Otra Oportunidad
El Ruido de la Calma
Denji no era un genio. De hecho, la mayoría de las veces su cerebro funcionaba con la potencia de una patata a la que le hubieran contado un chiste muy malo. Podía entender cosas simples: hambre, sueño, chicas guapas, el subidón de adrenalina al arrancar la motosierra. Pero la situación actual en su apartamento era como un problema de matemáticas avanzadas escrito en un idioma que no conocía. Un idioma silencioso y lleno de tensión.
Habían pasado dos semanas desde que Reze había iniciado lo que él, en su mente, llamaba la «Operación Limpieza». Cada tarde, después de la escuela, ella aparecía en su puerta con la puntualidad de un asesino a sueldo. No hablaba mucho. Simplemente entraba, se quitaba las botas, se ponía su delantal con textura de munición y comenzaba su metódico asalto contra el caos doméstico de Denji.
Y la paz que dejaba a su paso era más ruidosa que cualquier batalla contra un demonio.
Ahora mismo, por ejemplo. Reze estaba en la cocina, de espaldas a la sala, cortando verduras con una precisión rítmica y aterradora. *Tac-tac-tac-tac*. El sonido era lo único que rompía el silencio, aparte del zumbido del frigorífico y el ocasional pasar de página de Nayuta.
La niña estaba sentada en el suelo, con un libro de dibujo apoyado en las rodillas, rodeada de los perros que dormitaban a su alrededor como una guardia pretoriana peluda. No dibujaba. Solo sostenía el lápiz, sus inquietantes ojos amarillos fijos en la espalda de Reze. No era una mirada de odio abierto, no como al principio. Era algo peor. Era una vigilancia fría, constante, como un francotirador esperando el momento perfecto para apretar el gatillo.
Y Denji estaba atrapado en el sofá, en medio de esa tregua armada, sintiéndose increíblemente incómodo. Era como estar en una de esas películas de arte y ensayo que Aki a veces ponía, donde nadie hablaba y solo se miraban fijamente durante horas. Denji nunca las entendió. Tampoco entendía esto.
Antes, la vida era un caos ruidoso. Power gritando sobre qué había en la tele, Meowy maullando para que le dieran comida, Aki suspirando con la exasperación de un santo al borde de la apostasía mientras intentaba cocinar algo decente. Era un desastre. Era agotador. Pero era su desastre. Ahora, el apartamento estaba limpio. Olía a productos de limpieza con aroma a limón y a la comida que Reze preparaba. Era… agradable. Y eso era lo que más le asustaba.
Porque cada rincón limpio, cada plato fregado, era un recordatorio de quién no estaba allí para ensuciarlo. La presencia de Reze no llenaba el vacío que dejaron Aki y Power; lo iluminaba, lo delineaba con un neón brillante para que Denji no pudiera ignorarlo.
Se removió en el sofá, el cuero falso haciendo un ruido lastimero.
—¿No es raro? —soltó de repente, su voz sonando demasiado alta en la quietud.
Reze no detuvo su corte.
—¿El qué? —preguntó, su tono uniforme.
—Esto. Que todo esté… tranquilo.
Nayuta levantó la vista de su libro por un segundo, le dirigió una mirada que decía «idiota» y volvió a su vigilancia.
—La tranquilidad es eficiente —respondió Reze.
Denji frunció el ceño. ¿Eficiente? ¿Qué significaba eso? La gente no era «tranquila» para ser «eficiente». La gente estaba tranquila porque estaba triste, o pensando, o muerta.
Se levantó y caminó hasta la cocina, quedándose en el umbral. Reze olía bien. A flores, a pólvora —como había dicho Nayuta— y ahora también a cebolla. Era una combinación extraña que a su cerebro de reptil le gustaba más de lo que quería admitir. Era guapa. La forma en que la luz de la cocina se reflejaba en su pelo oscuro, la concentración en su perfil mientras trabajaba… El Denji simple, el que solo quería una novia y tocar unas tetas, estaba dando saltos de alegría.
Pero el otro Denji, el que había visto a sus amigos morir, el que se había comido a Makima para matarla, el que era el Hombre Motosierra… ese Denji estaba aterrorizado.
¿Por qué estaba ella aquí?
