Ocean eyes
El eco de las promesas bajo la luna de Barcelona
La mañana siguiente a la barbacoa amaneció con una calma engañosa. El jardín de la casa de Pedri, que apenas unas horas antes rebosaba de risas y el aroma del carbón, ahora estaba sumido en un silencio pulcro, solo interrumpido por el suave murmullo del sistema de riego. Camila se encontraba sentada en el borde de la piscina, con las piernas sumergidas en el agua fría, observando cómo los primeros rayos de sol se reflejaban en la superficie cristalina.
Tenía el nuevo teléfono entre las manos. Pedri y Alejandra se habían encargado de todo: un número nuevo, una configuración de privacidad máxima y el bloqueo absoluto de cualquier red social que pudiera rastrear su ubicación. Se sentía más segura, pero también más aislada. Era el precio de la libertad en su familia.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo una voz ronca a sus espaldas.
Camila no necesitó girarse. El sonido de los pasos descalzos sobre la madera de la terraza y ese tono de voz que siempre parecía estar a punto de estallar en una travesura o en una confesión eran inconfundibles. Gavi se sentó a su lado, dejando caer sus piernas al agua con un suspiro de satisfacción.
—¿Has dormido algo? —preguntó ella, apoyando la cabeza en el hombro de él.
—Un poco. He pasado la mitad de la noche vigilando la puerta de tu habitación y la otra mitad pensando en cómo explicarle a Xavi que hoy voy a estar un poco más lento de lo normal —admitió Gavi, rodeándola con el brazo—. Pero ha valido la pena.
—No tienes que ser mi guardaespaldas, Pablo. Para eso Pedri ya paga a profesionales.
—No es por obligación, pequeña —respondió él, usando el apodo con una ternura que la desarmaba—. Es que después de seis meses viéndote a través de una cámara, me cuesta creer que estés aquí de verdad. Siento que si parpadeo demasiado rápido, volverás a estar en Boston y yo estaré solo en mi salón.
Camila apretó la mano de Gavi.
—No me voy a ir. Al menos, no hasta que esto se solucione.
—¿Y qué dice el "alto mando"? —preguntó Gavi, señalando con la cabeza hacia la casa, donde Pedri y Alejandra ya empezaban a moverse.
—Pedri quiere que me quede aquí un tiempo. Dice que es lo más sensato mientras sus abogados terminan de redactar la orden de alejamiento contra nuestros tíos. Pero me siento como un pájaro en una jaula de oro, Pablo. Quiero salir, quiero veros jugar en el Camp Nou, quiero ir a cenar por el centro sin miedo.
Gavi se quedó pensativo un momento, revolviendo el agua con los pies.
—¿Sabes qué? Hoy es día de descanso para el equipo después del entrenamiento suave de la mañana. ¿Y si nos escapamos?
Camila lo miró con escepticismo.
—¿Escaparnos? Pedri entraría en combustión espontánea si se entera de que he salido de la urbanización sin avisar.
—Pues no se lo decimos —propuso Gavi con esa chispa de rebeldía que lo hacía tan peligroso y atractivo a la vez—. Nos ponemos gorras, gafas de sol, ropa ancha... Yo conozco un sitio en el Tibidabo donde nadie nos molestará. Podremos ver toda Barcelona desde arriba. Sin cámaras, sin tíos pesados, solo nosotros.
—Es una locura, Gavi. Si nos pillan los paparazzi, será peor.
—No nos pillarán. Soy más rápido que ellos, ¿recuerdas? —Le guiñó un ojo y le dio un beso rápido en la nariz—. Piénsalo. Una hora de normalidad. Te lo debo por todos los besos que no te di en Navidad.
Camila lo consideró durante unos segundos. La idea de desobedecer a su hermano mayor le daba un poco de vértigo, pero la necesidad de aire puro y de estar a solas con Pablo era más fuerte.
—Está bien. Pero como me pase algo, le diré a Pedri que fue idea tuya.
—Él ya sabe que todas las malas ideas son mías, Cami. Eso no es ninguna novedad.
Unas horas más tarde, después de que Pedri se marchara al club con la promesa de volver pronto, el plan se puso en marcha. Alejandra, que sospechaba algo pero decidió hacer la vista gorda con una sonrisa cómplice, los vio salir por la puerta trasera hacia el garaje.
Gavi conducía con una concentración inusual, evitando las grandes avenidas y tomando rutas secundarias que subían hacia la montaña. Camila, oculta tras unas gafas de sol de aviador y una sudadera de Gavi, se sentía como una fugitiva en una película de acción.
—¿Estamos cerca? —preguntó ella, mirando por la ventana cómo la ciudad empezaba a quedar a sus pies.
—Casi —respondió él, girando el volante con soltura—. Es un mirador que descubrí cuando recién llegué a Barcelona y me sentía un poco abrumado por todo. No viene casi nadie, es demasiado empinado para los turistas.
