Out
El Refugio de los Cerezos de Sal
La noche en la isla poseía una cualidad que Megumi aún encontraba irreal: el silencio no era un vacío cargado de amenazas, sino una manta de paz tejida con el rumor de las olas y el canto de los grillos. En la pequeña habitación que compartían, el aire era cálido y olía a sándalo y a la piel limpia de Yuji.
Haru dormía en su pequeño futón a un costado, con los brazos extendidos y una expresión de absoluta seguridad que Megumi nunca se cansaba de admirar. Ver a su hijo dormir sin el temor de ser despertado por un grito o el estruendo de una puerta al cerrarse era el mayor tesoro que Megumi había obtenido en su huida.
—Está creciendo muy rápido —susurró Yuji, rompiendo el silencio. Estaba sentado cerca de la ventana, con el torso desnudo y la luz de la luna bañando sus hombros anchos y bronceados—. Hoy en el mercado me ayudó a cargar una cesta de nísperos. Tiene fuerza en esos brazos, Megumi.
Megumi se acercó a él, sentándose a su lado. Sus dedos buscaron los de Yuji de forma instintiva, y el alfa los entrelazó de inmediato, apretándolos con una suavidad que desmentía su potencia física.
—Se parece a ti en eso —respondió Megumi con una sonrisa pequeña—. En la energía. A veces me asusta pensar que el mundo exterior pueda alcanzarlo, que alguien intente apagar esa luz que ha encontrado aquí.
Yuji se giró hacia él, y en sus ojos café no había rastro de la alegría juguetona que mostraba durante el día. Solo había una devoción absoluta.
—Nadie lo hará. He estado pensando en lo que dijiste el otro día, sobre asegurar nuestro lugar aquí. Mañana hablaré con el jefe de la aldea. Quiero comprar el terreno que está detrás del almacén.
Megumi parpadeó, sorprendido.
—¿Comprar tierra? Yuji, eso es... es un compromiso muy grande.
—Quiero construir una casa de verdad, Megumi —dijo Yuji, su voz profunda vibrando en el aire nocturno—. No una habitación detrás de una tienda, sino una casa con un jardín donde Haru pueda correr sin chocar con cajas de mercancía. Un lugar con un porche orientado al mar, donde tú puedas sentarte a leer o a coser sin que nadie te moleste. Un hogar que sea legalmente nuestro, donde el nombre de los Kamo no tenga jurisdicción.
Megumi sintió un nudo en la garganta. Durante años, su futuro había sido un túnel oscuro y estrecho, una sucesión de días que solo buscaba sobrevivir. Hablar de comprar tierras y construir porches se sentía como un sueño prohibido.
—¿De verdad ves un futuro así para nosotros? —preguntó Megumi en un susurro—. ¿Con un omega que carga con una marca que no es tuya y un hijo que lleva otra sangre?
Yuji soltó la mano de Megumi solo para acunar su rostro. Sus pulgares acariciaron los pómulos pálidos del omega con una ternura que hizo que Megumi cerrara los ojos, entregándose al contacto.
—Esa marca no significa nada para mí, Megumi. Es solo una cicatriz de una batalla que ya ganaste al escapar. Y Haru... Haru es mi hijo en todo lo que importa. Él me mira buscando aprobación, y yo lo miro buscando protegerlo. El futuro no es algo que nos sucede, es algo que estamos construyendo cada vez que nos despertamos en esta isla. Quiero envejecer contigo aquí. Quiero ver a Haru convertirse en un hombre de bien, lejos de la podredumbre de los clanes.
Megumi se inclinó hacia adelante, uniendo su frente a la de Yuji. El aroma del alfa, ese sol de invierno y canela, lo envolvió por completo, calmando los latidos erráticos de su corazón.
—Yo también lo quiero —confesó Megumi—. Por primera vez en mi vida, no tengo miedo de que llegue el mañana.
