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Nose

El Refugio de los Dos Soles

El planeta Orizon era un paraíso de cuarzo y aguas termales que brillaban bajo un cielo de color violeta pálido. Tras la frenética huida de las garras de Atrocitus y el agotador enfrentamiento cerca del sol de la Tierra, el Interceptor necesitaba reparaciones críticas en su núcleo de energía. El Rey de Orizon, agradecido por la intervención de los Linternas en la defensa de sus fronteras meses atrás, no dudó en ofrecerles hospitalidad real en su palacio de cristal, un complejo laberíntico de torres que parecían brotar de la misma roca.

Para la pequeña Lucy, el palacio era lo más parecido a un sueño que recordaba desde que su mundo se había convertido en cenizas. El aire olía a flores de jazmín y el sonido constante de las cascadas cercanas actuaba como un sedante para la ira que siempre latía en su anillo.

—¡Voy a ir al río! —anunció Lucy en el pasillo, dando saltos de alegría mientras sostenía una toalla de seda que le habían regalado los sirvientes—. ¡Aya dice que el agua tiene minerales que hacen que la piel brille!

Hal Jordan, que pasaba por allí con un fajo de cables bajo el brazo, le sonrió.

—Disfruta, pequeña. Te lo has ganado. Pero no te alejes demasiado, todavía no sabemos si Atrocitus tiene espías en este sector.

Lucy asintió con entusiasmo y corrió hacia la habitación que compartían los Linternas de mayor rango. Quería buscar sus sandalias y, sobre todo, quería presumir ante Saint Walker de lo rápido que había aprendido a nadar en la piscina de entrenamiento de la nave. Para ella, Walker no era solo un mentor; era su centro de gravedad, el refugio seguro que la alejaba del abismo rojo.

Al llegar a la pesada puerta de madera tallada, Lucy no llamó. En su mente infantil y herida, las barreras de la privacidad no existían cuando se trataba de "su" Linterna Azul. Empujó la puerta con fuerza, con una sonrisa radiante que se congeló en el acto.

Dentro de la habitación, la luz del atardecer de Orizon bañaba la cama de gran tamaño. Kilowog, el imponente Linterna Verde, estaba sentado en el borde, pero no estaba revisando su anillo ni sus armas. Sus enormes manos rosadas rodeaban la cintura de Saint Walker, quien estaba sentado en su regazo con una expresión de serenidad absoluta, pero con un brillo en los ojos que Lucy nunca había visto.

Kilowog tenía el rostro enterrado en el cuello de Walker, emitiendo un gruñido bajo y vibrante que no era de dolor, sino de una posesividad profunda. El Linterna Azul acariciaba la cabeza calva de Kilowog con una ternura infinita, sus dedos pálidos trazando círculos sobre la piel rosada.

—Eres mi ancla, Walker —murmuró Kilowog con su voz de trueno, ahora reducida a un susurro ronco—. En este universo de caos, eres lo único que me hace sentir que todavía pertenezco a algún lugar.

Saint Walker inclinó la cabeza, permitiendo que el Linterna Verde se acercara más, reclamando su espacio con una urgencia que rozaba lo carnal.

—Y tú eres la fuerza que protege mi esperanza, Kilowog —respondió Walker, su voz melódica vibrando con un afecto que trascendía lo platónico—. Mi naturaleza es ser el bálsamo para tu fuego. No hay necesidad de pedir lo que ya es tuyo por derecho.

Lucy sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. No entendía del todo la complejidad biológica de Saint Walker —quien, como miembro de su especie, poseía una dualidad física que lo hacía tanto padre como madre en potencia—, pero entendía perfectamente lo que veía: Kilowog estaba intentando "marcar" a Walker. Estaba intentando arrebatarle lo único que le quedaba.

—¡Suéltalo! —el grito de Lucy desgarró el silencio de la habitación como una cuchilla.

Kilowog y Walker se separaron de un salto, aunque el Linterna Verde se mantuvo protectoramente frente al Azul por instinto de combate. Lucy estaba en el umbral, su anillo rojo brillando con una intensidad cegadora, y pequeñas gotas de plasma hirviente empezaban a brotar de sus comisuras.

—¡Lucy! —exclamó Walker, tratando de recomponer su túnica con calma—. Pequeña, no es lo que parece...

—¡Mentira! —rugió la niña, y una ráfaga de energía roja golpeó la pared junto a la cama, dejando una cicatriz negra en el cristal—. ¡Lo estás tocando! ¡Estás tratando de quitármelo!

Kilowog se puso de pie, su enorme figura proyectando una sombra amenazante sobre la niña. Su paciencia, ya mermada por la interrupción de un momento tan íntimo, se quebró.

—¡Ya basta, poozer! —bramó Kilowog—. Walker no es una propiedad. Estábamos teniendo un momento privado. ¡Fuera de aquí ahora mismo!

—¡No me voy a ir! —Lucy avanzó un paso, su aura roja chocando contra la voluntad verde que Kilowog empezaba a manifestar inconscientemente—. ¡Tú eres un monstruo feo y ruidoso! ¡Él es mi madre! ¡Él es el único que me cuida y tú solo quieres usarlo para sentirte menos solo!

Kilowog parpadeó, desconcertado por la elección de palabras de la niña.

—¿Madre? —repitió Kilowog, mirando de reojo a Walker, quien suspiró con una mezcla de tristeza y paciencia—. Lucy, Walker es... bueno, es Walker. Y yo no estoy tratando de quitártelo, estamos...

—¡Sé lo que estabas haciendo! —gritó Lucy, con lágrimas de rabia rodando por sus mejillas—. Estabas haciendo que se olvidara de mí. Estabas tratando de que él te mire solo a ti. ¡Él me prometió que siempre habría un lugar para mí! ¡Y tú ocupas todo el lugar porque eres gordo y enorme!

