Out
El Susurro de la Sal y el Refugio de los Desterrados
El aire en las islas del sur no cortaba como el de Kioto; era denso, húmedo y cargado de un aroma a salitre y flores tropicales que Megumi encontraba casi mareante. Cuando el barco de Choso finalmente atracó en el pequeño puerto de una isla cuya existencia Megumi ni siquiera había sospechado, el omega sintió que sus piernas flaqueaban. No era solo el mareo tras días de navegación, sino el peso de la realidad cayendo sobre sus hombros: ya no era el "omega de porcelana" de los Kamo. Ahora no era nadie.
Yuji, cargando a un Haru adormilado en un brazo y el escaso equipaje de ambos en el otro, saltó a tierra firme con una energía que Megumi envidiaba. El alfa parecía haber nacido para este sol radiante y este caos de redes de pesca y gritos de mercaderes.
—¡Bienvenidos a casa, o al menos a lo más parecido que tendremos por ahora! —exclamó Yuji, volviéndose hacia Megumi con una sonrisa que eclipsaba el sol del mediodía—. Es pequeña, es ruidosa, pero nadie aquí te preguntará por tu linaje.
Megumi bajó del barco con cautela, sintiendo las miradas de los lugareños clavadas en él. Su piel, de una palidez extrema cultivada tras los muros de la mansión, destacaba como un faro entre los habitantes de la isla, cuyos cuerpos estaban bronceados y curtidos por el trabajo al aire libre. Se ajustó el cuello de su desgastado kimono, tratando de ocultar su marca de unión, ese rastro de Noritoshi que todavía sentía como una cicatriz ardiente en su cuello.
—Yuji... —susurró Megumi, acercándose al alfa para buscar protección—. Todos nos están mirando.
—Es normal, Megumi —respondió Yuji en voz baja, dándole un apretón alentador en el hombro—. No ven a mucha gente nueva por aquí, y menos a alguien tan increíblemente guapo como tú. Solo tienen curiosidad.
Pero Megumi sabía que no era solo curiosidad. Mientras caminaban por la calle principal, una hilera de puestos de madera y techos de paja, escuchó los susurros. Los omegas de la zona, que vestían ropas ligeras y coloridas, se tapaban la boca con las manos mientras señalaban a Haru.
—¿Has visto al niño? —susurró una mujer beta que limpiaba pescado—. Es la viva imagen de un alfa de alta cuna. Pero el que lo acompaña... ese chico de rosa no tiene sus rasgos.
—Debe ser un omega de desecho —respondió otra, con una mirada cargada de juicio—. Huyendo con un amante y cargando con el hijo de otro. Qué desvergüenza.
Megumi bajó la cabeza, sintiendo que el calor del sol se convertía en un fuego de vergüenza en sus mejillas. El miedo, ese viejo amigo que creía haber dejado en Kioto, volvió a enroscarse en su pecho. En la mansión Kamo lo odiaban por ser una herramienta; aquí, parecía que lo odiarían por ser un escándalo.
—No los escuches —dijo Yuji, su voz perdiendo la alegría y adquiriendo un tono protector—. No saben nada.
Se detuvieron frente a una estructura de madera más grande que las demás, situada en una esquina estratégica cerca del mercado. El cartel, aunque un poco desgastado, rezaba: "Suministros y Variedades Itadori-Todo".
Antes de que pudieran llamar a la puerta, esta se abrió de golpe, casi saliéndose de sus goznes. Un hombre gigantesco, de hombros tan anchos que bloqueaban toda la luz del interior, salió disparado hacia ellos. Tenía una cicatriz que cruzaba su rostro y una expresión de intensidad absoluta.
—¡MI HERMANO! —rugió el gigante, atrapando a Yuji en un abrazo que hizo que los huesos del alfa crujieran audiblemente, a pesar de que este aún cargaba a Haru—. ¡Has vuelto de las tierras frías! ¡Pensé que el invierno te había devorado el espíritu, pero veo que traes contigo una luz celestial!
—¡Todo! ¡Suéltame, vas a asustar al niño! —jadeó Yuji, riendo mientras intentaba zafarse.
El hombre, Todo Aoi, soltó a Yuji y fijó su mirada en Megumi. El omega retrocedió un paso por puro instinto, abrazando su propio cuerpo. Todo lo observó con una intensidad analítica, como si estuviera leyendo su propia alma.
