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No quiero ser la princesa heredera!

El Vínculo de la Flor Real y la Jaula de Hielo Azul

El silencio en la habitación era tan denso que Lidiana podía escuchar el suave crepitar de las antorchas en el pasillo exterior. Cuando sus párpados finalmente cedieron, la luz del atardecer filtrándose por los ventanales del fuerte militar la obligó a parpadear repetidamente. Se sentía extrañamente ligera, con una claridad mental que no había tenido en semanas. No sentía hambre, ni sed, ni aquel agotador peso en sus extremidades que la había perseguido en el palacio.

«¿Habrán pasado solo unas horas?», pensó, intentando incorporarse. «Recuerdo la playa... el ataque del Apóstata... y luego nada. Seguramente Caín me trajo de vuelta rápido».

Sin embargo, al intentar sentarse, un mareo repentino la obligó a hundirse de nuevo en las almohadas de seda. Sus músculos se sentían como gelatina, incapaces de sostener su voluntad. Fue en ese momento cuando la pesada puerta de roble se abrió con un chirrido amortiguado.

— ¡Oh, cielos! ¡Su Alteza! ¡Ha despertado! —exclamó una voz femenina cargada de una mezcla de alivio y terror puro.

Lidi giró la cabeza con esfuerzo. Era Marianne, una de sus damas de compañía más cercanas, que sostenía una palangana con agua tibia. La joven dejó caer el objeto, salpicando el suelo, y corrió hacia el borde de la cama, con el rostro desencajado.

— Marianne, ¿por qué tanto alboroto? —preguntó Lidi con la voz un poco ronca—. ¿Qué ha pasado? ¿Están bien los ciudadanos de las Islas Verdes?

La dama se llevó las manos al pecho, tratando de calmar su respiración agitada.

— Sí, mi señora. Están a salvo. El jefe de las islas está aquí mismo, en el fuerte, ultimando los detalles para los lazos formales de protección con el reino de Wilhelm. Partirán pronto a reconstruir su hogar gracias a usted. Pero... ¡oh, Dios mío! Debo avisar de inmediato. ¡El Príncipe Heredero debe saberlo!

Lidi sintió que un cubo de agua helada le recorría la espalda. La mención de Friedrich hizo que todos sus sentidos se pusieran en alerta máxima.

— ¿Friedrich? ¿Él está aquí? —preguntó Lidi, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Cuándo llegó? ¿Y cuánto tiempo he estado... fuera?

— Ha estado inconsciente tres días, Su Alteza —respondió Marianne mientras retrocedía hacia la puerta—. El Príncipe llegó hace dos días desde el frente norte. No se ha movido de su lado hasta hace apenas una hora, cuando tuvo que atender una emergencia en el consejo de guerra. ¡Voy por él!

Antes de que Lidi pudiera protestar, Marianne desapareció por el pasillo. La princesa se quedó sola, con el corazón martilleando contra sus costillas. Tres días. Había estado fuera tres días. Miró hacia su pecho izquierdo, donde la Flor Real, la marca mística que la unía a Friedrich, palpitaba con una calidez inusual. Recordó el miedo que sintió en la playa antes de desmayarse, ese terror no por su vida, sino por dejar a Friedrich solo. Él debió sentirlo. El lazo entre almas gemelas no conocía distancias.

«La carta... no tuvo tiempo de leer la carta antes de venir», pensó Lidi con desesperación. «Está aquí, ha dejado el frente por mí, y yo... yo he desobedecido todas sus órdenes de seguridad».

Intentó formular argumentos en su mente. Podía decirle que fue una decisión estratégica, que la neutralización era la única forma de salvar a los civiles sin bajas, que el resultado final era una victoria política sin precedentes para la corona. Pero mientras repasaba sus defensas, se dio cuenta de que, frente a la obsesión de Friedrich, la lógica era una espada de madera. Él no era un hombre que valorara la política por encima de su "tesoro".

El sonido de pasos pesados y rítmicos resonó en el corredor. No eran los pasos de un soldado común; eran los pasos de un depredador que finalmente ha encontrado su presa. La puerta se abrió de par en par, pero no hubo estruendo. Friedrich entró con una elegancia letal, cerrando la puerta tras de sí con un clic que sonó como el cierre de una celda.

Su cabello rubio dorado estaba ligeramente desordenado, y sus ojos azul hipnótico, usualmente brillantes con un deseo sádico pero juguetón, estaban ahora oscuros, fríos como el fondo de un océano congelado.

— Lidi —dijo él. Su voz era dulce, casi un susurro, pero el aura de poder mágico que emanaba de su cuerpo hacía que el aire en la habitación se volviera pesado y difícil de respirar.

