Otra Oportunidad
El Enemigo de mi Enemigo
La verdad tenía un sabor amargo, como el metal y la ceniza. Denji lo estaba descubriendo. La chica de sus sueños no era un sueño, era un proyecto. Una operación de inteligencia con mejillas sonrosadas y una risa que había sido calibrada para el desarme. Aceptar esa realidad era como intentar tragar un trozo de cristal. Le desgarraba por dentro, pero Reze no le había mentido. No desde que había vuelto. La honestidad brutal era su nuevo lenguaje de amor, y Denji, a su manera torpe y desconcertada, estaba aprendiendo a hablarlo.
Las semanas que siguieron a la noche de la tormenta se asentaron en una rutina extraña y precaria. La tensión sexual había sido reemplazada por una tensión de un tipo diferente: la de la coexistencia forzada. Eran como dos soldados de bandos opuestos que, tras firmar un armisticio, ahora tenían que compartir la misma trinchera. Había momentos de una intimidad casi dolorosa —un roce de manos al pasarse la sal, la forma en que ella le apartaba el pelo de la cara cuando se quedaba dormido en el sofá, el silencio compartido mientras veían una película mala—, pero siempre estaban rodeados por un campo de minas de verdades no dichas y pasados sangrientos.
Reze ya no era solo la cocinera o la limpiadora. Era una presencia. Se quedaba hasta tarde, a veces hasta que la última luz de la ciudad parecía parpadear. A menudo se quedaba a dormir en el sofá, sobre todo cuando «casualmente» perdía el último tren. Denji nunca se ofreció a compartir la cama de nuevo, y ella nunca lo pidió. Aquella noche había sido una detonación, y ahora ambos caminaban con cuidado entre los escombros, sin saber muy bien qué construir sobre ellos.
Nayuta, por su parte, se había adaptado a la nueva situación con la resignación hostil de un monarca depuesto al que se le permite vivir en el palacio. Su guerra contra Reze había pasado de ser una campaña de ataques abiertos a una de espionaje y guerra psicológica. Ya no «tropezaba» con vasos de zumo; ahora, dejaba los juguetes de los perros en el camino de Reze con una precisión milimétrica, observaba en silencio cómo Reze cocinaba para encontrar fallos en su técnica, o hacía preguntas a Denji sobre su día en la escuela, preguntas diseñadas para excluir a Reze, para recordarle que ella no formaba parte de ese mundo.
Era en una de esas tardes, con el sol anaranjado tiñendo el desordenado apartamento, cuando el nuevo frente de batalla se abrió sin previo aviso. La puerta se abrió de golpe y Denji entró, tirando su mochila al suelo con un suspiro.
—Estoy muerto —anunció al aire.
Reze, que estaba sentada a la mesa ayudando a una reacia Nayuta con algo que parecían ser deberes de matemáticas (una tarea para la que Reze demostró una aptitud aterradora), levantó la vista.
—Día largo.
—Ni te imaginas. El profesor de gimnasia nos hizo correr hasta vomitar el almuerzo. Y luego… —Denji se detuvo, una extraña expresión cruzando su rostro, una mezcla de exasperación y algo parecido a la lástima—. Tuve que ayudar a Asa.
El nombre era nuevo. Reze lo archivó mentalmente. Nayuta siguió dibujando círculos concéntricos en su cuaderno, pero sus orejas se movieron casi imperceptiblemente.
—¿Asa? —preguntó Reze, su tono casual, como si preguntara por el tiempo.
—Sí, Mitaka Asa. Una chica de mi clase —Denji fue al frigorífico y sacó un cartón de leche, bebiendo directamente de él, un hábito que Reze había intentado corregir sin éxito—. Es… rara. Súper rara. Se tropieza con sus propios pies, se disculpa por respirar y siempre parece que está a punto de llorar o de asesinar a alguien. O ambas cosas a la vez.
La descripción hizo que una pequeña bandera roja se izara en la mente de Reze. Inestabilidad. Comportamiento errático.
—Hoy se cayó por las escaleras —continuó Denji, ajeno a la repentina quietud en la habitación—. Una caída espectacular. Libros, papeles, el almuerzo… todo por todas partes. Y todo el mundo se quedó mirando o se rio. Nadie la ayudó. Me dio pena. Ya sabes, sé lo que es que todo el mundo piense que eres un bicho raro y patético.
Se encogió de hombros, como si la empatía fuera una debilidad vergonzosa.
