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oc x todoroki

Rieles de azúcar y pasos hacia la paz

La mañana en la Academia U.A. había amanecido con una luz inusualmente suave, de esas que parecen filtrarse a través de un tamiz de seda. Daniela caminaba por los pasillos con un entusiasmo que ni siquiera el riguroso horario de Aizawa-sensei lograba aplacar. Ese día no había simulacros de incendios ni combates cuerpo a cuerpo; hoy tenían una misión de un tipo mucho más delicado y, para Dani, infinitamente más importante: cuidar a Eri.

La pequeña, con su cabello de seda albina y ese cuerno que guardaba un poder tan inmenso como trágico, se había convertido en el centro de gravedad emocional de la clase 1-A. Y ese sábado, debido a una reunión de emergencia del personal, Shoto y Dani habían sido los elegidos para escoltarla desde los dormitorios hasta el edificio de los profesores.

—¿Crees que le gusten las manzanas con caramelo que preparé? —preguntó Dani, ajustándose su bolso de tela—. He leído que el azúcar ayuda a liberar endorfinas, y después de todo lo que ha pasado, Eri merece un océano de endorfinas.

Shoto, que caminaba a su lado con su habitual parsimonia, asintió levemente. Llevaba una pequeña mochila con los juguetes de la niña, luciendo una expresión de concentración absoluta, como si estuviera protegiendo un tesoro nacional.

—Le gustan las manzanas —respondió Shoto con voz suave—. Pero creo que le gustará más tu compañía. Tienes una forma de hablar que hace que las cosas parezcan menos aterradoras.

Dani sintió ese calorcito familiar en las mejillas, pero antes de que pudiera responder con alguna ocurrencia al estilo de Lorelai Gilmore, llegaron a la sala donde Eri los esperaba. La niña estaba sentada en un rincón, observando sus propias manos con una timidez que siempre le encogía el corazón a Dani.

—¡Hola, Eri-chan! —exclamó Dani, agachándose para estar a su altura—. ¿Lista para una aventura? Hoy no vamos a entrenar, hoy vamos a conquistar el camino hacia el edificio de los profesores.

Eri levantó la vista, sus grandes ojos rojos parpadearon con curiosidad. Miró a Dani y luego a Shoto, quien le dedicó una de esas sonrisas casi imperceptibles que solo reservaba para momentos de paz.

—¿Aventura? —susurró Eri, acercándose un paso.

—¡La mejor de todas! —Dani le extendió la mano—. Pero para esta aventura necesitamos una formación especial. Shoto, toma su otra mano. No podemos permitir que nuestra capitana se pierda.

Shoto obedeció de inmediato. Así, los tres formaron una cadena humana mientras salían de los dormitorios. Dani a la izquierda, Eri en el medio y Shoto a la derecha. El contraste era casi poético: la energía vibrante y colorida de la joven peruana, la fragilidad luminosa de la niña y la solidez tranquila del chico de hielo y fuego.

Caminaban por el sendero arbolado que conectaba los sectores de la academia. El silencio era cómodo, pero Dani sentía que Eri todavía estaba un poco tensa, como si esperara que el mundo se rompiera en cualquier momento. Su mente, siempre llena de referencias y recuerdos de su infancia en Lima, buscó algo para romper el hielo.

—Oigan —dijo Dani, deteniéndose un momento—, en mi país tenemos un juego para cuando caminamos y queremos que el camino sea más corto. Se llama "Ferrocarril". ¿Quieren aprenderlo?

Eri asintió con timidez, mientras Shoto ladeaba la cabeza, intrigado.

—Es un juego de ritmo y pasos —explicó Dani con entusiasmo—. Tenemos que decir una rima y movernos según lo que diga. Es como escribir un poema con los pies.

—¿Cómo es la rima? —preguntó Shoto, ajustando su agarre en la mano de Eri para que ella se sintiera segura.

—Es así —Dani empezó a marcar un paso rítmico, casi como una danza—. "Ferrocarril carril carril, Lima, paz, paz, paz, tres pasos atrás, atrás, atrás".

Eri repitió las palabras en un susurro, probando el sonido en su boca como si fuera un dulce nuevo.

—¡Exacto! —celebró Dani—. Pero el truco es que cuando decimos "atrás", tenemos que saltar hacia atrás sin soltarnos de las manos. Es una prueba de equilibrio y confianza. ¿Probamos?

