Otra Oportunidad
El Sabor del Amanecer
La primera luz del día era un intruso tímido, una línea pálida de gris que se colaba por el borde de la cortina. El mundo exterior todavía estaba en silencio, lavado y calmado por la tormenta de la noche. Dentro de la habitación, la paz era de una naturaleza diferente, más frágil y densa. Olía a lluvia, a piel caliente y a la inconfundible fragancia de una decisión irrevocable.
Denji despertó lentamente, como un animal saliendo de la hibernación. Su primer pensamiento coherente no fue un pensamiento en absoluto, sino una sensación: calor. Un calor suave y sólido contra su espalda. Le siguió un aroma, una mezcla de flores y algo metálico y limpio, como la pólvora después de una detonación lejana. Abrió los ojos. Su cerebro, aún a medio gas, tardó un segundo en procesar la imagen. Un brazo pálido y delgado rodeaba su cintura. Un mechón de pelo negro y morado oscuro reposaba sobre su hombro.
Reze.
El recuerdo de la noche anterior lo golpeó, no como un relámpago, sino como una ola cálida que lo inundó por completo. La lluvia. La discusión. La cama. El beso. *Todo*.
Una sonrisa, la más estúpida y genuina de su vida, se extendió por su rostro. Lo había hecho. Había cumplido el Sueño. No con una chica cualquiera, no en una fantasía febril. Con Reze. La chica bomba. La chica de la escuela. La mujer que había vuelto por él. Se sentía como el rey del puto mundo. Quería gritar, saltar sobre la cama, hacer un baile de la victoria. Pero el cuerpo tibio y dormido a su lado lo mantuvo quieto, anclado en una felicidad serena y abrumadora.
Con un cuidado infinito, se giró en el abrazo de ella hasta quedar cara a cara. Dormida, parecía más joven, las líneas de tensión y concentración que solían marcar su rostro se habían borrado. Sus labios estaban ligeramente entreabiertos, su respiración era un susurro suave. Era hermosa. Tan hermosa que dolía un poco mirarla. Sintió el impulso primitivo de besarla de nuevo, de despertarla, de empezar el día repitiendo la mejor parte de la noche.
Pero un movimiento en la esquina de la habitación congeló su intención.
Nayuta estaba sentada en su futón, completamente vestida, con la espalda recta como una vara. No estaba mirando a la cama. Miraba fijamente a la pared opuesta, pero su postura era tan rígida, tan cargada de una energía contenida, que era obvio que no había dormido. Había estado allí, escuchando. Siendo testigo silencioso de la invasión final de su territorio.
La sonrisa de Denji vaciló. Mierda. Se había olvidado por completo de Nayuta. El rey del mundo se sintió de repente como un adolescente estúpido al que acaban de pillar sus padres. Solo que, en este caso, el padre era una niña de siete años con el poder de controlar mentes.
Reze se removió, sus párpados temblando antes de abrirse. Sus ojos, oscuros y profundos, se encontraron con los de Denji. Por un instante, hubo confusión, luego el recuerdo la alcanzó. Una microexpresión, demasiado rápida para que un observador normal la captara, cruzó su rostro: satisfacción. La satisfacción de un estratega cuyo plan de alto riesgo había dado sus frutos. Pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazada por su habitual calma analítica.
—Buenos días —susurró ella, su voz ronca por el sueño.
—Buenos días —respondió Denji, su sonrisa tonta regresando con toda su fuerza. No podía evitarlo.
Ella no le devolvió la sonrisa. En su lugar, su mirada se desvió por encima del hombro de Denji, hacia la pequeña figura sentada en el suelo. Su cuerpo se tensó sutilmente. La soldado había vuelto al servicio.
La paz de la mañana se hizo añicos sin que se pronunciara una sola palabra.
***
El desayuno fue una obra maestra del teatro del absurdo. Denji, incapaz de contener su alegría, intentaba ser útil en la cocina, lo que principalmente consistía en estorbar a Reze y casi tirar la caja de huevos al suelo. Tarareaba una melodía desafinada de algún anuncio de la tele y no paraba de sonreír.
