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Otra Oportunidad

Observación, Infiltración, Eliminación

La nueva normalidad era un armisticio silencioso negociado en el lenguaje de los desayunos compartidos y los platos fregados. Reze ya no era una invitada, era un mueble. Un mueble letal y eficiente que sabía exactamente cuánta sal le gustaba a Denji en los huevos y qué canal de dibujos animados mantenía a Nayuta en un estado de relativa calma. Prácticamente vivía allí, sus escasas pertenencias ocupando un cajón vacío en el armario del pasillo, un territorio conquistado sin disparar un solo tiro.

Nayuta, por su parte, había rebajado el nivel de alerta de «amenaza existencial» a «presencia tolerable y peligrosa». La palabra «perra» había sido retirada de su vocabulario activo, archivada para un uso futuro. Ahora, cuando se refería a Reze, usaba un apodo que era a la vez una descripción y una advertencia: «bomba». A veces, en raros momentos de necesidad, incluso usaba su nombre real, pronunciándolo como si fuera una fórmula química inestable.

El antiguo apodo, sin embargo, no había quedado vacante. Tenía una nueva dueña. Una dueña que, sin saberlo, había unido a dos enemigas naturales bajo una misma y frágil bandera.

Asa Mitaka era la nueva «perra».

O, más concretamente, lo que se escondía tras sus ojos nerviosos y su postura de disculpa perpetua. Yoru. Guerra.

Para Reze, el concepto no era abstracto. El Demonio Bomba era hijo de la guerra. La pólvora, la metralla, la detonación… eran el lenguaje con el que la guerra se expresaba en el mundo de los hombres. Conocía su hedor, su lógica caótica, su hambre insaciable de conflicto. Si Makima había sido un mal de precisión quirúrgica, un cáncer que se extendía con un propósito claro, Yoru era una plaga. Una fiebre que buscaba inflamar al mundo entero, sin más objetivo que el arder de la propia conflagración. Y Denji, con su estúpido y enorme corazón de motosierra, era la cerilla perfecta.

El plan de contingencia, forjado en la penumbra de la habitación de Denji entre una asesina soviética y la reencarnación del Demonio del Control, era simple en su concepción y endiabladamente complejo en su ejecución: proteger a Denji a toda costa, sin que él se diera cuenta de que estaba siendo protegido.

—Vigilarla —había dicho Reze—. Entender qué quiere de él.

—Matarla —había corregido Nayuta, con la lógica implacable de un dios primordial—. Si matamos a la chica, el pájaro estúpido se irá. Dos pájaros, una piedra.

Reze no estaba del todo de acuerdo con la eliminación de un civil. En teoría. Pero en la práctica, si Asa Mitaka se convertía en una amenaza directa para la seguridad de Denji, la teoría se volvería irrelevante. La seguridad del objetivo principal era la única directriz.

La oportunidad para poner en marcha la primera fase de su operación conjunta llegó una tarde de martes, de la mano de la inconsciencia beatífica de Denji. Entró en el apartamento, tiró su mochila al suelo y anunció con el orgullo de un niño que ha hecho un amigo nuevo:

—¡Oye! ¡Adivinad quién viene mañana a estudiar!

Reze, que estaba doblando la ropa limpia —otra tarea que había asumido tácitamente—, no levantó la vista, pero sus manos se detuvieron por una fracción de segundo. Nayuta, sentada en el suelo rodeada de perros, levantó la cabeza, su único ojo visible entre el pelo oscuro entrecerrándose.

—¡Asa! —continuó Denji, ajeno a la caída de temperatura en la habitación—. Tiene un examen de historia súper difícil y yo… bueno, yo también. Así que le he dicho que podíamos estudiar juntos aquí. Es una genio, ¿sabéis? Aunque es rara de cojones. Pero bueno, así a lo mejor se me pega algo.

Se dirigió al frigorífico, buscando algo de comer, completamente perdido en su pequeño mundo de hormonas y notas mediocres.

El silencio que dejó tras de sí fue tan pesado que podría haber agrietado el suelo. Reze dobló la última camiseta con una precisión geométrica y la colocó sobre la pila. Luego, su mirada se encontró con la de Nayuta al otro lado de la habitación. No necesitaron palabras. La Fase Uno: Observación, acababa de ser ascendida a Fase Dos: Infiltración. El enemigo iba a entrar voluntariamente en su base de operaciones.

