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Niño?

El peso de un llavero y el silencio del mercenario

La ciudad de Nueva York nunca dormía, pero a veces parecía contener el aliento. Para Wade Wilson, el silencio no era un estado de paz, sino un vacío que solía llenar con chistes de mal gusto, disparos o referencias a películas que nadie más había visto. Sin embargo, en las últimas dos semanas, el silencio se había convertido en su sombra más fiel.

Todo había comenzado como una broma. Él lo sabía, o al menos su parte racional —esa pequeña voz que vivía en el sótano de su cerebro, justo al lado de la obsesión por los unicornios— se lo decía. Spidey y el tejón gruñón estaban jugando con él. Pero la broma se había extendido como una mancha de aceite. Las "citas" falsas entre Spider-Man y Wolverine se habían vuelto más frecuentes: se sentaban en las cornisas a comer pizza mientras Wade los miraba desde el edificio de enfrente con binoculares, o compartían patrullas donde Logan, con una paciencia que no le pertenecía, escuchaba los análisis científicos de Peter mientras Wade era relegado a "vigilar que no vinieran palomas".

Miles Morales, el pobre chico atrapado en medio de este fuego cruzado de testosterona y sarcasmo, se mantenía al margen. Peter le había pedido que guardara silencio, que era solo una lección para Wade, una forma de bajarle los humos y enseñarle a respetar el espacio personal. Pero Miles veía la cara de Wade —la de verdad, la que se ocultaba bajo la máscara— y empezaba a sentirse mal.

Esa noche, el aire en Queens estaba cargado de humedad. Peter estaba en cuclillas sobre la barandilla de una azotea, observando a Miles practicar una serie de maniobras evasivas entre los depósitos de agua. La silueta de Spider-Man era perfecta, una línea elegante de rojo y azul contra el cielo oscuro.

Wade aterrizó en la azotea con menos ruido de lo habitual. No hubo una entrada dramática, ni un comentario sobre el trasero de Peter, ni una queja sobre el sudor. Solo caminó hacia la barandilla, arrastrando ligeramente los pies.

Se detuvo a un par de metros de Peter. Sus ojos blancos se fijaron en la cintura del héroe. Allí, colgando de uno de los ganchos del cinturón de utilidad, balanceándose al ritmo del viento, había un pequeño llavero de goma. Era una versión caricaturizada de Wolverine, con sus garras fuera y su ceño fruncido.

Wade sintió una punzada en el pecho que no tenía nada que ver con su factor de curación. Era una marca de propiedad, un pequeño recordatorio de que, incluso en los detalles más insignificantes, Logan había ganado terreno.

—Hola, Petey —dijo Wade, su voz carente de la energía maníaca habitual.

Peter se giró ligeramente, manteniendo su pose de araña. Sus lentes se contrajeron en un saludo amistoso, pero no saltó de la barandilla para abrazarlo ni le soltó una reprimenda ingeniosa.

—Hola, Wade. Llegas tarde. Ya casi terminamos la ronda por este sector.

—Sí, bueno... —Wade se rascó la nuca sobre la tela roja—. Me entretuve viendo un documental sobre cómo las mantis religiosas se comen a sus parejas. Me sentí extrañamente identificado, aunque sin el sexo previo.

Peter soltó una risita suave, volviendo la mirada hacia Miles.

—Logan dijo que vendría en unos minutos. Traerá algo de cenar.

Wade apretó los puños. "Logan dijo", "Logan traerá", "Logan esto". Era como si el nombre del mutante se hubiera convertido en el nuevo mantra de Peter. En las últimas misiones, Wade se había sentido como el tercer neumático de una bicicleta: innecesario y estorbando el equilibrio. Había empezado a faltar a las patrullas a propósito, esperando que Peter lo llamara preocupado, que le enviara mensajes desesperados preguntando dónde estaba su mercenario favorito. Y Peter lo llamaba, sí, pero siempre era una llamada rápida entre combates, una voz agitada que decía: "Wade, no has venido, espero que estés bien, Logan y yo nos encargamos de los ninjas, hablamos luego".

"Logan y yo".

Wade se acercó más, hasta quedar justo al lado de la pierna de Peter. Estiró una mano y, con una vacilación que no era propia de él, le tocó el hombro.

—Oye, Spidey... ¿podemos hablar? En serio. Sin chistes de penes ni referencias a los X-Men.

Peter notó el cambio de tono. Se enderezó, bajando de la barandilla para quedar a la altura de Wade. Sus lentes se ensancharon, mostrando curiosidad.

—Claro, Wade. ¿Qué pasa? Te noto... apagado.

—Es que... —Wade suspiró, y el sonido fue pesado, cargado de una vulnerabilidad que rara vez dejaba salir—. Sé que soy mucho. Sé que soy ruidoso, que huelo a pólvora y que a veces no sé cuándo cerrar la boca. Pero esto de Logan...

Wade señaló el llavero en la cintura de Peter con un dedo tembloroso.

