugar para eso. Lejos de las distracciones.
Han-rim soltó una carcajada y se enterró en el pecho de él, golpeándolo suavemente con el puño.
—¡Eres imposible, Na Hwa-jin! ¡Realmente imposible!
—Soy tu imposible —corrigió él, rodeándola con más fuerza, una chispa de triunfo en sus ojos—. Y eso es lo único que importa.
Mientras la noche envolvía el apartamento, Han-rim se dejó acunar por el hombre que, a pesar de su fuerza y su poder, seguía siendo un niño celoso de su tesoro más preciado. Y ella no cambiaría esa posesividad por nada del mundo, porque sabía que, bajo el hielo y las sombras, el corazón de Na Hwa-jin latía solo por ella, con una lealtad que ni el tiempo ni el mundo entero podrían jamás quebrar.
—Te quiero, mi bloque de hielo —susurró ella antes de quedarse dormida.
—Y yo a ti, mi rayo de sol —respondió él, velando su sueño como el guardián que siempre sería—. Solo a ti.