Esa noche, cuando Denji ya roncaba en su cama, las dos aliadas se reunieron en el balcón. La noche de Tokio era una galaxia de luces frías y distantes.

—El objetivo es vulnerable —comenzó Reze, su voz un susurro bajo el zumbido de la ciudad—. Permite que la amenaza entre en un entorno controlado. Un error táctico fundamental.

—Denji es tonto —sentenció Nayuta, abrazada a sus rodillas—. Le gustan las chicas raras que huelen a muerte. Como tú.

Reze ignoró la pulla.

—Mañana, cuando ella llegue, no podemos actuar de forma hostil. Eso solo lo pondría a él en nuestra contra. Seremos… acogedoras.

La palabra sonó extraña, incluso para ella.

—¿Acogedoras? —repitió Nayuta con asco—. No quiero ser acogedora con la perra de los pájaros. Quiero morderla.

—La morderás, pero no con los dientes —dijo Reze—. La interrogaremos sin que se dé cuenta de que está siendo interrogada. La presionaremos hasta que cometa un error. Hasta que el disfraz se resbale y Denji vea, aunque sea por un segundo, a la cosa que lleva dentro.

Nayuta pareció considerar la estrategia. Era más sutil que su método preferido de «controlar-y-destruir», pero tenía su propio atractivo perverso.

—Yo la haré llorar —decidió la niña, con una sonrisita maliciosa.

—No. Llorar genera simpatía —la corrigió Reze, como una instructora veterana a una recluta impulsiva—. La harás sentir incómoda. La harás sentir fuera de lugar. La harás desear no haber venido nunca. Yo me encargaré del resto.

El pacto quedó sellado en el aire frío de la noche. Dos monstruos conspirando para proteger a un tercero de sí mismo, todo bajo el disfraz de la hospitalidad doméstica.

***

Asa Mitaka llegó a las cinco en punto, con la puntualidad de alguien aterrorizado por llegar tarde. Denji le abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Asa! ¡Pasa, pasa! ¡Estás en tu casa!

Asa entró con la torpeza de un cervatillo en una pista de hielo, inclinando la cabeza en una serie de disculpas silenciosas por el crimen de existir. Llevaba el uniforme escolar, un par de libros apretados contra el pecho como un escudo, y una expresión de pánico apenas contenida.

—Ho-hola, Denji. Gracias por… por invitarme. Siento la molestia.

Su mirada recorrió el apartamento, y fue entonces cuando las vio. Reze estaba en la cocina, de espaldas, tarareando suavemente mientras preparaba algo. Se giró al oír la voz de Asa, una sonrisa educada y absolutamente vacía en su rostro.

—Hola —dijo, secándose las manos en su delantal con textura de munición—. Tú debes de ser Asa. Denji ha hablado mucho de ti. Soy Reze, una amiga.

La palabra «amiga» fue pronunciada con un énfasis casi imperceptible, un marcador de territorio sutil.

Nayuta estaba sentada en el sofá, con los pies sobre la mesita de café, mirando la televisión. No se giró. Solo ladeó la cabeza, observando a Asa por el rabillo del ojo como un reptil.

—Ah… —tartamudeó Asa, claramente descolocada por la presencia de dos chicas más—. No sabía que… que tenías compañía. Lo siento, de verdad, puedo irme…

—¡Qué dices, tonta! —la interrumpió Denji—. Reze es de la familia. Y esa es Nayuta, mi… eh… bueno, es Nayuta. No te preocupes por ellas. Vamos, siéntate.

Asa se sentó en el borde de una silla, tan rígida como si esperara una descarga eléctrica. Reze se acercó, llevando una bandeja con tres vasos y una jarra de té helado.

—¿Quieres un poco de té? —ofreció, su sonrisa sin llegar a sus ojos.

—Oh, no, no hace falta, de verdad, estoy bien…

—Insisto —dijo Reze, llenando un vaso y colocándolo frente a Asa. El gesto era amable. La orden subyacente, no.

Asa cogió el vaso con manos temblorosas. Reze observó sus dedos, sus nudillos. Vio la forma en que su mirada se desvió por una fracción de segundo hacia el cuchillo de cocina que había dejado a propósito sobre la encimera. Vio el destello, casi invisible, de arrogancia en sus ojos antes de que la máscara de timidez volviera a caer en su sitio. Yoru estaba evaluando las amenazas. Y las armas potenciales.

