Nuria y jaime
La liturgia de la creación
El sol de media tarde bañaba el dormitorio del nuevo piso de los Novoa, creando un refugio de calidez y silencio en medio del bullicio de Madrid. Sobre la cama, varios libros de medicina y manuales de fertilidad yacían abiertos, subrayados por la mano meticulosa de Nuria. La abogada, que siempre había creído en la lógica y en las pruebas irrefutables, se encontraba ahora entregada a una causa que no se ganaba con retórica, sino con paciencia y una entrega absoluta de los cuerpos.
Jaime entró en la habitación secándose el pelo con una toalla. Al ver a su esposa sumergida en los diagramas de un libro sobre el ciclo femenino, dejó escapar una sonrisa cargada de ternura. Se acercó a ella, rodeándole los hombros con sus brazos fuertes, sintiendo el aroma cítrico de su cabello pelirrojo.
—Nuria, amor mío —susurró Jaime, besándole la coronilla—, si sigues estudiando esos manuales como si fueran el Código Penal, el pobre niño va a nacer sabiendo latín.
Nuria cerró el libro con un suspiro, girándose en sus brazos para encontrar esos ojos oscuros que siempre lograban calmar sus ansiedades.
—Solo quiero que salga bien, Jaime. El médico dice que estamos perfectamente, pero... quiero que este bebé sea fruto de algo más que el azar. Quiero que lo busquemos con toda la intención, con todo el amor que nos tenemos.
—Y así será —respondió él, tomando sus manos y llevándolas a sus labios—. Pero deja de pensar en días fértiles y temperaturas por un momento. Mírame. Aquí solo estamos tú y yo.
Él comenzó a desabrochar los botones de la bata de seda de Nuria con una lentitud deliberada. Cada centímetro de piel que quedaba al descubierto era una invitación al deleite. Nuria dejó caer la prenda, revelando su cuerpo desnudo bajo la luz dorada. Jaime la admiró como si fuera la primera vez, recorriendo con la mirada las curvas que ya conocía de memoria pero que nunca dejaban de asombrarlo.
—Hoy he leído algo sobre una postura que facilita las cosas —dijo Nuria, con un leve rubor en las mejillas, aunque su mirada era decidida—. Dicen que si yo estoy encima, pero luego nos giramos...
—Shhh —la interrumpió Jaime, sellando sus labios con un beso profundo—. Probaremos todo lo que quieras, pero primero déjame adorarte.
Él la guio hacia el centro de la cama, recostándola con suavidad. Jaime se situó entre sus piernas, pero en lugar de poseerla de inmediato, comenzó un viaje de exploración sensorial. Sus manos, grandes y seguras, recorrieron sus muslos, subiendo por sus caderas hasta llegar a sus pechos. Nuria arqueó la espalda, soltando un suspiro entrecortado mientras sentía cómo los pulgares de Jaime mimaban sus pezones, endurecidos por el deseo.
—Jaime... —murmuró ella, sintiendo una urgencia creciente en su vientre.
Nuria bajó sus manos hacia el abdomen de su marido, disfrutando de la firmeza de sus músculos. Con una audacia que solo la confianza absoluta permitía, deslizó sus dedos más abajo, rodeando la masculinidad de Jaime. Sintió su calor, su latido, la evidencia vibrante de cuánto la deseaba. Comenzó a acariciarlo con un ritmo pausado, observando cómo el rostro de Jaime se tensaba por el placer, sus ojos cerrados y su mandíbula apretada.
—Eres... eres increíble —logró decir Jaime, su voz apenas un gruñido ronco.
Él no quiso quedarse atrás. Mientras Nuria lo exploraba con sus manos, él bajó su mano derecha hacia la intimidad de ella. Con una delicadeza experta, Jaime encontró el pequeño botón de placer de Nuria. Comenzó a estimular su clítoris con movimientos circulares, lentos al principio y luego más rítmicos, mientras sus dedos se humedecían con la esencia de ella.
Nuria soltó un gemido que se perdió en la habitación. La combinación de sus propias manos sobre él y la lengua de Jaime, que ahora recorría su cuello, la estaba llevando al borde de un abismo delicioso.
