Operación: Seducción
Piel, Carmín y el Dulce Sabor de la Derrota
La reunión de los altos mandos y los hechiceros de grado especial había sido, como de costumbre, un ejercicio de paciencia y burocracia que agotaría incluso a un monje budista. Al salir de la sala principal, el ambiente era pesado, cargado de la tensión residual de discutir presupuestos de energía maldita y protocolos de contención.
—Necesito alcohol —sentenció Utahime Iori, frotándose las sienes con frustración—. Si no bebo algo en los próximos veinte minutos, voy a exorcizar a uno de esos ancianos por accidente. Shoko, dime que estás conmigo.
Shoko Ieiri, que ya tenía un cigarrillo apagado entre los labios esperando a salir al aire libre, asintió con lentitud.
—Un bar suena como el único lugar lógico en este mundo ahora mismo —respondió con su voz ronca habitual.
—¡Excelente idea! —exclamó Mei Mei, contando mentalmente las comisiones del día—. Conozco un lugar discreto en Shinjuku. El ambiente es refinado y la carta de vinos es... aceptable para mis estándares.
—Yo también iré —añadió Nanami con su tono monótono—, aunque preferiría estar en mi sofá, la alternativa de escuchar a Gojo quejarse por el pasillo durante el regreso es peor que una resaca.
—¡Oye, Nanami-min, qué cruel! —Satoru Gojo, que caminaba unos pasos por delante con las manos en los bolsillos, se giró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Pero me temo que esta vez tendré que pasar. Tengo... cosas que hacer. Muchas cosas. Muy importantes.
Shoko arqueó una ceja. El "hechicero más fuerte" estaba usando su voz de "estoy tratando de sonar casual pero estoy a punto de entrar en pánico". Desde el incidente en el salón de clases, Gojo se había vuelto un experto en el arte de la evasión, utilizando su velocidad sobrehumana para desaparecer cada vez que Shoko entraba en una habitación.
—¿Cosas importantes, Satoru? —Shoko se adelantó, colocándose frente a él—. ¿Como clasificar tus envoltorios de caramelos por orden alfabético? No vas a faltar.
—En serio, Shoko, tengo una misión... —comenzó él, retrocediendo un paso.
—Si no vienes —lo interrumpió ella, bajando el tono de voz para que solo él la escuchara—, mañana por la mañana entraré en tu oficina con un contenedor de residuos biológicos y destruiré cada uno de los dulces que tienes escondidos en el falso techo, en el cajón de los calcetines y detrás de la foto de los de primer año. No quedará ni un solo mochi de fresa en todo el campus.
Gojo se quedó petrificado. La amenaza era real. Shoko no bromeaba con las auditorías de suministros, y mucho menos cuando tenía ese brillo depredador en los ojos.
—Eso es... eso es terrorismo, Shoko —susurró Satoru, horrorizado.
—Es una invitación, Satoru. Tú decides —ella le dedicó una sonrisa gélida y triunfante antes de volverse hacia los demás—. Nos vemos en el bar en una hora. Gojo invita a la primera ronda.
***
Una hora después, el grupo se encontraba en un reservado de terciopelo oscuro en el bar que Mei Mei había sugerido. Nanami ya estaba dando cuenta de un whisky solo, Utahime se quejaba de la última imprudencia de sus alumnos, e Ijichi intentaba, sin éxito, relajarse entre tantos hechiceros de alto nivel.
Satoru Gojo llegó último. Se había tomado su tiempo, tratando de convencerse de que podía manejar la situación. Llevaba sus gafas oscuras y su habitual chaqueta negra, una armadura de confianza que esperaba que fuera suficiente.
—Siento la tardanza, la belleza requiere... —Gojo se detuvo en seco en la entrada del reservado.
Su cerebro, esa computadora biológica capaz de procesar el Infinito, sufrió un error crítico de sistema.
Shoko Ieiri estaba sentada en el centro del sofá circular, con una pierna cruzada sobre la otra. Pero no era la Shoko de siempre. Nobara Kugisaki, con quien Shoko había estado conspirando toda la tarde bajo la excusa de una "consulta médica", había hecho un trabajo impecable.