La sesión de estudio comenzó. Denji, con la capacidad de concentración de un colibrí con cafeína, se distraía cada cinco minutos. Asa, por el contrario, era sorprendentemente metódica. Le explicaba los conceptos de historia con una claridad que rozaba lo profesoral.

—Así que la unificación de Japón en el período Sengoku no fue solo una serie de batallas —decía, señalando un párrafo en el libro—, sino una compleja red de alianzas, traiciones y el uso estratégico del matrimonio para consolidar el poder. La guerra no se gana solo en el campo de batalla.

Reze, que fingía leer una revista en el sofá, escuchaba atentamente. *El uso estratégico del matrimonio*. *La guerra no se gana solo en el campo de batalla*. Asa no estaba hablando solo de historia. Estaba dando una conferencia sobre su propia filosofía.

Fue entonces cuando Nayuta entró en acción.

Se levantó del sofá, se acercó a la mesa y se interpuso entre Denji y Asa.

—Denji —dijo, con su voz de niña pequeña—. Tengo hambre.

—Ahora no, Nayuta. Intento estudiar.

—¡Pero tengo hambre ahora! —insistió, tirando de la manga de su camisa—. ¡Quiero un sándwich! ¡De mermelada! ¡Y sin los bordes!

Denji suspiró.

—Reze, ¿puedes…?

—No —dijo Nayuta, fulminando a Reze con la mirada—. Quiero que lo hagas tú, Denji. La bomba no sabe hacerlos como a mí me gustan.

Era una mentira descarada. Reze hacía unos sándwiches impecables. Pero el objetivo no era la comida, era la interrupción. La afirmación de la propiedad.

Denji, resignado, se levantó.

—Vale, vale, ya voy. Lo siento, Asa. Vuelvo en un minuto.

Se fue a la cocina. Asa se quedó sola en la mesa con la pequeña demonio. Nayuta se subió a la silla de Denji y se quedó mirando a Asa, balanceando las piernas.

—Hueles raro —dijo Nayuta.

—¿Perdón? —murmuró Asa, incómoda.

—Hueles a pájaros. Odio los pájaros. Son ruidosos y se cagan en todo.

Asa no supo qué responder. Se encogió en su silla, evitando la mirada penetrante de la niña.

Reze observaba desde el sofá. La táctica de Nayuta era cruda, pero efectiva. Estaba desestabilizando a Asa, atacando su identidad demoníaca bajo el disfraz de un capricho infantil.

Denji volvió con el sándwich y la sesión de estudio se reanudó. Pero el ritmo se había roto. Diez minutos después, Nayuta volvió a la carga. Esta vez, trajo uno de sus cuadernos de dibujo y se sentó en el suelo, junto a los pies de Asa. Empezó a dibujar con trazos furiosos.

—¿Qué dibujas? —preguntó Denji, intentando incluirla.

—Una pelea —respondió Nayuta sin levantar la vista—. Un pájaro grande y feo contra un perro con motosierras. El perro gana. Le arranca las alas y se las come.

Asa se tensó. Su mano, que sostenía un lápiz, apretó con tanta fuerza que la punta se partió. El chasquido fue agudo en el silencio tenso.

—Vaya… —dijo Denji, incómodo—. Qué imaginación.

Reze sonrió para sus adentros. La presión estaba aumentando.

Fue el turno de Reze. Se levantó y fue a la cocina.

—Voy a empezar a preparar la cena —anunció al aire—. ¿Asa, te quedas a cenar? Hago un curry excelente.

—¡No, no, de verdad! —se apresuró a decir Asa—. Tengo que irme pronto. Mi… mi madre se preocupará.

—Oh —dijo Reze, su voz llena de una falsa simpatía—. ¿Vives con tu madre? Qué suerte. Yo perdí a mis padres cuando era muy pequeña. En la guerra. Es horrible lo que la guerra le hace a las familias, ¿no crees?

Se quedó en el umbral de la cocina, mirando fijamente a Asa. La mención directa de la «guerra» fue un disparo de advertencia. Un «sé lo que eres».

La máscara de Asa vaciló. Por un segundo, sus ojos se oscurecieron y su boca se torció en una mueca de ira. La furia del Demonio de la Guerra, insultado por la condescendencia de un demonio menor. Pero se recompuso casi al instante.