Reze se movía a su alrededor con una eficiencia líquida, ignorando su euforia como se ignora el zumbido de un insecto. Preparó tostadas, huevos revueltos y cortó algo de fruta. Su rostro era una máscara de concentración neutra. Estaba evaluando el nuevo panorama táctico. El objetivo principal —establecer intimidad física con Denji— se había logrado. Ahora comenzaba la fase de consolidación y gestión de las consecuencias. La principal consecuencia estaba sentada a la mesa, mirando su plato vacío con la intensidad de un juez a punto de dictar sentencia.
—¡El desayuno está listo! —anunció Denji, colocando los platos en la mesa con un entusiasmo exagerado—. ¡Huevos a la Denji! Bueno, en realidad los ha hecho Reze, pero yo he supervisado.
Se sentó y empezó a devorar su comida. Reze se sentó frente a él, comiendo en silencio, con pequeños bocados medidos. Nayuta no tocó su plato.
—¿No tienes hambre? —preguntó Denji con la boca llena—. Están buenos. Reze es una cocinera genial.
Nayuta levantó la vista de su plato. No miró a Denji. Miró directamente a Reze.
—No quiero tu comida —dijo, su voz tan fría y plana como el hielo de un glaciar.
—Nayuta, no empieces —advirtió Denji, su buen humor empezando a decaer.
—No es tu comida. Es la comida de Denji. Él la compró. Yo solo la he cocinado —dijo Reze con calma, sin levantar la vista de su propio plato. Era una maniobra para desviar la posesividad de la niña.
—La has tocado —replicó Nayuta—. Ahora está sucia. Huele a ti.
El insulto era tan deliberado, tan diseñado para herir, que Denji golpeó la mesa con el puño.
—¡Joder, Nayuta! ¡Ya es suficiente! ¡Discúlpate ahora mismo!
Reze levantó una mano.
—Déjala, Denji.
—¡No! ¡No voy a dejarla! ¡No puede tratarte así!
—Sí que puede —dijo Reze, y finalmente levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de Nayuta en un duelo silencioso—. Tiene derecho a no gustarle. Pero la comida no se desperdicia.
Sin decir una palabra más, Reze alargó el brazo, cogió el plato intacto de Nayuta y lo colocó junto al suyo. Empezó a comerse el segundo desayuno con la misma calma metódica con la que se había comido el primero.
Nayuta observó, su pequeña mandíbula apretada. Esperaba una pelea. Esperaba que Denji se enfadara más, que Reze se sintiera herida. No esperaba que su rebelión fuera simplemente… consumida. Absorbida sin ceremonia. Reze le había robado su gesto de protesta y lo había convertido en nada.
Furiosa, la niña se levantó de un salto, corrió al frigorífico, sacó un cartón de leche y, sin molestarse en coger un vaso, se lo bebió directamente, mirando a Reze por encima del borde del cartón con aire de desafío. Era su forma de decir: *esto es mío. Esto no lo has tocado*.
Denji suspiró, derrotado. El ambiente feliz de la mañana se había agriado por completo. Miró a Reze, que seguía comiendo tranquilamente. ¿Por qué no se enfadaba? ¿Por qué no gritaba? Era tan… controlada. Tan seria.
Recordó a la chica del festival, la que se reía a carcajadas cuando intentaba enseñarle a nadar, la que le había robado un beso impulsivo bajo los fuegos artificiales. Esa chica parecía de otra vida. De otro mundo. Esta mujer, sentada frente a él, era una extraña que conocía íntimamente. La disonancia era desconcertante.
***
Era sábado, así que no había escuela. Un día entero para navegar por este nuevo y extraño territorio doméstico. Después del desastre del desayuno, Denji decidió que necesitaban salir. El apartamento se había vuelto demasiado pequeño, demasiado cargado de tensión.
—¡Oye! —dijo, intentando recuperar su entusiasmo—. ¡Vamos a alguna parte!
