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Otra Oportunidad

Una Detonación Silenciosa

La idea era una espina en su mente, un fragmento de metralla alojado cerca de un nervio vital. Huir. Desaparecer en la noche, convertirse en el fantasma que Kishibe le había sugerido ser y no mirar atrás. Cada tarde, al entrar en el caótico santuario de Denji, la idea la asaltaba. La tensión era un gas asfixiante. La mirada de Nayuta, un peso físico sobre sus hombros. La torpe y dolorosa danza alrededor de Denji, un recordatorio constante de todo lo que había roto. Soportar aquello era un tipo de tortura diferente a la de la Unión Soviética, más sutil, pero igual de agotadora.

Pero, ¿huir a dónde? El mundo era un mapa en blanco con la palabra «enemigo» escrita en cada frontera. No tenía país, ni misión, ni propósito. Salvo él. Denji era su único punto cardinal, su norte magnético. Era todo lo que tenía. Y por eso, cada tarde, Reze empujaba la espina un poco más adentro, ignoraba el instinto de correr y se ponía el delantal. Quería pasar más tiempo con él. Lo necesitaba como un adicto necesita su dosis. Y si el precio era la guerra fría con una versión en miniatura de su antigua carcelera, lo pagaría.

De cierta manera, el frente de batalla había cambiado. Nayuta ya no la llamaba «perra» a cada frase. Sus sabotajes se habían vuelto menos frecuentes, reemplazados por una vigilancia silenciosa y juiciosa. Era una tregua frágil, no una paz. No era afecto, pero era una forma de tolerancia. Una aceptación a regañadientes de que Reze era ahora un elemento permanente en el ecosistema. Para Reze, era como aprender a convivir con una granada sin seguro en la misma habitación. Te acostumbras al peligro, pero nunca lo olvidas.

Esa noche, el cielo decidió intervenir.

Reze acababa de guardar el último plato limpio. Denji estaba tirado en el sofá, medio dormido, viendo un programa de variedades estúpido en la televisión. Nayuta, en su rincón del suelo, estaba enseñando a uno de los perros a dar la pata, una tarea que abordaba con la seriedad de un general entrenando a sus tropas de élite. Un ambiente casi doméstico. Casi normal.

Fue entonces cuando las primeras gotas de lluvia golpearon la ventana, gruesas y pesadas como monedas. En cuestión de minutos, el repiqueteo se convirtió en un rugido. Una cortina de agua borró el paisaje urbano, convirtiendo las luces de neón en manchas difusas de color.

—Debería irme —dijo Reze, secándose las manos y colgando el paño en su sitio.

Denji se incorporó, parpadeando para quitarse el sueño. Miró por la ventana.

—Ni de coña. Está cayendo el diluvio universal.

La lluvia. La misma lluvia torrencial de aquella noche, en la cabina telefónica. La noche en que lo conoció. La noche en que su misión y su corazón chocaron por primera vez. El recuerdo la golpeó con una fuerza inesperada, una mezcla de nostalgia y amarga ironía. Aquella lluvia la había llevado a él. Esta la mantenía a su lado.

—Estaré bien. He sobrevivido a cosas peores que un poco de agua.

—No —dijo Denji, y había una firmeza en su voz que la sorprendió—. No vas a salir con este tiempo. Es estúpido. Te quedarás aquí.

La declaración, tan simple y autoritaria, hizo que algo en el pecho de Reze se calentara. No era una orden de un superior. Era la preocupación de… de alguien.

—¡No! —La voz de Nayuta cortó el aire, afilada como un cristal roto—. ¡No se puede quedar! ¡Esta es nuestra casa!

Se había puesto de pie, sus pequeños puños apretados, los perros gruñendo suavemente a su alrededor en solidaridad.

—Nayuta, se quedará en el sofá —dijo Denji, ya adoptando su tono de hermano mayor agotado—. Es solo por una noche.

—¡El sofá es para ver la tele! ¡No para que duerman las perras bomba! —chilló—. ¡Que duerma en el balcón! ¡O en el pasillo! ¡No la quiero aquí cuando durmamos!