—Sé que es una broma. O eso espero. Pero me está matando, Petey. Ver cómo te ríes con él, ver cómo patrulláis como si fuerais los nuevos mejores amigos del mundo... Me hace sentir que, si mañana desapareciera, simplemente pondrías un llavero mío en el otro lado del cinturón y seguirías adelante.

Peter abrió la boca para responder, pero Wade no había terminado. El muro de contención se había roto.

—Me gustas, ¿vale? Y no de la forma en la que me gusta una chimichanga extra picante o una película de Bea Arthur. Me gustas de verdad. Y ver que me has cambiado por un tipo que ni siquiera se lava el traje con regularidad y que tiene el sentido del humor de una piedra... me duele. Mucho.

El silencio que siguió fue diferente al de antes. Era un silencio denso, lleno de la realización de Peter de que la broma había ido demasiado lejos. Había querido darle una lección a Wade sobre los límites, pero se había olvidado de que, bajo todas esas capas de locura y regeneración celular, había alguien que realmente se preocupaba por él.

Peter extendió una mano hacia el rostro de Wade, pero antes de que pudiera tocarlo, un sonido de balanceo y un aterrizaje pesado interrumpieron el momento.

—¡Y entonces le dije: "No puedes electrocutar una pizza, Miles, eso es un crimen contra Italia!" —La voz de Logan retumbó en la azotea, cargada de una diversión inusual en él.

Logan aterrizó con Miles sentado sobre sus hombros. El chico se estaba riendo a carcajadas, sujetándose al cabello del mutante para no caerse. Ambos traían bolsas de una hamburguesería local.

—¡Hola, Peter! ¡Hola, Wade! —gritó Miles, saltando de los hombros de Logan con una agilidad felina—. ¡Logan me ha enseñado a usar las corrientes de aire de los callejones para ganar velocidad! ¡Es increíble!

Logan caminó hacia ellos, dejando las bolsas sobre una caja de madera. Miró a Wade y luego a Peter, notando la tensión en el aire. Sus instintos animales captaron el olor a tristeza y frustración que emanaba del mercenario.

—Llegas a tiempo para la comida, Wilson —dijo Logan, aunque su tono ya no tenía la mordacidad de los días anteriores—. He traído esas hamburguesas con extra de bacon que tanto te gustan.

Wade miró a Logan, luego a Miles, que le sonreía con sinceridad, y finalmente a Peter. El llavero de Wolverine seguía allí, brillando bajo la luz de la luna.

—No tengo hambre —dijo Wade en voz baja.

—Vamos, Wade —dijo Peter, dando un paso hacia él y tratando de recuperar el ambiente ligero—. Logan solo estaba ayudando a Miles con su entrenamiento. No seas así.

—No es por el entrenamiento, Peter —respondió Wade, retrocediendo un paso—. Es por todo. Disfrutad de vuestra cena familiar.

Wade se giró y caminó hacia el borde del edificio.

—¡Wade, espera! —exclamó Miles, dándose cuenta finalmente de que algo iba muy mal—. ¡Es solo un juego! Peter me dijo que...

—Lo sé, chico —dijo Wade sin volverse—. Sé que soy el chiste del grupo. Solo que hoy no me hace gracia.

Antes de que nadie pudiera detenerlo, Wade se lanzó al vacío. No disparó un cable, no hizo una pirueta. Simplemente se dejó caer en la oscuridad de los callejones.

Peter se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido, sintiendo un peso súbito en el estómago. Se llevó la mano a la cintura y arrancó el llavero de Wolverine, mirándolo con desprecio antes de guardarlo en su bolsillo.

—Nos hemos pasado, ¿verdad? —preguntó Peter, su voz apenas un susurro.

Logan suspiró, sacando un puro pero sin encenderlo. Miró a Miles, que tenía la cabeza baja.

—El chico tiene razón, Parker. Los juegos con los sentimientos de un loco son peligrosos, pero los juegos con los sentimientos de alguien que te quiere son simplemente estúpidos.

—Tengo que ir a buscarlo —dijo Peter, ajustándose la máscara.

—Déjalo por hoy —aconsejó Logan, poniendo una mano en el hombro de Spider-Man—. Está herido. Y no es el tipo de herida que su factor de curación pueda cerrar en cinco minutos. Dale espacio, y mañana... mañana deja de ser un imbécil y dile la verdad.

Peter asintió, aunque el corazón le latía con fuerza. Miró hacia la dirección en la que Wade se había ido. Sabía que el mercenario estaría sentado en algún sofá destartalado, solo, esperando una señal que él mismo había cortado.

—Mañana —repitió Peter—. Mañana arreglaré esto.

Miles miró a sus dos mentores, sintiendo que había aprendido una lección de heroísmo que no tenía nada que ver con pelear contra supervillanos, sino con saber cuándo una broma deja de serlo para convertirse en un arma.

La noche continuó, pero para los cuatro, el sabor de las hamburguesas de Queens nunca había sido tan amargo. En un rincón oscuro de la ciudad, un mercenario de rojo se quitaba la máscara y miraba al cielo, preguntándose si alguna vez dejaría de ser el falso tío y empezaría a ser alguien que realmente importara.

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