Reze levantó la vista del fregadero, donde estaba lavando los platos del desayuno (incluidos los tres platos que había usado ella).
—¿A dónde?
—¡No sé! ¡Al parque de atracciones! ¡O a la playa! ¡O podríamos volver a la escuela!
La sugerencia flotó en el aire. Volver a la escuela. Por la noche. Como aquella vez. La idea le pareció brillante, una genialidad. Podían recrear la magia. Podían nadar en la piscina. Podía enseñarle de nuevo, y esta vez terminaría de forma diferente. Terminaría como la noche anterior.
Reze lo miró, su expresión indescifrable.
—No creo que sea buena idea volver a colarnos en la escuela, Denji. Ahora eres un estudiante. Podrías meterte en problemas.
Su respuesta fue tan práctica, tan lógica, tan… aburrida.
—¡Pero fue divertido! —insistió él—. ¿No te acuerdas? ¿La piscina? ¿Cuando te reías porque yo no sabía enseñar?
—Lo recuerdo —dijo ella, su voz plana—. Era parte de la misión. Establecer un vínculo contigo.
La frase fue como un jarro de agua fría. *Parte de la misión*. Por supuesto que lo sabía. Pero oírlo así, despojado de toda emoción, dolía.
—Pero… te reíste de verdad —dijo él, casi suplicando.
—La risa es una herramienta eficaz para generar confianza —respondió ella, como si estuviera citando un manual de espionaje—. La gente baja la guardia cuando se ríe.
Denji se quedó mirándola, su sonrisa tonta finalmente borrada de su rostro. ¿Todo había sido una herramienta? ¿Cada sonrisa? ¿Cada risa?
—¿Y anoche? —preguntó en voz baja, la pregunta cargada de una nueva y terrible inseguridad—. ¿Eso también fue una herramienta?
Reze dejó de fregar. El único sonido era el del agua corriendo. Se giró lentamente, secándose las manos. Caminó hacia él, deteniéndose a un palmo de distancia.
—No —dijo, su voz perdiendo su filo analítico por primera vez ese día, volviéndose más suave—. Anoche no fue una herramienta. Anoche fui yo.
Levantó una mano y le acarició la mejilla, el mismo gesto de la noche anterior. El pulso de Denji se aceleró.
—Pero, ¿quién eres *tú*? —preguntó él, confundido—. ¿Eres la chica de la piscina o la que habla de «herramientas eficaces»?
—Soy ambas —respondió ella—. Y ninguna. Soy complicada, Denji.
Antes de que él pudiera procesar eso, ella se inclinó y le dio un beso corto y suave.
—Ahora, si quieres salir, deberíamos ir a un sitio donde Nayuta también pueda divertirse. El parque de atracciones suena bien.
Y así, la conversación se desvió. Reze era una experta en controlar el flujo de la información, en redirigir una línea de interrogatorio incómoda hacia un terreno más seguro y práctico. Denji se dejó llevar, la sensación de sus labios aún hormigueando en los suyos, su cerebro demasiado confuso para seguir presionando.
El parque de atracciones fue un fracaso predecible. Nayuta se negó a subir a ninguna atracción con Reze. Denji se encontró haciendo de intermediario, subiendo primero con Nayuta a la noria, y luego otra vez con Reze, mientras la otra esperaba abajo. La alegría del día se había fragmentado en turnos.
Denji lo intentó. De verdad que lo intentó. En la casa de los espejos, intentó hacerle muecas a Reze, esperando que ella le devolviera el gesto, que se riera. Ella simplemente lo observó con una leve sonrisa de cortesía, como un adulto mirando a un niño. En el puesto de tiro al blanco, él gastó una fortuna intentando ganarle un peluche. Falló miserablemente. Reze cogió el rifle de aire comprimido y, con tres disparos rápidos y precisos, derribó todas las dianas. Le entregó el peluche gigante, un oso de color rosa chillón, a una asombrada Nayuta.