—Probemos —dijo Shoto, su mirada bicolora brillando con una chispa de diversión que Dani amaba ver.

Comenzaron a caminar de nuevo, esta vez con un ritmo marcado. Dani lideraba el canto con su voz clara, infundiendo cada palabra con esa alegría contagiosa de Ana de las Tejas Verdes.

—¡Ferrocarril carril carril! —cantaron a coro, aunque la voz de Shoto era un barítono bajo y la de Eri un hilo de seda.

—¡Lima, paz, paz, paz! —Al decir "paz", Dani apretó suavemente la mano de Eri, transmitiéndole toda la calma que su Quirk de percepción le permitía canalizar.

—¡Tres pasos atrás, atrás, atrás! —gritó Dani.

Los tres saltaron hacia atrás al unísono. Eri soltó una pequeña exclamación de sorpresa que terminó en una risita ahogada. Shoto, por su parte, tuvo que usar sus reflejos de héroe para no perder el equilibrio, pero no soltó la mano de la niña ni por un segundo.

—¿Vieron? —dijo Dani, riendo—. ¡El camino ya se siente más pequeño! ¿Otra vez?

—Otra vez —pidió Eri, y esta vez su voz fue más fuerte, más segura.

Siguieron avanzando por el campus. Para cualquier observador externo, la escena era surrealista: dos de los estudiantes más prometedores de la clase 1-A, conocidos por haber enfrentado villanos de pesadilla, estaban saltando hacia atrás mientras cantaban una rima infantil peruana. Pero para ellos, era un acto de resistencia. Era decidir que, en un mundo lleno de sombras, ellos iban a construir un riel de luz para una niña que apenas estaba aprendiendo a serlo.

—Ferrocarril carril carril —cantó Shoto solo, sorprendiendo a Dani.

—¡Lima, paz, paz, paz! —continuó Eri, saltando con más fuerza.

—¡Tres pasos atrás, atrás, atrás! —remató Dani, sintiendo que el corazón le estallaba de orgullo.

Se detuvieron cerca de una fuente para descansar un momento. Eri estaba un poco agitada, pero sus mejillas tenían un color rosado saludable y, por primera vez, no estaba mirando al suelo, sino a las copas de los árboles.

—Dani-san —dijo Eri, tirando suavemente de su mano—, ¿qué es Lima?

Dani se sentó en el borde de la fuente y subió a Eri a su lado. Shoto se mantuvo de pie, protegiéndolas del viento con su cuerpo, observando la escena con una atención que recordaba a un guardián de cuentos antiguos.

—Lima es mi hogar, Eri-chan —explicó Dani, su mirada perdiéndose en un recuerdo lejano—. Es una ciudad que está frente al mar. A veces hay mucha neblina, como si las nubes bajaran a saludar a la gente. Hay flores de colores brillantes y la comida huele a especias y a sol. Pero lo más importante de la rima no es el lugar, sino la palabra que sigue.

—Paz —susurró Eri.

—Exacto. La paz no es solo que no haya peleas —dijo Dani, acariciando el cabello de la niña—. La paz es poder caminar de la mano con amigos, jugar a las rimas y saber que, si das tres pasos atrás, habrá alguien sujetándote para que no te caigas.

Eri miró a Shoto.

—Todoroki-san me sujetó —dijo la pequeña con una seriedad conmovedora.

Shoto se agachó frente a ella, quedando a su nivel.

—Siempre lo haré, Eri. Daniela y yo somos tus rieles. No importa qué tan difícil sea el camino, no dejaremos que te desvíes.

Dani sintió que se le hacía un nudo en la garganta. La sensibilidad de Josefine Mach en ella siempre analizaba los momentos, pero su parte de Ana de las Tejas Verdes simplemente los vivía con una intensidad desbordante. Se acercó a Shoto y puso una mano sobre su hombro.

—Somos un buen equipo de ingeniería ferroviaria, ¿no crees? —bromeó ella, tratando de no llorar de emoción.

—El mejor —respondió Shoto, y esta vez la sonrisa fue completa, iluminando su rostro de una manera que hizo que Dani se preguntara cómo alguien podía ser tan hermoso y tan bueno al mismo tiempo.

Continuaron el trayecto. El edificio de los profesores ya se divisaba a lo lejos, una estructura imponente de cristal y acero que solía parecer intimidante, pero que hoy solo era la meta de su juego.