— Fred... —respondió ella, intentando mantener la compostura mientras él se acercaba a la cama.

Friedrich se sentó en el borde del colchón y, sin decir una palabra, la envolvió en un abrazo. Fue un gesto posesivo, una presión que buscaba confirmar que ella era real, que estaba viva y que volvía a estar bajo su control. Lidi correspondió el abrazo, escondiendo su rostro en el cuello de su esposo, aspirando el aroma a sándalo y magia que siempre lo rodeaba.

— Estás despierta —susurró él contra su oído, besando su sien con una ternura que la hizo estremecer—. Mi dulce, valiente e increíblemente imprudente Lidi. No tienes idea de lo mucho que he esperado este momento.

— Lo siento, Fred. Sé que estás enfadado, pero las Islas Verdes...

Friedrich se separó lo suficiente para mirarla a los ojos. La sonrisa en sus labios era hermosa, pero su mirada no llegaba a ella; era una máscara de hielo azul.

— Oh, estoy más que enfadado, mi amor —dijo él, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—. Pero antes de que mi corazón termine de romperse, quisiera que me explicaras algo. Explícame, con esa inteligencia tuya que tanto adoro, ¿por qué decidiste que era una buena idea actuar a mis espaldas?

Lidi tragó saliva y comenzó a hablar. Expuso sus puntos con claridad: la necesidad de actuar mientras el enemigo estaba distraído, la ventaja táctica de su magia de neutralización, el hecho de que Alexei y Caín la protegían en todo momento. Habló del éxito de la misión y de cómo los ciudadanos ahora veían a la corona con una devoción inquebrantable. Friedrich la escuchó en un silencio absoluto, con la cabeza ligeramente inclinada, como un juez escuchando una confesión.

Cuando ella terminó, Friedrich soltó una risa suave que le erizó el vello de los brazos. Tomó su mentón entre sus dedos, obligándola a sostenerle la mirada.

— Es una explicación excelente, Lidi. Digna de una reina —concedió él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Pero pareces olvidar algo fundamental. Tú no tienes que demostrarle nada a nadie. Yo sé de lo que eres capaz. Sé que eres brillante y fuerte. Pero lo que tú no pareces entender es de lo que *yo* soy capaz de hacer por amor... y lo que soy capaz de destruir cuando mi corazón se siente traicionado.

El tono de Friedrich bajó una octava, volviéndose peligrosamente sedoso.

— Has cometido errores graves, Lidi. Has puesto en una posición imposible a tu padre, el Primer Ministro, que ahora mismo está en la capital inventando excusas y maquillando tu "escapada" para que los nobles no cuestionen tu estabilidad. Te llevaste a Alexei, el heredero de la casa Vivoir, arriesgando la continuidad de tu propia estirpe. Te pusiste en riesgo por civiles que, aunque valiosos, no valen ni una sola de tus uñas.

Friedrich bajó su mano desde el mentón de Lidi hacia su cuello, y luego, con una lentitud tortuosa, la deslizó hacia abajo hasta posarla sobre su vientre. Lidi sintió que el mundo se detenía.

— Y el error más grande, el que casi me hace perder la razón por completo —continuó Friedrich, ejerciendo una presión suave pero firme sobre su abdomen—, fue haber hecho todo eso estando embarazada de nuestro hijo.

Lidi se quedó sin aliento. El aire pareció abandonar la habitación. Sus ojos violetas se abrieron de par en par, y por un momento, el silencio fue absoluto.

— ¿Em... embarazada? —susurró ella, sintiendo que la habitación daba vueltas—. Fred, yo... no puede ser.

Intentó desviar la mirada, abrumada por la revelación, pero Friedrich no se lo permitió. Sus dedos volvieron a su mentón, forzándola a mirarlo.

— ¿Acaso lo sabías? —preguntó él, y por primera vez, una chispa de dolor genuino cruzó sus ojos azules—. ¿Sabías que llevabas nuestra sangre y aun así te lanzaste a un campo de batalla a absorber energía oscura?

— No lo sabía con certeza —admitió Lidi con la voz quebrada, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a nublar su vista—. Me sentía diferente, sí... sospechaba algo, pero pensé que lidiaría con ello al volver. Quería terminar lo que empecé. Pensé que tenía tiempo.

Se llevó una mano a su propio vientre, frotándolo con incredulidad. Friedrich, al ver su vulnerabilidad, suavizó su expresión y la atrajo de nuevo hacia su pecho, abrazándola con una fuerza que buscaba protegerla del mundo entero.

