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Otra Oportunidad

Protocolo de Contención Doméstica

El entrenamiento de Reze en la Unión Soviética había abarcado un espectro de habilidades letales y clandestinas. Sabía cómo montar y desmontar un fusil de asalto en la oscuridad, cómo moverse sin hacer ruido por un edificio vigilado, cómo seducir a un objetivo para robar sus secretos y cómo convertir su propio cuerpo en un arma de destrucción masiva. Lo que nunca le habían enseñado era qué hacer con una niña de siete años que la odiaba con la intensidad de un sol moribundo.

Nayuta era un problema táctico sin precedentes. No podía ser eliminada —orden directa de Denji—. No podía ser intimidada, porque su propia naturaleza era la intimidación encarnada. No podía ser ignorada, porque era el centro gravitacional del pequeño y caótico universo de Denji.

Por lo tanto, solo quedaba la opción más contraintuitiva para una asesina: la persistencia. La guerra de desgaste.

Tras el incidente del pastel, Reze se tomó dos días para observar y planificar. Desde una azotea al otro lado de la calle, con unos viejos prismáticos que había «tomado prestados» de una tienda de empeños, vigilaba la ventana de su apartamento. Veía a Denji salir por la mañana, con el uniforme de instituto y una expresión de agotamiento perpetuo. Lo veía volver por la tarde, con Nayuta a cuestas, y la luz del apartamento permanecía encendida hasta altas horas de la noche.

Denji estaba cansado. Estaba sobrepasado. Un adolescente criando a un demonio de clase apocalíptica mientras intentaba aprobar matemáticas. Era una receta para el desastre. Y en ese desastre, Reze vio su oportunidad. No era una debilidad que explotar, sino una necesidad que satisfacer.

Al tercer día, lo interceptó de nuevo en el parque. Esta vez, no llevaba regalos. Solo su determinación.

—Denji —dijo, apareciendo a su lado mientras él empujaba a una Nayuta silenciosa en un columpio.

Él casi saltó del susto. Nayuta detuvo el columpio con los pies, levantando una nube de polvo y mirándola como si fuera una plaga.

—Reze. Joder, no hagas eso —resopló Denji, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué quieres ahora? ¿Más pastel?

—Quiero ayudarte.

La frase lo descolocó. —¿Ayudarme? ¿A qué?

—Estás cansado —afirmó Reze, no como una pregunta, sino como un hecho observado—. Apenas duermes. El apartamento es un caos. Y tienes que cuidar de ella y de ti mismo. Déjame ayudarte. Puedo limpiar. Puedo cocinar algo que no sea ramen instantáneo. Puedo asegurarme de que ella haga los deberes, si es que tiene.

La oferta flotó en el aire, tan práctica y tan cargada de implicaciones. Denji la miró con recelo, como si buscara el truco.

—¿Por qué?

—Porque quiero —dijo Reze con sinceridad—. Y porque si tú te colapsas, ¿quién cuidará de ella? Piénsalo como… un apoyo táctico.

El lenguaje militar pareció resonar en él. Era algo que podía entender mejor que las complejas emociones.

—¡No! —intervino Nayuta, saltando del columpio—. ¡No la necesito! ¡Denji me cuida! ¡Tú eres una perra mala!

—Nayuta, ya basta con eso —la cortó Denji, frotándose el puente de la nariz—. Mira, Reze, es que… ella es difícil.

—Lo sé. Puedo manejarlo.

Denji la estudió un momento más. Vio la determinación en sus ojos, la misma que había visto la noche en que le propuso huir. Pero ahora estaba dirigida a un objetivo diferente: no a escapar, sino a quedarse. Vio la oportunidad de tener una hora para sí mismo, de quizás poder echar una siesta sin que los perros o Nayuta prendieran fuego a la casa. La tentación fue demasiado fuerte.

—Vale —cedió finalmente, con un suspiro que pareció llevarse la mitad de su energía vital—. Vale. Puedes… venir mañana por la tarde. Un par de horas. Pero tienes que prometerme una cosa.

—Lo que sea.

Denji se inclinó hacia ella, su voz bajando a un susurro serio.

—No la mates. Ni la mutiles. Ni la hagas explotar. Ni siquiera un poquito. ¿Entendido?

Reze asintió, su rostro impasible. —Entendido. Cero detonaciones.

Era el contrato más extraño que había aceptado en su vida.

