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El Susurro del Mar y el Peso de la Corona

La mansión de los Kamo en Kioto siempre había sido un mausoleo de protocolos asfixiantes, pero en las islas del sur, el aire tenía un peso distinto: era denso, salado y vibrante de una vida que no pedía permiso para existir. Megumi se encontraba de pie en el pequeño porche de madera de la casa que ahora compartía con Yuji, observando cómo el sol comenzaba a hundirse en el horizonte, tiñendo el océano de un naranja violento.

Habían pasado meses desde su huida. Su cuerpo, antes una silueta de fragilidad y palidez enfermiza, había cobrado una nueva fuerza. Sus hombros estaban más firmes, su piel había perdido la transparencia del cautiverio para adoptar un tono saludable bajo el sol constante, y sus ojos verdes, antes nublados por el miedo, ahora reflejaban la claridad de quien finalmente es dueño de sus pasos.

—Mami, mira lo que encontré. —La voz de Haru rompió sus pensamientos.

El pequeño alfa de cinco años corrió hacia él, tropezando con sus propias sandalias de paja. En sus manos sostenía una caracola de un blanco nacarado, pulida por la marea. Haru era la viva imagen de Noritoshi Kamo —el mismo cabello azabache, la misma estructura ósea aristocrática—, pero cuando sonreía, toda la sombra del linaje Kamo se disipaba. Tenía los ojos de Megumi: brillantes, curiosos y llenos de una bondad que su padre biológico jamás conocería.

—Es hermosa, Haru —dijo Megumi, arrodillándose para quedar a su altura—. Parece que guarda el sonido del mar entero allí dentro.

—El tío Todo dice que si la escucho con atención, puedo oír a los dragones del agua —anunció el niño con una seriedad cómica, antes de pegar la caracola a su oreja—. Pero solo oigo viento. Creo que los dragones están durmiendo.

Megumi soltó una risa suave y le acarició el cabello. Ver a Haru crecer en libertad, lejos de las críticas y las expectativas asfixiantes de una familia que solo lo valoraba como una herramienta de sucesión, era el mayor triunfo de su vida.

—Quizás despierten mañana —susurró Megumi—. Ahora ve a lavarte las manos. Yuji no tardará en llegar con la cena.

El niño asintió con entusiasmo y entró corriendo a la casa. Megumi se quedó un momento más afuera, dejando que la brisa le refrescara el rostro. A veces, todavía sentía el fantasma de la mano de Noritoshi levantándose contra él, o el frío metálico de las joyas que estaba obligado a usar como un collar de perro de lujo. Pero entonces, el aroma de la leña quemada y el sonido de unos pasos pesados y rítmicos lo traían de vuelta al presente.

Yuji Itadori apareció por el sendero que conectaba el mercado con la zona residencial. Llevaba una cesta cargada de provisiones y su habitual yukata de trabajo, remangada para mostrar unos antebrazos potentes y curtidos. Al ver a Megumi, su rostro se iluminó con esa sonrisa franca que no guardaba segundas intenciones, una sonrisa que era, en sí misma, un refugio.

—¡He vuelto! —exclamó Yuji, dejando la cesta en el suelo para abrazar a Megumi por la cintura—. El mercado estaba una locura hoy. Todo el mundo quería las sedas nuevas, pero me aseguré de guardar los mejores nísperos para ti y el pequeño tigre.

Megumi se dejó envolver por el calor del alfa. Yuji olía a sol, a canela y a ese esfuerzo honesto que Noritoshi siempre había despreciado.

—Te he echado de menos —admitió Megumi en voz baja, hundiendo el rostro en el cuello de Yuji.

—Solo me fui unas horas, Megumi —rió Yuji, aunque lo apretó más contra sí—. Pero me gusta que lo digas. ¿Cómo ha estado el día? ¿Alguna novedad de nuestro gigante favorito?

—Todo estuvo aquí hace un rato —respondió Megumi, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. Le trajo a Haru un pequeño trompo de madera. Dice que el niño tiene "el espíritu de un guerrero" porque logró derribar uno de sus frascos de sake sin querer.

Yuji soltó una carcajada vibrante.

—Ese Todo... va a terminar convirtiendo a Haru en un alborotador. Pero me alegra. Prefiero un niño ruidoso a uno que tenga miedo de hacer sonar sus pasos.

Entraron en la casa, donde el ambiente era acogedor y sencillo. No había tapices de seda caros ni sirvientes moviéndose como sombras. Solo eran ellos tres. Mientras Yuji preparaba el pescado fresco y Megumi organizaba la mesa, la conversación fluyó con la naturalidad de quienes ya no tienen secretos que ocultar.

Sin embargo, a mitad de la cena, Megumi notó una sombra de distracción en los ojos de Yuji. No era tristeza, sino una inquietud contenida.