Aparcaron en un pequeño sendero de tierra rodeado de pinos. El aire allí arriba era más fresco y olía a resina y a libertad. Caminaron unos metros hasta llegar a un saliente de roca desde el que se dominaba toda la metrópoli. El mar brillaba al fondo, una línea azul infinita que parecía unir Barcelona con su hogar en Canarias.
—Es precioso, Pablo —susurró Camila, dejándose caer sobre la hierba.
Gavi se sentó detrás de ella, permitiendo que ella se recostara contra su pecho.
—A veces olvido lo grande que es todo esto —dijo él, abrazándola por la cintura—. Cuando estás ahí abajo, en el campo o en el vestuario, parece que el mundo se reduce a un balón y a lo que digan de ti en la prensa. Pero aquí arriba... aquí arriba nada de eso importa.
Se quedaron en silencio durante un largo rato, simplemente disfrutando de la compañía del otro y de la brisa que les alborotaba el cabello. Por primera vez en días, Camila no sintió la necesidad de mirar por encima del hombro.
—¿Crees que alguna vez nos dejarán en paz? —preguntó ella de repente—. Me refiero a mi familia. A veces siento que somos como una inversión para ellos. Un activo que quieren controlar.
Gavi le apretó las manos con fuerza, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Escúchame bien, Camila. Tu hermano y yo hemos pasado por mucho para llegar donde estamos. Él ha tenido que aguantar cosas que nadie debería aguantar de sus propios padres. Pero lo hizo para protegerte a ti. Y ahora que yo estoy en la ecuación, la protección se duplica. No eres una inversión. Eres lo más real que tengo en una vida que a veces parece de mentira.
—Tengo miedo de que os perjudique —admitió ella, bajando la mirada—. Si esto se vuelve un escándalo, si empiezan a inventar mentiras sobre ti para presionarme...
—Que lo intenten —la interrumpió Gavi con una voz gélida que denotaba una determinación absoluta—. He aguantado insultos de estadios enteros, he tenido a defensas de cien kilos intentando partirme las piernas y he salido adelante. ¿Crees que un par de tipos en traje que solo saben de estafas me van a asustar? No me conoces tan bien como pensaba, pequeña.
Camila se giró entre sus brazos para mirarlo a los ojos. El sol de la tarde resaltaba los reflejos rubios de su cabello y la intensidad de su mirada.
—Te conozco lo suficiente para saber que eres un cabezota.
—Y un romántico empedernido, aunque Pedri diga que soy un bruto —añadió él con una sonrisa que la hizo derretirse.
Gavi acortó la distancia y la besó. Fue un beso lento, profundo, que llevaba consigo la desesperación de los meses separados y la esperanza de un futuro juntos. En ese momento, en la cima de Barcelona, el ruido del mundo desapareció. No había deudas, ni contratos, ni tíos codiciosos. Solo estaban ellos dos, desafiando a las sombras con la luz de su reencuentro.
Sin embargo, la paz fue interrumpida por el zumbido del teléfono de Gavi.
—No lo cojas —pidió Camila contra sus labios.
—Tengo que hacerlo, es Pedri. Si no respondo a la tercera llamada, enviará un helicóptero de rescate.
Gavi suspiró y contestó, poniendo el altavoz para que Camila también pudiera escuchar.
—¿Qué pasa, Gonzales? ¿Ya me echas de menos?
—¡¿Dónde demonios estáis?! —La voz de Pedri sonó distorsionada por la urgencia—. He llegado a casa y la habitación de Camila está vacía, tu coche no está y Alejandra me mira con una cara de "yo no sé nada" que significa que lo sabe todo.
Gavi y Camila intercambiaron una mirada de pánico divertido.
—Tranquilo, sargento. Solo hemos salido a que le diera un poco el aire. Estamos bien, llegamos en veinte minutos.
—¡Os voy a matar a los dos! —exclamó Pedri, aunque se notaba un deje de alivio en su voz—. Hay un coche sospechoso rondando la entrada de la urbanización otra vez. No es el de ayer. Por favor, Pablo, traéla de vuelta. Ahora.
La sonrisa de Gavi se desvaneció al instante.
—Estamos yendo. No cuelgues.
El camino de vuelta fue mucho más tenso. Gavi conducía con una precisión quirúrgica, sus ojos escaneando constantemente los espejos retrovisores. Camila permanecía en silencio, sintiendo cómo el miedo que había logrado disipar en la montaña regresaba con renovada fuerza.
—No es justo —murmuró ella, apretando los puños—. No es justo que no podamos ni ir a ver el atardecer.
—Lo sé —respondió Gavi, su mandíbula apretada—. Pero esto se acaba pronto, te lo prometo. Pedri no se va a quedar de brazos cruzados y yo tampoco.
Cuando llegaron a la urbanización, la seguridad era máxima. Dos patrullas de la policía local estaban apostadas cerca de la entrada. Al entrar en la propiedad de Pedri, este los esperaba en el porche, caminando de un lado a otro como un león enjaulado.
En cuanto bajaron del coche, Pedri se lanzó hacia ellos. Primero revisó que Camila estuviera ilesa, tomándola de los hombros con una brusquedad nacida del susto.
