Otra Oportunidad
Mecánica de la Felicidad
Denji no era un genio. Esta era una verdad tan fundamental para el universo como la gravedad o el hecho de que el pan con mermelada era la comida suprema. Su cerebro funcionaba con un sistema operativo simple: detectar necesidad (hambre, sueño, chicas), formular solución (comer, dormir, intentar ligar), ejecutar. Sin embargo, incluso su procesador de patata era capaz de reconocer patrones. Y el patrón que se había formado en su apartamento durante las últimas semanas era tan obvio como una motosierra en una biblioteca.
Nayuta y Reze habían dejado de ser dos gatos siseándose en un saco. Ahora eran una manada de lobos. Dos lobas, para ser exactos, que habían identificado una presa común y, en lugar de luchar entre ellas por los restos, habían decidido cazar juntas. Y la presa tenía nombre: Asa Mitaka.
La primera vez que Denji lo notó fue después de la desastrosa «sesión de estudio». La hostilidad coordinada, los «accidentes» perfectamente sincronizados, la forma en que ambas lo miraban con una mezcla de exasperación y protección cuando mencionaba a Asa… Era una conspiración. Una conspiración de chicas. Y en el limitado manual de Denji sobre interacciones femeninas, una conspiración de chicas en torno a un chico solo podía significar una cosa.
Celos.
La conclusión lo golpeó con la fuerza de una revelación divina mientras estaba sentado en el inodoro. ¡Era tan simple! Nayuta, su hermanita demoníaca, estaba celosa de que otra chica le robara la atención. Era territorial, como un perro que no quiere compartir su juguete favorito. Tenía sentido. Y Reze… ah, Reze. Ella también estaba celosa. Celosa de que él, Denji, se llevara bien con otra chica. Una chica normal de la escuela. El pensamiento hizo que una sonrisa increíblemente engreída se dibujara en su rostro. ¡Reze estaba celosa! La chica bomba, la espía soviética, la mujer que podía demoler un edificio con un pensamiento, estaba celosa por él.
Se sentía como el protagonista de una de esas comedias románticas que Power solía ver. Él era el centro de un triángulo amoroso, bueno, un cuadrado si contaba a Asa, aunque ella no parecía muy interesada. La idea era tan embriagadora que casi se olvida de tirar de la cadena.
Pero la solución era igual de obvia que el problema. Si su pequeña y extraña unidad familiar se estaba resquebrajando por culpa de los celos, él, como el hombre de la casa (un título que se había auto-otorgado), tenía que arreglarlo. Necesitaban crear nuevos lazos. Necesitaban… ¡un día de diversión familiar!
Salió del baño con la determinación de un general planeando una invasión. Reze estaba en la cocina, limpiando la encimera con una eficiencia que convertía la tarea en una especie de arte marcial doméstico. Nayuta estaba en el suelo, instruyendo a los perros en el complejo arte de rodar sobre sí mismos.
—¡Atención, equipo! —anunció Denji, aplaudiendo para llamar su atención.
Reze se giró, una ceja arqueada. Nayuta lo ignoró.
—Mañana —declaró, hinchando el pecho—, vamos a tener un día de máxima diversión. ¡Operación Felicidad Obligatoria!
—Suena a un programa de reeducación soviético —murmuró Reze sin dejar de limpiar.
—¡No! Suena a… ¡parque de atracciones! —exclamó Denji—. Iremos los tres. Nos subiremos a la montaña rusa, comeremos algodón de azúcar y nos olvidaremos de todo lo demás.
La propuesta quedó suspendida en el aire. Nayuta finalmente levantó la vista, sus ojos brillando con un interés repentino. ¿Algodón de azúcar? Eso era un soborno de alto nivel.
Reze, sin embargo, se quedó quieta. Su sonrisa de servicio se desvaneció, reemplazada por una quietud vigilante.
—No creo que sea una buena idea, Denji.
—¿Por qué no? ¡Será divertido!
—El público —dijo ella, su voz bajando un tono—. Multitudes. Demasiadas variables. No es un entorno seguro.
Denji frunció el ceño. A veces se le olvidaba que Reze no era solo una chica guapa que cocinaba de maravilla. Era una fugitiva. Un arma sin registrar viviendo en la clandestinidad. Su mundo era ese apartamento, un refugio construido a base de rutina y anonimato. Salir era un riesgo. Un riesgo que él, en su brillante plan, no había considerado.
Se acercó a ella, su euforia reemplazada por una rara seriedad.
—Estarás conmigo —dijo en voz baja, para que Nayuta no lo oyera—. Y con Nayuta. Nadie se va a meter contigo mientras estés con nosotros. Te lo prometo.
La miró a los ojos, intentando transmitir toda la confianza que no sentía. Él era el Hombre Motosierra. Podía protegerla. De demonios, de matones, de lo que fuera.