—Para ti —dijo Reze—. Como compensación por el desayuno.
Nayuta miró el oso, que era casi tan grande como ella, luego a Reze, y de vuelta al oso. Su cerebro de niña pequeña luchaba contra su instinto de demonio controlador. El deseo de tener el oso ganó. Lo abrazó con fuerza y, por el resto del día, se negó a soltarlo, arrastrándolo por todo el parque. Fue una victoria táctica para Reze, pero para Denji, se sintió como otra transacción, otro movimiento en un tablero de ajedrez que no entendía.
Él quería romance. Quería la risa despreocupada, los gestos torpes, la emoción de una primera cita. En cambio, estaba recibiendo una clase magistral de eficiencia y estrategia.
La frustración de Denji fue creciendo a lo largo del día, una presión sorda detrás de sus ojos. Por la noche, de vuelta en el apartamento, la tensión era insoportable. Nayuta, agotada, se había quedado dormida en el sofá, abrazada a su oso rosa. La televisión estaba encendida sin volumen, proyectando sombras danzantes en la habitación silenciosa.
Reze estaba de pie junto a la ventana, mirando la ciudad nocturna. Su silueta recortada contra el mar de luces era elegante, distante, como la de un personaje de una película de espías.
Denji no pudo más.
—¿Por qué eres así? —soltó.
Reze se giró, su rostro tranquilo en la penumbra.
—¿Así cómo?
—¡Así! —exclamó él, frustrado, haciendo un gesto hacia ella—. ¡Seria! ¡Callada! ¡Como si estuvieras siempre pensando en tu próximo movimiento! ¡Todo es una estrategia contigo! ¡Ganarte a Nayuta con un oso, redirigir la conversación cuando se pone difícil! ¡Nunca te relajas!
—Relajarse es un lujo que no suelo permitirme —respondió ella, su voz tranquila como un lago helado.
—¡Pero podrías! ¡Aquí! ¡Conmigo! —Denji se acercó a ella, su voz temblando de una emoción que no podía nombrar. Era una mezcla de anhelo y decepción—. Anoche… anoche fue increíble. Y hoy, me he despertado sintiéndome el tío más feliz del mundo. Y solo quería… quería que tú también te sintieras así. Quería reír contigo. Quería hacer tonterías. Quería que fueras la chica que conocí.
La miró a los ojos, suplicante.
—Aunque fuera una fachada, sé que la parte que estaba conmigo no lo era del todo. Quiero a esa chica de vuelta. Aunque sea solo por un momento. ¿Puedes… puedes intentarlo?
La petición quedó flotando entre ellos, desesperada y profundamente injusta. Le estaba pidiendo que interpretara un papel, el papel de la persona de la que se había enamorado, porque la persona real que tenía delante era demasiado complicada, demasiado diferente.
Reze lo miró, y por primera vez desde que había vuelto, Denji vio una grieta en su armadura. Vio un destello de un dolor profundo y antiguo.
—Esa chica… —comenzó, su voz apenas un susurro—. A la que conociste en la cabina telefónica. La que se reía en la piscina y te besó en el festival.
—Sí, esa —dijo Denji, esperanzado.
—Esa chica no existe, Denji.
La frase fue una detonación, no fuerte, sino sorda, interna, de las que colapsan los edificios desde dentro.
—¿Qué quieres decir? —tartamudeó él—. Claro que existe. ¡Eres tú!
—No —dijo Reze, negando lentamente con la cabeza. Dio un paso atrás, creando distancia—. Ella fue una creación. Un personaje diseñado con un único propósito: ganarse tu afecto para poder arrancarte el corazón. Se construyó a partir de datos. «A Denji le gustan las chicas alegres y un poco torpes. A Denji le gustan las chicas que muestran interés en él. A Denji le gustan los gestos espontáneos». Fue un disfraz, Denji. Uno muy bueno. Pero un disfraz al fin y al cabo.
El aire se escapó de los pulmones de Denji. Se sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
—No… no es verdad. Había partes que eran reales. Lo sé.