—¿Una última vez antes de llegar? —propuso Dani—. Pero esta vez, ¡con máxima energía!

Eri se preparó, inhalando aire con determinación.

—¡Ferrocarril carril carril! —Las tres voces se unieron, creando una armonía extraña pero perfecta que pareció hacer que las hojas de los árboles bailaran a su alrededor.

—¡Lima, paz, paz, paz! —El grito de Eri fue tan claro que algunos pájaros levantaron el vuelo, como celebrando su progresión.

—¡Tres pasos atrás, atrás, atrás!

En el último salto, Shoto calculó mal la distancia y terminó chocando suavemente contra un arbusto, arrastrando a Dani y a Eri en una pequeña montaña de risas y ramas. Se quedaron allí un momento, sentados en el césped, riendo por la pura alegría de estar vivos y juntos.

—Creo que el ferrocarril descarriló un poco —rio Dani, quitándole una hoja del cabello a Shoto.

—Valió la pena el accidente —respondió él, viendo cómo Eri soltaba una carcajada limpia, la primera que escuchaban de ella que no sonaba forzada o temerosa.

Se levantaron y sacudieron sus ropas. Al llegar a la puerta del edificio de los profesores, Aizawa-sensei los estaba esperando. El héroe profesional, siempre con sus ojeras y su aire de cansancio crónico, se quedó mirando al trío. Notó el cabello despeinado de Shoto, las mejillas rojas de Dani y, sobre todo, la expresión de felicidad radiante en el rostro de Eri.

—Llegan tarde —dijo Aizawa, aunque su tono no tenía la severidad habitual—. ¿Qué les pasó?

—Tuvimos un problema con el sistema de transporte —explicó Dani con una seriedad fingida, aunque sus ojos bailaban de travesura—. El ferrocarril de Lima tuvo algunas paradas técnicas para asegurar la paz.

Aizawa suspiró, frotándose el puente de la nariz, pero Dani pudo jurar que vio una sombra de sonrisa en las comisuras de sus labios.

—Entren. Eri, Mirio te está esperando adentro con unos dulces.

Eri soltó las manos de sus acompañantes, pero antes de entrar, se giró y abrazó las piernas de Dani y luego las de Shoto.

—Gracias por el juego —dijo la niña—. Mañana... ¿podemos dar más pasos atrás?

—Todos los que quieras, pequeña capitana —respondió Dani, agitando la mano mientras Eri entraba al edificio.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a reinar entre los dos jóvenes. Dani exhaló un suspiro largo, dejando que la adrenalina del juego se asentara. Se sentía cansada, pero con esa fatiga satisfactoria que viene después de haber hecho algo que realmente importa.

—Lo hiciste muy bien, Daniela —dijo Shoto, rompiendo el silencio—. No solo la cuidaste. Le diste un lenguaje para su felicidad.

—Los juegos son como los libros, Shoto —respondió ella, apoyando la cabeza en el hombro de él mientras empezaban a caminar de regreso a los dormitorios—. Te enseñan que las reglas pueden ser divertidas y que siempre hay un ritmo que seguir cuando te sientes perdido.

Shoto le rodeó los hombros con el brazo, atrayéndola hacia sí.

—Me gusta tu ritmo —confesó él—. Es un poco caótico, muy rápido y lleno de palabras raras, pero es el único que quiero seguir.

Dani se rió, sintiendo que el mundo era, por un momento, tan perfecto como el final de una novela clásica.

—Bueno, prepárate, Todoroki —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de él—. Porque el ferrocarril de Dani Paredes no tiene frenos y todavía me quedan muchas rimas peruanas que enseñarte. La próxima incluye dar vueltas hasta que te marees.

—Si es contigo —respondió Shoto con una firmeza que hizo que el corazón de Dani diera un vuelco—, no me importa perder el equilibrio.

Caminaron de regreso bajo el sol de la tarde, dos héroes en formación que habían descubierto que la batalla más difícil no se ganaba con golpes, sino con tres pasos atrás, una mano firme y la promesa de que, sin importar la distancia, siempre habría un camino de regreso a la paz. Dani cerró los ojos por un segundo, grabando el momento en su memoria como el capítulo más dulce de su estancia en la U.A. Un capítulo donde no hubo villanos, solo rieles de azúcar y el eco de una risa infantil que finalmente había aprendido a volar.