***

Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, Reze llamó a la puerta. No la abrió Denji, sino Nayuta. La niña la miró de arriba abajo, con los brazos cruzados.

—No puedes pasar.

—Denji me ha dicho que podía —replicó Reze con calma.

—Denji no está. Se ha ido. Para siempre.

Justo en ese momento, la voz de Denji gritó desde el interior del apartamento.

—¡Nayuta, déjala pasar! ¡Intento dormir!

La niña fulminó a Reze con la mirada antes de hacerse a un lado a regañadientes, dejando un espacio apenas suficiente para que pasara.

El apartamento estaba en su estado habitual de caos controlado. Reze entró y se quitó las botas. Lo primero que hizo fue enfrentarse a la manada. Los perros, al verla, empezaron a ladrar. Reze no retrocedió. Se agachó, extendiendo el dorso de la mano, y dejó que el husky, el líder aparente, la oliera. Murmuró unas palabras suaves en ruso, un tono bajo y tranquilizador que había aprendido para calmar a los perros guardianes. Tras un momento de tensión, la cola del husky se movió una vez. Luego otra. Pronto, toda la manada se calmó, observándola con curiosidad en lugar de hostilidad.

Nayuta, que observaba la escena esperando un baño de sangre, pareció profundamente decepcionada.

—Son unos traidores —masculló.

Reze se levantó. Su primera acción fue sistemática. Recogió los platos sucios y los llevó al fregadero. Empezó a lavar.

Nayuta se sentó en la mesa de la cocina, balanceando las piernas, observándola como un halcón.

—Lo haces mal —dijo Nayuta—. Ese plato no está limpio.

Reze no respondió. Simplemente volvió a pasar la esponja por el plato y lo enjuagó.

—La perra está limpiando —canturreó Nayuta—. La perra bomba limpia los platos de Denji.

Reze dejó un plato en el escurridor y se giró, secándose las manos en su delantal.

—Sí —dijo, mirándola directamente—. Y cuando la perra bomba termine, hará la cena. ¿Qué quieres comer?

La pregunta directa y la aceptación del insulto dejaron a Nayuta sin palabras por un segundo.

—Quiero… ¡hamburguesas! —exigió, recuperándose—. ¡Con mucho queso! ¡Y sin verduras!

—Denji necesita comer verduras —replicó Reze. Abrió el frigorífico, evaluando su contenido. Un surtido lamentable de restos, cartones de leche casi vacíos y condimentos—. No hay carne de hamburguesa. Pero hay huevos. Puedo hacer *omurice*.

—¡Odio el *omurice*!

—Entonces no comas —dijo Reze, encogiéndose de hombros y sacando los huevos.

Comenzó la Operación *Omurice*. Nayuta intensificó su campaña de acoso. Se interponía en su camino. Hacía ruidos molestos. Intentó cambiar la sal por el azúcar, pero Reze, que había probado la tapa del salero por instinto antes de usarlo, se dio cuenta al instante y simplemente los volvió a cambiar de sitio sin decir nada.

El siguiente ataque fue más directo. Mientras Reze picaba una cebolla con una velocidad y precisión que habrían puesto celoso a un chef de teppanyaki, Nayuta se acercó sigilosamente por detrás. Y entonces, atacó. Sus pequeños dedos se clavaron en los costados de Reze, buscando hacerle cosquillas.

La reacción de Reze fue puramente instintiva. En menos de un parpadeo, había soltado el cuchillo, girado sobre sus talones y atrapado las muñecas de Nayuta en un agarre de hierro. Su cuerpo se había preparado para neutralizar la amenaza. Por una fracción de segundo, sus ojos se endurecieron, y Nayuta vio en ellos no a una mujer, sino a un depredador. La sonrisa de la niña se congeló en su rostro, reemplazada por un destello de miedo genuino.

*«No la mates. Ni la mutiles»*. La voz de Denji resonó en su cabeza.

Reze inspiró profundamente y forzó a sus músculos a relajarse. Soltó las muñecas de Nayuta. El momento de peligro había pasado tan rápido como había llegado.

—No hagas eso —dijo Reze, su voz baja y controlada—. No me gusta que me toquen por sorpresa.

Se dio la vuelta y recogió el cuchillo, continuando con su trabajo como si nada hubiera pasado. Su corazón, sin embargo, latía con fuerza. Había estado cerca. Demasiado cerca de romper la primera y única regla de su misión.

