Operación: Seducción
Escote y Jaque Mate
La ausencia de Satoru Gojo en la enfermería era, en teoría, un regalo del cielo. Durante años, Shoko Ieiri había soñado con un día de trabajo en el que no escuchara el portazo estrepitoso de la entrada, seguido por el canturreo irritante de su nombre y el olor empalagoso de algún dulce traído de una prefectura lejana. Sin embargo, ahora que el silencio reinaba en su morgue, Shoko descubría que el silencio podía ser increíblemente ruidoso.
Habían pasado tres días desde la cena. Tres días desde que Satoru Gojo, el hombre que no temía a la muerte, huyó de su oficina tras haber compartido apenas media copa de whisky. No fue una huida física inmediata, sino emocional; sus ojos, esos Seis Ojos que todo lo veían, se habían desenfocado por un segundo antes de que él soltara una excusa incoherente sobre una misión urgente en Kioto que, según los informes de Ichiji, ni siquiera existía.
Desde entonces, Gojo era un fantasma.
—Es patético —murmuró Shoko, dejando caer un bisturí en la bandeja metálica con un tintineo seco—. Simplemente patético.
Incluso los alumnos lo habían notado. Esa mañana, Shoko se había cruzado con Megumi Fushiguro en el pasillo. El chico, usualmente estoico, tenía una expresión de genuina confusión.
—Ieiri-san —había dicho Megumi—, ¿sabe si a Gojo-sensei le pasa algo? Hoy intentó darnos clase con una bolsa de papel en la cabeza porque decía que "la luz del sol era demasiado agresiva para su cutis". Y en cuanto escuchó su voz a lo lejos, se teletransportó al techo del edificio.
Shoko soltó una pequeña risa interna al recordarlo. Satoru estaba asustado. Estaba experimentando algo que su técnica del Infinito no podía filtrar: la vulnerabilidad de la atracción. Pero la Operación Seducción no se trataba solo de asustarlo, sino de doblegarlo. Y si él pensaba que podía esconderse en las sombras de la academia, estaba muy equivocado.
Shoko se miró en el espejo de su oficina. Hoy había decidido cambiar ligeramente su uniforme. Debajo de la bata blanca, su jersey azul de cuello alto ya no era tan "alto". Con una tijera quirúrgica y un poco de habilidad, había modificado la prenda, creando una abertura en forma de lágrima justo en el centro del pecho. No era vulgar, era estratégico. Cada vez que se inclinaba o se movía, la abertura revelaba la curva sutil de su escote y la suavidad de su piel pálida, un contraste directo con el azul oscuro de la tela.
Se recogió el cabello en una coleta alta, dejando su cuello expuesto, y se puso sus tacones crema. Sabía que Gojo tenía clase con los de primer año en diez minutos. El salón 4-B era su objetivo.
Caminó por los pasillos con una calma depredadora. Los estudiantes que pasaban a su lado la saludaban con respeto, sin notar la tormenta que la médica estaba a punto de desatar. Al llegar a la puerta del salón, sus Seis Ojos —o más bien, su instinto de mujer— le dijeron que Satoru estaba dentro, probablemente organizando sus notas o, más probablemente, comiendo algo escondido.
Abrió la puerta sin llamar.
Satoru estaba de espaldas, escribiendo algo en la pizarra con una energía maníaca. Al escuchar el chirrido de la puerta, se tensó visiblemente.
—¡Ah, Megumi! ¡Nobara! ¡Yuji! Llegan temprano, estaba justo terminando de dibujar un diagrama sobre por qué los dulces de crema son superiores a los de...
Gojo se giró con una sonrisa ensayada, pero las palabras se murieron en su garganta en el instante en que sus ojos (esta vez cubiertos por sus habituales gafas oscuras) aterrizaron en la figura de Shoko.
—Hola, Satoru —dijo ella, cerrando la puerta detrás de sí y apoyándose en ella.
