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Operación: Seducción

La Paradoja del Contacto: Cuando el Infinito se Vuelve Invitación

El aire en la enfermería era denso, cargado con el olor metálico de los desinfectantes, el rastro amargo del tabaco de Shoko y algo nuevo, algo que Satoru Gojo no podía identificar del todo pero que hacía que sus sentidos gritaran en alerta roja. Era el aroma del cambio.

Durante los primeros cuatro días de la "sentencia" impuesta por el director Yaga —una laboriosa reorganización del inventario médico que, según Yaga, ayudaría a Satoru a "aprender disciplina" y a Shoko a "gestionar el caos"—, Gojo se había sentido como una presa acorralada. Shoko no había tenido piedad. Había caminado por la habitación con una deliberación felina, inclinándose sobre cajas de suministros de tal manera que su jersey recortado dejaba al descubierto cada centímetro de su abdomen tonificado. Había usado sus tacones crema para acortar distancias, susurrando órdenes médicas en su oído hasta que Satoru sentía que su técnica de Infinito iba a estallar por la presión interna.

Pero hoy era el quinto día. Y algo en la atmósfera de la escuela técnica de Tokio había cambiado de polaridad.

Shoko estaba de pie frente a una estantería alta, con los brazos en alto mientras intentaba alcanzar una caja de vendas especiales. El movimiento hacía que el jersey azul se elevara aún más, revelando la curva de su cintura y la suavidad de su piel pálida. Ella esperaba el habitual tartamudeo de Satoru, o quizás que él se teletransportara al otro lado de la habitación para evitar mirar.

En su lugar, sintió una presencia masiva y cálida justo detrás de ella.

Satoru no se alejó. Al contrario, dio un paso adelante hasta que su pecho rozó casi imperceptiblemente la bata blanca de Shoko. Levantó su brazo largo, pasando por encima de la cabeza de ella con una facilidad insultante, y bajó la caja de un solo movimiento. Pero no se retiró. Se quedó allí, atrapándola entre su cuerpo y la estantería.

—Parece que necesitas ayuda, Shoko —susurró él. Su voz no era el chillido juguetón de siempre; era baja, vibrante, cargada de una confianza que ella no le había visto en toda la semana—. Estás un poco corta hoy, ¿no crees?

Shoko se quedó helada por un segundo, su corazón dando un vuelco inesperado. Se giró lentamente, apoyando la espalda contra los estantes, quedando cara a cara con el hechicero. Satoru no llevaba su venda, sino sus gafas oscuras, pero ella podía sentir sus Seis Ojos recorriendo cada detalle de su rostro con una intensidad devoradora.

—Puedo manejarlo sola, Satoru —respondió ella, tratando de recuperar su tono de indiferencia—. No necesito que el "más fuerte" me haga de escalera.

—Oh, lo sé —dijo él, inclinando la cabeza. Se acercó más, invadiendo su espacio con una audacia que Shoko no había previsto—. Pero Yaga dijo que debíamos trabajar juntos. Y yo siempre soy un alumno aplicado.

Satoru bajó la mano que sostenía la caja y la dejó en el estante de al lado, pero dejó su otro brazo apoyado cerca del hombro de Shoko. Luego, con una lentitud que rozaba lo tortuoso, se inclinó hacia su cuello. Shoko contuvo el aliento, esperando un ataque de nervios por parte de él, pero lo que recibió fue el calor de su respiración.

Gojo inhaló profundamente cerca de su sien, cerrando los ojos por un breve instante.

—Hueles bien hoy —murmuró él, su nariz rozando apenas los mechones castaños de su cabello—. Jazmín... y algo más. ¿Es un perfume nuevo? ¿O es que finalmente has decidido dejar de oler solo a morgue y nicotina?

Shoko sintió un escalofrío recorrer su columna. El cazador acababa de decidir que ya no quería ser la presa.

—Satoru... —comenzó ella, pero su voz salió más débil de lo que pretendía.

—¿Sí, Shoko? —Él se apartó lo justo para mirarla, con una sonrisa ladeada que era pura travesura—. ¿Te pongo nerviosa? Pensé que eras tú la que estaba al mando de esta... operación.

Él no esperó respuesta. Sus dedos largos y delgados descendieron desde el hombro de ella, rozando la tela de la bata, hasta llegar a la piel desnuda de su abdomen. Shoko dio un pequeño respingo cuando sintió el contacto frío de las yemas de sus dedos contra su vientre expuesto. Satoru no la tocó con brusquedad; fue un roce exploratorio, casi juguetón.

—Este jersey... —continuó él, deslizando sus dedos por la línea de su cintura— es muy poco práctico para una doctora. Podrías resfriarte. O peor aún, podrías distraer a tus pacientes.

—No tengo pacientes que se distraigan con facilidad, Satoru —logró decir ella, recuperando un poco de su fuego—. Y tú eres el último que debería hablar de distracciones.