Reze lo estudió, su mirada analítica sopesando sus palabras. Vio la sinceridad en sus ojos, la determinación terca. Vio al chico que le había ofrecido huir juntos, al que le había ofrecido una vida normal. Y ahora, le estaba ofreciendo un solo día normal. Un día de sol y risas en lugar de sombras y vigilancia. El instinto de la espía gritaba «¡Peligro!». Pero la mujer que había besado en la noche de la tormenta susurró «Sí».
—Está bien —dijo finalmente, la palabra casi una rendición—. Iremos.
Denji sonrió, victorioso. ¡La Operación Felicidad Obligatoria estaba en marcha! No tenía ni idea de la verdadera naturaleza de la tregua que estaba a punto de forzar, ni de las verdaderas razones por las que sus dos chicas más importantes habían aceptado seguirle en su estúpida aventura. Para él, era simple: iba a arreglar a su familia.
***
El parque de atracciones era un asalto a los sentidos. Un caos de música alegre, gritos agudos, el olor a palomitas de maíz y azúcar quemado, y un mar de gente moviéndose en todas direcciones. Para Denji, era el paraíso. Para Reze, era el infierno.
Cada rostro en la multitud era una amenaza potencial. Cada sonido fuerte, una posible detonación. Se movía pegada a Denji, su cuerpo tenso, sus ojos escaneando constantemente el entorno, analizando rutas de escape, identificando posibles puntos ciegos. Llevaba una gorra de béisbol calada y unas gafas de sol, un disfraz patético, pero lo único que Denji había podido encontrar.
—¡Mira, mira! ¡La montaña rusa! —gritó Denji, tirando de ella hacia una estructura monstruosa de acero retorcido.
Nayuta, que caminaba unos pasos por delante con la dignidad de una reina visitando una colonia ruidosa, se giró y negó con la cabeza.
—Muy alto. Estúpido.
—¡Pero de eso se trata! —replicó Denji—. ¡De gritar como un loco! ¡Vamos, Reze, tú vienes conmigo!
Reze miró la estructura. Velocidad, altura, pérdida de control. Todo lo que su entrenamiento le había enseñado a evitar.
—Prefiero observar —dijo, su voz plana.
El día se convirtió en una extraña danza de negociaciones. Denji, en su papel de padre entusiasta, intentaba arrastrarlas a todas las atracciones. Nayuta solo aceptaba subir a las que implicaban dar vueltas lentas o ganar premios. Reze se mantenía firme en su papel de observadora, una guardaespaldas silenciosa con una expresión perpetuamente neutra.
En la galería de tiro, Denji gastó una cantidad vergonzosa de yenes intentando derribar una fila de patos metálicos. Falló cada disparo.
—Es una estafa —se quejó, frustrado.
Reze suspiró. Cogió el rifle de aire comprimido. Su postura cambió. La tensión nerviosa desapareció, reemplazada por la calma helada de un francotirador. Apuntó, contuvo la respiración. *Pop. Pop. Pop*. Tres disparos, tres patos caídos. El encargado la miró con la boca abierta.
Le entregó el premio —un peluche de un perro con motosierras sospechosamente parecido a Pochita— a Nayuta. La niña lo aceptó sin decir gracias, pero lo abrazó con fuerza. Fue un pequeño gesto de paz, una ofrenda en su guerra fría particular.
A pesar de la tensión, había momentos. Momentos extraños y casi normales. Denji compró tres algodones de azúcar, uno para cada uno. Nayuta devoró el suyo en segundos. Denji intentó compartir el suyo con Reze, y ella, tras una larga vacilación, aceptó un pequeño bocado, la textura pegajosa y dulce una sensación extraña en su lengua. Por un instante, bajo el sol brillante, con la cara de Denji manchada de azúcar rosa, Reze sintió que la armadura se agrietaba.
—¿Ves? —dijo él, sonriendo—. ¡Divertido!
Ella no respondió, pero un calor que no era del sol se extendió por su pecho.
***
La segunda fase de la Operación Felicidad Obligatoria fue la playa. Si el parque de atracciones había sido un caos contenido, la playa era una extensión de calma infinita. El sol de la tarde doraba la arena, y el sonido rítmico de las olas era un bálsamo para los nervios crispados de Reze.
—¡El último en llegar es un demonio de mierda! —gritó Denji, quitándose la camiseta y corriendo hacia el agua.
Nayuta lo siguió, no corriendo, sino caminando con una deliberada falta de prisa, como si la emoción estuviera por debajo de ella.
Reze se quedó atrás. Se quitó las zapatillas y sintió la arena cálida bajo sus pies. Se sentó en la toalla que Denji había extendido, abrazando sus rodillas. Desde allí, observó.