—¿Pasa algo, Yuji? —preguntó Megumi, dejando sus palillos a un lado—. Has estado muy callado desde que mencionaste el mercado.

Yuji suspiró y miró a Haru, que estaba concentrado en intentar comerse un níspero sin ensuciarse demasiado.

—Llegó un barco de la capital hoy —dijo Yuji en voz baja, asegurándose de que el niño no prestara demasiada atención—. No fue por mercancía habitual. Venían hombres con el emblema de los Kamo.

El corazón de Megumi dio un vuelco violento. El miedo, ese viejo instinto de presa, intentó escalar por su garganta.

—¿Nos han encontrado? —susurró, sintiendo que el aire de la habitación se volvía repentinamente escaso.

—No lo creo —respondió Yuji rápidamente, tomando su mano por debajo de la mesa—. Están buscando en todos los puertos del sur. Ofrecen una recompensa ridícula por "un omega de cabellos oscuros y un niño con ojos verdes". Pero nadie en esta aldea va a decir nada, Megumi. Te lo aseguro. Todo y yo nos encargamos de que los hombres de la capital entendieran que aquí las preguntas externas no son bienvenidas.

Megumi bajó la mirada hacia su plato. El nombre de Noritoshi Kamo todavía pesaba como una losa. Se imaginó al alfa en su mansión de Kioto, consumido por la rabia, no por haber perdido a un esposo o a un hijo, sino por haber perdido una propiedad que consideraba de su pertenencia absoluta.

—Él no se detendrá, Yuji —dijo Megumi—. No es por amor a Haru. Es porque su orgullo no le permite aceptar que un omega "inferior" pudo burlarlo.

—Que se atreva a venir —dijo Yuji, y por un momento, su voz perdió la calidez habitual para volverse tan afilada como una hoja de acero—. Aquí no eres un omega endeudado ni un objeto de exhibición. Eres mi familia. Y si Noritoshi Kamo pone un pie en esta isla con intenciones de dañarte, descubrirá que un mercadero puede ser mucho más peligroso que un aristócrata con ínfulas.

Megumi apretó la mano de Yuji, encontrando fuerza en su determinación.

—No quiero que te metas en problemas por mi culpa —insistió Megumi—. Si él descubre que estás aquí...

—Escúchame, Megumi —lo interrumpió Yuji, obligándolo a mirarlo—. No estoy "metido en problemas". Estoy viviendo mi vida con la persona que amo. Si proteger esa vida significa enfrentar a todo el clan Kamo, lo haré con una sonrisa en la cara. No estás solo. Nunca más volverás a estar solo frente a él.

Haru levantó la vista, notando el cambio de tono en la mesa.

—¿Papá Yuji está enojado? —preguntó el niño, con una pizca de preocupación en su voz.

Yuji cambió su expresión al instante, volviendo a ser el alfa radiante de siempre. Se inclinó y le revolvió el cabello al pequeño.

—¡Para nada, campeón! Solo estábamos hablando de negocios aburridos de adultos. ¿Sabes qué? Mañana iremos al muelle a ver si los dragones del agua por fin se despertaron. ¿Qué te parece?

—¡Sí! —gritó Haru, olvidando de inmediato la tensión anterior.

Después de que Haru se quedara dormido, Megumi y Yuji se quedaron en el porche, observando las luciérnagas que bailaban entre los arbustos. El silencio ya no era pesado, sino reflexivo.

—Yuji —dijo Megumi después de un rato—, a veces me pregunto si hice lo correcto al traerme a Haru. Él es un alfa. En Kioto habría tenido riquezas, poder...

—En Kioto habría sido un prisionero de su propio linaje —sentenció Yuji—. Habría crecido viendo cómo su padre maltrataba a su madre. Habría aprendido que el valor de una persona reside en su casta y no en su corazón. ¿De verdad crees que eso es mejor que ser libre aquí, aunque tengamos que trabajar duro?

Megumi negó con la cabeza, sintiendo una lágrima solitaria rodar por su mejilla.

—Tienes razón. Solo... a veces el miedo me hace dudar de mis propias fuerzas.

—Tu fuerza es lo que nos trajo hasta aquí, Megumi —dijo Yuji, rodeándolo con sus brazos—. Fuiste capaz de soportar años de infierno para proteger a ese niño. Fuiste capaz de saltar al vacío conmigo cuando apenas me conocías. Eres la persona más fuerte que he conocido.

Se quedaron así, abrazados bajo el cielo estrellado de las islas. Megumi cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió soñar con un futuro que no terminara en un callejón sin salida. Soñó con Haru convirtiéndose en un hombre justo, con el negocio de telas prosperando, y con Yuji siempre a su lado, quemando las sombras con su luz.