Shoko vestía unos jeans de mezclilla oscura, tan pegados que parecían una segunda piel, de un tiro tan bajo que dejaban al descubierto la curva elegante de sus caderas. Arriba, un top azul eléctrico sin mangas se ajustaba a su torso, terminando justo por encima del ombligo. Toda su zona media —desde la cintura hasta el inicio de las costillas— estaba expuesta, revelando una piel tersa y una línea abdominal sutil que Gojo nunca se había permitido imaginar. El top tenía, además, una apertura en forma de cerradura en el pecho que enmarcaba su escote de una manera que hacía que el aire en el bar se sintiera repentinamente escaso.
Pero lo más letal era su rostro. Shoko llevaba un labial carmín intenso, brillante, que resaltaba la forma de sus labios de una manera casi pecaminosa.
—Llegas tarde, Satoru —dijo ella, su voz mezclándose con el jazz suave del local—. Siéntate. Te hemos guardado un lugar... justo aquí.
Shoko palmeó el espacio vacío a su lado. El espacio era estrecho. Demasiado estrecho.
Gojo caminó hacia el sofá como si estuviera caminando hacia un patíbulo. Sus Seis Ojos estaban enviándole alertas de proximidad constantes. Cada vez que Shoko se movía para alcanzar su copa, la piel de su abdomen se tensaba y brillaba bajo las luces cálidas del bar.
—Shoko... —Gojo se sentó, intentando dejar el máximo espacio posible, lo cual era difícil dado que sus largas piernas chocaban con todo—. Estás... diferente. ¿Te has cortado el pelo?
Utahime soltó una carcajada, casi atragantándose con su cerveza.
—¿En serio, Gojo? ¿Eso es lo único que notas? —Utahime miró a Shoko con aprobación—. Está espectacular. Nobara tiene buen gusto, aunque me costó convencer a Shoko de que se quitara la bata para venir.
—Me pareció que era hora de un cambio de aires —dijo Shoko, inclinándose hacia adelante para dejar su copa en la mesa. Al hacerlo, el escote de su top se volvió el centro del universo de Gojo.
Satoru sintió que el Infinito estaba fallando. No por una técnica enemiga, sino porque su propia concentración se estaba desmoronando. Podía ver los poros de la piel de Shoko, el ligero rastro de un lunar cerca de su ombligo, el brillo del labial carmín que parecía invitarlo a cometer un error irreparable.
—Nanami, ¿no crees que hace calor aquí? —preguntó Gojo, abriéndose el cuello de la chaqueta con dedos temblorosos.
—Hace quince grados afuera y el aire acondicionado está a tope, Gojo —respondió Nanami sin mirarlo—. Si tienes calor, es un problema interno.
Shoko se acercó un poco más a Satoru, dejando que su hombro rozara el brazo de él. El contacto de la seda de su top y el calor de su piel desnuda contra la chaqueta de Gojo fue como un cortocircuito.
—¿Te pasa algo, Satoru? —preguntó ella, bajando la voz hasta que solo él pudiera captar el matiz burlón—. Estás muy tenso. ¿Quieres que te examine? Aquí mismo puedo tomarte el pulso.
—No es necesario —dijo Gojo, su voz una octava más aguda—. Estoy perfectamente. ¡Soy el más fuerte, después de todo! ¡Nada me afecta!
—Entonces no te importará esto —dijo Shoko.
Ella estiró el brazo por detrás del cuello de Gojo, apoyando su mano en el respaldo del sofá, rodeándolo efectivamente. Al hacerlo, su torso se giró, dejando su cintura expuesta a escasos centímetros de la mano de Satoru. Él podía sentir el calor irradiando de ella. El aroma de Shoko —tabaco, café y ahora un perfume floral profundo— lo estaba mareando.
—Satoru —susurró Shoko, acercando sus labios a la oreja de él—, tienes una mancha en las gafas.
Antes de que él pudiera reaccionar, Shoko usó su otra mano para retirarle las gafas oscuras con una lentitud exasperante. Gojo parpadeó, sus ojos azules —el cielo infinito— quedaron expuestos y vulnerables. Shoko no se apartó. Se quedó allí, sosteniendo las gafas, mirando profundamente ese azul que tanto la irritaba y la fascinaba a la vez.
—Tus ojos son realmente hermosos, Satoru —dijo ella, y por una vez, no había burla en su voz—. Es una pena que los escondas tanto. Especialmente de mí.
El bar desapareció para Gojo. Los gritos de Utahime, el sarcasmo de Mei Mei y el silencio de Nanami se convirtieron en ruido blanco. Solo existía Shoko, su labial carmín y esa piel desnuda que desafiaba todas sus defensas.
