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El Despertar del Tigre y el Eco de las Sombras

La vida en la isla tenía un ritmo propio, una cadencia marcada por la subida de la marea y el cierre de los mercados, pero para Megumi, el tiempo seguía midiéndose en pequeños espasmos de alerta. Aunque habían pasado semanas desde que el gigante Todo Aoi lo arrastrara —literalmente— por la plaza principal para declarar a los cuatro vientos que aquel omega de ojos verdes era "su hermano de alma", Megumi todavía sentía que caminaba sobre una fina capa de hielo.

Esa mañana, el sol se filtraba por las rendijas de la habitación con una intensidad dorada. Haru ya estaba despierto, sentado sobre el futón mientras intentaba, con una concentración adorable, amarrar los cordones de sus pequeñas sandalias de paja.

—Mami, ¿hoy vamos a ir al muelle con el tío Todo? —preguntó el niño, levantando la vista. Sus ojos verdes, el único rasgo que no compartía con Noritoshi, brillaban con una emoción que Megumi atesoraba—. Dijo que me enseñaría a lanzar una red.

Megumi se acercó y se arrodilló frente a su hijo, terminando el nudo de la sandalia que el pequeño no lograba dominar.

—Solo si te portas bien y no te acercas demasiado al borde del agua —respondió Megumi, acariciándole el cabello azabache—. Y recuerda, Haru, el tío Todo es... muy entusiasta. Si empieza a gritarle al mar, no te asustes.

—No me asusto —dijo Haru con una seriedad impropia de sus cinco años—. Él grita porque está feliz. Papá gritaba porque... —El niño se detuvo, buscando la palabra—. Porque estaba roto por dentro.

Megumi sintió un escalofrío. A veces, la percepción de Haru era demasiado afilada. Lo atrajo hacia sí en un abrazo breve, aspirando el aroma a jabón y brisa marina que ahora envolvía al niño, reemplazando el rancio olor a incienso de la mansión Kamo.

—Vamos a desayunar. Yuji debe estar esperándonos.

Al salir a la estancia principal, el aroma a pescado asado y sopa de miso llenaba el aire. Yuji estaba allí, moviéndose con esa agilidad felina que Megumi nunca se cansaba de observar. Llevaba el cabello rosado algo revuelto y una cicatriz nueva en el brazo, probablemente de algún cajón astillado en el almacén, pero su sonrisa seguía siendo el sol personal de Megumi.

—¡Buenos días, madrugadores! —exclamó Yuji, dejando un par de cuencos sobre la mesa de madera—. He conseguido unos nísperos dulces en el mercado antes de que Todo se los comiera todos.

—Buenos días, Yuji —respondió Megumi, sintiendo cómo la tensión de sus hombros se disolvía apenas un poco.

—¡Papá Yuji! —Haru corrió hacia el alfa, quien lo levantó en vilo con una facilidad pasmosa, haciéndolo reír.

Megumi observó la escena, sintiendo esa punzada agridulce en el pecho. Ver a Yuji aceptar el título de "papá" con tanta naturalidad era un bálsamo, pero también un recordatorio de lo que habían dejado atrás. Noritoshi nunca había levantado a Haru de esa manera. Para el alfa Kamo, Haru era un trofeo, una prueba de su virilidad y la continuidad de su linaje, no un niño que necesitaba ser amado.

—Megumi, hoy ha llegado un barco de la capital —dijo Yuji mientras se sentaban a comer, bajando un poco el tono. Sus ojos café buscaron los de Megumi con una mezcla de precaución y ternura—. Trae noticias y algunas telas nuevas. Todo dice que hay rumores de que el clan Kamo está... agitado.

Megumi dejó los palillos sobre la mesa. El simple nombre hizo que el sabor de la comida desapareciera.

—¿Agitado? —preguntó, tratando de que su voz no temblara.

—Parece que Noritoshi no se tomó bien tu "desaparición" —explicó Yuji, extendiendo una mano sobre la mesa para cubrir la de Megumi—. Ha puesto una recompensa. Pero no te preocupes, Megumi. Aquí nadie sabe quiénes sois. Para este pueblo, eres el primo político de Todo que llegó de una provincia del norte tras enviudar.