—¿Qué partes? —preguntó ella, su voz desprovista de crueldad, llena de una tristeza infinita—. ¿La parte que disfrutó de la calidez de tu mano? ¿La que sintió un pinchazo de algo parecido a la alegría cuando los fuegos artificiales explotaron solo para nosotros? Sí, quizás. El disfraz se ajustaba tan bien que a veces se me olvidaba que lo llevaba puesto. Pero la persona bajo el disfraz, la persona real, soy yo.
Se señaló a sí misma.
—Esta. La soldado. La que analiza cada situación en busca de amenazas y oportunidades. La que considera la risa una herramienta y la confianza una variable táctica. La que sobrevivió a un programa de entrenamiento que convierte a los niños en armas. Esa chica alegre y despreocupada que tanto echas de menos… ella nunca tuvo la oportunidad de existir. Murió en algún campo de entrenamiento helado de la Unión Soviética antes de que yo aprendiera a hablar tu idioma.
La confesión fue brutal. Una autopsia de su propia alma realizada con la precisión de un cirujano.
Denji se quedó sin palabras, tambaleándose bajo el peso de la revelación. Todo su recuerdo de ella, el fundamento de sus sentimientos, se estaba desmoronando. Se había enamorado de un fantasma, de un personaje bien interpretado. Y ahora, la actriz le estaba diciendo que el papel se había acabado.
—Entonces… ¿por qué volviste? —logró preguntar, su voz rota—. Si todo fue una mentira, ¿por qué estás aquí?
—Porque la mentira se contaminó de verdad —dijo Reze, sus ojos oscuros brillando en la penumbra—. Porque debajo del disfraz, la soldado vio algo que nunca había visto antes. Un chico estúpido y amable que le ofreció una flor. Un chico que le ofreció una vida que no sabía que podía desear. Cuando Makima me reactivó, cuando me obligó a atravesarte, el dolor más grande no fue fallar la misión. Fue traicionarte a ti.
Dio un paso hacia él de nuevo, su mano buscando la suya. Sus dedos estaban fríos.
—No puedo ser la chica de la que te enamoraste, Denji. Porque esa chica nunca fue real. Pero puedo ser la mujer que volvió por ti. La que luchará por ti. La que te cuidará a ti y a tu pequeña y aterradora demonio. La que te quiere. No como un personaje de una historia, sino de verdad. Con todo lo que soy. Con todas mis partes rotas y serias.
Apretó su mano.
—La pregunta es… ¿puedes tú querer a esta persona? ¿O solo quieres al fantasma?
Denji miró sus manos entrelazadas. Miró su rostro, tan serio, tan triste, tan real. El sabor del amanecer, que había sido tan dulce y prometedor, ahora era amargo en su boca. Había conseguido su sueño, solo para descubrir que el sueño estaba basado en una mentira. Y la verdad era mucho más complicada.
Quería gritar. Quería decirle que no era justo. Quería que ella mintiera, que pretendiera ser la chica del festival solo un poco más. Pero al mirar sus ojos, vio su propia soledad reflejada. Ella también estaba rota. Ella también estaba buscando algo real en las ruinas de su vida.
No sabía si podía querer a esta nueva Reze. No sabía cómo. Pero sabía una cosa. La mano que sostenía la suya era cálida. Real. Y no quería soltarla.
—No lo sé —respondió finalmente, su voz apenas un susurro—. No sé qué quiero.
Reze asintió, como si esperara esa respuesta.
—Está bien —dijo—. Tenemos tiempo para averiguarlo.
Se quedaron así, en silencio, en medio de la sala de estar, mientras la televisión proyectaba sus luces mudas sobre ellos y Nayuta dormía el sueño de los justos, abrazada a un oso rosa que era el trofeo de una batalla que acababan de perder y ganar al mismo tiempo. La noche había vuelto, y con ella, la comprensión de que su segunda oportunidad no sería una repetición del pasado, sino la construcción dolorosa y lenta de algo completamente nuevo. Algo real.