—Shoko... —La voz de Gojo tembló. Dio un paso atrás, chocando contra la pizarra—. ¿Qué haces aquí? No tienes clase. Los muertos no se van a escapar hoy, ¿verdad?
Shoko no respondió. Empezó a caminar hacia él, lenta, rítmica. Cada paso de sus tacones parecía martillar el ego de Satoru. Él intentó mantener su postura relajada, pero sus manos, apoyadas en el borde de la mesa del profesor, estaban apretadas hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—Me has estado evitando, Satoru. Y eso me duele. Pensé que éramos amigos —dijo ella, deteniéndose a menos de un metro de él.
—¡Evitándote! ¿Yo? ¡Para nada! —Gojo soltó una carcajada estridente que sonó completamente falsa—. He estado muy ocupado. Ya sabes, ser el más fuerte requiere mucho papeleo. Y misiones. Y... y... comprar recuerdos.
—Mírame, Satoru —ordenó ella en voz baja.
Gojo bajó la mirada, intentando enfocarse en su rostro, pero sus Seis Ojos le jugaron una mala pasada. A esa distancia, con la luz de la mañana entrando por las ventanas del salón, la modificación de su jersey azul era imposible de ignorar. La abertura en el pecho de Shoko atrajo su visión como un agujero negro. Podía ver el latido constante en la base de su cuello, la suavidad de la piel que nunca antes había estado tan expuesta a su mirada.
El cerebro de Gojo entró en cortocircuito. La información que recibía era demasiado: el aroma a jazmín de su piel, el calor que emanaba de ella ahora que había desactivado el Infinito por puro nerviosismo, y esa visión prohibida que desafiaba toda su lógica de "amigos y colegas".
—¿Te gusta mi jersey nuevo? —preguntó Shoko, dando un paso más, invadiendo su espacio personal de forma absoluta—. Me sentía un poco... sofocada hoy. Pensé que un poco de aire fresco me vendría bien.
—Es... es azul —logró decir Gojo, su voz ahora era un hilo—. Un azul muy... azul.
Shoko soltó una risita y levantó una mano, apoyándola en el pecho de Satoru. Sintió su corazón galopando como un caballo desbocado. El hombre más poderoso del mundo estaba al borde de un colapso nervioso por un trozo de piel expuesta.
—Estás sudando, Satoru —dijo ella, inclinándose un poco hacia adelante. Al hacerlo, la abertura del jersey se ensanchó, ofreciéndole una vista que hizo que Gojo sintiera que sus gafas estaban a punto de derretirse—. ¿Seguro que no tienes fiebre? Como médico, me preocupa tu salud.
—Shoko, por favor... —Satoru cerró los ojos detrás de las gafas, pero incluso así podía "verla". Su técnica le permitía percibir la masa, la energía y el calor. Era una tortura—. Los alumnos van a llegar en cualquier momento.
—Que lleguen —susurró ella, deslizando su mano hacia arriba, rodeando su cuello. Sus dedos rozaron la parte posterior de su oreja—. Que vean cómo el gran Satoru Gojo se queda sin palabras ante una simple mujer. ¿Dónde quedó toda esa arrogancia de la otra noche? ¿Dónde está el hombre que decía que podía manejar cualquier cosa?
Gojo abrió los ojos, y por un momento, la máscara de payaso desapareció. Había un hambre genuina en su mirada, una lucha interna entre el deseo de tomarla por la cintura y la parálisis que le provocaba el miedo a cambiar su relación para siempre.
—No eres una "simple mujer", Shoko. Y lo sabes —dijo él, su voz volviéndose profunda, casi peligrosa—. Sabes exactamente lo que me estás haciendo.
—Lo sé —admitió ella, acercando sus labios a su oído—. Y no voy a parar hasta que dejes de huir.
En ese preciso instante, se escucharon voces y risas en el pasillo. Los de primer año estaban a punto de entrar.