—¡Escúchame bien, enana! —Kilowog dio un paso adelante, haciendo que el suelo vibrara—. He aguantado tus berrinches porque entiendo que has sufrido, pero no voy a dejar que me hables así. Walker tiene derecho a amar a quien quiera, y resulta que me ha elegido a mí para compartir su carga. ¡Así que acéptalo o vete a llorar al río sola!

La mención del río fue la gota que colmó el vaso. Lucy lanzó un rugido inhumano y se abalanzó contra Kilowog. No usó una construcción de energía; se lanzó físicamente contra sus piernas, mordiendo y arañando con la ferocidad de un animal acorralado.

—¡Te odio! ¡Te odio! —chillaba ella—. ¡Déjalo en paz! ¡Vete con Jordan o con tus máquinas! ¡Déjanos solos!

—¡Ay! ¡Suéltame, pequeña muerde-tobillos! —Kilowog intentaba apartarla sin lastimarla, pero la fuerza de un Linterna Rojo, incluso de uno tan pequeño, era considerable.

Saint Walker intervino finalmente. Se interpuso entre ambos, dejando que su luz azul inundara la habitación. El efecto fue instantáneo: la presión en el pecho de Lucy disminuyó y los músculos de Kilowog se relajaron.

—¡Basta! —la voz de Walker no fue alta, pero tenía una resonancia que obligó a ambos a detenerse—. Kilowog, ve a dar un paseo por los jardines. Ahora.

—Pero Walker, ella empezó... —protestó el gigante rosado.

—Ahora, Kilowog —repitió Walker, con una mirada que no admitía réplica.

Kilowog gruñó, lanzó una mirada de puro fastidio a Lucy y salió de la habitación pisando fuerte, murmurando algo sobre "niños del infierno" y "falta de disciplina militar".

Lucy se quedó en el suelo, sollozando, con la toalla de seda olvidada en un rincón. Saint Walker se arrodilló a su lado y, con una paciencia infinita, la rodeó con sus brazos.

—Me vas a dejar... —sollozó Lucy contra su pecho—. Él es grande y yo soy pequeña. Él puede ayudarte a luchar y yo solo causo problemas. Te vas a quedar con él y me vas a enviar a Oa.

Walker suspiró, acunándola como si fuera un bebé. En su cultura, la distinción entre géneros era fluida, y el papel de "progenitor" era algo que se definía por el cuidado, no por la biología. Entendía por qué Lucy lo llamaba madre; para ella, él encarnaba la nutrición y la protección que su verdadera madre le había negado.

—Lucy, mírame —dijo Walker, obligándola a levantar la vista—. Mi cuerpo y mi alma son vastos. Poseo la capacidad de ser muchas cosas para muchas personas. Para Kilowog, soy un compañero, un igual que entiende su soledad. Para ti, soy el refugio que necesitas para sanar. Una cosa no anula la otra.

—Pero él te estaba tocando... —susurró ella, limpiándose la nariz—. Parecía que quería comerte.

Walker soltó una risita suave, una que hizo que Lucy se sonrojara.

—Kilowog tiene una forma muy... física de expresar su afecto. Pero eso no significa que mi amor por ti sea menor. ¿Acaso el sol deja de calentar las flores porque también calienta el mar?

—No —respondió ella en voz baja.

—Entonces no temas. Kilowog no es tu enemigo, Lucy. Él es simplemente un hombre que ha perdido tanto como tú, y que busca un poco de luz en la oscuridad. Si pudieras ver más allá de tu miedo, verías que él también quiere protegerte. A su manera ruda y torpe, pero quiere.

Lucy se quedó en silencio, procesando las palabras. La imagen de Kilowog protegiéndola en la nave volvió a su mente.

—¿De verdad no me vas a dejar? —preguntó, buscando una última confirmación.

—Nunca —prometió Walker, besando su frente—. Ahora, ve a ese río. Disfruta del agua. Y cuando vuelvas, intentaremos cenar todos juntos, sin ataques de plasma, ¿de acuerdo?

Lucy asintió, recogió su toalla y salió de la habitación con paso lento. Al salir al pasillo, se encontró con Kilowog, que estaba apoyado contra la pared opuesta con los brazos cruzados. El Linterna Verde la miró con recelo.

Lucy se detuvo frente a él. Le llegaba apenas a la cintura.

—Él dice que no me va a dejar —dijo la niña con tono desafiante.

—Ya te lo dije yo, poozer —respondió Kilowog, suavizando su expresión—. Walker es demasiado bueno para dejar a nadie atrás. Incluso a una niña tan latosa como tú.

Lucy guardó silencio un momento y luego, con un movimiento rápido, le dio una patada suave en la espinilla.

—Si le haces daño, te quemaré la cara mientras duermes —amenazó, pero esta vez no había fuego en sus ojos, solo una advertencia infantil.

Kilowog soltó una carcajada profunda que hizo eco en el pasillo.

—Trato hecho, renacuaja. Ahora lárgate a bañarte, hueles a azufre y a rabieta.

Lucy corrió hacia el río, sintiéndose extrañamente ligera. Saint Walker, desde la ventana de la habitación, observó cómo la pequeña figura roja desaparecía entre los árboles de cristal. Sabía que el camino hacia la curación de Lucy sería largo y lleno de baches, pero mientras hubiera esperanza —y un Linterna Verde lo suficientemente paciente para aguantar los celos de una niña—, el futuro de su extraña familia improvisada parecía, por primera vez, brillar con una luz que no era ni verde ni azul, sino algo mucho más cálido y humano.