—¡Ya basta! —La voz de Denji subió una octava, haciendo que hasta los perros se encogieran—. Se quedará. Y punto. Es mi casa también, ¿vale? Y yo digo que se queda.

Nayuta lo miró, sus ojos concéntricos brillando con furia y traición. Abrió la boca para gritar de nuevo, pero al ver la expresión inusualmente decidida de Denji, la cerró de golpe. Dio media vuelta, corrió a la habitación de Denji —que ahora era su habitación también— y cerró la puerta con un portazo que hizo temblar las paredes.

Un silencio pesado, roto solo por el rugido de la lluvia, llenó el apartamento.

—Lo siento —murmuró Denji, pasándose una mano por el pelo—. Es…

—Está asustada —completó Reze en voz baja. Lo entendía. En la lógica de Nayuta, la noche era un momento vulnerable. Permitir que una amenaza durmiera bajo el mismo techo era una brecha de seguridad inaceptable.

Denji suspiró y fue a un armario, de donde sacó una manta raída y una almohada de aspecto plano.

—Toma. No es mucho, pero…

Reze aceptó la ofrenda. El sofá era pequeño, el tipo de mueble que parecía diseñado para causar problemas de espalda. Pero era un techo. Era calor. Estaba cerca de él. Era más de lo que había tenido en mucho tiempo.

—Gracias, Denji.

Él se encogió de hombros, incómodo, y se retiró a su habitación. Reze lo oyó hablar en voz baja con Nayuta a través de la puerta cerrada. No pudo distinguir las palabras, solo el tono suplicante de él y los monosílabos enfadados de ella.

Sola en la penumbra de la sala, Reze se preparó para la noche. Se quitó el delantal, doblándolo cuidadosamente. Se sentó en el sofá, que se hundió bajo su peso. La lluvia azotaba las ventanas, creando patrones danzantes en el cristal. El ruido era un capullo, aislándolos del resto del mundo. Se sentía extrañamente seguro.

La puerta de la habitación se abrió de nuevo. Denji estaba allí, en el umbral, iluminado por la luz del pasillo. Ya no llevaba el uniforme escolar, sino una camiseta vieja y unos pantalones de chándal.

La miró, sentada en el sofá, con la manta sobre las piernas. La miró durante un largo rato. Su expresión era una tormenta de emociones confusas.

—No puedes dormir aquí —dijo finalmente, su voz apenas un susurro.

—Denji, estoy bien. Es solo un sofá.

—No —repitió, negando con la cabeza—. Es una mierda de sofá. Te romperás la espalda. Aki… Aki nunca habría dejado que un invitado durmiera en el sofá.

La mención de Aki fue como un puñetazo en el estómago. Denji seguía midiendo sus acciones con la vara de medir de su amigo muerto. Intentando ser el tipo de hombre que Aki habría querido que fuera.

—No soy una invitada, Denji.

—No me importa lo que seas —dijo él, y su terquedad era casi conmovedora—. No vas a dormir ahí. Puedes… puedes usar mi cama. Yo dormiré aquí.

La idea era absurda. Era su casa. Su cama.

—No voy a echarte de tu propia cama, Denji. Es ridículo.

—¡Entonces duerme tú también en la cama! —soltó, como si la solución fuera obvia y él fuera un genio por haberla encontrado—. Es grande. Bueno, no muy grande. Pero cabemos los dos. Si no nos movemos mucho.

La propuesta quedó suspendida en el aire, tan explosiva como cualquiera de las bombas de Reze. Dormir juntos. En la misma cama. La idea era tan íntima, tan aterradoramente doméstica, que el corazón de Reze comenzó a martillear contra sus costillas. Era demasiado rápido. Demasiado pronto. No eran novios. Ni siquiera eran amigos, no de verdad. Eran… algo indefinido. Dos supervivientes orbitando el mismo agujero negro de trauma.

—Denji, yo… no creo que sea una buena idea —dijo ella, su voz temblando ligeramente.

—Es mejor idea que el sofá —insistió él—. Venga. Antes de que me arrepienta.