La escena que se desarrollaba ante ella era de una domesticidad tan pura que parecía sacada de una película. Denji, un idiota feliz en su elemento, chapoteaba en el agua, intentando salpicar a una Nayuta que lo esquivaba con una agilidad sorprendente. Luego, la cogió en brazos, a pesar de sus protestas a medias.
—¡Prepárate para el lanzamiento del cohete Nayuta! —gritó él.
La levantó sobre su cabeza y empezó a girar, cada vez más rápido. Nayuta, que había empezado con una expresión de profundo fastidio, no pudo evitar que una risita se le escapara. Una risa genuina, infantil, que se mezcló con los gritos idiotas de Denji.
Reze los miró. El sol poniente creaba siluetas doradas contra el mar azul. Denji girando, Nayuta riendo. Un chico roto y la reencarnación de su peor pesadilla, jugando en el agua como si fueran una familia de verdad. Como si el mundo no estuviera lleno de demonios, espías y amenazas inminentes.
Recordó su propia promesa, hecha en una noche lluviosa en un callejón oscuro. «Huyamos juntos». Recordó la imagen que se había formado en su mente: ella y Denji en una playa como esta, lejos de todo, libres. Aquel era un sueño desesperado, nacido de una misión y una traición.
Esto era real.
Y sin darse cuenta, Reze se echó a reír.
No fue una risa calculada. No fue una herramienta. Fue un sonido que brotó desde lo más profundo de su ser, un sonido que no había hecho en años, quizás nunca. Fue una risa suave, genuina, llena de una melancolía y una alegría que la sorprendieron a ella misma. Se rio de la estupidez de Denji, de la improbable imagen que formaban, de la ironía de encontrar un momento de paz tan perfecto en medio de una guerra clandestina.
Denji, en medio de un giro, la oyó. Se detuvo, casi perdiendo el equilibrio y tirando a Nayuta al agua. Se giró para mirarla. La vio allí, sentada en la arena, con la cabeza echada hacia atrás, riendo. La luz del atardecer se reflejaba en sus gafas de sol, pero él supo, con una certeza absoluta, que sus ojos también estaban sonriendo.
Era la chica de la piscina. La chica del festival. Por un instante fugaz y perfecto, había vuelto.
Denji se quedó mirándola, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Se olvidó de Nayuta, del mar, de todo. Solo existía el sonido de la risa de Reze y la abrumadora certeza de que estaba completa y absolutamente enamorado.
***
Volvieron al apartamento al anochecer, cansados, cubiertos de arena y oliendo a sal. El día, a pesar de sus comienzos tensos, había sido… bueno. Sorprendentemente bueno. La atmósfera en el coche de alquiler que Kishibe le había «prestado» a Denji era tranquila, casi pacífica.
Nayuta, agotada por un día de emociones y azúcar, se quedó dormida en el sofá cinco minutos después de entrar por la puerta, todavía abrazada a su peluche de Pochita. Denji la miró con una sonrisa cansada.
—Misión cumplida —murmuró.
Con un cuidado que contradecía su torpeza habitual, la levantó en brazos. Reze lo observó mientras la llevaba a la habitación, la pequeña cabeza de Nayuta apoyada en su hombro. Era una imagen tan paternal, tan tierna, que a Reze le dolió el corazón.
Cuando Denji volvió a la sala, Reze ya se había puesto las botas y estaba junto a la puerta.
—Debería irme —dijo, su voz más baja de lo normal. La magia del día se estaba disipando, y la realidad de la noche, con sus sombras y sus peligros, estaba volviendo.
—No. Espera —dijo Denji.
Se acercó a ella, su expresión inusualmente seria. La energía juguetona del día había desaparecido, reemplazada por una intensidad que Reze no le había visto desde la noche de la tormenta.
—Tenemos que hablar.
El corazón de Reze dio un vuelco. Sabía que este momento llegaría. Había estado posponiéndolo, evitándolo, pero la nostalgia era un enemigo poderoso. El día de hoy había desenterrado demasiados fantasmas, demasiados sentimientos.
—Denji, estoy cansada…
—Yo también estoy cansado —la interrumpió él—. Cansado de esto. De no saber qué somos.
Tomó sus manos entre las suyas. Las manos de ella estaban frías, las de él cálidas y un poco ásperas.
—Sé que no eres la misma chica —comenzó, su voz firme, sin titubeos—. Sé que la chica que conocí en la escuela… era una mentira. Una actuación. Me lo dejaste muy claro. Y me dolió. Dolió como un demonio.
Apretó sus manos con más fuerza.
—Pero la chica que volvió… la que cocina para mí, la que limpia mi desastre, la que aguanta a Nayuta… la que se preocupa por si como o no… esa chica es real. Y la mujer que he visto hoy… la que ha sonreído de verdad en la playa… esa también es real.
La miró directamente a los ojos, y Reze sintió que podía ver a través de todas sus capas, todas sus defensas, hasta el núcleo asustado y solitario que había debajo.