—Así que este es el omega por el que arriesgaste tu cuello —dijo Todo, su voz retumbando como un trueno—. Esbelto, ojos como esmeraldas, un aura de melancolía trágica... ¡Un gusto exquisito, hermano mío! ¡Es una belleza que merece ser cantada por los poetas!
—Todo, por favor —intervino Yuji, notando el temblor en las manos de Megumi—. Megumi ha tenido un viaje muy largo. Necesitamos instalarnos. ¿Cómo va el negocio?
Todo se golpeó el pecho con orgullo.
—¡Mejor que nunca! He optimizado las rutas de comercio y he intimidado a la competencia lo suficiente como para que nos cedan los mejores precios. Pero basta de negocios. ¡Pasad! Esta casa es vuestra.
El interior de la casa era amplio y sorprendentemente limpio, aunque lleno de cajas y muestras de telas. Todo había mantenido el negocio de Yuji a flote con una lealtad inquebrantable mientras el alfa estaba en Kioto. Sin embargo, la tensión no abandonó a Megumi. Se sentó en un rincón del salón mientras Haru, ya despierto, exploraba con timidez los alrededores bajo la mirada curiosa de Todo.
—Dime, joven Megumi —dijo Todo, cruzándose de brazos y sentándose frente a él, ignorando cualquier noción de espacio personal—. ¿Cuál es tu tipo de mujer... o de hombre? No, espera, esa es una pregunta para otro momento. Dime, ¿estás listo para empezar de nuevo? Porque aquí en las islas, el pasado pesa menos que una pluma de gaviota si tienes el valor de soltarlo.
—Yo... solo quiero que mi hijo esté a salvo —logró decir Megumi, su voz apenas un hilo—. No quiero causar problemas a Yuji ni a usted. He oído lo que dicen en la calle. Saben que Haru no es hijo de Yuji.
Todo soltó una carcajada que hizo vibrar las tazas de té sobre la mesa.
—¿Problemas? ¡Hermano, escucha a este joven! Se preocupa por los chismes de unas lavanderas aburridas. Escúchame bien, Megumi Fushiguro. La gente siempre hablará. Hablarán porque tu belleza les molesta o porque tu libertad les recuerda su propia prisión. Pero aquí, bajo mi techo y bajo la protección de mi hermano Yuji, esas palabras no tienen dientes.
—Aun así —insistió Megumi, mirando a Haru, que intentaba levantar una pequeña caja de madera—, es evidente que él es... diferente. Su linaje está escrito en su rostro.
—Y su corazón está escrito en el tuyo —interrumpió Yuji, acercándose con dos tazas de té caliente—. Haru es tu hijo. Y si tú estás conmigo, él es parte de mi familia. No me importa quién puso la semilla, Megumi. Me importa quién cuida la flor.
Megumi tomó el té, sintiendo el calor filtrarse en sus dedos helados. A pesar de las palabras de Yuji y la exuberancia de Todo, el miedo a no encajar seguía allí. Durante los días siguientes, Megumi intentó ayudar en el negocio, pero cada salida al mercado era una prueba de resistencia.
—Mami, ¿por qué esas señoras me miran raro? —preguntó Haru una tarde, mientras ayudaban a Yuji a organizar unos sacos de grano—. Una me preguntó si mi papá era un gran señor de la ciudad.
Megumi sintió un pinchazo en el corazón. Se arrodilló frente a su hijo y le limpió una mancha de polvo en la mejilla.
—Porque eres muy guapo, Haru. Y la gente a veces no sabe qué decir cuando ve a alguien tan especial.
—Pero yo le dije que mi papá era Yuji —continuó el niño, con la inocencia propia de sus cinco años—. Y ella se rió. No me gustó cómo se rió.
Yuji, que estaba cerca, dejó caer el saco que cargaba y se acercó a ellos. Su rostro, usualmente alegre, estaba serio.
—Haru, escúchame bien —dijo Yuji, poniéndose a la altura del niño—. Hay gente que cree que la familia es solo la sangre. Pero la familia es la gente que te quiere, la que te protege y la que nunca te dejaría solo en la oscuridad. Yo soy tu padre porque así lo elegimos tu madre y yo. ¿Entendido?