—Por favor, Jaime... ahora —suplicó ella, abriendo las piernas para invitarlo a entrar.
—Espera —dijo él, recordándole lo que ella misma había sugerido—. Vamos a probar lo que decías.
Él se sentó en la cama y ayudó a Nuria a posicionarse sobre él. Ella se horcajó sobre sus muslos, sintiendo el contacto total de sus cuerpos. Nuria se guio a sí misma, descendiendo lentamente hasta que Jaime la completó por completo. La sensación de plenitud fue tan intensa que ambos se quedaron inmóviles un instante, mirándose a los ojos, compartiendo una conexión que trascendía lo físico.
Nuria comenzó a moverse, dictando el ritmo. Sus manos se apoyaban en los hombros anchos de Jaime, mientras su cabello pelirrojo caía sobre su rostro como un velo de fuego. Jaime la sujetaba por las caderas, ayudándola a elevarse y descender, asegurándose de que cada movimiento fuera profundo y significativo.
—Te quiero tanto, Nuria —susurró Jaime, subiendo sus manos para enmarcar el rostro de ella—. Este niño... va a ser el ser más afortunado del mundo por tenerte como madre.
—Y a ti como padre —respondió ella, inclinándose para besarlo con una pasión renovada.
Después de unos minutos de ese baile íntimo, Jaime la giró con cuidado, tal como ella había leído. Ahora, con Nuria tumbada de espaldas y sus piernas elevadas sobre los hombros de él, la penetración se volvió más profunda, más directa. Era una postura que permitía que sus cuerpos se fusionaran de una manera casi total. Jaime la miraba con una devoción que hacía que Nuria se sintiera la mujer más poderosa de la tierra.
—Siente cómo te quiero, Nuria —dijo él, aumentando la intensidad de sus embestidas—. Siente este amor.
El placer comenzó a subir como una marea imparable. Nuria sentía que sus sentidos se agudizaban: el olor a sándalo de la piel de Jaime, el sonido de sus respiraciones acompasadas, el calor de la habitación. Cuando el clímax los alcanzó, no fue solo una liberación física; fue una explosión de esperanza. Jaime se aferró a ella, vertiéndose en su interior con una entrega absoluta, mientras Nuria lo rodeaba con sus brazos y piernas, queriendo retener cada gota de ese momento, cada átomo de su marido.
Se quedaron así durante mucho tiempo, envueltos en el silencio que sigue a la tormenta. Jaime se tumbó a su lado, pero no se separó. Mantuvo su mano sobre el vientre de Nuria, un gesto cargado de simbolismo.
—¿Crees que...? —empezó a preguntar ella, con la voz todavía quebrada.
—Creo que nunca hemos estado tan unidos como hoy —la interrumpió Jaime, besando su hombro—. Y creo que si hay justicia en este mundo, este amor tiene que dar vida.
Nuria se giró para mirarlo, apoyando la cabeza en su pecho. El miedo a la infertilidad, las dudas sobre el futuro y la presión social de la época desaparecieron en ese instante.
—Si no es este mes, será el próximo —dijo ella con una serenidad nueva—. Lo importante es que no hemos perdido el camino. Que seguimos buscándonos así, con estas ganas.
—Nunca las perderé, Nuria. Podrán pasar los años, podremos tener diez hijos o ninguno, pero siempre serás la pelirroja que me volvió loco en aquel despacho.
Nuria sonrió, entrelazando sus dedos con los de él sobre su vientre.
—El médico decía que después hay que quedarse un rato quieta —comentó ella con un tono juguetón.
—Pues me parece la prescripción médica más agradable de la historia —respondió Jaime, acomodando las mantas sobre ellos—. No pienso moverme de aquí en toda la tarde.
Se quedaron dormidos bajo la luz declinante de Madrid, dos abogados que habían aprendido que la ley más importante no estaba escrita en los libros, sino en el latido compartido de dos corazones que habían decidido, contra todo pronóstico, crear su propio universo. Afuera, la vida seguía, pero en aquel dormitorio, el tiempo se había detenido para dar paso al milagro que, con suerte y mucho amor, estaba por comenzar.