Shoko no se apartó de inmediato. Se tomó su tiempo, deslizando su mano por el hombro de Gojo y dándole un ligero apretón antes de retroceder con una gracia infinita. Se alisó la bata blanca y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, recuperando su expresión de indiferencia profesional en un parpadeo.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Gojo-sensei! ¡Llegamos! —gritó Itadori, entrando con su energía habitual, seguido por una Nobara que se quejaba del calor y un Megumi que parecía querer estar en cualquier otro lugar del mundo.
Los tres se detuvieron en seco al ver a Shoko allí.
—¡Oh! ¡Ieiri-san! —Itadori sonrió—. ¿Pasa algo? ¿Gojo-sensei se volvió a tragar una moneda?
Shoko miró a Satoru de reojo. El hechicero estaba rígido como una estatua, con la tiza todavía en la mano y un rubor que subía por su cuello, haciendo juego con el color de una manzana madura.
—No, Itadori-kun —dijo Shoko con una calma gélida—. Solo estaba verificando algunos... signos vitales. Su profesor parece tener una arritmia bastante severa hoy. Deberían vigilarlo, no sea que se desmaye en medio de la explicación.
Nobara entrecerró los ojos, pasando la mirada de Shoko al rostro desencajado de Gojo. Sus instintos femeninos captaron la tensión eléctrica en el aire casi de inmediato.
—¿Gojo-sensei? —preguntó Nobara con tono de sospecha—. ¿Por qué está tan rojo? ¿Y por qué tiene la tiza partida en dos?
Satoru miró su mano. Efectivamente, había aplastado la tiza sin darse cuenta.
—¡Es el calor de la juventud, Kugisaki! —exclamó Gojo, recuperando su voz de falsete, aunque su cuerpo seguía vibrando por la cercanía de Shoko—. ¡La pasión por la enseñanza me quema por dentro! ¡Sí, eso es!
Shoko caminó hacia la puerta, pasando junto a los alumnos. Al llegar al umbral, se detuvo y miró a Satoru por encima del hombro.
—No te olvides de lo que hablamos, Satoru. Si los síntomas persisten, ven a mi oficina. Tengo un tratamiento muy... intensivo para pacientes tan difíciles como tú.
Con un guiño casi imperceptible que solo Gojo pudo captar, Shoko salió del salón. El sonido de sus tacones alejándose fue lo único que rompió el silencio sepulcral que dejó tras de sí.
—Sensei —dijo Megumi después de unos segundos—, el diagrama en la pizarra... está al revés.
Gojo se giró hacia la pizarra, viendo un garabato incomprensible. Se cubrió el rostro con ambas manos, dejando escapar un gemido de frustración y derrota.
—Itadori, Fushiguro, Kugisaki... —murmuró Gojo—. Hoy vamos a estudiar por su cuenta. Su profesor necesita... meditar. En una cámara frigorífica. Por unas tres horas.
—¡Definitivamente le pasa algo! —exclamó Itadori.
Mientras tanto, Shoko caminaba por el patio de la escuela, sacando un cigarrillo de su bolsillo. Lo encendió y soltó una bocanada de humo gris hacia el cielo azul.
—Cuatro a cero, Satoru —dijo para sí misma, con una sonrisa de absoluta satisfacción—. Y ni siquiera he tenido que esforzarme.
La Operación Seducción estaba entrando en su fase crítica. Shoko sabía que Gojo estaba a punto de romperse, y cuando lo hiciera, no habría Infinito en el mundo que pudiera salvarlo de ella. Sacó su teléfono y, por primera vez en mucho tiempo, no escribió a Suguru. En su lugar, abrió una nota nueva y escribió:
"Anatomía de un Dios: El corazón de Gojo Satoru late a 120 pulsaciones por minuto cuando ve 5 centímetros de piel. Nota para el futuro: comprar más ropa azul".
Guardó el teléfono y regresó a su lúgubre mazmorra, sintiéndose más viva que nunca. Satoru Gojo creía que era el hombre que lo tenía todo bajo control, pero Shoko Ieiri estaba a punto de enseñarle que, en el juego del amor y la guerra, ella siempre tenía el bisturí más afilado.