—Así que la ayudé a recoger sus cosas. Tiene una cicatriz muy extraña en la cara. Y no paraba de decir «Denji Chainsaw Man» en voz baja, como una loca. Es un poco espeluznante, la verdad. Pero bueno, alguien tenía que ayudarla.
Reze dejó el lápiz sobre la mesa. El sonido fue anormalmente alto en el silencio.
—¿Asa Mitaka? —repitió, probando el nombre.
—Sí, ¿por qué?
—Curiosidad. ¿Tiene amigos?
—Que yo sepa, no. Se pasa el día sola, murmurando para sí misma. Es el objetivo perfecto para los matones. Por eso intento ser amable. Es como… una obra de caridad. Como adoptar a un perro feo y sordo.
La analogía era tan Denji que Reze casi habría sonreído, si no fuera por la alarma que sonaba en su cabeza, cada vez más fuerte. Solitaria. Inestable. Extrañamente informada sobre su identidad secreta. Obsesionada. Los componentes de un perfil de alto riesgo.
Fue Nayuta quien lo verbalizó primero. Dejó de dibujar y olfateó el aire, su pequeña nariz arrugándose.
—Hueles a ella —dijo, su voz plana.
Denji parpadeó.
—¿Qué? ¿A Asa? Pues claro, he estado a su lado.
—No —insistió Nayuta, y sus ojos se clavaron en él, perdiendo su cualidad infantil—. Hueles a otra cosa. Algo que venía con ella. Huele… a pelea. A metal oxidado y a pájaros muertos.
Denji puso los ojos en blanco.
—Ah, vamos, otra vez no. No todo el mundo es un demonio chungo, ¿sabes? Algunos solo son raritos. Sois unas paranoicas. Es una chica normal y patosa. Dejadla en paz.
Cogió su cartón de leche y se fue a su habitación, dando por zanjada la conversación. La puerta se cerró tras él.
Reze y Nayuta se quedaron solas en la sala de estar. El sol poniente proyectaba largas sombras a través de la habitación. Por primera vez en semanas, no se miraron como enemigas. Se miraron como dos expertas en seguridad que acababan de escuchar la misma señal de alarma.
—Pelea —repitió Reze en voz baja, más para sí misma que para la niña—. Pájaros muertos.
Guerra.
La palabra resonó en su mente con la claridad de una campana de iglesia. Guerra. Un concepto tan vasto, tan primordial. No era control, no era hambre, no era miedo. Era la destrucción como un fin en sí misma. La comparación con Makima, que había surgido en su mente, de repente le pareció inadecuada. Makima era un arquitecto del sufrimiento, su control era absoluto y sofocante, un mal necesario en su retorcida visión del mundo. Pero la guerra… la guerra era caos. Impredecible. Irracional. Una fuerza que devoraba sin motivo, que rompía por el placer de romper.
Para una estratega como Reze, el caos era el peor enemigo posible. Era peor que Makima.
***
Al día siguiente, Reze no fue directamente al apartamento de Denji. En su lugar, se dirigió al instituto. Llevaba una sudadera con capucha y gafas de sol, un disfraz irrisorio para un civil, pero suficiente para mezclarse con el paisaje urbano. No se acercó. Se posicionó en la azotea de un edificio de oficinas al otro lado de la calle, el mismo que a veces usaba como puesto de observación. Desde allí, con unos pequeños prismáticos de alta potencia, tenía una vista perfecta del patio de la escuela y de la entrada principal.
Esperó. La paciencia era la primera lección de cualquier espía. Observó a los estudiantes salir en oleadas, riendo, empujándose, viviendo sus vidas insignificantes y preciosas. Buscaba a Denji, pero sobre todo, buscaba a la chica.
La vio antes de ver a Denji. Salió sola, como él había dicho. Era alta, delgada, con el pelo oscuro y largo. Caminaba con la cabeza gacha, los hombros encorvados, la viva imagen de la inseguridad adolescente. Pero había algo que no encajaba. La postura, aunque sumisa, tenía una tensión subyacente, como un resorte comprimido.
Y luego estaba la cara. A través de los prismáticos, Reze pudo ver las finas cicatrices que la cruzaban, un patrón que no parecía accidental. Unos estudiantes pasaron corriendo a su lado, empujándola sin querer. La chica, Asa, tropezó, sus libros se desparramaron por el suelo. Una repetición de la escena que Denji había descrito.