No eran novios. Ni siquiera se habían besado desde… bueno, desde *ese* beso. El que sabía a sangre y a promesas rotas. Ella simplemente había vuelto, había decidido por su cuenta que su lugar estaba aquí, y había comenzado a integrarse en su vida con la determinación de una fuerza de ocupación.
Y él no la había detenido. ¿Cómo podría? Una chica guapa que cocinaba para él y no le pedía dinero. Era, literalmente, la materialización de sus sueños más básicos. Pero esos sueños los había tenido antes. Antes de perderlo todo. Ahora, se sentían como una trampa.
—¿Por qué te esmeras tanto? —preguntó, las palabras saliendo antes de que pudiera detenerlas.
Reze dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar y se giró para mirarlo. Sus ojos eran oscuros, profundos, y lo evaluaban con una intensidad que lo hacía sentir transparente.
—¿A qué te refieres?
—A esto —dijo Denji, haciendo un gesto vago que abarcaba la cocina, el apartamento, a ella—. A limpiar. A cocinar. A venir todos los días. A aguantar a… —miró de reojo a Nayuta— a aguantarla a ella.
Reze siguió su mirada.
—Ella solo está asustada.
—¡No estoy asustada! —gritó Nayuta desde la sala, sin levantar la vista.
—Lo que sea —resopló Denji—. No lo entiendo. Intentaste matarme.
Reze se tensó visiblemente. Su rostro no cambió, pero Denji vio cómo sus nudillos se blanqueaban al agarrar el borde de la encimera.
—Ya hablamos de eso, Denji.
—Sí, sí, lo sé. Makima. El control. Bla, bla, bla —agitó una mano, desestimándolo—. Pero aun así. Eres el Demonio Bomba. Eres un arma de la Unión Soviética. Tenías una vida, misiones, cosas importantes que hacer. Y ahora estás aquí, cortando zanahorias en mi cocina de mierda. No tiene sentido.
El silencio que siguió fue denso. Reze no apartó la mirada. Parecía estar sopesando sus palabras, como si estuviera decidiendo qué calibre de munición usar.
—Mi misión fracasó —dijo finalmente, su voz un poco más baja—. Mi país me consideraría una traidora. No tengo a dónde volver.
—Puedes ir a cualquier parte —replicó Denji—. Eres fuerte. Podrías desaparecer. Empezar de nuevo en otro sitio. Lejos de Seguridad Pública, lejos de todo esto.
—Este es el sitio donde elegí empezar de nuevo.
—¿Por qué? —insistió él, su frustración creciendo—. ¿Por qué aquí? ¿Por qué conmigo?
La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada con todo el peso de su inseguridad. *¿Por qué yo?* El chico que era demasiado estúpido para la escuela, el que había vendido partes de su cuerpo por dinero, el que se había convertido en un perro faldero por un poco de pan con mermelada. El Hombre Motosierra. El héroe del infierno. Un título que sonaba genial pero que en realidad solo significaba que era un imán para la muerte y la desgracia.
La gente a su alrededor no acababa bien. Era una ley universal, tan fiable como la gravedad. Aki. Power. Todos los que se habían acercado demasiado habían terminado rotos, borrados. Y ahora Reze estaba aquí, acercándose cada día más, plantando flores en un campo de minas. ¿No lo veía? ¿No entendía que estar cerca de él era una sentencia de muerte?
—¿Es por el pasado? —continuó Denji, su voz volviéndose más desesperada—. ¿Por lo del festival? ¿Por la escuela? ¿Quieres volver a eso? Porque no se puede, Reze. Ese chico… ya no existe. Esa chica… tampoco. Estamos aquí, ahora. Y ahora es un puto desastre.
Reze lo escuchó con una paciencia pétrea. Cuando terminó, se secó las manos lentamente en su delantal.
—No quiero volver al pasado, Denji. El pasado está lleno de fantasmas. Lo sé. Yo también tengo los míos.
Dio un paso hacia él, acortando la distancia entre ellos. Ahora estaban lo suficientemente cerca como para que Denji pudiera ver el leve tono morado en su pelo negro.
—No estoy aquí por el chico que me ofreció una flor en un festival —dijo suavemente—. Aunque recuerdo a ese chico. Y me gustaba.