—Pero él no se detendrá —susurró Megumi—. No es por amor, Yuji. Es por orgullo. Yo era de su propiedad. Me compró. Y Haru... Haru es un alfa. No dejará que su único heredero crezca lejos de su control.

—Entonces tendrá que quemar esta isla entera para llegar a él —intervino una voz atronadora desde la puerta.

Todo Aoi entró en la estancia, ocupando casi todo el espacio físico con su mera presencia. Llevaba el torso descubierto, mostrando sus músculos trabajados y las cicatrices de mil peleas que, según él, eran todas victorias gloriosas.

—¡Hermano Megumi! —rugió Todo, sentándose con un estruendo—. He oído tu preocupación. ¡Escúchame bien! Los Kamo pueden ser poderosos en sus castillos de papel y protocolos aburridos, pero aquí mandamos nosotros. Si ese hombre pone un pie en esta arena, le enseñaré lo que es la verdadera "agitación".

—Todo, no lo animes —suspiró Yuji, aunque había una chispa de gratitud en su mirada—. No queremos una guerra. Solo queremos vivir en paz.

—¡La paz se defiende con los puños, Yuji! —Todo se volvió hacia Haru y le guiñó un ojo—. ¿Verdad, pequeño tigre?

—¡Sí! —respondió Haru, imitando la postura de Todo.

Megumi no pudo evitar una pequeña sonrisa. Era difícil permanecer sumido en la oscuridad con un hombre como Todo Aoi cerca. Sin embargo, cuando terminó el desayuno y Yuji se llevó a Haru al almacén para que lo ayudara a "contar" los sacos de arroz, Megumi se quedó a solas con Todo.

—Sabes que no puedes protegerlo de todo, ¿verdad? —dijo Megumi en voz baja, mirando hacia la puerta por donde habían salido.

Todo se puso serio, una expresión que rara vez mostraba pero que era sorprendentemente profunda.

—Sé que el miedo es una sombra larga, Megumi. Pero también sé que mi hermano Yuji daría su vida por ti. Y yo daría la mía por él. Eso nos convierte en un muro que ningún clan de la capital puede derribar. Pero tú... tú tienes que dejar de mirar hacia atrás. Si sigues esperando el golpe, nunca disfrutarás del sol.

—Es difícil —confesó Megumi, bajando la vista—. A veces me despierto y creo que todavía estoy en esa habitación fría, esperando a que la puerta se abra y él...

—Él ya no está —cortó Todo—. Ese hombre es un fantasma. Y tú estás vivo. Ahora, deja de preocuparte y ven a ayudarme. Ha llegado un cargamento de seda que necesita tus ojos expertos. Yuji es bueno para muchas cosas, pero confunde la seda de calidad con el algodón mercerizado si no le prestas atención.

El día transcurrió con una normalidad que Megumi empezaba a encontrar reconfortante. Pasó la mañana en la tienda, ayudando a los clientes y organizando los libros de contabilidad. Su habilidad con los números y su caligrafía elegante habían resultado ser una bendición para el negocio de Yuji y Todo, que hasta entonces se gestionaba de una manera un tanto caótica.

Por la tarde, mientras el calor empezaba a ceder, Megumi decidió caminar hacia el muelle para buscar a Haru. El mercado estaba lleno de vida. Los pescadores gritaban sus precios y los niños corrían entre las cestas de mimbre.

—¡Mami! ¡Mira! —Haru corrió hacia él, sosteniendo una pequeña caracola brillante—. ¡El señor Itadori dice que si la escuchas, puedes oír el canto de los dragones del mar!

Yuji venía caminando detrás de él, con la chaqueta colgada del hombro y el sudor brillando en su frente. Al ver a Megumi, su expresión se suavizó de una manera que siempre hacía que el corazón del omega diera un vuelco.

—¿Dragones del mar, eh? —dijo Megumi, tomando la caracola y poniéndosela en el oído—. Creo que solo oigo el viento, Haru.