Nayuta se frotó las muñecas, donde unas marcas rojas empezaban a formarse. No lloró. No gritó. Simplemente se quedó allí, procesando. Había provocado al monstruo y este le había mostrado los dientes antes de volverse a tumbar. Había encontrado un límite.

La cena se desarrolló en un silencio tenso. Reze había hecho tres platos de *omurice*. En el de Nayuta, había dibujado una cara sonriente con ketchup. En el de Denji, que había aparecido arrastrando los pies desde su habitación, atraído por el olor, había dibujado una motosierra. En el suyo, no había dibujado nada.

Denji devoró el suyo en un silencio agradecido. Era la primera comida caliente y casera que comía en semanas. Nayuta pinchó el suyo con el tenedor, recelosa.

—Come —dijo Denji con la boca llena—. Reze se ha esforzado.

Nayuta tomó un bocado. Luego otro. No dijo que le gustara, pero se lo comió todo.

Después de la cena, llegó la hora de la batalla por el entretenimiento.

—Quiero ver los dibujos del Pato Dinamita —exigió Nayuta, agarrando el mando de la televisión.

—Tengo que ver las noticias —dijo Reze, que ya estaba recogiendo la mesa. Era un viejo hábito, mantenerse informada de los asuntos mundiales, incluso si ya no formaba parte de ellos.

—¡Las noticias son aburridas! ¡Son para viejos!

—Son importantes.

La discusión podría haber escalado, pero Denji, sintiendo una rara oleada de energía después de su siesta y la comida, intervino.

—Eh, eh, calma. Podemos… podemos ver algo juntos. Una película.

Rebuscó en una pila de DVDs polvorientos. La mayoría eran películas de acción de bajo presupuesto que probablemente había alquilado y nunca devuelto.

—¿Qué tal… «Explosión Máxima 7»? —sugirió, sosteniendo una caja con la imagen de un hombre musculoso saltando lejos de una bola de fuego.

Reze y Nayuta se miraron. Por primera vez, compartieron una emoción: un desdén mutuo por la elección de Denji.

—Parece estúpida —dijo Nayuta.

—La cinematografía es probablemente terrible —convino Reze.

—¡Pero hay explosiones! —insistió Denji—. A las dos os gustan las explosiones, ¿no?

Era una lógica tan simple, tan Denji, que era irrefutable. Reze suspiró.

—Está bien.

Se sentaron en el sofá. Denji en el medio, Reze a un lado, Nayuta al otro, manteniendo la máxima distancia posible. La película era, en efecto, terrible. El guion era inexistente, las actuaciones eran de madera y el argumento giraba en torno a un complot que Reze podría haber frustrado en diez minutos con un teléfono y un clip. Pero estaba llena de explosiones. Explosiones grandes, ruidosas y gloriosamente gratuitas.

A los veinte minutos, Nayuta ya no estaba sentada rígidamente. Se había acurrucado, sus ojos fijos en la pantalla. Durante una escena particularmente espectacular en la que un puente entero volaba por los aires, un pequeño «wow» se le escapó.

Reze la miró de reojo. Y vio, no al Demonio del Control, sino a una niña fascinada por las luces brillantes y los ruidos fuertes.

A mitad de la película, Nayuta se levantó.

—Tengo sed.

Fue a la cocina y volvió con un vaso de agua. Al pasar junto a Reze, «tropezó» de nuevo. El vaso de agua se derramó, esta vez sobre el regazo de Reze, empapando sus vaqueros.

—Uy —dijo Nayuta, con una sonrisa maliciosa que no se molestó en ocultar.

Denji gimió. —¡Nayuta, por el amor de…!

Pero Reze levantó una mano para detenerlo. Miró el agua empapando su ropa. Luego miró a Nayuta. No había ira en su rostro. Solo una especie de curiosidad analítica.

—Buena táctica de distracción —dijo Reze en voz baja, como un instructor evaluando a un recluta—. Pero tu ejecución es predecible. Has usado la misma maniobra dos veces. Un agente enemigo anticiparía un patrón. Tienes que variar tus métodos.

Se levantó, fue a la cocina, cogió un paño y empezó a secarse sin más alboroto.

Nayuta se quedó boquiabierta. No esperaba un análisis táctico. Esperaba gritos. Esperaba un castigo. La respuesta de Reze la había desarmado por completo. La había tratado no como a una niña mala, sino como a una aficionada en su propio juego.