Su corazón dio un estúpido vuelco. Lo odió por ello.
—Estoy aquí —continuó ella, su mirada intensa fija en la suya— por el chico que se comió al Demonio del Control para liberar al mundo. Por el chico que, después de todo el infierno, decidió que su recompensa era ir al instituto y cuidar de la reencarnación de su peor enemiga porque alguien se lo pidió. Por el chico que está tan roto y cansado que cree que no merece que nadie le prepare una comida caliente.
Cada palabra era un golpe, preciso y calculado, que demolía sus defensas. Ella no veía al idiota que él creía ser. Veía… algo más. Algo que él no era capaz de ver en sí mismo.
—Tú me preguntaste por qué me esfuerzo tanto —dijo ella, su voz ahora casi un susurro—. Déjame preguntarte algo a ti. ¿Por qué te esfuerzas tú? Podrías haber dejado que Kishibe se encargara de Nayuta. Podrías haberte ido, usar el poder del Hombre Motosierra para hacer lo que quisieras. Nadie podría detenerte. Pero no lo hiciste. Te quedaste. ¿Por qué, Denji?
La pregunta lo dejó sin aire. ¿Por qué? Nunca se lo había planteado. Simplemente… lo había hecho.
—Porque… —tartamudeó, buscando una respuesta que tuviera sentido—. Porque Kishibe me lo pidió. Y… y Power me pidió que la encontrara. Que la hiciera mi amiga otra vez. Y esta… esta es ella. Más o menos. Y Aki… Aki quería que yo viviera una vida normal. Ir a la escuela. Supongo que… intento hacer lo que ellos querrían.
La confesión salió como un torrente, un revoltijo de lealtad y culpa. Se sentía estúpido al decirlo en voz alta.
Reze asintió lentamente, una extraña y triste comprensión en su rostro.
—Ya veo. Lo haces por ellos.
—Supongo.
—Bien —dijo ella—. Entonces piensa que yo también lo hago por ellos.
Denji parpadeó, confundido. —¿Qué? ¿Tú ni siquiera conocías a Aki? Y a Power…
—No, no los conocía —lo interrumpió—. Pero los conocías tú. Y ellos te querían. Y si no estás bien, si te mueres de hambre comiendo ramen instantáneo o te colapsas por agotamiento, entonces su sacrificio, sus deseos… no habrán servido de nada.
Extendió una mano y, por un instante, Denji pensó que iba a tocarle. Pero en lugar de eso, señaló la sala de estar.
—No estoy intentando reemplazar a tus fantasmas, Denji. Sé que no puedo. Nadie puede. Solo estoy intentando que no tengas que vivir solo con ellos. Piénsalo así: soy un protocolo de contención. Para ti. Para ella. Para que todo este castillo de naipes que has construido no se derrumbe.
Protocolo de contención. La frase era tan fría, tan militar, tan *Reze*. Y sin embargo, era la cosa más amable que nadie le había dicho en mucho tiempo. No le estaba ofreciendo amor, ni pasión, ni un felices para siempre. Le estaba ofreciendo apoyo. Refuerzos. Le estaba diciendo que no tenía que luchar esa batalla solo.
Denji se quedó sin palabras. Miró sus manos, luego el suelo, luego a cualquier parte menos a sus ojos. Sentía un nudo en la garganta.
—Ah —fue todo lo que pudo articular.
Reze pareció tomarlo como una respuesta suficiente. Volvió a la tabla de cortar. El rítmico *tac-tac-tac* de la cuchilla se reanudó. La conversación, al parecer, había terminado.
Denji se quedó allí un minuto más, procesando. Su cerebro, sobrecalentado, intentaba encajar las piezas. Reze no estaba aquí porque estuviera enamorada de un recuerdo. Estaba aquí porque lo veía como una misión. Una misión autoimpuesta para mantenerlo a flote. Era una lógica extraña, retorcida, pero era una lógica. Y por primera vez, empezó a entenderla.
Quizás ella también estaba rota. Quizás ella también estaba buscando un propósito en las ruinas de su antigua vida. Y por alguna razón demencial, su propósito era él.
—La comida está casi lista —anunció Reze sin girarse—. Dile a Nayuta que se lave las manos.