Se dio la vuelta y volvió a la habitación, sin esperar su respuesta. La había dejado con una elección imposible. Quedarse en el sofá y herir su extraño y recién descubierto sentido del honor, o seguirlo a la habitación y enfrentarse a un nivel de intimidad para el que no estaba preparada.

Lentamente, se levantó. Dejó la manta y la almohada en el sofá y caminó hacia la habitación, cada paso una rendición.

El cuarto era pequeño y olía a Denji, a perros y a ozono por la lluvia. La única cama ocupaba la mayor parte del espacio. Y en una esquina, en un futón improvisado en el suelo, estaba Nayuta, envuelta en una manta como una oruga furiosa, dándoles la espalda pero indudablemente despierta y escuchando. Denji ya estaba en un lado de la cama, bajo las sábanas, de espaldas a ella, rígido como una tabla.

—La… la luz se apaga con el cordón —murmuró contra la almohada.

Reze tiró del cordón. La habitación se sumió en una oscuridad casi total, rota solo por el resplandor difuso de las luces de la calle filtrándose a través de la cortina. Con el corazón en la garganta, se deslizó bajo las sábanas en el lado opuesto de la cama. El colchón se hundió. El espacio entre ella y Denji era un cañón, un abismo de un metro de ancho cargado de tensión. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Podía oír su respiración, superficial y rápida.

El silencio era una tortura. Fuera, la lluvia seguía cayendo, un ritmo constante que marcaba el paso de los segundos infinitos.

*¿Qué estoy haciendo?*, pensó Reze, con los ojos abiertos en la oscuridad. El miedo, un viejo conocido, le atenazaba la garganta. Esto no era una misión. No había un protocolo. Estaba improvisando en un campo de minas emocional. La tentación de levantarse, de huir bajo la lluvia, fue abrumadora. Pero el calor del cuerpo de Denji al otro lado de la cama era un ancla. Era real.

Denji, por su parte, estaba seguro de que iba a morir. No de una explosión, sino de un ataque al corazón. ¡Una chica! ¡Reze! ¡En su cama! Su cerebro era un cortocircuito de pánico y euforia adolescente. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Hablar? ¿Tocarla? ¿Respirar? ¡Sí, respirar, idiota, no te olvides de respirar! Olía a flores y a lluvia. Quería darse la vuelta, pero su cuerpo no obedecía. Estaba paralizado. El sueño más húmedo de su vida se había convertido en la situación más incómoda del universo.

Pasaron los minutos. Diez. Veinte. La rigidez de sus cuerpos era casi cómica. Dos estatuas fingiendo dormir.

Fue Reze quien rompió la tregua.

Lentamente, con un movimiento casi imperceptible, se giró para mirarlo. Vio su silueta, la tensión en sus hombros. La lluvia golpeaba la ventana. La misma lluvia. La misma oportunidad. La primera vez, la había desperdiciado, la había manchado de sangre y traición. Esta vez no.

Se deslizó por el abismo que los separaba. El movimiento hizo crujir el colchón. Denji se tensó aún más, si eso era posible. Reze se detuvo a unos centímetros de su espalda. Podía sentir el calor de su piel a través de la camiseta.

—Denji —susurró, su aliento rozando su nuca.

Él se estremeció.

—¿S-sí?

—Gírate.

La petición fue suave, pero tenía el peso de una orden irrevocable. Tras una eternidad de vacilación, Denji obedeció. Se giró lentamente, hasta que estuvieron cara a cara en la penumbra. Podía distinguir el brillo de sus ojos, sus labios entreabiertos. Su corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo.

Reze levantó una mano temblorosa y la posó en su mejilla. Su piel estaba fría por la noche, pero la de él ardía. No hubo palabras. No eran necesarias. El aire estaba saturado de todo lo que no se habían dicho.

Y entonces, lo besó.

No fue como la primera vez. Aquel beso había sido una invasión, una toma de datos, el preludio de un ataque. Este era una pregunta. Una ofrenda. Sus labios eran suaves, vacilantes al principio, buscando una respuesta.