Reze volvió a sentarse, con los vaqueros todavía húmedos. La película continuó. El héroe desarmó una bomba con tres segundos de sobra.

—Eso es poco realista —comentó Reze—. El cableado es demasiado simple. Y nunca se usa un temporizador digital rojo tan grande. Llama demasiado la atención.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Denji.

—Conocimientos generales —respondió ella.

Nayuta la miró, sus ojos concéntricos entrecerrados. —¿Tú podrías desactivarla?

—Sí. O simplemente detonarla a distancia de forma controlada. Es más eficiente.

La película terminó. El héroe se quedó con la chica. Denji roncaba suavemente, con la cabeza echada hacia atrás. La tensión en la habitación se había disipado, reemplazada por el zumbido del televisor y la respiración acompasada de Denji.

Nayuta miró a Denji, luego a Reze.

—Está cansado porque tú estás aquí —dijo, aunque su voz carecía de la hostilidad de antes. Sonaba más como una observación.

—Está cansado porque trabaja mucho para cuidarte —corrigió Reze suavemente—. Y porque anoche se quedó hasta tarde viendo la tele.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Nayuta, suspicaz.

—Vi la luz encendida desde mi puesto de observación.

La niña parpadeó. —¿Puesto de observación?

—Olvídalo.

Reze se levantó y apagó el televisor. La habitación quedó en silencio, salvo por los ronquidos de Denji. Empezó a recoger las cosas, moviéndose con una eficiencia silenciosa.

—Ya es tarde —dijo Reze—. Debería irme.

Se dirigió a la entrada para ponerse las botas. Nayuta la siguió.

—¿Vas a volver mañana? —preguntó la niña. Su tono era neutro, casi imposible de leer.

Reze se detuvo, con una bota a medio poner. La pregunta no era «no vuelvas». Era «¿vas a volver?». Una diferencia sutil pero monumental.

—Si Denji quiere que vuelva, volveré —respondió Reze.

Se terminó de poner las botas y se levantó, mirando a la niña. Nayuta era pequeña, frágil. Bajo las capas de posesividad y poder demoníaco, había algo más. Miedo. Soledad. Reze lo reconoció porque lo había sentido toda su vida.

—Tú… —comenzó Nayuta, vacilante—. Hueles a pólvora. Y a flores.

Reze se sorprendió. Era la descripción más extraña y precisa que nadie había hecho de ella.

—Supongo que sí —dijo.

Abrió la puerta. Antes de salir, se giró.

—Buenas noches, Nayuta.

—No me digas qué tengo que hacer —fue la respuesta automática de la niña. Pero no había veneno en ella.

Reze sonrió para sí misma mientras bajaba las escaleras. No había ganado la guerra. Ni siquiera una batalla importante. Pero había establecido una cabeza de playa. Había sobrevivido al contacto con el enemigo, había establecido un protocolo de comunicación y había empezado a cartografiar el terreno psicológico.

La hostilidad de Nayuta no era solo odio. Era una prueba. Una serie de tests para ver si Reze se rompería, si huiría, si le haría daño a ella o a Denji. Era el lenguaje de alguien que solo conocía el control y la traición.

Mientras caminaba por las calles nocturnas, Reze repasó los acontecimientos del día. Su agarre en las muñecas de Nayuta. Un fallo. Su análisis táctico del derrame de agua. Un éxito inesperado. Su conocimiento compartido sobre explosiones. Un punto en común.

Esta misión era infinitamente más compleja que cualquier cosa que hubiera hecho para la Unión Soviética. No se trataba de destruir un objetivo, sino de reconstruir la confianza. No se trataba de detonar una bomba, sino de aprender a desactivar una, día a día, con una paciencia que no sabía que poseía.

Su segunda oportunidad no era un regalo que se le había dado. Era un territorio hostil que tenía que conquistar. O, más bien, un jardín salvaje que tenía que aprender a cultivar. Y Nayuta no era una mala hierba que arrancar, sino una planta carnívora y espinosa que crecía justo en el centro.

Reze miró sus manos. Las mismas manos que habían arrancado el corazón de Denji habían cocinado para él. Las mismas manos que podían crear una explosión devastadora habían recogido los platos.

Sonrió de nuevo, una sonrisa pequeña y cansada. El protocolo de contención doméstica estaba en marcha. Y por primera vez, sintió que, a pesar de todo el caos y la hostilidad, estaba exactamente donde tenía que estar. En casa. O, al menos, en el campo de batalla donde lucharía por una.