Volver al resumen

Nuria y jaime

Promesas bajo el encaje de azahar

El eco de la celebración en el Club de Campo todavía resonaba débilmente en los oídos de Nuria, una mezcla de valses, risas forzadas de la alta sociedad madrileña y el tintineo de copas de champán. Pero al cerrar la puerta de la suite del hotel, todo ese ruido desapareció, sustituido por el silencio denso y expectante de la noche nupcial. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando la estancia en un tono plateado que hacía que el vestido de novia de Nuria, de seda y encaje delicado, brillara con una luz casi irreal.

Jaime se quitó la levita del chaqué y la arrojó sobre un sillón con un gesto de liberación absoluta. Se soltó el nudo de la corbata, desabrochando los primeros botones de su camisa mientras observaba a su esposa. Nuria permanecía de pie junto al tocador, mirándose al espejo, todavía con el velo prendido en su melena pelirroja, que parecía una cascada de fuego bajo la luz tenue.

—Por fin —susurró Jaime, acercándose a ella por la espalda—. Por un momento pensé que mi padre nunca dejaría de presentarme a parientes lejanos y que Quintero no soltaría el micrófono.

Nuria sonrió a través del reflejo, sintiendo cómo las manos de Jaime se posaban en sus hombros, firmes y cálidas.

—Ha sido una boda preciosa, Jaime. Pero tienes razón... —Suspiró, dejando caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el pecho de él—. Creía que el peso de este vestido acabaría conmigo antes de llegar aquí.

—Déjame ayudarte —dijo él con voz ronca.

Jaime comenzó a retirar con infinita paciencia cada una de las horquillas que sujetaban el velo y el tocado. Sus dedos rozaban el cuero cabelludo de Nuria, provocándole escalofríos que no tenían nada que ver con el frío. Cuando el velo cayó al suelo como una nube blanca, Jaime hundió el rostro en el cuello de ella, aspirando el aroma a azahar y a su propio perfume.

—Estás tan hermosa que me duele mirarte, Nuria —murmuró él contra su piel—. Durante toda la ceremonia, mientras el cura hablaba, solo podía pensar en este momento. En que por fin eres mi mujer ante todos, pero sobre todo, ante nosotros mismos.

Nuria se giró en sus brazos, rodeándole el cuello con las manos. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de ternura y deseo contenido.

—Y tú estás guapísimo, aunque confieso que prefiero al Jaime despeinado que conocí entre legajos y juicios —bromeó ella, antes de ponerse seria—. Ha sido un camino largo, ¿verdad? Desde aquella noche en el despacho tras sacar a Rafael...

—Aquel fue el principio de nuestra libertad —respondió Jaime, sellando sus labios con un beso lento, profundo, que sabía a compromiso eterno—. Pero esta noche es el principio de nuestra vida. Sin secretos, sin escondernos de Marta o de mis padres. Solo tú y yo.

Él buscó la hilera de pequeños botones que recorría la espalda del vestido. Eran decenas, una tarea minuciosa que Jaime abordó con una reverencia casi religiosa. A medida que la seda cedía, la piel blanca y salpicada de pecas de Nuria quedaba al descubierto.

—¿Te pones nerviosa? —preguntó Jaime al notar un leve temblor en los hombros de ella.

—Un poco —confesó Nuria en un susurro—. Es diferente hoy. No es la urgencia de lo prohibido. Es... la certeza de que mañana estarás aquí, y al otro también. Me hace sentir vulnerable, Jaime.

—No tienes que temer nada conmigo —dijo él, terminando de desabrochar el vestido y dejando que la tela se deslizara por las caderas de ella hasta formar un círculo de seda en sus pies—. Eres la mujer más valiente que conozco. Has defendido causas imposibles, te has enfrentado a los tribunales más duros... Esta noche no hay juicios, Nuria. Solo amor.

Él la tomó en brazos y la llevó hacia la cama matrimonial, depositándola sobre las sábanas de hilo con una delicadeza extrema. Se situó sobre ella, apoyado en sus codos, admirándola en ropa interior de encaje, una visión que hacía que su corazón martilleara con fuerza contra sus costillas.

—Dime qué te gusta, Nuria —pidió Jaime, acariciando su mejilla—. Quiero conocer cada rincón de tu placer, no solo de tu mente.

Nuria se sonrojó, pero no apartó la mirada. La madurez que había adquirido en los últimos años la empujaba a ser honesta, a reclamar su propio espacio también en la intimidad.

—Me gusta cuando me miras así —dijo ella, subiendo las manos por los brazos de Jaime hasta sus hombros—. Como si fuera lo más valioso del mundo. Y me gusta... cuando tus manos no tienen prisa. En el despacho siempre teníamos que correr, Jaime. Siempre había alguien al otro lado de la puerta.

—Esta noche el tiempo se ha detenido —aseguró él.

Jaime comenzó a besarla de nuevo, pero esta vez bajó por su barbilla hasta su clavícula, deteniéndose a morder suavemente el lóbulo de su oreja. Sus manos iniciaron un viaje de exploración, recorriendo sus costados, deteniéndose en la curva de su cintura.

—Aquí —susurró Nuria cuando Jaime acarició la cara interna de sus muslos—. Ahí me haces perder el sentido...

—¿Aquí? —preguntó él, repitiendo el gesto con más presión, ascendiendo lentamente.

—Sí... —Nuria arqueó la espalda, cerrando los ojos—. Jaime, me gusta sentir tu barba rozando mi piel. Es... me recuerda que eres tú. Ese contraste entre tu fuerza y cómo me tocas.