—Lo… lo siento mucho —murmuró, bajando la cabeza—. Debe de haber sido muy duro.

*Jaque*, pensó Reze. Ahora Asa sabía que estaba bajo vigilancia.

La batalla final de la tarde la libró Nayuta. Mientras Denji iba al baño, la niña se acercó a la mesa, cogió el vaso de té de Asa y «tropezó». El líquido helado se derramó sobre los libros de historia y los apuntes de Asa, empapándolos.

—¡Uy! —dijo Nayuta, con una expresión de inocencia perfectamente ensayada.

—¡Joder, Nayuta! —gritó Denji desde el pasillo, habiendo oído el ruido.

Asa se quedó mirando el desastre, sus apuntes arruinados, la tinta corriendo por las páginas. Y entonces, por primera vez, la fachada se rompió de verdad. No fue una microexpresión. Fue una ola de pura y gélida rabia que emanó de ella.

—Tú… pequeña… —empezó a decir, su voz baja y siseante, irreconocible.

Pero antes de que pudiera terminar la frase, Reze ya estaba allí, un paño en la mano, secando el desastre con una calma exasperante.

—No pasa nada —dijo, su voz tranquilizadora dirigida a un Denji que acababa de aparecer, pero su mirada fija en Asa—. Los accidentes ocurren. Sobre todo con los niños. ¿Verdad, Nayuta?

La intervención fue crucial. Rompió el momento, obligando a Yoru a retroceder, a esconderse de nuevo tras la máscara de la pobre y torpe Asa.

Asa se levantó de golpe, temblando.

—Tengo… tengo que irme —dijo, su voz aguda por el pánico y la furia contenida—. Ya es tarde. Gracias por todo, Denji. Lo siento.

Recogió sus libros mojados y, sin mirar a nadie, prácticamente huyó del apartamento. La puerta se cerró tras ella.

Denji se quedó allí, confundido y frustrado.

—Joder… —murmuró—. ¿Qué os pasa a las dos? Habéis estado súper raras con ella. ¡Es una invitada!

—Derramé el té —dijo Nayuta, encogiéndose de hombros.

—Ella parecía un poco estresada —añadió Reze, terminando de limpiar la mesa—. Quizás no le gustan los espacios pequeños. O los niños.

Denji las miró a las dos, a su aliada bomba y a su hermana demonio, de pie en medio de su sala de estar como dos pilares de inocencia fingida. Sospechaba que algo más había pasado, pero su cerebro no podía conectar los puntos. Era demasiado complicado. Con un suspiro de derrota, se fue a su habitación, murmurando algo sobre que las chicas eran imposibles.

La puerta se cerró. Reze y Nayuta se quedaron solas.

—Ha huido —dijo Nayuta, con un tono de inmensa satisfacción.

—La hemos presionado demasiado, demasiado rápido —analizó Reze—. Se ha dado cuenta de que esto no es un territorio amigo. Volverá, pero será más cautelosa.

Se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Pudo ver la figura de Asa Mitaka alejándose a paso rápido, casi corriendo.

—Le hemos enseñado que esta casa tiene defensas —continuó—. Que no puede simplemente entrar y tomar lo que quiere.

—Denji sigue siendo tonto —replicó Nayuta, uniéndose a ella en la ventana.

—Sí —convino Reze—. Sigue siendo tonto. Por eso nos tiene a nosotras.

Se quedaron allí, una al lado de la otra, observando cómo su enemiga común se desvanecía en el crepúsculo. No había calidez entre ellas. No había amistad. Solo el frío y duro entendimiento de una alianza forjada en la necesidad. Habían ganado la primera escaramuza. La operación de contención había sido un éxito. Habían observado, se habían infiltrado en la infiltración de su enemiga y, aunque no la habían eliminado, la habían repelido.

—Mañana —dijo Nayuta, su voz un susurro—. Mañana le pondré un bicho en su mochila.

Reze la miró. Una pequeña sonrisa, esta vez genuina, se dibujó en sus labios.

—Asegúrate de que sea uno que muerda.

La guerra por el corazón y el poder de Denji estaba lejos de terminar. Pero esa noche, en el caótico apartamento de Tokio, se había establecido un frente unido. Y por muy aterrador que fuera el Demonio de la Guerra, tendría que enfrentarse a algo quizás peor: la furia combinada de una bomba y un dios, luchando por proteger lo único que ambas consideraban suyo.