—No me importa el pasado. No me importa la misión. No me importa la Unión Soviética. Me importas tú. La de ahora. Con todas tus partes raras y serias y peligrosas. Y quiero… —tragó saliva, reuniendo el valor—. Quiero que todo sea oficial. Quiero que seas mi novia, Reze.
La pregunta cayó en el silencio del apartamento como una granada. Novia. Una palabra tan simple, tan normal, tan absolutamente imposible. El cerebro de Reze entró en modo de crisis. Novia. Significaba futuro. Significaba promesas. Significaba bajar la guardia, permitir la vulnerabilidad. Significaba arrastrarlo aún más a su mundo de peligros. Asa. Yoru. Kishibe. La Seguridad Pública. Su propio pasado. Ser su novia no era una comedia romántica, era firmar su sentencia de muerte.
Abrió la boca para negarse. Las palabras estaban en la punta de su lengua: «No puedo», «Es demasiado peligroso», «No me lo merezco». Era lo lógico. Era lo correcto. Protegerlo significaba mantener la distancia.
—No —dijo Denji, antes de que ella pudiera pronunciar una sola sílaba—. No te atrevas a decir que no.
Su voz era un gruñido bajo, lleno de una frustración y un anhelo que la dejaron sin aliento.
—Te pasas la vida negándote a ti misma cualquier cosa que se parezca a la felicidad. Te escondes detrás de tus misiones y tus protocolos porque tienes miedo. Pues bien, si tú no eres capaz de luchar por tu propia felicidad, ¡lo haré yo por ti! No voy a aceptar un no como respuesta. No esta vez.
Y antes de que Reze pudiera procesar su arrebato, él la besó.
No fue un beso suave ni vacilante. Fue un asalto. Una toma de posesión. Su boca se encontró con la de ella con una desesperación hambrienta, sus labios moviéndose con una habilidad y una pasión que la tomaron por sorpresa. Era un beso francés, profundo, exigente, un beso que no pedía permiso, sino que reclamaba lo que consideraba suyo. Sus brazos la rodearon, atrayéndola contra su cuerpo, eliminando cualquier posibilidad de escape.
El cerebro de Reze gritó. Protocolos de defensa, técnicas de evasión, contramedidas… todo su entrenamiento se convirtió en ruido blanco. Porque su cuerpo, ese traidor, ese instrumento que había sido entrenado para obedecer y matar, la traicionó de la forma más fundamental posible. Se derritió en sus brazos. Respondió al beso con una urgencia que igualaba la suya, sus manos subiendo hasta su nuca, sus dedos enredándose en su pelo desaliñado.
Era todo lo que quería. Era la rendición que había estado anhelando en secreto. La libertad de dejar de luchar, de dejar de analizar, de simplemente sentir. El calor, el deseo, la sensación abrumadora de ser querida, no por un personaje, sino por ser ella misma, con todas sus fallas. Era un riesgo catastrófico, un suicidio táctico. Y no le importaba.
Cuando finalmente se separaron, ambos jadeando en busca de aire, Denji apoyó su frente contra la de ella.
—Dime que sí —susurró, su voz ronca por la pasión.
Reze lo miró, sus ojos oscuros llenos de una tormenta de emociones. El miedo seguía ahí. La lógica le decía que huyera. Pero el corazón, un músculo estúpido e indisciplinado, ya había tomado una decisión. Su cuerpo había reaccionado. Su alma se había rendido. Las palabras salieron de su boca antes de que su cerebro pudiera vetarlas, un sonido automático, un reflejo de su deseo más profundo.
—Sí.
La palabra fue apenas un susurro. Pero en la quietud del apartamento, resonó como la más poderosa de las detonaciones.
—Sí —repitió, esta vez más firme, como si se convenciera a sí misma—. Sí, quiero ser tu novia.
Una sonrisa lenta, radiante, la más brillante que Reze le había visto jamás, iluminó el rostro de Denji. Se rio, un sonido de pura e incrédula alegría, y la levantó en brazos, haciéndola girar como había hecho con Nayuta en la playa.
—¡SÍ! —gritó él—. ¡LO SABÍA!
Reze se aferró a él, riendo también, una risa ahogada y un poco histérica. Era una locura. Era una sentencia. Era, probablemente, el error más grande de su vida.
Pero mientras Denji la abrazaba con fuerza, con el corazón latiéndole desbocado contra el suyo, Reze supo, con una certeza aterradora y maravillosa, que era un error que estaba dispuesta a cometer. La Operación Felicidad Obligatoria había concluido. Y en su estela, algo nuevo, frágil y terriblemente real, acababa de ser declarado oficial. La guerra seguía ahí fuera, esperando en las sombras. Pero por esta noche, en esta trinchera, habían ganado.