Él sonrió entre besos, complaciéndola. Se deshizo del resto de su ropa con movimientos ágiles, queriendo sentir el contacto total. Cuando sus cuerpos volvieron a encontrarse, piel con piel, el calor fue instantáneo. Jaime se dedicó a adorar su cuerpo con una parsimonia que volvía loca a Nuria. Sus labios encontraron sus pechos, tratándolos con una mezcla de hambre y ternura, mientras sus dedos buscaban la humedad entre sus piernas.

—Estás tan lista para mí —murmuró Jaime, sintiendo cómo ella se estremecía bajo su toque.

—Es porque te deseo tanto que a veces me asusta —respondió ella, abriendo las piernas para darle mejor acceso—. Jaime, quiero... quiero que te sientas tan bien como me haces sentir tú a mí.

Nuria bajó sus manos por la espalda de Jaime, admirando la musculatura firme del segundo hijo de los Novoa. Sus dedos se enterraron en su cabello oscuro, tirando ligeramente hacia atrás para que él la mirara mientras ella comenzaba a acariciarlo con una curiosidad nueva, descubriendo lo que lo hacía gemir, lo que hacía que su respiración se entrecortara.

—Eso... —gruñó Jaime cuando ella encontró el ritmo adecuado—. Dios, Nuria, no sabía que podías ser tan...

—¿Tan qué? —preguntó ella con una sonrisa pícara, a pesar del fuego que sentía por dentro.

—Tan letal como en un estrado —respondió él, besándola con pasión—. Me tienes a tu merced.

—Es un trato justo, abogado —dijo ella—. Tú tienes mi corazón, yo tengo tu deseo.

Jaime se posicionó entre sus piernas, pero antes de unirse a ella, se detuvo un segundo. La luz de la luna destacaba el azul intenso de los ojos de Nuria y el rojo encendido de su cabello sobre la almohada blanca. Era una imagen que Jaime sabía que conservaría hasta el último día de su vida.

—Te quiero, Nuria Novoa —dijo él, usando por primera vez su apellido de casada.

—Y yo a ti, Jaime Novoa —respondió ella, tirando de él hacia abajo—. Ven aquí. Hazme tuya de verdad.

La unión fue lenta, una ceremonia privada que sellaba los votos que habían pronunciado horas antes en la iglesia. No hubo prisa, solo un vaivén acompasado de cuerpos que se conocían y se reconocían. Jaime se movía con una atención absoluta a las reacciones de ella, deteniéndose cuando ella suspiraba más fuerte, acelerando cuando sus uñas se clavaban en su espalda.

—¿Así? —preguntaba él al oído, su voz una vibración que recorría toda la columna de Nuria.

—Así... más... —lograba decir ella, perdida en una nebulosa de placer que nunca había sido tan nítida, tan pura.

El ritmo aumentó a medida que la tensión crecía. Nuria sentía que cada fibra de su ser estaba conectada a Jaime. Ya no eran dos abogados brillantes de Madrid, ya no eran los hijos de familias enfrentadas o aliadas; eran simplemente dos personas que habían encontrado su hogar en el otro.

Cuando el clímax los alcanzó, fue como una marea que los desbordó a ambos. Nuria gritó el nombre de Jaime contra su hombro, mientras él se aferraba a ella como si fuera su único anclaje en medio de una tormenta perfecta. Se quedaron así, unidos, mientras sus respiraciones volvían poco a poco a la normalidad y el sudor se enfriaba sobre su piel.

Minutos después, Jaime se dejó caer a su lado, envolviéndola en sus brazos y cubriéndolos a ambos con la sábana de seda. Nuria apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón, que todavía iba un poco más rápido de lo normal.

—¿En qué piensas? —preguntó Jaime, besando su frente.

—En que mañana no tenemos que ir al despacho —dijo ella con una vocecita soñolienta y feliz—. En que no hay juicios pendientes, ni apelaciones, ni testigos que buscar.

—Bueno, tenemos nuestro propio juicio pendiente —bromeó Jaime, acariciando su cadera—. El de decidir dónde vamos a desayunar mañana.

Nuria soltó una risita y se acurrucó más contra él.

—Me gusta este nuevo código civil que hemos inventado esta noche, Jaime.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es el primer artículo? —preguntó él, rodeándola con fuerza.

—Artículo primero —dictó Nuria con tono solemne pero dulce—: Queda terminantemente prohibido que pase una sola noche sin que me digas que me quieres y sin que me beses como lo has hecho hoy.

Jaime se incorporó un poco para mirarla, con una expresión de absoluta adoración.

—Acepto el cargo y las condiciones, abogada. Es más, propongo una enmienda.

—¿Cuál?

—Que el artículo primero se aplique también por las mañanas. Y a mediodía. Y cada vez que nos crucemos en el pasillo de nuestra futura casa.

Nuria estiró el brazo para apagar la lámpara de la mesilla, dejando que la habitación quedara sumida en la penumbra plateada de Madrid.

—Enmienda aceptada por unanimidad —susurró ella antes de buscar sus labios una última vez.

Fuera, la ciudad seguía su curso, ajena a la pequeña revolución que acababa de ocurrir en aquella habitación. Pero para Nuria y Jaime, la vida ya no era una serie de leyes y normas impuestas por otros. Por fin, después de tantas batallas ganadas en los juzgados, habían ganado la más importante de todas: la de ser dueños de su propio destino, unidos por un hilo rojo que ni el tiempo ni las dificultades de la época podrían romper.

El sueño los venció abrazados, con la promesa silenciosa de que, a partir de ese amanecer, cada día sería una nueva oportunidad para descubrirse, para amarse y para seguir construyendo esa libertad que tanto les había costado conseguir. Porque para Nuria y Jaime, el amor no era solo un sentimiento; era el veredicto final, el más justo y el único que realmente importaba.