Yuji acortó la distancia y lo besó. Fue un beso lento, cargado de promesas silenciosas y una intimidad que iba mucho más allá de lo físico. En los brazos de Yuji, Megumi no era una propiedad, no era un objeto de lujo ni un útero para herederos. Era simplemente Megumi, y eso era suficiente.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de distancia, el invierno en Kioto se negaba a soltar su agarre. La mansión de la familia Kamo se alzaba como un mausoleo de piedra y sombras, donde el aire parecía haberse estancado desde la desaparición del omega y el heredero.
Noritoshi Kamo caminaba por los pasillos con una expresión que hacía que hasta los sirvientes más veteranos temblaran de terror. Su rostro, antes aristocrático y frío, ahora estaba marcado por una amargura que bordeaba la locura. Sus ojeras eran más profundas, y el olor a sake barato lo acompañaba a todas partes, empañando el prestigio de su linaje.
Entró en el comedor, donde una joven criada beta estaba terminando de colocar los cuencos para la cena. La chica, de apenas dieciocho años, cometió el error de dejar caer una cuchara de madera, que resonó con un golpe seco sobre el tatami.
—¡Inútil! —rugió Noritoshi, su mano volando hacia el rostro de la joven antes de que ella pudiera siquiera disculparse.
El golpe la mandó al suelo, donde se quedó encogida, sollozando en silencio. Noritoshi la miró con asco, pero en su mente no veía a la criada. Veía los ojos verdes de Megumi, esa mirada de resistencia silenciosa que siempre lo había enfurecido.
—Limpia este desastre y lárgate de mi vista —escupió Noritoshi, sentándose a la mesa con movimientos bruscos—. Todos en esta casa sois igual de incompetentes.
Se sirvió una copa de sake, con la mano temblándole levemente. Habían pasado meses. Meses de enviar mercenarios, de sobornar a oficiales de puerto, de buscar en cada rincón de la capital y las provincias cercanas. No había rastro de ellos.
"Está muerto", pensaba a menudo, intentando consolar su orgullo herido con esa idea. "Un omega tan frágil, solo, con un niño pequeño... no habrán sobrevivido a la primera semana de invierno. Algún lobo los habrá devorado en los bosques o habrán caído por un barranco".
Pero en el fondo de su alma, una parte de él sabía que Megumi no era frágil. Recordaba la noche en que lo confrontó antes de la fuga, la frialdad en su voz cuando le pidió que lo dejara ir. Esa chispa de rebelión era lo que realmente lo atormentaba. Si Megumi estaba muerto, Noritoshi había perdido un objeto. Pero si Megumi estaba vivo, Noritoshi había sido derrotado.
—No puede estar vivo —susurró para sí mismo, bebiendo el sake de un trago—. Nadie sobrevive fuera de la protección de un clan. Es un omega. No es nada sin un dueño.
Se levantó y caminó hacia la habitación que solía ser de Haru. Estaba vacía, los juguetes de madera acumulando polvo en un rincón. Noritoshi sintió una punzada de algo parecido al remordimiento, pero su mente lo transformó rápidamente en ira. Haru era su sangre. Su único hijo sano. Que Megumi se lo hubiera llevado era el insulto definitivo, una castración simbólica de su poder como alfa.
—Te encontraré —siseó hacia la oscuridad de la habitación—. Y cuando lo haga, desearás haber muerto en la nieve.
De vuelta en la isla, la mañana siguiente trajo consigo una energía renovada. Megumi ayudó a Yuji a cargar las carretas de suministros, moviéndose con una soltura que le habría parecido imposible meses atrás. Su cuerpo, antes delgado hasta la fragilidad, había ganado algo de peso y firmeza gracias a la dieta de pescado fresco y al trabajo constante.
—¡Hermano Megumi! —gritó Todo Aoi desde el otro lado del muelle, levantando un enorme atún por la cola—. ¡Mira esta belleza! ¡Hoy habrá banquete en la casa Itadori! ¡Mi alma me dice que es un día de celebración!
Megumi rió, una risa clara que hizo que varios pescadores se detuvieran a mirar, ya no con juicio, sino con una curiosidad amistosa. Se había convertido en una figura respetada en el mercado; su habilidad para llevar las cuentas y su trato justo lo habían hecho indispensable.