—¿Yo? —Satoru soltó una risita suave—. Yo solo soy un humilde asistente.

De repente, los dedos de Satoru empezaron a moverse con rapidez, haciendo un movimiento rítmico de cosquilleo justo en los costados de su abdomen. Shoko, que siempre se había jactado de su control absoluto, soltó una carcajada involuntaria y trató de apartar las manos de él, retorciéndose en el pequeño espacio.

—¡Satoru! ¡Detente! —exclamó ella entre risas, golpeando suavemente su pecho—. ¡Eso es juego sucio!

—¿Juego sucio? —Él no se detuvo, disfrutando de la reacción de ella—. Pensé que estábamos rompiendo barreras, Shoko. Tú empezaste esto con tus pantalones pegados y tus miradas de "ayúdame con esta caja". Yo solo estoy siguiendo el ritmo.

Satoru la soltó finalmente, pero solo para atrapar sus manos y mantenerlas contra el estante. La risa de Shoko se fue apagando, convertida en una respiración agitada. La distancia entre ellos era inexistente. El Infinito estaba desactivado; Shoko podía sentir cada gramo de la energía masiva de Gojo, el calor de su cuerpo y la fuerza de sus manos sujetando las suyas.

—Cinco días, Shoko —dijo él, su tono volviéndose serio de repente—. Cinco días en los que me has llevado al límite. ¿De verdad pensabas que el hechicero más fuerte del mundo no iba a contraatacar?

Shoko lo miró fijamente. Sus ojos castaños se encontraron con el azul eléctrico que se asomaba por encima de las gafas oscuras de él. La tensión era tan alta que casi podía oírse el chisporroteo de la energía maldita en el aire.

—Esperaba que lo hicieras —admitió ella, con una sonrisa desafiante—. Estaba empezando a pensar que eras demasiado lento para entender la invitación.

Gojo soltó sus manos, pero en lugar de alejarse, acunó su rostro con una delicadeza que la desarmó por completo. Sus pulgares acariciaron sus ojeras, esas líneas que hablaban de noches de sacrificio.

—No soy lento, Shoko. Solo soy precavido. Porque sé que, una vez que cruce esta línea contigo, no habrá vuelta atrás. No habrá más "amigos y colegas" que valgan.

—¿Y quién dijo que quería volver atrás? —susurró ella.

Satoru se inclinó, su frente apoyada contra la de ella.

—Entonces juguemos, doctora —dijo él—. Pero te advierto: no sé perder.

Se apartó de ella con una agilidad felina, recuperando su habitual aire despreocupado como si nada hubiera pasado. Caminó hacia el otro lado de la enfermería y tomó una escoba, empezando a barrer con una energía exagerada.

—¡Vaya! ¡Cuánta energía tengo hoy! —exclamó Gojo, canturreando—. Shoko, creo que deberíamos mover esos archivadores al fondo. ¡Y luego podríamos ir a por unos dulces! ¡Yo invito!

Shoko se quedó allí, apoyada contra la estantería, sintiendo todavía el hormigueo en su vientre y el calor de sus manos en su rostro. Se alisó el jersey azul, dándose cuenta de que las reglas del juego habían cambiado drásticamente. Satoru Gojo no solo se había unido a la partida; acababa de tomar el tablero y lanzarlo por la ventana.

—Despiadado... —murmuró ella, con una sonrisa genuina apareciendo en sus labios—. Realmente es un idiota despiadado.

Durante las siguientes horas, el trabajo de organización se convirtió en un campo de batalla de contactos accidentales y provocaciones deliberadas. Cada vez que Shoko pasaba junto a él, Satoru encontraba una excusa para rozar su mano o para soplar suavemente en su oreja mientras le pedía un informe.

—Satoru, si vuelves a hacer eso, te voy a sedar —amenazó Shoko cuando él le susurró una broma sobre el color de su ropa interior justo al oído.

—¡Oh, qué miedo! —respondió él, dándole un toquecito juguetón en la punta de la nariz—. Pero admitelo, te gusta que participe. Es mucho más divertido que verme sonrojarme como un niño de primaria, ¿verdad?

Shoko suspiró, pero no pudo negar la verdad. Ver a Satoru así, seguro de sí mismo, usando su carisma y su físico para desestabilizarla, era mil veces más embriagador que cualquier plan que ella hubiera trazado.

—Está bien, tú ganas esta ronda —dijo ella, sentándose en su escritorio y encendiendo un cigarrillo, ignorando las normas de seguridad por una vez—. Pero no te confíes. Todavía me quedan muchos trucos bajo esta bata.

Gojo se acercó al escritorio, sentándose en el borde con esa elegancia desgarbada que solo él poseía. Le quitó el cigarrillo de los dedos, le dio una calada rápida —frunci