—Shoko, yo... —Satoru intentó decir algo, pero su mano, actuando por voluntad propia, se movió unos milímetros hacia la cintura de ella.
—¿Tú qué, Satoru? —Shoko se humedeció los labios, haciendo que el carmín brillara aún más bajo la luz tenue—. ¿Vas a decirme que el Infinito te protege de esto? ¿O vas a admitir que estás a punto de perder?
Gojo tragó saliva. Sus Seis Ojos percibían cómo la energía de Shoko fluctuaba, cómo su corazón latía con una calma que contrastaba con el caos que él sentía. Ella tenía el control absoluto. Ella era la cirujana y él era el paciente en la mesa de operaciones, abierto de par en par.
—He perdido —admitió él en un susurro apenas audible—. Hace mucho tiempo que perdí contra ti, Shoko.
Shoko sonrió. No fue una sonrisa de victoria cruel, sino algo más cálido. Le devolvió las gafas, rozando sus dedos con los de él en el proceso.
—Cinco a cero, Satoru —dijo ella, volviendo a su posición original y tomando un sorbo de su bebida como si no acabara de desmantelar al hechicero más poderoso del mundo.
El resto de la noche fue una tortura exquisita para Gojo. Cada vez que Shoko reía, su zona media se movía, capturando la mirada de Satoru una y otra vez. Cada vez que ella bebía, él se quedaba hipnotizado por el carmín de sus labios.
Utahime y Mei Mei intercambiaban miradas cómplices. Era obvio para todos que Gojo estaba sufriendo un colapso en tiempo real, y que Shoko estaba disfrutando de cada segundo de su "Operación Seducción".
Cuando finalmente decidieron marcharse, el grupo se separó en la puerta del bar. Nanami se llevó a un Ijichi ligeramente ebrio, mientras que Utahime y Mei Mei compartieron un taxi, no sin antes lanzarle a Shoko un pulgar arriba que Gojo fingió no ver.
Satoru y Shoko se quedaron solos en la acera de Shinjuku. El aire nocturno era fresco, pero Satoru sentía que seguía ardiendo.
—Te acompaño a tu dormitorio —dijo Gojo, intentando recuperar algo de su caballerosidad habitual.
—No es necesario, Satoru. Puedo cuidarme sola —respondió Shoko, aunque no se movió—. Pero si insistes... podrías llevarme mi bolso. Pesa mucho con todos los informes que Nobara me obligó a cargar.
Gojo tomó el bolso, y caminaron en silencio por las calles iluminadas por neones. Por primera vez en mucho tiempo, Satoru no hablaba por los codos. Estaba procesando la noche, la cercanía de Shoko y el hecho de que su barrera infinita se sentía más como una prisión que como una protección.
Al llegar a la puerta del edificio de Shoko, ella se detuvo y se giró hacia él. La luz de una farola cercana acentuaba las líneas de su cuerpo, el azul de su top y el rojo de sus labios.
—Gracias por la noche, Satoru —dijo Shoko. Se puso de puntillas y, por un segundo, Gojo pensó que lo besaría. Su corazón se detuvo. Pero ella solo depositó un beso casto y suave en su mejilla, justo al borde de su mandíbula.
El contacto del labial carmín dejó una marca sutil en la piel de Gojo.
—Mañana —dijo Shoko, mientras abría la puerta—, espero verte en la enfermería. Tenemos mucho de qué hablar. Y Satoru...
—¿Sí? —respondió él, todavía aturdido.
—No te limpies la mejilla hasta que llegues a tu habitación. Te queda bien el rojo.
Shoko entró en el edificio, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo.
Gojo Satoru se quedó parado en la calle, solo, con el bolso de una mujer en la mano y una marca de labial carmín en el rostro. Se llevó una mano a la mejilla, rozando el lugar donde ella lo había tocado.
—Cinco a cero —repitió él, soltando una risa floja y llena de una derrota que se sentía extrañamente como una victoria—. Maldita sea, Shoko... eres realmente despiadada.
Esa noche, el hechicero más fuerte del mundo no durmió. Sus Seis Ojos no dejaban de proyectar la imagen de una mujer vestida de azul y seda, recordándole que, aunque pudiera controlar el espacio y el tiempo, no tenía ninguna oportunidad contra Shoko Ieiri cuando ella decidía que era hora de ganar.
La Operación Seducción no solo había roto su barrera; había reescrito las reglas de su mundo. Y Satoru Gojo, por primera vez en su vida, estaba ansioso por ver qué pasaría en el sexto asalto.