—¡Guárdalo bien, Todo! —respondió Megumi—. ¡Yuji ha dicho que vendrá tarde porque tiene que ver al jefe de la aldea!
Yuji, que estaba terminando de atar unos fardos, se acercó a Megumi y le dio un rápido beso en la mejilla, desafiando las convenciones sociales de la isla.
—Deseame suerte —dijo Yuji con un guiño—. Si todo sale bien, para la próxima luna llena empezaremos a cavar los cimientos.
—Suerte, Yuji —susurró Megumi, viéndolo alejarse.
Se quedó un momento observando el bullicio del puerto. Haru estaba sentado cerca de Todo, intentando imitar la forma en que el gigante limpiaba el pescado, con una seriedad cómica. El sol calentaba la piel de Megumi, y el aire olía a libertad.
Esa tarde, mientras organizaba unos rollos de seda en la tienda, Megumi encontró el peine de madera de cerezo que Yuji le había regalado en Kioto. Lo sostuvo en su mano, sintiendo la suavidad de la madera tallada. Recordó el miedo, el frío y la desesperación de la mansión Kamo. Parecían recuerdos de otra vida, de una persona que ya no existía.
—Mami, ¿puedo usar esto para peinar al gato de la vecina? —preguntó Haru, entrando corriendo con un gato atigrado y gordo entre sus brazos.
Megumi sonrió y guardó el peine en su manga.
—No, Haru, el gato no necesita peines de seda. Pero puedes ayudarme a doblar estas mantas.
El niño dejó al gato en el suelo y se puso a trabajar al lado de su madre. Megumi lo observó, notando cómo el niño ya no se encogía ante los ruidos fuertes, cómo su voz era firme y su risa constante.
—¿Sabes, Haru? —dijo Megumi mientras doblaban una tela azul—. Vamos a tener una casa nueva. Con un jardín muy grande.
—¿Y habrá sitio para el tío Todo? —preguntó el niño con interés.
—Habrá sitio para todos —respondió Megumi.
Esa noche, cuando Yuji regresó, su rostro estaba radiante. No necesitó decir nada; la forma en que levantó a Megumi en vilo y lo hizo girar en el aire lo dijo todo.
—Es nuestro —exclamó Yuji, dejando a Megumi en el suelo—. El terreno es nuestro. Mañana vendrán los carpinteros.
Se sentaron en el porche, viendo cómo las luciérnagas empezaban a bailar sobre la hierba alta. Yuji rodeó a Megumi con su brazo, y el omega apoyó la cabeza en su hombro, sintiéndose finalmente en casa.
—Yuji —dijo Megumi después de un rato—. A veces todavía pienso en él. En Noritoshi.
Yuji se tensó levemente, pero no se alejó.
—¿Tienes miedo de que nos encuentre?
—No —respondió Megumi con firmeza—. Pienso en él y siento lástima. Está allí, en esa casa enorme, rodeado de gente que lo odia o le teme. Cree que lo posee todo, pero no tiene nada. Nosotros no tenemos un clan, ni títulos, ni sirvientes... pero tenemos esto.
Megumi señaló hacia donde Haru dormía plácidamente.
—Tenemos una vida que es nuestra. Él nunca podrá entender lo que es despertarse y saber que nadie te debe nada, y que tú no le debes nada a nadie más que amor.
Yuji besó su frente, apretándolo más contra sí.
—Él es el pasado, Megumi. Un pasado que se está desmoronando bajo su propio peso. Nosotros somos el presente. Y el futuro... el futuro es ese jardín que vamos a plantar.
Bajo las estrellas de las islas del sur, el eco de los gritos de Noritoshi Kamo no llegaba. Solo quedaba el susurro de la sal, el calor de un alfa que amaba sin condiciones y la valiente determinación de un omega que había decidido que su belleza no era para ser poseída, sino para florecer en libertad. Megumi cerró los ojos, dejando que el sueño lo envolviera, sabiendo que, por fin, el invierno había terminado para siempre.