Asa se agachó para recoger sus cosas, su pelo ocultando su rostro. Pero Reze no apartó los prismáticos. Siguió observando. Y lo vio. Por una fracción de segundo, la cabeza de la chica se levantó, y la expresión de su rostro no era de vergüenza ni de frustración. Era de una furia tan pura, tan asesina, que a Reze se le heló la sangre. Sus ojos, por un instante, parecieron brillar con una luz rojiza, y sus labios se curvaron en una mueca de desprecio absoluto hacia los humanos que la rodeaban. Era el rostro de un depredador obligado a fingir que es una presa.
El momento duró menos de un segundo. Luego, la máscara volvió a su sitio. La expresión de furia fue reemplazada por una de humillación patética. Empezó a recoger sus libros con manos temblorosas.
Fue entonces cuando apareció Denji. La vio en el suelo y, con un suspiro que Reze casi pudo oír desde la azotea, se agachó para ayudarla.
Reze apretó los prismáticos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Observó la interacción. Denji hablaba, gesticulaba, probablemente intentando animarla. Asa apenas levantaba la vista, murmurando respuestas, encarnando a la perfección el papel de víctima agradecida. Pero Reze ya había visto detrás del telón. Veía la forma en que los ojos de Asa se movían, no mirando a Denji, sino evaluándolo. Midiéndolo. Como un general evaluando un arma nueva.
Denji le entregó el último libro. Le dio una palmada torpe en el hombro y se fue con sus amigos. Asa se quedó allí, mirando cómo se alejaba. Y entonces, volvió a hacerlo. Una sonrisa lenta, astuta y absolutamente aterradora se dibujó en su rostro. No era una sonrisa de gratitud. Era la sonrisa de alguien cuyo plan estaba funcionando a la perfección.
Reze bajó los prismáticos. Su corazón latía con un ritmo frío y constante.
*Denji es un idiota*, pensó. Pero era su idiota. Y estaba caminando directamente hacia una trampa mucho más compleja que una simple chica rara. Esa chica no era solo un demonio. Era un demonio que fingía ser humano, y lo hacía con una habilidad que rivalizaba con la de la propia Reze. Y el ser que se escondía detrás de esos ojos… olía a guerra.
***
Cuando Reze llegó al apartamento, Denji ya estaba allí, tumbado en el sofá, leyendo un manga. La saludó con un movimiento de cabeza, ajeno a la tormenta que se gestaba en la mente de ella. Nayuta no estaba en la sala.
—¿Dónde está Nayuta? —preguntó Reze, su voz tensa.
—En la habitación. Creo que está enfadada porque hoy he vuelto a hablar con Asa. Me ha dicho que olía a «mentiras y espadas». No sé qué coño significa eso.
Reze fue directamente a la puerta de la habitación y la abrió sin llamar.
Nayuta estaba sentada en el suelo, rodeada por su guardia de perros. Estaba dibujando con una furia concentrada. En la página, una figura con motosierras luchaba contra un ejército de pájaros con ojos humanos y espadas en lugar de alas.
—Tenemos que hablar —dijo Reze.
Nayuta levantó la vista, sus ojos amarillos llenos de desconfianza.
—No hablo con las perras bomba.
—Hoy hablarás —insistió Reze, cerrando la puerta tras de sí. Se agachó para quedar a la altura de la niña, ignorando los gruñidos bajos de los perros—. La chica de la escuela. Asa Mitaka. La he visto.
El interés de Nayuta se agudizó. Dejó el lápiz.
—¿Y?
—No es humana. No del todo. Hay algo dentro de ella. Algo viejo y poderoso. Tienes razón. Huele a pelea.
Nayuta la miró fijamente, evaluando su sinceridad.
—Huele a guerra —corrigió la niña, su voz sorprendentemente adulta—. La guerra es ruidosa. Y estúpida. Quiere romper cosas. Quiere que todo el mundo pelee.
Reze asintió lentamente. La percepción de un Demonio Primordial como Nayuta era más directa, más pura que su propio análisis.
—Denji no lo ve —continuó Reze—. Cree que es una chica normal a la que tiene que proteger. Él es un objetivo, Nayuta. Y se está acercando a él usando su estúpida necesidad de ser un héroe.
—Denji es *mi* héroe —siseó Nayuta, su posesividad brillando como una navaja—. ¡No de ella! ¡Es una perra!
La palabra, dicha con tanto veneno infantil, resonó en la habitación. Reze sintió un destello de algo parecido a la camaradería.
—Sí —convino, su voz fría como el acero—. Lo es. Una perra muy peligrosa.
Se quedaron en silencio por un momento, dos depredadoras reconociendo una amenaza común. La desconfianza entre ellas no había desaparecido, pero había sido eclipsada por un peligro mayor.