Haru asintió, aunque la confusión no desapareció del todo de sus ojos verdes. Megumi, por su parte, sintió una oleada de gratitud tan fuerte que estuvo a punto de llorar. Sin embargo, la presión social no cedía. Los otros comerciantes trataban a Megumi con una cortesía fría, y los omegas del pueblo evitaban incluirlo en sus conversaciones. Era "el extranjero", "el omega caído", "el capricho de Itadori".
Una tarde, mientras Yuji y Todo estaban en el muelle recibiendo un cargamento, Megumi se quedó solo en la tienda. Una mujer mayor, una alfa de mirada severa que era conocida por ser la matriarca de una de las familias más ricas de la isla, entró en el local.
—¿Dónde está Itadori? —preguntó, sin siquiera mirar a Megumi.
—Ha ido al puerto, señora. Regresará pronto. ¿Puedo ayudarla en algo? —respondió Megumi con la educación impecable que le habían inculcado en Kioto.
La mujer lo miró entonces, recorriendo su figura con desprecio. Se detuvo en la marca de su cuello, que Megumi no había podido ocultar del todo debido al calor.
—Así que tú eres la distracción de la que todos hablan —dijo ella, su voz goteando veneno—. Un omega marcado, con un hijo de otro alfa, viviendo bajo el techo de un joven soltero. ¿No tienes vergüenza? Estás manchando la reputación de un buen hombre como Yuji. Él debería estar buscando una pareja digna, no cargando con los restos de un clan noble que te desechó.
Megumi sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras eran como látigos, recordándole cada inseguridad que había intentado enterrar.
—Yo... yo no soy un desecho —susurró, aunque su voz temblaba.
—Eres una carga —sentenció la mujer—. Y ese niño... es un recordatorio constante de tu fracaso. Si realmente quisieras a Itadori, te irías antes de arruinar su futuro en esta isla.
La mujer salió de la tienda, dejando a Megumi en un silencio sepulcral. Se abrazó a sí mismo, sintiendo que las paredes de la tienda se cerraban. Quizás tenían razón. Quizás su presencia era un veneno para la luz de Yuji.
Cuando Yuji regresó, encontró a Megumi sentado en el suelo, en la parte trasera de la tienda, con la mirada perdida.
—¿Megumi? ¿Qué ha pasado? —preguntó Yuji, corriendo hacia él—. Todo me dijo que vio a la vieja señora Sato salir de aquí con cara de pocos amigos. ¿Te dijo algo?
Megumi levantó la vista, y Yuji se rompió al ver que los ojos verdes, que empezaban a recuperar su brillo, estaban de nuevo nublados por el dolor.
—Yuji, no puedo hacerte esto —dijo Megumi, su voz quebrada—. Ella tiene razón. Soy un omega marcado. Tengo un hijo que no es tuyo. Todo el pueblo habla de ti como si hubieras perdido el juicio. No quiero que pierdas tu negocio o tu respeto por mi culpa.
Yuji se quedó en silencio un momento. Luego, suspiró y se sentó en el suelo frente a Megumi, tomando sus manos con una firmeza que no admitía réplica.
—Escúchame bien, Megumi Fushiguro. ¿Crees que me importa lo que piense la señora Sato o cualquier otra persona de esta isla? —Yuji apretó sus manos—. Pasé años en Kioto viendo cómo la gente como ella, gente con "reputación", trataba a los demás como objetos. Vi cómo te trataban a ti. Vine aquí para escapar de esa podredumbre.
—Pero tu negocio... —intentó decir Megumi.
—¡Al diablo con el negocio si no estás tú en él! —exclamó Yuji, y por primera vez, hubo un destello de la ferocidad de un alfa en sus ojos—. No te traje aquí para que fueras mi secreto o mi vergüenza. Te traje aquí porque te amo. Y amo a Haru. Si este pueblo no puede aceptar eso, entonces este pueblo no merece nuestro tiempo. Pero te aseguro algo: Todo y yo no nos vamos a rendir.
En ese momento, la puerta trasera se abrió y Todo Aoi entró cargando un barril de sake sobre el hombro. Se detuvo al ver la escena y dejó el barril en el suelo con un estruendo.