—¿Estás loca? —le espetó a su hermana—. ¡Te dije que era peligroso!
—Pedri, era solo un paseo... —intentó defenderse ella.
—¡No es solo un paseo! —gritó Pedri, señalando hacia la calle—. Han contratado a un detective privado, Cami. Han estado sacando fotos de la casa. Quieren encontrar cualquier cosa para decir que no estás segura conmigo y obligarte a volver con ellos para "tutelar" tus decisiones.
Camila se quedó pálida. La sofisticación de las tácticas de su familia parecía no tener límites.
—¿Un detective? —preguntó Gavi, acercándose a Pedri—. ¿Estás seguro?
—Mi jefe de seguridad lo ha pillado. Tenía una cámara con un teleobjetivo. Ha escapado antes de que llegara la policía, pero sabemos que están jugando sucio.
Pedri se pasó las manos por la cara, visiblemente agotado.
—Lo siento, pequeña. Siento que esto sea así. Solo quería que tu regreso fuera perfecto.
Camila se acercó a su hermano y lo abrazó con fuerza.
—No es culpa tuya, Pedri. Nunca lo ha sido. Es de ellos.
Gavi se unió al abrazo, rodeándolos a ambos con sus brazos fuertes. Eran una unidad. Un triángulo que nadie, por mucho dinero o influencias que tuviera, iba a poder romper.
—Entrad —dijo Pedri finalmente, recuperando la compostura—. Alejandra ha preparado algo de cenar. Tenemos que planear los próximos pasos. Mañana tengo una reunión con el presidente del club. Laporta me ha dicho que pondrá a los abogados del Barça a nuestra disposición si es necesario.
—¿De verdad? —preguntó Camila, asombrada por el alcance del apoyo de su hermano.
—El club cuida de los suyos, Cami. Y tú eres de los nuestros.
La cena fue más silenciosa de lo habitual. El peso de la realidad se había asentado sobre ellos. Sin embargo, en medio de la preocupación, había pequeñas chispas de luz. Gavi no soltaba la mano de Camila bajo la mesa, y Alejandra intentaba animar a Pedri contándole anécdotas del entrenamiento de los juveniles.
Cuando terminó la cena y Alejandra y Pedri se retiraron a su habitación para hablar con el abogado por teléfono, Camila y Gavi se quedaron en el sofá del salón, con la televisión encendida pero sin prestarle atención.
—¿Sabes qué es lo que más me asusta? —preguntó Camila, rompiendo el silencio—. Que esto nos cambie. Que dejéis de ser esos chicos alegres que solo piensan en el fútbol por mi culpa.
Gavi se giró hacia ella, tomándole la cara con ambas manos. Su mirada era tan intensa que Camila sintió que podía leerle el alma.
—Escúchame, pequeña. El fútbol es lo que hacemos, pero esto... esto es lo que somos. No nos vas a cambiar. Nos estás haciendo más fuertes. Antes jugaba por mí, por mi familia y por la afición. Ahora, cada vez que salte al campo, sabré que estoy luchando por nuestro futuro. Y eso me hace invencible.
—¿Invencible, eh? —Camila sonrió a pesar de todo—. Qué modesto eres, Pablo Páez.
—Es la verdad —dijo él con una sonrisa pícara—. Además, tengo un incentivo extra. He hablado con Pedri. Si ganamos el próximo partido contra el Madrid en la pretemporada, me ha dado permiso para llevarte a cenar donde tú quieras. Con seguridad, claro, pero a solas.
—¿Ha aceptado eso? —Camila arqueó una ceja, incrédula—. ¿Mi hermano el sobreprotector?
—Bueno, tuve que prometerle que no te traería a casa después de las doce y que le lavaría el coche durante un mes —admitió Gavi riendo—. Pero vale la pena.
Camila se rió, sintiendo que la tensión de sus hombros se relajaba por fin.
—Entonces más te vale ganar ese partido, Gavi. Porque tengo muchas ganas de ponerme un vestido bonito y salir contigo.
—Considera que el partido ya está ganado —sentenció él antes de besarla de nuevo.
Esa noche, mientras la casa de Pedri se sumía en la oscuridad, Camila se sintió extrañamente en paz. Sabía que la batalla legal sería larga y que su familia no se rendiría fácilmente. Sabía que habría más coches sospechosos y más mensajes anónimos. Pero también sabía que tenía algo que ellos nunca entenderían: un amor y una lealtad que no se podían comprar con todo el dinero del mundo.
Se durmió escuchando el sonido de la respiración pausada de Gavi, que se había quedado dormido en el sillón de su habitación, negándose a dejarla sola ni un minuto. Barcelona seguía allí fuera, vibrante y peligrosa, pero dentro de aquellas cuatro paredes, Camila Gonzales finalmente había encontrado su verdadero hogar. La sorpresa de su regreso había sido solo el comienzo; ahora empezaba la verdadera lucha por su libertad, y tenía al mejor equipo del mundo de su lado.