—Eso es porque los dragones son tímidos —intervino Yuji, rodeando los hombros de Megumi con un brazo de manera protectora—. Solo cantan para los que tienen el corazón valiente. Como Haru.

Caminaron juntos de regreso a la casa, pero al pasar cerca de la taberna del puerto, Megumi se tensó. Un grupo de hombres, vestidos con ropas que no pertenecían a la isla, estaban sentados afuera. Sus kimonos eran de una calidad superior, aunque estaban sucios por el viaje, y sus miradas eran frías, escrutadoras.

Eran hombres de la capital. Ronin o mercenarios, por la forma en que llevaban sus espadas.

Megumi bajó la cabeza instintivamente, tratando de ocultar su rostro con el cabello corto, y apretó la mano de Haru. Yuji notó el cambio de inmediato. Su postura se volvió rígida, y su aroma a canela se tornó picante, una advertencia silenciosa de un alfa que detecta una amenaza.

—No mires, Megumi —susurró Yuji—. Sigue caminando.

Uno de los hombres levantó la vista. Sus ojos se posaron en Haru, deteniéndose en el cabello negro y la estructura ósea del niño. Luego, su mirada subió hacia Megumi. El hombre entrecerró los ojos, como si estuviera comparando una imagen mental con la realidad.

—Oye, tú —dijo el hombre, poniéndose de pie. Su voz era áspera—. ¿Eres de por aquí?

Yuji se interpuso entre el hombre y Megumi antes de que el extraño pudiera dar otro paso.

—Mi familia no tiene nada que hablar con extraños —dijo Yuji, su voz baja y peligrosa. Era una voz que Megumi rara vez le escuchaba, una que recordaba que, debajo de su amabilidad, Yuji era un alfa con una fuerza física imponente.

—Solo buscamos a alguien —dijo el mercenario, evaluando a Yuji. Vio los hombros anchos del joven de cabello rosa y la forma en que sus pies estaban plantados con firmeza en el suelo—. Un omega que se llevó algo que no le pertenecía.

—Aquí no hay nada que no nos pertenezca —respondió Yuji—. Seguid vuestro camino. Este puerto es pequeño y la gente se vuelve muy hostil con los que hacen demasiadas preguntas.

El hombre soltó una risa seca, pero volvió a sentarse. Sabía que no estaba en posición de pelear en un territorio desconocido, no contra un alfa que parecía tan capaz como Yuji.

—Como digas, muchacho. Solo estamos de paso.

Yuji no esperó a más. Empujó suavemente a Megumi y a Haru para que siguieran caminando. No hablaron hasta que estuvieron dentro de la seguridad de su casa, con la puerta cerrada y Todo alertado por la expresión de su hermano.

—Están aquí —dijo Megumi, dejándose caer en un banco. Sus manos temblaban tanto que tuvo que esconderlas entre sus mangas—. Lo han encontrado. Han encontrado a Haru.

—No han encontrado nada —dijo Yuji, arrodillándose frente a él—. Solo son mercenarios buscando una pista. No saben quiénes somos.

—Vieron a Haru, Yuji. Es idéntico a él. Cualquiera que conozca a los Kamo lo sabría.

Todo, que había estado escuchando desde la cocina, se acercó con una expresión de ferocidad pura.

—Entonces que vengan —dijo Todo, golpeando el marco de la puerta—. Si esos perros de la capital creen que pueden venir a mi isla a husmear en los asuntos de mi familia, les enseñaré por qué el mar alrededor de estas tierras es tan profundo.

—Tenemos que irnos —dijo Megumi, su voz subiendo de tono por el pánico—. No puedo dejar que os hagan daño por nuestra culpa. Si me entrego, quizás...

—¡Ni se te ocurra terminar esa frase! —rugió Yuji, tomando el rostro de Megumi entre sus manos—. Megumi, mírame. No eres una moneda de cambio. No eres una deuda. Eres el hombre que amo. Eres parte de este hogar. Si crees que voy a dejar que vuelvas a ese infierno para "salvarnos", es que no me conoces en absoluto.

Megumi sollozó, dejando que las lágrimas que había estado conteniendo finalmente cayeran.