—¡Hermano! ¡Megumi! ¿Qué es este ambiente fúnebre? —preguntó Todo, poniéndose las manos en las caderas—. He oído que la vieja bruja Sato estuvo aquí soltando veneno. ¡Esa mujer no sabe apreciar la verdadera belleza de un alma que lucha!
Todo se acercó y puso una mano gigantesca sobre la cabeza de Megumi, revolviendo su cabello con una tosquedad que, extrañamente, resultó reconfortante.
—Escucha, pequeño omega de Kioto. Mi hermano Yuji es un tonto para muchas cosas, pero tiene el instinto más puro que he conocido. Si él decidió que tú eres su familia, entonces eres mi familia. Y nadie en estas islas es lo suficientemente estúpido como para meterse con la familia de Todo Aoi. Mañana mismo, tú y yo iremos al mercado.
—¿Al mercado? —preguntó Megumi, parpadeando.
—¡Sí! —rugió Todo—. Caminaremos por el centro, con la cabeza en alto. Demostraremos que no te escondes. Y si alguien tiene algo que decir sobre Haru o sobre tu pasado, tendrá que decírmelo a mí mientras intento no aplastar su puesto de frutas. ¡Será un espectáculo glorioso!
Yuji se echó a reír, y Megumi sintió que una pequeña parte del peso en su pecho se aliviaba. La exuberancia de Todo era contagiosa, y la devoción silenciosa de Yuji era un ancla.
Esa noche, mientras Megumi preparaba la cama para Haru, el niño lo miró con curiosidad.
—Mami, ¿el tío Todo es un gigante de verdad?
Megumi sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina.
—A veces lo parece, Haru. Pero es un gigante bueno.
—Me gusta aquí —dijo el niño, acomodándose bajo las mantas—. Huele a flores y Yuji siempre se ríe. En la otra casa... siempre olía a polvo y a miedo.
Megumi se quedó helado. No sabía que Haru era tan consciente de la atmósfera de la mansión Kamo. Se inclinó y besó la frente de su hijo.
—Aquí no habrá más miedo, te lo prometo.
Más tarde, Megumi salió al pequeño porche de madera que daba al mar. La luna se reflejaba en el agua, creando un camino de plata que parecía infinito. Yuji apareció a su lado, envolviéndolo en una manta compartida.
—Va a ser difícil, ¿verdad? —preguntó Megumi, apoyando la cabeza en el hombro de Yuji.
—Al principio, sí —admitió Yuji, aspirando el aroma a sándalo de Megumi que empezaba a mezclarse con la sal del mar—. Pero cada día que pase, los susurros serán más débiles. Y un día, simplemente se detendrán. Verán que eres el omega más trabajador, el padre más dedicado y la persona que hace que este alfa sea el más feliz del mundo.
Megumi cerró los ojos, dejando que el sonido de las olas lo arrullara. Todavía se asustaba cuando alguien levantaba la voz, todavía buscaba sombras donde esconderse y todavía sentía que no merecía la amabilidad de Todo o el amor de Yuji. Pero mientras sentía el brazo de Yuji rodeando su cintura, Megumi comprendió que adaptarse no significaba olvidar quién era o de dónde venía. Significaba aprender a caminar bajo el sol sin pedir perdón por su existencia.
—Gracias, Yuji —susurró Megumi.
—No me des las gracias —respondió el alfa, besando su coronilla—. Solo prométeme que mañana, cuando Todo empiece a gritarle a los pescadores para llamar la atención, no fingirás que no nos conoces.
Megumi soltó una risita suave, un sonido que era música para los oídos de Yuji.
—No prometo nada. Es un hombre muy ruidoso.
—Pero es nuestro gigante —concluyó Yuji.
Bajo el cielo estrellado de las islas del sur, el omega que una vez fue vendido por deudas de juego finalmente comenzó a entender que su valor no residía en su linaje ni en su pureza, sino en la valentía de haber buscado un nuevo horizonte. El camino sería largo y las críticas no desaparecerían de la noche a la mañana, pero por primera vez, Megumi Fushiguro no estaba solo en la tormenta. Tenía un hermano gigante, un hijo que era su luz y un alfa de cabello rosado que estaba dispuesto a mover el cielo y la tierra para que él pudiera, por fin, florecer en libertad.