— Casi estallo, Lidi —le confesó él al oído, y ella pudo sentir el temblor en su voz—. Cuando sentí que tu presencia se desvanecía a través de la Flor Real, dejé el frente. Si no hubiera llegado a tiempo, si te hubiera pasado algo irreparable, habría habido una explosión de maná que habría borrado este fuerte del mapa. Casi mato a Alexei y a Caín en mi desesperación al verte así. Mi magia de dragón no reconoce amigos ni hermanos cuando tú estás herida.

Lidi sollozó suavemente, abrumada por la culpa. Sabía que Friedrich era obsesivo, pero no había procesado la magnitud del desastre que su muerte habría provocado.

— Te amo, Lidi —continuó él, besando su frente—. Y precisamente porque te amo, y porque ahora llevas el futuro de Wilhelm dentro de ti, necesito que cooperes. El médico ha sido muy claro: reposo absoluto. Tu núcleo mágico está inestable y el bebé necesita toda tu energía.

Friedrich se separó un poco y la miró con una determinación irrevocable.

— Te quedarás en esta habitación unos días más, hasta que tengas fuerzas para usar el portal. Y cuando volvamos al palacio, las cosas van a cambiar. Estarás confinada en el área real. No habrá visitas a las cocinas para "nuevas recetas". No habrá paseos al pueblo. No habrá exploraciones con Marianne ni con Charlotte. Estarás vigilada las veinticuatro horas por guardias que responden solo ante mí.

Lidi sintió que las paredes de la habitación se cerraban sobre ella. Cada palabra de Friedrich era un clavo más en su tumba de libertad.

— ¡Fred, no puedes hablar en serio! —protestó ella—. ¡Me volveré loca encerrada así! Soy la reina, tengo deberes...

Friedrich la silenció con un beso apasionado, un beso que sabía a posesión y a un alivio desesperado. Lidi tardó unos segundos en corresponder, pero finalmente se dejó llevar, sintiendo la intensidad del deseo y el miedo de su esposo. Cuando se separaron, ella estaba sin aliento y aún más agotada que antes.

— Tienes suerte, mi pequeña rosa —dijo Friedrich, rozando sus labios con los suyos—. Me encantaría reclamar tu cuerpo ahora mismo, castigarte por cada segundo de angustia que me hiciste pasar con el calor de mi piel. Pero no puedo. Tienes suerte de estar en cinta, porque si no fuera así, en este momento no estaríamos hablando; estarías demasiado ocupada intentando recuperar el aliento bajo mi cuerpo.

Lidi se sonrojó violentamente, consciente del lado pervertido y sádico de su marido, que incluso en un momento de crisis no desaparecía.

— Ahora, debo irme —dijo él, levantándose con elegancia—. Tengo una cena de estado. La guerra está a punto de terminar gracias a que el enemigo ha perdido su posición en las islas, y debo formalizar la rendición. Vendré a verte más tarde. Asegúrate de comer todo lo que Marianne te traiga.

Le dio un beso final en la frente y se dirigió a la puerta. Lidi, impulsada por un repentino deseo de no quedarse sola en esa jaula de seda, intentó levantarse de la cama.

— ¡Espera, Friedrich! ¡No he terminado de hablar!

Sin embargo, en cuanto sus pies tocaron el suelo, una extraña sensación de resistencia la detuvo. Era como si el aire alrededor de la cama se hubiera vuelto sólido, una barrera invisible pero infranqueable que le impedía avanzar más allá de un par de metros de la entrada.

Lidi miró hacia la puerta, confundida, y vio a Friedrich observándola desde el umbral con una sonrisa enigmática.

— ¿Qué es esto? —preguntó ella, empujando el aire invisible con las manos—. ¡Friedrich!

— Es mi magia divina, Lidi —respondió él con calma—. He vinculado tu presencia a esta habitación. No podrás salir de aquí sin que yo esté a tu lado para deshacer el sello. Consideralo una medida de seguridad adicional para que no se te ocurra ir a "ayudar" a nadie más por hoy.

— ¡Eso es trampa! —gritó ella, aunque su voz carecía de fuerza debido al cansancio.

— No, mi amor —dijo Friedrich mientras cerraba la puerta—. Eso es amor. Descansa, mi reina.

Lidi se dejó caer de nuevo en la cama, mirando al techo con una mezcla de indignación y asombro. Había salvado a un pueblo, había asegurado una alianza estratégica y, en el proceso, había descubierto que iba a ser madre. Pero al mirar la barrera mágica que brillaba tenuemente ante sus ojos, se dio cuenta de que su mayor desafío no sería la guerra contra Sanaja, sino sobrevivir a la sobreprotección del dragón obsesivo con el que se había casado.

«Bueno», pensó Lidi, cerrando los ojos mientras una pequeña sonrisa aparecía en su rostro a pesar de todo, «al menos el bebé tendrá el padre más protector del mundo. Y yo... yo tendré que ser muy creativa para escapar de esta».