La orden lo sacó de su estupor. Volvió a la sala. Nayuta seguía en el suelo, pero ya no miraba a la cocina. Estaba dibujando algo en su cuaderno con furiosos trazos negros.
—Eh, Nayuta. A lavarse las manos. Vamos a cenar.
La niña no se movió.
—Ella te va a hacer daño —dijo en voz baja, sin levantar la vista del papel.
—¿Qué?
—La perra bomba. Te va a hacer daño. Como la otra.
La «otra». Makima. La palabra no dicha flotaba en el aire como gas venenoso.
—Reze no es como Makima —dijo Denji, aunque una pequeña parte de él no estaba del todo segura.
—Sí que lo es —insistió Nayuta—. Huele a control. Quiere algo de ti. Todos quieren siempre algo de ti.
Denji se agachó a su lado. Miró el dibujo. Era una figura grande, desgarbada, con motosierras en la cabeza y los brazos. Y a su alrededor, un montón de figuras más pequeñas, todas con los mismos ojos amarillos y concéntricos de Nayuta. Estaban tirando de la figura de la motosierra en todas direcciones.
—Quizás —dijo Denji en voz baja, mirando el dibujo—. Pero a veces… la gente solo quiere que no te mueras de hambre.
Nayuta finalmente levantó la vista, su expresión indescifrable.
—Las hamburguesas son mejores.
Denji sonrió. Fue la primera sonrisa genuina que había tenido en todo el día.
—Sí, probablemente. Pero el *omurice* de Reze es bastante bueno. Le pone extra de ketchup si se lo pides amablemente.
—Pedir las cosas amablemente es para los débiles.
—O para los que quieren extra de ketchup. Vamos.
La cena fue, como siempre, un asunto extrañamente formal. Comieron en un silencio casi total. Pero esta vez, el silencio se sentía diferente para Denji. Ya no era solo incómodo. Seguía siendo tenso, sí, pero ahora entendía una capa más profunda. Era el sonido de tres personas muy dañadas intentando compartir una mesa sin hacerse pedazos mutuamente. El ruido de la calma no se había ido, pero Denji estaba empezando a reconocer la melodía.
Mientras comía, observó a Reze. Seguía siendo un misterio, un rompecabezas envuelto en una explosión. Pero ya no era una amenaza desconocida. Era una aliada. Una aliada extraña, peligrosa y probablemente inestable, pero una aliada al fin y al cabo. Y en la vida de Denji, eso era más de lo que había tenido en mucho tiempo.
Después de cenar, mientras Reze recogía los platos, Denji hizo algo impulsivo.
—Oye, Reze.
—¿Sí?
—Gracias.
Ella se detuvo junto al fregadero, de espaldas a él.
—No tienes que darme las gracias por alimentarte, Denji. Es el requisito mínimo para mantener a un organismo vivo.
—No, no por la comida —dijo él—. Por… ya sabes. El protocolo de contención.
Reze no dijo nada durante un largo momento. Denji oyó el sonido del grifo abriéndose.
—De nada —murmuró ella, su voz casi ahogada por el ruido del agua.
Más tarde esa noche, después de que Reze se fuera y Nayuta finalmente se durmiera (no sin antes esconder todos los cuchillos de la cocina bajo el sofá, «por si acaso»), Denji se quedó sentado en la oscuridad de la sala de estar. El apartamento estaba impecable. El olor a comida casera todavía flotaba en el aire.
No era el hogar que había tenido con Aki y Power. Ese lugar se había ido para siempre. Pero quizás… quizás podría ser un hogar diferente. Uno más extraño, más silencioso, construido sobre cimientos de culpa y responsabilidad compartida. Un refugio para tres monstruos que intentaban hacerse pasar por humanos.
Denji no era una persona inteligente. Pero esa noche, mientras escuchaba el zumbido del frigorífico en su apartamento limpio y silencioso, entendió algo.
Reze no estaba tratando de volver al pasado. Estaba tratando de construir un futuro, por muy improbable que fuera. Y la pregunta aterradora ya no era «¿por qué está aquí?».
La pregunta aterradora, la que lo mantendría despierto esa noche, era: «¿Y si de verdad lo consigue?».