A la mañana siguiente, el sol salió con una claridad asombrosa. Megumi se levantó temprano para preparar el arroz, pero antes de comenzar sus tareas, se detuvo frente al pequeño altar de la casa. No rezaba a los dioses de sus antepasados, los que le habían fallado tantas veces. Rezaba por la paz de su nuevo hogar.

—¡Megumi! ¡Ven rápido! —gritó Yuji desde el exterior.

Megumi salió alarmado, temiendo que los hombres de los Kamo hubieran regresado. Pero lo que vio lo dejó sin aliento. En el patio, Yuji y Todo Aoi estaban descargando un enorme rollo de seda de un color verde esmeralda, idéntico al color de los ojos de Megumi.

—¡Mira esto! —exclamó Todo con su habitual energía explosiva, golpeándose el pecho—. ¡Es la seda más fina que ha llegado al puerto en diez años! ¡Yuji casi se pelea con tres mercaderes de Osaka para conseguirla!

—Es para ti —dijo Yuji, acercándose a Megumi con una mirada llena de adoración—. Quiero que te hagas un kimono nuevo. No uno para esconderte, sino uno para que todo el mundo vea lo hermoso que eres.

Megumi acarició la tela. Era suave, fresca y vibrante de vida. No era la seda pesada y restrictiva que Noritoshi le obligaba a usar para demostrar su riqueza. Esta era una seda que invitaba a moverse, a bailar, a ser libre.

—Es demasiado, Yuji... —susurró Megumi, aunque sus ojos brillaban de emoción.

—Nada es demasiado para ti, hermano —rugió Todo, dándole una palmada en el hombro que casi lo derriba—. ¡Hoy es un día de celebración! ¡Voy a traer un barril de sake y vamos a demostrarle a este pueblo cómo festeja la familia Itadori!

Durante el resto del día, la casa se llenó de risas y preparativos. Haru corría alrededor de Todo, intentando imitar sus poses de guerrero, mientras Yuji y Megumi trabajaban codo a codo en la tienda. Por un momento, las amenazas de la capital parecieron desvanecerse, convertidas en simples susurros que el mar se encargaría de ahogar.

Sin embargo, al atardecer, mientras Megumi caminaba hacia el pozo para buscar agua, vio una figura extraña en el límite del bosque que rodeaba la aldea. Era un hombre alto, vestido con una capa oscura que ocultaba su rostro, pero la forma en que permanecía inmóvil, observando la casa, hizo que a Megumi se le helara la sangre.

La figura no se movió cuando Megumi la miró. Solo permaneció allí, como una mancha de tinta en un lienzo perfecto. Megumi apretó el asa del cubo de madera, sintiendo que el aire se volvía frío de repente.

—¿Mami? ¿Qué miras? —Haru apareció a su lado, sosteniendo su trompo de madera.

Megumi parpadeó y volvió a mirar hacia el bosque. La figura había desaparecido. No había rastro de nadie, solo el movimiento suave de las ramas bajo la brisa vespertina.

—Nada, cariño —dijo Megumi, tratando de que su voz sonara normal—. Solo creí ver un pájaro grande. Vamos adentro, ya está refrescando.

Esa noche, mientras Megumi se acostaba al lado de Yuji, el sentimiento de ser observado no lo abandonó. Se acurrucó contra el pecho del alfa, buscando el calor que siempre lo salvaba de sus pesadillas.

—¿Estás bien? —susurró Yuji, sintiendo su inquietud.

—Sí —mintió Megumi—. Solo estoy cansado.

—Descansa, Megumi. Mañana será un gran día.

Yuji se quedó dormido rápidamente, pero Megumi permaneció despierto, escuchando el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Sabía que la paz era frágil. Sabía que Noritoshi Kamo no era un hombre que aceptara la derrota fácilmente. Pero también sabía, mientras miraba la mano de Yuji entrelazada con la suya, que ya no era el omega indefenso que había sido vendido por una deuda familiar.

Si el pasado venía a buscarlo, lo encontraría de pie. Lo encontraría rodeado de una familia que lo amaba no por su casta, sino por su esencia. Y sobre todo, lo encontraría bajo la protección de un alfa que no necesitaba levantar la mano para demostrar su poder, porque su verdadera fuerza residía en su capacidad de amar sin condiciones.

En la oscuridad de la habitación, Megumi cerró los ojos y se prometió a sí mismo que, pasara lo que pasara, Haru nunca volvería a conocer el miedo. El invierno de los Kamo había terminado, y aunque las tormentas pudieran regresar, él ya no temía al frío. Porque ahora, por fin, tenía un hogar donde los pétalos no se marchitaban bajo el abuso, sino que florecían con la fuerza de la libertad.