—¿Qué quiere? —preguntó Nayuta.
—No lo sé con seguridad. Pero el Demonio de la Guerra querría armas. Y no hay arma más grande en este mundo que el Hombre Motosierra. Quiere usarlo. O quiere destruirlo. O ambas cosas.
—No puede tenerlo —declaró Nayuta. No era una bravuconada. Era una ley de la naturaleza.
—Estoy de acuerdo —dijo Reze—. Pero Denji no nos escuchará. Cree que estamos celosas o paranoicas. Es demasiado idiota para ver el peligro, incluso cuando le sonríe a la cara.
—Tenemos que matarla —dijo Nayuta con una simplicidad escalofriante.
Reze negó con la cabeza.
—No. No todavía. Matarla sin pruebas, sin entender su plan, solo haría que Denji se pusiera en nuestra contra. Pensaría que somos los monstruos. No. Tenemos que ser más listas. Tenemos que hacer lo que ella está haciendo.
—¿Fingir? —preguntó Nayuta, la idea claramente desagradable para ella.
—Vigilar. Recopilar información. Entender su objetivo. Y encontrar la manera de exponerla. De hacer que Denji vea lo que realmente es.
Nayuta la estudió, sus ojos concéntricos pareciendo mirar a través de Reze, hasta el fondo de su alma.
—¿Por qué? ¿Por qué te importa? Tú también quieres a Chainsaw Man. Igual que ella.
La acusación era directa. Y cierta.
—Sí —admitió Reze sin vacilar—. Lo quiero. Pero yo no quiero usarlo como un arma. Quiero que esté a salvo. Quiero que viva la vida normal y estúpida que tanto desea. Esta chica, este Demonio de la Guerra… es una amenaza para eso. Es una amenaza para *él*. Y yo no permito que nadie amenace mis objetivos.
La lógica era fría, egoísta y completamente comprensible para la mentalidad de Nayuta. No era una alianza basada en la amistad o la confianza. Era un pacto de no agresión y cooperación táctica basado en un interés propio compartido: la posesión y protección de Denji.
Nayuta pareció sopesar la propuesta. La perra bomba era una amenaza conocida, una que podía manejar, una que, a pesar de todo, parecía tener una regla fundamental: no hacerle daño a Denji. Esta nueva perra, la perra de la guerra, era una variable desconocida y caótica. Era una amenaza mayor para su control sobre su pequeño y desordenado mundo.
—Está bien —dijo finalmente la niña—. Colaboraremos.
La palabra sonaba extraña en sus labios.
—Pero —añadió, y su dedo índice se levantó, apuntando directamente al corazón de Reze—, cuando acabemos con ella, la siguiente en la lista eres tú.
Reze la miró y una sonrisa diminuta, casi imperceptible y totalmente desprovista de humor, curvó sus labios.
—Me parece justo.
Extendió su mano. Nayuta la miró con desdén. En lugar de estrecharla, la niña cogió su lápiz de nuevo y, en su dibujo, junto a la figura de Chainsaw Man, dibujó dos figuras más pequeñas. Una tenía bombas saliendo de sus manos. La otra tenía ojos concéntricos. Ambas estaban de espaldas a la otra, pero ambas miraban en la misma dirección: hacia el ejército de pájaros y espadas que se cernía en el horizonte.
Reze se levantó y salió de la habitación, cerrando la puerta suavemente. En la sala, Denji se había quedado dormido en el sofá, con el manga abierto sobre su pecho. Roncaba suavemente. Parecía tan joven, tan vulnerable. Un faro de poder inimaginable que atraía a las peores pesadillas del infierno, y que no tenía ni la más remota idea.
Se quedó allí, mirándolo, la protectora no deseada. Su misión acababa de volverse infinitamente más complicada. Ya no se trataba solo de ganarse su corazón o de construir una vida. Ahora se trataba de librar una guerra clandestina en su nombre, junto a una aliada que la mataría en cuanto la victoria estuviera asegurada.
El enemigo de mi enemigo es mi aliado temporal.
Era un protocolo que entendía perfectamente. Y por muy peligroso que fuera, por primera vez desde que había despertado en aquel hospital, Reze no se sentía sola en su batalla. Tenía un propósito claro. Y, por retorcido que fuera, tenía una compañera.
La calma en el apartamento era una mentira. La guerra había llegado a su puerta. Y él, el premio, dormía sin saber que dos de sus más grandes monstruos acababan de unirse para protegerlo de un tercero.