—¿Por qué eres tan bueno conmigo? —preguntó entre sollozos—. Solo soy un omega roto...

—No estás roto —susurró Yuji, uniendo su frente a la de él—. Solo estás herido. Y las heridas sanan. Pero para que sanen, tienes que dejar de correr. Esta es nuestra casa, Megumi. Y vamos a defenderla.

Esa noche, el ambiente en la casa era tenso. Haru se había quedado dormido, ajeno a los hombres del puerto, pero Yuji y Todo se turnaban para vigilar desde el porche. Megumi no podía dormir. Se quedó sentado junto a la litera de su hijo, sosteniendo el peine de madera de cerezo que Yuji le había regalado.

Se sentía pequeño, frágil, como la porcelana que Noritoshi decía que era. Pero luego miró a Haru. Miró la paz en el rostro del niño y recordó el sonido de su risa en el muelle.

"Papá gritaba porque estaba roto por dentro".

Las palabras de su hijo resonaron en su mente. Noritoshi estaba roto por su propia crueldad, por su necesidad de poseer y destruir. Pero Yuji... Yuji estaba lleno. Estaba lleno de vida, de calor, de una fuerza que no necesitaba humillar para imponerse.

Megumi se puso en pie y salió al porche. Yuji estaba sentado allí, mirando hacia el mar oscuro. Al sentir a Megumi, se hizo a un lado para dejarle espacio.

—No puedo dormir —dijo Megumi, sentándose a su lado.

—Yo tampoco —admitió Yuji—. Pero no es por miedo, Megumi. Es por anticipación.

—¿Anticipación?

—Sí. Porque sé que cuando esto termine, cuando esos hombres se den cuenta de que no pueden llevarte, finalmente seremos libres. De verdad. Sin sombras. Sin recompensas colgando sobre nuestras cabezas.

Yuji tomó la mano de Megumi y entrelazó sus dedos.

—¿Sabes qué es lo que más me atrajo de ti la primera vez que te vi en el mercado de Kioto? —preguntó Yuji.

Megumi negó con la cabeza.

—No fue solo tu belleza, aunque eres la visión más hermosa que he tenido —dijo Yuji con una sonrisa suave—. Fue tu fuerza. Estabas allí, con esos hematomas ocultos, con esa tristeza inmensa, y aun así caminabas con dignidad. Protegías a tu hijo con cada fibra de tu ser. Pensé: "Este omega tiene un fuego dentro que nadie ha podido apagar". Y tenía razón. Ese fuego es lo que nos va a sacar de esta.

Megumi sintió un calor nuevo en su pecho. No era el calor del sol de la isla, sino algo interno, una chispa de esa rebeldía que creía muerta.

—Si vienen... —dijo Megumi, su voz volviéndose firme—. Si intentan llevárselo... no me quedaré mirando. He aprendido mucho de Todo sobre dónde golpear para que duela.

Yuji soltó una carcajada vibrante que rompió el silencio de la noche.

—¡Ese es mi Megumi! —exclamó, rodeándolo con el brazo—. Pobre del que intente tocar a nuestro pequeño tigre. Tendrá que enfrentarse a un gigante, a un mercadero cabezota y al omega más feroz de todo Japón.

Se quedaron así, observando el horizonte donde el cielo empezaba a clarear. Los barcos de la capital podían estar en el puerto, y Noritoshi Kamo podía seguir enviando sus sombras, pero bajo el cielo de las islas, Megumi Fushiguro finalmente dejó de ser una víctima.

Él era una bendición, como decía su nombre. Y por primera vez, estaba listo para bendecir su propia vida con la valentía de quedarse y luchar por el amor que, contra todo pronóstico, lo había encontrado en un rincón olvidado del mundo.

—Mañana —susurró Megumi, apoyando la cabeza en el hombro de Yuji.

—Mañana —repitió Yuji—. Y todos los mañanas que vendrán después.

El sol comenzó a asomar, tiñendo el mar de púrpura y oro. En el puerto, los mercenarios se preparaban para su búsqueda, pero en la casa de los Itadori, el tigre había despertado, y esta vez, no tenía intención de volver a su jaula.