La mente de Denji se quedó en blanco. Todo el pánico, toda la incomodidad, se evaporaron, reemplazados por una única y abrumadora sensación: los labios de Reze sobre los suyos. Instintivamente, respondió. Su propia vacilación se disolvió en el calor del momento. El beso dejó de ser una pregunta y se convirtió en una afirmación. Se profundizó, volviéndose hambriento, desesperado. Era un beso que intentaba borrar el pasado, que intentaba reclamar el futuro. Un beso que no era una trampa. Era real. Demasiado real.

Las manos de Denji subieron torpemente hasta su cintura, atrayéndola hacia él, eliminando el último centímetro de espacio entre sus cuerpos. Reze jadeó contra su boca, un sonido que era a la vez una rendición y una victoria. Este era el chico que había anhelado ver después de meses de tortura silenciosa en la oscuridad de su propia mente. Este era el chico por el que había vuelto.

Para Reze, fue la detonación más grande de su vida. Una explosión silenciosa que no destruía, sino que creaba. Cada caricia, cada roce de piel contra piel, era una reafirmación de su libertad, de su existencia. Se fundió con él, no como un arma cumpliendo un objetivo, sino como una mujer reclamando su felicidad. El placer era agudo, abrumador, pero era secundario. Lo principal era la conexión. El acto de unirse a la única persona en el mundo que la veía, que la había elegido, a pesar de todo. Era la muestra de amor más cruda y honesta que jamás había conocido. Era suyo. Él era suyo. En esa noche, bajo la tormenta, eran lo único que existía.

Para Denji, era más simple y, a la vez, igual de profundo. Era el sueño. El sueño por el que había luchado, matado y sufrido. Tocar a una chica. Ser tocado por ella. La intimidad que solo había visto en revistas y películas de baja calidad. Pero esto no era una imagen plana. Era cálido, y suave, y olía a Reze. Era un torbellino de sensaciones que ahogaba las voces de los fantasmas, que llenaba el vacío de su corazón con algo tangible y vivo. Su mente no podía procesar la complejidad de la situación, el pasado, el futuro, la niña que dormía en el suelo. Solo podía procesar el presente. El calor de la piel de Reze contra la suya, el sabor de sus besos, el ritmo de sus cuerpos moviéndose juntos en la oscuridad. Era su más anhelado sueño hecho carne, una pasión carnal que era, para él, la forma más pura de salvación.

La tormenta afuera alcanzó su clímax y luego, lentamente, comenzó a amainar. El rugido se convirtió en un susurro constante, el mundo recuperando la compostura. Dentro de la habitación, una calma similar descendió.

Yacían enredados, sus cuerpos cubiertos por un ligero velo de sudor, sus respiraciones profundas y acompasadas. Denji, agotado y abrumadoramente satisfecho, fue el primero en caer en un sueño profundo y sin sueños, una sonrisa tonta pegada a sus labios.

Reze permaneció despierta un rato más. Escuchaba la respiración de Denji, el suave golpeteo de la lluvia en la ventana. Acarició su pelo rubio y desaliñado, los mechones suaves bajo sus dedos. Apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo el latido constante y fuerte de su corazón bajo su oído. Era el sonido más tranquilizador del mundo.

Miró hacia la esquina oscura donde dormía Nayuta. La niña no se había movido. Pero Reze sabía que, de alguna manera, ella lo sabía. La atmósfera en la habitación había cambiado irrevocablemente. La tregua había terminado. Una nueva fase de la guerra acababa de comenzar.

No sintió miedo. No sintió culpa. Solo una profunda y serena sensación de pertenencia. Había cruzado una línea de la que no había vuelta atrás. Había anclado su futuro a él de la forma más definitiva posible. Ahora tenía algo real que proteger. Algo real que perder.

Cerró los ojos, el olor de Denji y de la lluvia llenando sus sentidos. La detonación había ocurrido. El humo se estaba disipando. Y en medio de los escombros de sus vidas pasadas, algo nuevo, frágil y terriblemente real, acababa de empezar a crecer.